Ahora que ha cesado el ruido, hablemos de Maradona

Algunas reflexiones a raíz del boom informativo con motivo de la muerte de Maradona.

La muerte de Diego Armando Maradona originó un enorme fenómeno social en el que dos posturas enfrentadas irrumpieron: una decía que Maradona era algo así como una especie de divinidad; la otra, poco más o menos, que Maradona había sido un ser despreciable y había que escupir sobre su tumba. Como suele ocurrir en la sociedad del espectáculo el debate sosegado no existió. Había que posicionarse en uno de los polos, sin tiempo para la reflexión. Sólo un puñado de pequeñuelas/os se hicieron la pregunta correcta: ¿cómo es posible que las masas -hombres y mujeres, adultas/os y jóvenes- rindan culto en América o Nápoles a quien otras/os insultan afirmando que era un maltratador drogadicto?

Histriónicamente, IU escribía en Twitter: “Hasta siempre, comandantes. Siempre Maradona. Siempre Fidel”. ¿Es equiparable la figura de Maradona a la de Fidel? ¿Acaso no es eso lo que sugiere la izquierda esperpéntica? Aquel mismo día, hora y media después, IU tenía que aclarar: “Nos ha dejado un símbolo, pero no podemos olvidar, y menos el #25N, los oscuros episodios de su vida relacionados con la violencia machista”. ¿Un cambio de postura ante el enfurecimiento de ciertos sectores? Es claro que la diferencia horaria entre el primer y el segundo mensaje fue producto de la improvisación. Este hecho, que puede parecer a primera vista pueril, ilustra sin ambages el problema ante el cual nos encontramos.

Maradona fue un tipo masticado y escupido por la mafia. La mafia napolitana, y también la mafia que crea y modula opiniones a lo largo de todo el mundo. Año tras año, cada vez que los medios de comunicación pudieron, atacaron abiertamente a Maradona. Contra Maradona todo valía ¿Por qué ese odio? ¿Por qué el 25 de noviembre los medios de comunicación hicieron, al menos en apariencia, un brutal ejercicio de catarsis? Aunque deseaban a Maradona muerto el día que murió soltaron, en una actuación perfectamente orquestada, lágrimas de cocodrilo.

Maradona fue el sueño americano, surgido de Villa Fiorito, de la mierda y la inmundicia que genera el modo de producción capitalista, que acabó en pesadilla, muriendo ahogado por la gloria y el oro -algo que, por cierto, no es extraño-. Las/os pobres de la Argentina, de América, querían ser Maradona. ¿Cómo no van a querer ser Maradona las/os miles de hambrientas/os del mundo? ¿Cómo no van a querer ser Maradona las/os miles de Argentinos que viven en la miseria?

Maradona fue, también, la Revolución cubana: mientras cierta militancia y cierta academia a la que nunca le falta un plato de comida caliente vomitaba sobre el proceso revolucionario y criticaba y critica esto y aquello sin mancharse lo más mínimo y haciendo sugerencias desde el eurocentrismo y la abundancia occidental erigida sobre la rapiña y el saqueo imperialista, Maradona se comprometía con la Revolución.

Algunas/os se comprometieron. Luego desertaron: venden miles de libros o salen en televisión. Tienen sus facturas pagadas. Para el Imperio hay algo peor que el hecho de que Maradona apoyase la Revolución cubana: Maradona nunca se desdijo. Maradona nunca achacó a su juventud sus simpatías con la revolución. Nunca afirmó que apoyar a Cuba fuese un error. Frente a los ídolos de barro y mierda, miserables y enajenadas/os todas/os ellas/os, construidos por la industria occidental y seguidos por millones, frente al ejemplo estúpido y hueco, el ídolo Maradona estaba políticamente comprometido frente al Imperio. Enamorado de otro Argentino al que llevaba en la piel -y al cual el poder convierte, vaciándole de todo contenido comunista, en un idealista aventurero-, Ernesto Guevara, entrevistó a Fidel Castro en 2005 para toda la Argentina (1). La podredumbre de la cotidianeidad occidental hace que, simplemente, para nosotras/os sea imposible pensar que mañana cualquier cadena, pública o privada, vaya a permitir hablar -y sin interrupciones- a un histórico dirigente antiimperialista en horario de máxima audiencia.

No bastaba, todo esto, a Maradona: también se puso, en tiempos más difíciles, del lado de Hugo Chávez y de la Venezuela bolivariana. Estuvo en Mar de Plata en la tumba del ALCA, frente al imperialismo, con la Argentina y América dignas. Tiempos más difíciles porque el avance del Imperio en los años noventa contribuyó a liquidar el pensamiento opositor al capital. Pero aquel que no abandonó la causa cubana no dudó en abrazar, también, la causa de Venezuela.

Maradona tiene muchos episodios. Muchos episodios antagónicos, contradictorios. También estuvo enfrentado a la FIFA y al fútbol espectáculo. Aquel fútbol espectáculo que él encarnó como nadie.

Algunas/os se preguntan si no hay otros ejemplos a quienes admirar. Ejemplos de masas, ¿cuál hay? ¿Cuántos ejemplos hay que provoquen tanto odio al Imperio? Los errores de Maradona eran amplificados hasta límites desconocidos y de forma sistemática. Mientras -y esto no justifica, sólo muestra la doble vara imperial estadounidense, sumisa y obediente europea- a otros muchos se les perdonan las violaciones, dejaciones y malos tratos. Todo aquello que se le reprocha a Maradona son defectillos sin importancia en otras personas, pequeñeces que no es de buen gusto ventilar. A la sombra del Imperio la inmunidad es la norma.

Algunas/os tendrán sus motivos para odiar a Maradona. Esperamos que no sean los motivos del Imperio, ni los inducidos por el Imperio.

Algunas/os reclaman a Maradona. No sabía que, en el Estado español, había tanta divinidad, tanta impoluta militancia y lucha política intachable. Reclaman a Maradona, supongo, quienes nunca se han desdicho ni han dudado de la Revolución cubana y su importancia para América y para el mundo; quienes no dudaron en apoyar al golpista Hugo Chávez cuando fue encarcelado en 1992 y quienes no se pusieron de lado y resistieron en Miraflores; quienes apoyaron la resistencia armada en Chiapas desde el primero de enero de 1994; quienes enfrentaron hasta las últimas consecuencias los Pactos de la Moncloa -miseria, hambre y prostitución para los pueblos del Estado español-; quienes pelearon y siguen peleando hasta quedar sin aliento contra la OTAN -aunque dé puestos de trabajo, porque la OTAN es sinónimo de muerte, hambre y prostitución-; quienes nunca han cambiado un voto en una asamblea por la suerte, más o menos lejana o cercana, del pesebre burgués; quienes han sabido, siempre, mantenerse alejadas/os de las instituciones y no caer en el juego político burgués anteponiendo no sé qué cuestión táctica o estratégica a los intereses de la mayoría social; quienes no toleran que sus organizaciones sigan desahuciando durante la pandemia ni permiten, tampoco, que suba el precio de la luz ni del gas; quienes nunca han insultado con términos machistas, ni amenazado al débil; quienes nunca han utilizado su posición para conseguir un privilegio o un favor, siquiera un privilegio o un favor de mierda logrado con una posición de mierda.

A Maradona lo tuvieron en el olvido. Sólo desempolvado ocasionalmente -como hacen con Cuba, Venezuela, y con quienes molestan al pensamiento único- para darle una buena somanta de hostias, aprovechando alguna de las innumerables ocasiones que el argentino les servía en bandeja de plata y que, dicho sea, no fueron pocas. Maradona, producto social del capitalismo y del deporte de masas, salió rana: no por sus relaciones con las mujeres ni con las drogas, sino por su relación con Fidel Castro y Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Maradona no era Fidel. Ni era un dios, aunque tuviese una mano divina. Hay una izquierda que gusta de conservar cadáveres y petrificar ideas. Esa no es la nuestra. Pero Maradona estaba en la trinchera frente al Imperio, una trinchera en la que nunca, ningún medio, le ha perdonado que estuviese. Ahora, muerto, le dan la voz que le quieren dar, la que no incomoda.

Quizá Maradona duela porque demuestra, sin lugar a equívocos, que en la lucha de clases las contradicciones son innumerables. También en nuestro lado, en nuestra trinchera. La lucha ideal sólo existe en quienes, lejos de la militancia y la práctica política con las clases trabajadoras, observan a estas desde una atalaya, ajenas/os a la vida real.

Las/os Quijotes, frente a la izquierda embarrada en el idealismo pequeño burgués, son defectuosos. Nacen, crecen y mueren en la sociedad burguesa, y de una u otra forma encarnan sus defectos. Sin embargo, con todos sus defectos -y a su manera-, algunas/os eligen enfrentar gigantes hasta el final. Así, se convierten ellas/os mismas/os en gigantes y perduran en la memoria de los pueblos. Mientras, la santidad puede vociferar.

1-https://www.youtube.com/watch?v=1nTz8O_rRcA

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