Alfonso Guerra o lo que queda del jefe del pesebre

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Parece que la noticia del día es que el PSOE ha echado mano de Alfonso Guerra para agitar a las bases socialistas, aunque había que ver que se entiende por esto, sí a los votantes o los que se han beneficiado de su gestión, que no son pocos.  Lo hizo el lunes en Utebo (Zaragoza), en una elocución e la que no hizo ninguna referencia a Sánchez. Tampoco repartió precisamente elogios al último mandato al que cridticó a Zapatero, sin citarlo, para señalar que “yo una vez oí a un socialista decir que bajar impuestos es de derechas. ¡Venga ya! ¡No, hombre no!”. Asimismo, cargó contra los suyos diciendo que enseguida se asustan: “Se publican unas encuestas y ya están los socialistas asustados. No, hombre no. Las encuestas están para orientar el voto y no deben vernos asustados, porque eso es lo que buscan”. Guerra continuó aleccionando a los suyos: “Para la derecha, el peligro es el PSOE, el que le puede arrebatar el poder. La izquierda o la derecha fantasiosa no se lo va a quitar”.

Como es costumbre, Guerra está haciendo gala de una “mordacidad” cuanto menos curiosa, al decir cosas tan coherentes como poner por las nubes a la duquesa de alba o comparar a Podemos con el 23-F, algo a lo que no se ha atrevido ni tan siquiera el personaje televisivo más visto del país: Eduardo Inda.

De unas palabras que las podía pronunciar tanto al derecho como al revés, quizás valga la pena destacar las referidas a la historia, un terreno en el que según parece Guerra encuentra una legitimidad que no puede encontrar en su actuación como gobernante, sobre el que no dijo ni media palabra a pesar de no fueron pocos los años en el gobierno. Habló mucho menos de cómo se marchó, y no digamos ya sobre las cuentas pendientes. Por ejemplo de todas esas leyes tejidas entre el PSOE y el PP, y que son las que permiten el escándalo que vemos cada día, el espectáculo de un “Estado derecho” que castiga a los trabajadores en huelga al tiempo que permite que  los Pujol,  Conde, Rodríguez Rato  y Cia sigan en la calle. O que el señor Mata pague sanciones con el dinero robado. Pero que nadie espere que el viejo zorro efectuó una lección de historia anotando: “No nos han perdonado, nos la guardan desde 1921”. Se refería a los años en que el PSOE no quiso entrar en la ‘Komintern tras el viaje de Fernando de los Ríos a la Rusia Sovietista y enumeró lo que él denominó “un listado de rencorosos” Hasta ahora ni tan siquiera Santos Juliá se había atrevido a dictaminar algo así, pero ahora ya tienen la verdad al descubierto:. Guierra subrayó por sí había alguna duda culpando a “comunistas, bolcheviques y chavistas”, p sea a Podemos.

Este hombre que dirige la Fundación Pablo Iglesias, que patrocina y escribe en revistas, no se podía quedar ahí.  Se refería a la historia que representaba, al PSOE creado hace ahora 127 por Pablo Iglesias, que, por cierto, fue el primero entre iguales junto con muchos otros como Juan José Morato, el primer historiador del PSOE y el primer biógrafo de Pablo Iglesias, al que se puede consultar para comprobar qué es lo que lo que tiene que ver aquel PSOE con este que representa Alfonso Guerra. Como otros, muchos de los cuales fueron luego “rencorosos comunistas”: Jaime Vera, Antonio García Quejido, Evaristo Acevedo, Virginia González, Facundo Perezagua, etc. Guerra se refirió a Pablo Iglesias como alguien suyo, alguien que le había legado una biografía como sí se tratara de una propiedad que pasa de padres a hijos solamente por el hecho de mantener las mismas siglas. Pero las diferencias son tan grandes que creemos que no resulta en nada abusivo afirmar que Alfonso Guerra representa el reverso del “abuelo”…

Pablo Iglesias Posse dedicó su vida a construir ladrillo a ladrillo el PSOE y la UGT, un movimiento obrero que osciló entre  el gradualismo reformista (el avance en las mejoras parciales, en el municipalismo social), y la revolución. Defendió la revolución rusa contra la derecha hasta el final. Organizó huelgas y luchas por los derechos de los trabajadores, contra la guerra de Marruecos. A pesar de que fue objeto de una campaña sistemática de la derecha, no le pudieron probar ni el más mínimo caso de  corrupción. Al morir legó un ejemplo de honestidad, pero nada que no hubiera ganado con su esfuerzo.  Hay que ser muy cínico para hablar en nombre de alguien que recibió el Premio Abril Martorell (uno de los mayores campeones de la privatización de los bienes públicos que haya conocido este país), alguien cuyas capacidades se han mostrado en la maniobra, en compensar con el  “pesebre”, en ningunear los que “se movían” en las fotos. Alguien que no soportaría una auditoría sobre sus beneficios sin riesgo de le caigan años de cárcel…

Hace  medio siglo al menos que Guerra no participa en ningún debate, que no se mueve más allá de los círculos clientelares de los “guerristas”, un “lobby” en el que abundan los “arrepentidos” que se subieron al carro de un partido ascendente que les garantizaba cargos en los que normalmente ganaban diez, veinte veces más que un trabajador. Cargos como los que ocupó el “compañero” Fernández Villa cuyo ascensor social funcionó con una manivela movida, entre otros, por Alfonso Guerra, todo un experto en, según me contaba Miguel Núñez, ir detrás de los parlamentarios comunistas para que no perdieran el ascensor.

La extrema debilidad argumental, la acritud del neolenguaje, las acusaciones indignas y groseras contra Podemos no son más que el reflejo de una patética decadencia. Por más que eche pestes contra las encuestas, el mismo hecho de que un partido “de izquierda radical” se haya convertido en su pesadilla, es ya de por sí suficiente para que se le hiele la sonrisa. Se le está helando a los que están perdiendo las posibilidades de seguir en sus “xollos”, en el estrepitoso cierre de locales, el despido de personal adicto…

La conclusión más importante de todo lo que está planteado es que el personal de Podemos se parezca lo menos posible a profesionales desfasados del espectáculo político como Alfonso Guerra que a fuerza de chascarrillos de tres a cuarto trata de ocultar sus propias miserias.

 

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