«Al Alba». Si te dijera, amor mío…

Si las nubes, según el logrado verso de Valery, humanizan el cielo, el barro es el obligado contrapunto en los bosques otoñales y sus cercanías, no sólo como elemento discordante entre tanta belleza, sino también en tanto destino de las hojas y de los frutos que van cayendo sobre los lodazales. El barro al que se sentía tan cercano el poeta Miguel Hernández. El barro que nos forma y nos conforma al decir del relato bíblico. El barro de los caminos que conducen a los castañedos, más bellos que nunca en los presentes días. Más románticos, en cuanto a su abandono, cada año que pasa. El barro. El otoño.

En un momento me llega algo que tararea la constante melodía del recuerdo. Rescato acordes de la canción más inolvidable que escribió Aute, «Al Alba». Canción de amor y de paz, de angustia y de miedo, que ya alcanza los treinta años de existencia, los mismos que transcurrieron desde la muerte del dictador.

Miedo a la madrugada, noche de zozobra. Al amanecer, habría fusilamientos. Tras los sucesos tan temidos, el invicto caudillo comparece por última vez en público y habla -cómo no- de contubernios y conspiraciones. Enfermaría irremisiblemente pocos días después. Se apagaba para siempre aquella voz aflautada y se expandía en corazones y cabezas la letra y la música de Aute.

Como ahora, era noviembre. Como ahora, manzanas de distintos colores y tamaños eran recogidas en su mayor parte del suelo, tras los acostumbrados vendavales. Como ahora, era tiempo de castañas y de sidra dulce.

La muerte, la eterna compañera lorquiana, estaba omnipresente. Atentados y fusilamientos. Y, al final, el deceso del dictador.

Era un tiempo de castañas. A la salida de la primera sesión de cine de la tarde, ya había oscurecido. Uno pensaba entonces que en el pueblo la luz del día aún no se había apagado del todo. Cine, emisiones nocturnas de radios europeas. Rumorología más variable que cualquier nubosidad. Interminables charlas en busca de respuestas que no había.

El futuro era en parte como aquel amanecer tan temido por Aute. Las libertades tan anheladas no pasaban de ser mero arsenal desiderativo. Era éste un país de alucinación. Como alguien escribió, en muchas iglesias se rezaba por la salud del dictador. En otras, se refugiaban obreros y sindicalistas. Todo en el mismo escenario. Bajo el mismo cielo, en el mismo suelo.

Aquella canción de Aute, puro estremecimiento, era también, o así la vivíamos nosotros, una declaración de amor a la vida, un largo ay a la noche, un largo lamento, una eterna presencia, parodiando a Salinas. Un deseo de que fuese interminable ese momento para el amor y la esperanza.

Cines, cafés, bares. Tertulias interminables. Huera palabrería, envuelta en un manto de sueños, oscuro como las noches, con vocación de claridades más o menos ficticias. Eso era la noche. Paralizadas las mañanas. Aulas que eran escenarios para la espera, donde las voces en casi nada se correspondían con los ecos.

Y las tardes efímeras que representaban, sin que quisiéramos darnos cuenta de ello, el tópico del «tempus fugit». Nevaban las hojas desde las alturas, casi siempre a nuestro alcance, de los árboles. Rodaban exangües los erizos de las castañas. El barro se iba asentando. Y las manzanas esperaban ser prensadas en los lagares.

Ojos que se cruzaban con voluntad invasora. Historias de amor que emergían entre charlas interminables. Lujurias varias aprisionadas con una estética contraria a ellas, cuyas costuras se rompían, real y metafóricamente. Reventaban como el erizo al que agujerea la castaña que quiere salir de ese caparazón en el que se ahoga.

Los miedos no remitían, pero las esperanzas llegaban como frugales y fugaces luces vespertinas de dulces atardeceres otoñales. Estaba cerca el verano. Merodeaba el miedo. Sobre la palma de la mano, manzanas que aún no se habían arrugado.

Era otoño. Nunca el champán fue tan inequívoco objeto de deseo.

«Si te dijera, amor mío…» Así tarareamos aquellos días confusos, aquellas tardes agridulces, aquellas noches tan laberínticas.

En este caso, no sólo queda la música. También tenemos la letra.

«Si te dijera, amor mío…»

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS