Allá por los « lager»: Auschwitz ( I )

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Este año se cumplen setenta y cinco años de la liberación de los campos de concentración y de exterminio nacionalsocialistas: el 27 de enero fue liberado del campo de exterminio de Auschwitz, el 5 de mayo Ravensbrück y el 30 de abril el de Mauthausen, y me refiero solamente a estos tres ya que los libros de los que hablo toman como centro de atención personajes, que en ellos ejercieron o padecieron, y hechos que se dieron en tan infames lugares.

Auschwitz fue el más grande entre los campos de la muerte. Situado en Silesia oriental ( zona de Polonia anexionada por los nazis), fue un complejo que se extendía en cuarenta y dos metros cuadrados y que se convirtió en la tumba más numerosa , con sus tres sucursales ( Auschwitz I, Auschwitz II o Auschwitz-Birkeneau y Auschwitz III o Monowitz). Entre 1940 y 1945, cerca de 1.100.000 personas fueron asesinadas; solamente 200.000 sobrevivieron. Entre quienes hicieron funcionar aquella fábrica de cadáveres, organizada con la precisión de una locura geométrica de la que hablase Primo Levi, uno en particular destacó por su comportamiento infame: un atento vendedor farmacéutico y dueño de una farmacia local en la que aconsejaba a quienes buscaban solución a sus problemas de salud; destacado ciudadano que se convirtió en un asesino de tomo y lomo: Victor Capesius. No es la primera vez que alguien hurga en los entresijos de la vida de este ser infame y que servidor da cuenta de ello ( * ), mas dejando de lado las posibles comparaciones, la actual publicación de « El farmacéutico de Auschwitz. La historia jamás contada de Victor Capesius», editado por Crítica, de Patricia Posner aportando pruebas halladas en archivos varios y en testimonios inéditos nos presenta al siniestro personaje en su devenir: de visitador médico de empresas como Bayer, a acabar siendo una figura clave dentro de la maquinaria nazi, trabajando en la IG Farben dentro del complejo productivo que tal empresa tenía dentro del campo (allá anduvieron precisamente Primo Levi y , de paso, Jean Améry), para tras cumplir la condena pasar a ser propietarios de una farmacia local, lo que le convertía en consejero médico de sus paisanos, no acaba ahí la cosa sino que la autora del escalofrío hecho libro sigue el sinuoso rastro del sujeto , en los tiempos posteriores del campo, con diferentes tácticas de despiste y engaño (un buen cristiano que solamente había ejercido de cuidadoso sanitario preocupado por la salud de los deportados en el campo…con cartas de recomendación y apoyo) hasta su detención y procesamiento en los juicios de Auschwitz, celebrados en Frankfurt en 1964. La sentencia fue leve para la magnitud de la ignominia: nueve años de cárcel de los que solamente cumplió treinta meses de prisión .

Rumano de origen combatió con el ejército de su país, hasta que los pactos con el III Reich, hicieron que pasase a combatir en las filas de éste. Más tarde sería enviado a ejercer su labor en el campo de Dachau , primer campo de concentración puesto en marcha por el nacionalsocialismo, y tras mostrar sus destrezas en el desempeño de su trabajo fue destinado al campo de Auschwitz, en donde se ponía en marcha la denominada solución final, lo que convirtió al hombre en uno de los peones (por no decir, rey) esenciales de la empresa criminal. Ya desde la selección inicial, al llegar los vagones de ganado atestados de los deportados, su papel era decisivo: un simple gesto suyo bastaba para destinar a los que llegaban al trabajo esclavo y domesticador, o directamente a la cámara de gas. No le temblaban el pulso ni los dedos a Capesius, que no se privaba de separar familias a las que anteriormente había tratado, a pesar de las súplicas de éstas, enviando a algunos de sus miembros a la muerte y al resto al infierno del campo. Tampoco le temblaba la voz a la hora de mentir a sus paisanos cuando preguntaban por el destino de sus familiares. En su haber se cuentan más de tres mil muertos y salvajes recibimientos como el que relatasen ante el tribunal, entre otras víctimas, la escritora Magda Szabó…a la que recibió diciendo: «Soy Capesius de Transilvania. Conmigo va a conocer al demonio».

El transilvano colaboró, desde diciembre de 1943 hasta enero de 1945, ocasionalmente con el doctor muerte, Josef Mengele, ayudándole en sus criminales experimentos, al promocionarle los adecuados fármacos para la bestial chacinería de humanos que organizó el doctor nombrado; es más, Capesius era el guardián del letal Zyklon B, que sirvió para organizar la exterminadora solución final al por mayor, usando contra quienes eran considerados parásitos el material desinfectante adecuado. No acababa ahí su labor sino que como culminación de su heroicidad extraía de los cadáveres el oro que pudiese encontrarse en sus dentaduras, que guardaba celosamente en una habitación de la enfermería; si los bienes requisados a los deportados se enviaban a una estancia denominada Canadá, Capesius tenía su particular ‘canadá’ en donde acumulaba su botín, poniendo a salvo lo que pudo en la desbandada que se produjo en el momento de la llegada de las tropas del Ejército Rojo… en la confusión, un mes estuvo encerrado en un campo belga de los aliados, mas sin que nadie reparase en el carácter del detenido. La autora del libro mantiene que su botín fue suficiente para la posterior puesta en marcha de su negocio, pagando el local a tocateja al tiempo que adquiría una casa de campo y otras ostentosas propiedades. Convertido en un ciudadano más, eso sí influyente dentro de los habitantes del pueblo, nadie reparó en la verdadera personalidad e historia del farmacéutico, hasta que algunos buscadores de criminales nazis ( Fritz Bauer y Herman Langbein) , en su tenaz empeño dieron con él; lo tenían en su objetivo desde el tiempo de los hechos que ellos habían padecido. Llevado ante el tribunal que juzgaba los crímenes cometidos en el lager, Capesius fue el único entre los veintidós acusados en salvar el pellejo, siendo condenado por complicidad de asesinato. La condena no la cumplió en su totalidad ya que cuando llevaba cumplida una quinta parte de la condena, los jueces le liberaron al sostener que no había peligro de que se fugase debido a su negocio y sus lazos familiares.

La historia del caballero, con perdón, es significativa de la capacidad de maldad que anida en los humanos, cuando son invadidos por fatales ideologías que les exige obediencia ciega , sin obviar las ventajas de status y materiales que de ello puedan obtener, mas no queda ahí la cosa ya que sus años posteriores al cumplimiento de su condena dan prueba inequívoca de la flojera de la pretendida desnazificación que se produjo en Alemania, en la que muchos de los implicados en los hechos provocados por el nacionalsocialismo, en puestos claves de la policía, ejército o judicatura, siguieron ocupando puestos de responsabilidad y recibiendo aplausos y honores por su vil comportamiento. Lo que digo se plasma en la anécdota nada anecdótica de la asistencia de Victor Capesius y su familia a un concierto en la capital del estado federal de Waden-Wutemberg, celebrado en 1968, cuando fue aplaudido con el respetable puesto en pie como si fuera una estrella de la orquesta, cuando los méritos suyos eran su apoyo a las políticas de exterminio. Celosos funcionarios que no hicieron sino cumplir las órdenes que les daba la superioridad…culpables sin culpa, responsables sin responsabilidad de los que hablase Günther Anders. A la sazón, el farmacéutico durante el proceso -como narra Patricia Ponser- no dejó de mostrar su airado enfado por la injusticia que con él se cometía, al sentarle en el banquillo de los acusados, como tampoco dejó de reírse, hasta con sonoras carcajadas, por lo que fue recriminado en varias ocasiones por el juez. Se ve que era hombre de risa fácil, faceta que ya había mostrado el el campo ante el desesperado llanto de los niños ante la ausencia de sus madres; él siempre había cumplido órdenes y era un ciudadano respetable propietario de una farmacia que al tiempo vendía productos de cosmética (productos adecuados para ocultar los ‘pecadillos’ del pasado).

 

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( * ) Verdugos y víctimas – Kaos en la red

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