América hizo las Españas

Les damos pena. Y tienen motivos. Hace quinientos años y picos nos plantamos allí con unas cuantas carabelas, crucifijos y baratijas para descivilizarles de lo suyo y civilizarlos a nuestra manera: les cambiamos el oro por la fe, les inoculamos la gripe y el idioma, les esclavizamos, les encomendamos, les reducimos y justo cuando, a comienzos del siglo XIX, íbamos a otorgarles una Constitución que amparase a los españoles de ambos hemisferios, a ellos les dio por independizarse y nosotros debiéramos haber hecho lo mismo, permitiendo que Napoleón nos librara de Fernando VII.

Hace unos días, algunos de sus máximos líderes actuales llegaron a Cádiz para una de esas habituales cumbres borrascosas de una comunidad iberoamericana en manifiesto tenguerengue, a pesar de las exhibiciones folklóricas y de los discursos bienintencionados. En esa hermosa ciudad, la más americana de Europa o la más europea de América, pero con una tasa de paro manifiestamente africana o asiática, volvieron a vernos más perdidos que Cristobal Colón camino de Las Indias; o más controlados que Carlos I de España y V de Alemania, por sus banqueros, tan parecidos en el fondo al actual Bundesbank y a los planes de reducción presupuestaria de Herman Van Rompuy. España, hoy, es como un galeón hundido de la Carrera de Indias: lleno de tesoros aparentemente imposibles de sacar a flote.

Hasta el ecuatoriano Rafael Correa, el actual presidente del país que nos llenó de humildes pero luchadoras chachas a la España del pelotazo, nos da consejos lucidos sobre los desahucios o las viviendas que les faltan a la gente y que les sobran a los bancos. Y Dilma Roussef, la sucesora de Lula Silva y la primera presidenta de ese Brasil en donde el gaditano Luis Gálvez proclamó la república independiente de Acre, nos aconseja sensatamente que como sigamos a bordo del tren de la austeridad, más temprano que tarde llegaremos a una via muerta.

Afuera del Palacio de Congresos de la capital gaditana, la realidad eran miles de policías tomando las calles y los trabajadores de Navantia quemando neumáticos como señales de humo a aquellos viejos compañeros de la historia, los que extrajeron la plata del Potosí, los que fueron diezmados por virus, huestes o dioses a caballo, los que vieron como reventaban sus pulmones buscando perlas para los conquistadores en la isla de Cubagua, los de la noche triste y las reducciones en llamas, los que vieron como encadenaban a Alvar Núñez Cabeza de Vaca por denunciar la corrupción de la corte de Asunción, los que asistieron impotentes al olvido de la expedición botánica de Celestino Mutis por Nueva Granada, al verse algunos de los expedicionarios implicados en conspiraciones contra la Corona.

Esa es la verdadera fraternidad trasatlátnica, la que pretendía reiventarse en cierta forma en una cumbre alternativa, denominada La Hora de los Pueblos, que se celebró muy cerca de Cádiz, en Puerto Real, y que registró muchísima menos atención mediática que el pintoresco footing de José María Aznar por la Alameda gaditana. En el encuentro oficial, hasta el Rey se bajó del trono virtual para pedir a los empresarios latinoamericanos que hicieran las Españas, que nos devolvieran en cierta forma las barajitas del 92 y que nos devolvieran la visita con que les llenamos su continente de virreyes o de transnacionales, de telefónicas y empresas energéticas.

Más allá de la propaganda imperial, esa otra orilla ya vino a salvarnos en otras ocasiones: cuando Cuba, más allá del desastre del 98, siguió abranzando a españoles que huían del hambre o de las epidemias, o cuando el México de Cárdenas recibía a mansalva a los exiliados de nuestra última guerra civil. Ese afecto final es el que late por encima de la oratoria vacua de estos pomposos encuentros iberoamericanos en vías de extinción. Más allá de que, a un lado y a otro de la mar océana, algunos giles y malandros usen todavía como un insulto la expresión “gallego” o la voz “sudaca”, los iberoamericanos de andar por casa nos entendemos. Quizá porque compartimos el mismo yugo de los mercados y no solemos, de un tiempo a esta parte, estar demasiado encumbrados sino a menudo por los suelos. De vez en cuando nos dolarizan o nos europeizan, pero siempre nos exprimen. Y, en el fondo, seguimos sin saber si no reinventan dictaduras en contra de nuestros sueños porque sencillamente el poder nos tiene tan domesticados que ya ni les hace falta gorilas para meternos en cintura. Les basta con la tiranía de las primas de riesgo y la convicción profunda de que la libertad real no volverá nunca a pasear por las grandes alamedas.

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