Brasil. «Es un golpe sin tanques ni prisiones» Entrevista

El escritor Fernando Morais dice al Espectador de Colombia

Leia na íntegra a entrevista:

 

La presidenta Dilma Rousseff tiene de qué preocuparse: la Cámara de Diputados aprobó ayer el juicio político en su contra. Ahora deberán votar una comisión y la plenaria del Senado, donde también perdería, y entonces se abriría un juicio de 180 días.

 Haya o no un juicio político, Brasil tendrá que superar una crisis general bajo los recursos que estén a la mano. Fernando Morais, escritor, periodista y expolítico, quien fue diputado durante ocho años y ocupó las secretarías de Educación y Cultura del estado de São Paulo en los años 90 y que en esta crisis está del lado de Rousseff, habla con El Espectador sobre el difícil momento que afronta el país.

Entrevista

¿Qué va a pasar en Brasil en caso de que se inicie el “impeachment”?

En caso de que sea aprobado, los brasileños van a estar ante un coctel explosivo: un gobierno ilegítimo que, para mantenerse en el poder, tendrá que implantar la prescripción del capital financiero: recesión económica y cortes radicales en los programas sociales que sacaron a más de 40 millones de personas de la pobreza. Los movimientos sociales más fuertes del país —Trabajadores sin Tierra, Trabajadores sin Techo y Central Única de Trabajadores— ya anunciaron que si eso sucede, van a atormentar la vida de los nuevos gobernantes. En el fin de semana ya dieron un aperitivo de lo que vendrá y paralizaron decenas de carreteras en todo Brasil. Si el impeachment decae, Dilma tendrá que hacer cambios profundos, sobre todo en los que se refiere a la política económica. Brasil tiene más de 200 millones de habitantes, tiene un sólido mercado interno y puede volver a crecer sin depender tanto de los capitales internacionales. Con Lula de su lado, Dilma saldrá del agujero.

¿Cuál es el origen de esta crisis política?

Lo que está pasando en Brasil es un intento de golpe blanco, un golpe paraguayo u hondureño, sin tanques ni prisiones. La principal víctima será la Constitución brasileña, que es clara: el presidente sólo puede ser impedido si comete un crimen de responsabilidad. Ninguno de los opositores del Gobierno logró tipificar un crimen de responsabilidad. Si no hay un crimen, entonces es un golpe. Un golpe armado por una alianza diabólica entre los derrotados de 2014, sectores del Poder Judicial, del Ministerio Público, de la Policía Federal y por la amplia mayoría de la gran prensa brasileña. Es una pena que gente como el expresidente Fernando Henrique Cardoso, por ejemplo, decida aceptar el golpe y entrar en la historia por la puerta de atrás. Él llevará el sello de golpista hasta el fin de sus días, indeleble como un tatuaje. Pero todavía falta una parte esencial para que el golpe tenga éxito: inhabilitar a Lula para las próximas elecciones, ya sea de aquí a 90 días o en 2018. Porque si no consiguen eliminarlo, Lula gana las elecciones. Y eso es la última cosa que los golpistas quieren: ver a Lula de nuevo en la presidencia.

¿Cómo están los ciudadanos en las calles? ¿Qué ha visto?

El movimiento golpista logró un prodigio: unir a la izquierda, al campo progresista de la sociedad, que estaba fragmentado por luchas internas. Hasta el mes pasado las calles estaban tomadas por gente de clase media y alta que ocupaban las calles con vasos de champaña, parejas de blancos llevando a bebés, empujados en carritos por mucamas negras, uniformadas con ropa blanca. El 18 de marzo Lula logró convocar en la avenida Paulista, en São Paulo —una especie de santuario conservador, como la plaza de Altamira, en Caracas—, a centenas de miles de personas ligadas a sindicatos y a movimientos sociales. A partir de entonces el juego comenzó a virar. Las plazas de todo Brasil volvieron a llenarse y lo que parecía una mayoría silenciosa comenzó a gritar: “¡No habrá golpe!”. Yo anduve mucho por las manifestaciones de derecha, para tratar de entender quiénes eran aquellas personas. Más allá de ser visiblemente gente de buena vida, no tenían liderazgo, no tenían un horizonte, sino apenas una vaga condena contra la corrupción (que es real, no fue inventada).

¿Qué le pasó a la clase política brasileña para llegar a este punto?

Estoy próximo a cumplir 70 años. Además de ser periodista y escritor, soy un activista político, fui diputado por ocho años, fui dos veces secretario (primero de cultura y después de educación) y llegué a ser candidato a gobernador de São Paulo. A lo largo de todo ese tiempo, la única novedad en la política brasileña fue el surgimiento del Partido de los Trabajadores (al cual, aclaro, nunca me afilié). El PT prometía ser diferente de los demás no sólo por su programa de izquierda y su compromiso con los pobres, sino sobre todo por combatir la corrupción, una úlcera que mina a la política brasileña desde que llegaron las carabelas portuguesas en 1500. Con el pasar del tiempo el PT mantuvo las banderas políticas, pero cayó en tentación y cuando menos lo esperaba se había convertido, desde el punto de vista moral, en un partido como los demás. Está pagando caro por eso, pero lo merece.

¿Qué hay que replantear en la presidencia de Rousseff?

Permaneciendo en el poder, ella tendrá que implantar de manera obligatoria algunos cambios en la política económica errática que hemos experimentado desde hace dos años. Y tendrá que jugar todas las fichas en la reanudación del desarrollo económico, para que el país pueda volver a crecer y garantizar trabajo para todos. Ya lo hicimos antes con éxito, en la crisis económica de 2008, que era mucho más grave y profunda que la actual.

¿En qué se equivocó Rousseff?

En mi opinión, el error central fue lanzarse prometiendo a los electores una política económica desarrollista mientras aplicaba tesis neoliberales y recesivas. Esa decisión golpeó con fuerza el bolsillo del trabajador y aumentó la tasa de desempleo en el país.

Los manifestantes piden que todos salgan del poder. ¿Las manifestaciones expresan ahora un cansancio general?

¿Quién quiere “a todos fuera”? Fernando Henrique (Cardoso), Aécio (Neves), (José) Serra: los derrotados de 2002, 2006, 2010 y 2014, hasta hoy inconformes con su derrota. Como dicen los futbolistas brasileños, perdieron el partido en el campo y quieren ganarlo en las oficinas.

Lula denuncia un complot. ¿A quién favorece todo esto?

El único político en el poder en Brasil, en la actualidad, que no tiene ninguna acusación en contra es Dilma Rousseff. Nada: ni cuentas secretas en Suiza, ni en los Papeles de Panamá, ni inmuebles sospechosos en Miami, ni dinero de origen oscuro. Eduardo Cunha fue identificado por las autoridades del Ministerio Público como un gánster que recibió millones y millones de dólares en propinas. Y continúa presidiendo la Cámara Federal. Como se puede notar, en Brasil tenemos una justicia tuerta, que entrevé sólo un lado de las cosas.

¿Lula sigue teniendo impacto popular a pesar de estar investigado?

Las encuestas de opinión pública son unánimes: si las elecciones fueran de aquí a 90 días, él vencerá. Si fueran de aquí a dos años, en 2018, él vencerá. Cualquiera que sea el escenario, cualesquiera que sean los adversarios.

 

Fotoarte: «Fernando y la víbora»

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS