Al Everest en ascensor

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por Mikel Arizaleta 

Kami Rita es un nepalí de 48 años, que gana su sustento como montañero de la cumbre más alta del mundo, del Everest. Hoy se halla ante todo un reto. Son muchos los montañeros del mundo que emplean tiempo y dinero en alcanzar, si quiera una vez en la vida, la dichosa cumbre del Everest.

Lo contaba Claus Hecking en Der Spiegel.

Kami Rita la ha hollado 21 veces, y  espera que en mayo sea la 22 y  establezca nuevo record. Asciende los 8848 metros para ganar un sueldo como guía de turistas-montañeros. Y hoy siente cierto cosquilleo: “Quisiera hacer historia”. Su objetivo es llegar a la 25 vez.

En 1994, cuando ascendió por primera vez la cima del Everest, fue uno de los 49 de ese año. En 2017 fueron 634 los que pisaron su cumbre. Abril y mayo, aprovechando las condiciones climáticas, son los meses de mayor actividad de montañeros-turistas y de más sube y baja de porteadores.

Para el Nepal los montañeros son una importante fuente económica. Sólo en  permisos de acceso en el 2017  se obtuvieron más de 4 millones de euros. Los operadores más baratos piden alrededor de 20.000 dólares (16.200€) por la ascensión,  los de lujo exigen cuatro veces más.

Cervezas, frigoríficos, wáteres… para los turistas, todo hay que transportar. Un oficio duro y sacrificado. Vistos desde lo alto parecen colchones bamboleantes subiendo la cuesta. Llegados al pueblecillo Dole, a 4080 metros, queda claro: Son hombres, porteadores de objetos sobre sus costillas, de elementos diversos para el campamento y ascenso al Everest. Su meta el pueblecillo Gokyo a 4750 metros sobre el nivel del mar.

En el Himalaya el ascensor imprescindible son los portadores, que cargan sobre sus espaldas todo lo imaginable: cervezas, coca-colas, paredes de madera, wáteres, frigoríficos… para las casetas en las que van a pernoctar los turistas.

Fuera de yaks y mulas, en general portadoras de botellas de gas y sacos de arroz, son los nepalíes el único medio de transporte a esas alturas. De los 2500 a más de 5000 son varios días de marcha: muchos en sandalias y con cargas que superan su peso personal.

Tika Bahadur, de 40, es porteador desde los 27. Comenzó con 13 años, en la familia no había dinero para comer y no había otro trabajo. ¿Qué hacer?

“Comencé subiendo 15 kilos, pero con ese peso se ganaba poco, porque se paga según peso. Con 15 subía 50 kilos, con 25 cargaba 80, que es mucho. Peso 60 kilos. Algunos compañeros suben 110 y hasta 120 pero no aguantan muchos años, terminan con dolores de espalda y nuca. Llevamos demasiado peso sobre la cabeza. No hay una técnica especial que aligere o que evite daños a la larga. Quienes portan pesos grandes a la larga caen enfermos. Tengo compañeros que se han derrumbado en el camino y algunos nunca más sanaron. Los porteadores casi nunca visitan un médico, nadie tiene  seguro, ni hay sindicatos, cada cual trabaja para sí.

Donde más se gana es subiendo los tramos difíciles y penosos, por ejemplo del pueblo Namche Bazaar (3450 m) o del campo de aviación, un poco más arriba, a Gokyo. La distancia son 60 km en total: dos días de ascenso y uno de vuelta. Por kilo se cobra de 80 a 110 rupias (0,70 a 0,90€) por todo el camino. A veces el camino está helado o hay nieve. Porteadores que vienen de tierras llanas sufren el mal de altura.

Los objetos deben llegar a destino puntualmente e intactos. Si algo se rompe o daña el porteador debe pagar la mitad. Y si no tiene el dinero suficiente lo cubre con su trabajo. Una vez se me cayó un paquete de cervezas de 24 latas y el jornal se fue en la indemnización.

Ahora trabajo como porteador para turistas. Gano menos, 1400 rupias (12€) al día. Pero subo tan sólo 30 kilos y estoy asegurado si algo me ocurre. A veces me dan propinas. Con los turistas me relaciono poco, apenas hablo inglés. Cuando no hay ascensiones trabajo con mi mujer un pequeño huerto de verduras para nosotros.

Tiempos atrás el trabajo era más duro. De camino teníamos que dormir fuera, en las casas y chabolas no nos dejaban entrar. Buscábamos cuevas o cavábamos huecos en el suelo si no estaba helado. Desde hace algunos años se nos debe permitir pernoctar gratis en las chabolas. Normalmente dormimos en el suelo y si hay suerte sobre algún colchón, a veces también bajo techo. A veces nos juntamos los porteadores y hablamos, fumamos y cantamos. Pero normalmente estamos tan agotados que dormimos.

Cuando me levanto por la mañana y el sol asoma por las altas montañas es un momento grandioso. Mi trabajo es poco gratificante. En mi pueblo hay docenas de chavales que se ofrecen como porteadores. Y yo siempre les digo: mejor que vayáis a la escuela y aprendáis. Pero ellos buscan dinero. El mejor momento de cada tour es descargar el peso al final del trayecto, volver a casa, tomar un licor raksi y comer una ración de búfalo al curry. Es la vida.

Dentro de 10 años quiero retirarme, para entonces espero ganar lo suficiente de lo contrario tendré que seguir trabajando. Tengo tres hijos, sus estudios son caros pero merece la pena el sacrificio. Anhelo que el futuro de mis hijos sea mejor que el mío”.

Mikel Arizaleta

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