Alquileres. La propiedad no es inviolable

Por Stephan Kaufmann

Es preciso que la vivienda no sea considerada una mercancía, pero que tampoco lo sean la educación, la alimentación, la salud y el agua.

En el actual debate sobre la socialización de las empresas de bienes raíces continuamente se esgrime el contra-argumento: “la expropiación no crea nuevas viviendas”, argumento que los juglares del FDP (siglas del Partido Democrático Libre alemán. NdT) resumen prestamente en el apotegma “debemos construir en lugar de robar”. A contrapelo del antiguo dicho “la propiedad privada es un robo”, ahora se intenta advertir sobre posibles intromisiones en el interior del sagrado lugar de la economía de mercado y de la propiedad privada, y también hacer equivaler a la socialización con el crimen. Esto es, en primer lugar, tramposo, en segundo lugar no es correcto y en tercer lugar es instructivo.

En primer lugar, es probable que la consigna “¡Protección de la propiedad!” agrade a la mayoría, finalmente todos tienen algo de lo que no quieren desprenderse. Sin embargo, el actual reclamo de expropiación no pretende expropiar cosas que las personas usan o aprecian, como las casas en las que viven, sino aquellas cosas que los propietarios no necesitan para su uso privado, por ejemplo, una inversión financiera. Ser propietario de una casa no significa ser rico, pero sí lo es ser propietario de la casa que otro ocupa, o de  cosas que no se necesitan para uso personal, como una inversión financiera.  Entonces, el debate sólo es acerca de una función muy concreta de la propiedad.

En segundo lugar, la propiedad privada no es un don divino ni tampoco es inmutable. Garantiza poder sobre la cosa, aunque tal poder siempre está acotado: nadie tiene permitido hacer lo que se le antoja con su propiedad. En la medida en que la libre disposición de la propiedad está limitada por las leyes, la expropiación comienza en el corazón mismo de la propiedad: esto es, en la disposición exclusiva de una cosa. En esencia, la propiedad es el derecho a excluir a otros del uso de esa cosa, y el acceso sólo se permite contra entrega de dinero, como es el caso del alquiler. En el sector inmobiliario esta lógica se presenta en su forma más pura: el propietario no tiene que producir nada, todo su capital es la capacidad de excluir a otros de sus tierras o viviendas. La propiedad no es una relación natural entre una persona y una cosa, es una relación legal entre personas, propietarios unos y no propietarios los otros. Y en tanto que tal representa un servicio que la sociedad le otorga al propietario, permitiéndole de este modo tener una fuente de ingresos. Este servicio lo presta la sociedad a través de la policía, las leyes y los tribunales, y bajo el supuesto de que finalmente tales servicios beneficiarán a todos.

Aunque éste no parece ser el caso en el sector inmobiliario: en este sector, el mercado no solo no ofrece viviendas a precios asequibles, sino que las destruye a causa del aumento de los precios y las reserva para los ricos. Es importante recordar un fallo del tribunal de distrito de Berlín que ha demostrado que Gehag -una empresa subsidiaria de la Deutsche Wohnen-, permite –con la ayuda de los tasadores- que los alquileres se establezcan por encima de su nivel. Es en este sentido que la socialización puede ser una alternativa, no para construir viviendas asequibles sino para proteger las ya existentes. El sector está a la defensiva, aún cuando estas medidas sólo pueden desanimar a los inversionistas cuyas expectativas de ganancia son socialmente inaceptables. Y en este sentido, una amenaza creíble de expropiación sólo expresa la siempre vigente función social de la propiedad: el artículo 1 de la Ley Fundamental de la República Federal Alemana no dice que “La propiedad de los hombres es inviolable”.

En tercer lugar, el debate es muy instructivo sobre la economía en la que vivimos. Aunque siempre se ocupa de los vericuetos del mercado de vivienda, también pone al descubierto  la “locura” de las rentas propias de la racionalidad capitalista, aplicable también a otros sectores.

De acuerdo con tal racionalidad, la propiedad de las casas y las fábricas es una fuente de ingresos para el propietario, y sus ingresos proceden de su derecho a tales beneficios por sus negocios, y sin tener en cuenta su desempeño económico. Ese beneficio le pertenece al propietario, independientemente de que trabaje o no lo haga. Y así se explica, también, que la participación salarial en los países industriales venga cayendo desde hace mucho tiempo. Esa caída no se debe a un salto abrupto en el rendimiento de los propietarios, sino a que utilizan tecnología y bajos costos laborales en el extranjero a fin de aumentar la tasa de rendimiento de sus empleados para favorecer los negocios de los propietarios.

El objetivo comercial no es la producción de bienes útiles o el uso eficiente de los recursos; es convertir a la propiedad en más propiedades y, en su forma más abstracta: en hacer más dinero con dinero. Cuanto mayor sea el éxito, más valor tendrán los negocios o las propiedades, dado que el valor se mide según la suma de rendimientos futuros esperados. Por consiguiente, el valor de las empresas siempre es especulativo y es el mercado de valores quien lo determina de manera adecuada.

El mercado no es, tampoco, el lugar de la armonía entre la oferta y la demanda, es una lucha de poder entre quienes poseen las cosas y quienes las necesitan. Y entre estos últimos muchos se frustran porque no pueden pagar el precio que les exigen. Entonces, si hay tal cantidad de demandas insatisfechas no hay falla del mercado; pues sólo puedes fallar en una tarea cuyo resultado está asegurado, y la oferta asegurada no forma parte del mercado.

Por tanto, es preciso que la vivienda no sea considerada una mercancía, pero que tampoco lo sean la educación, la alimentación, la salud y el agua. Se plantea, entonces, la siguiente cuestión ¿qué debería realmente ser una mercancía? Es inevitable tener bien presente esta pregunta para cuando los tiempos vuelvan a ser difíciles. Estamos ahora viviendo el final de un largo periodo de crecimiento que refuerza las demandas de distribución. Pero pronto, cuando esta situación se revierta y la redistribución y el sostén sean realmente necesarios, los apologetas del mercado volverán a clamar por las privatizaciones y el fortalecimiento del mercado.

 

es un periodista económico y autor –junto con Ingo Stütze- del libro: ‘¿Entrará el mundo entero muy pronto en bancarrota?’

Fuente:

Der Freitag, 12-04-19

Traducción:María Julia Bertomeu

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