Ahora Hollywood mira hacia España

La historia de Huesca –capital del Alto Aragón, en el norte de España, donde las llanuras del río Ebro dan lugar a las primeras cimas de los Pirineos– se remonta hasta el neolítico y desde entonces son muchos los pueblos que dejaron sus huellas en la región: romanos, visigodos, musulmanes, íberos… Durante los últimos 400 años, los más devotos han llegado de comarcas remotas al monasterio de San Pedro el viejo, en busca de su tesoro más preciado, el famoso Santo Grial. Pero en estos días en Huesca hay una extraña tribu de nómades que, al menos durante un par de semanas, le cambia la cara a esta ciudad noble y austera: son por lo general jóvenes, visten ropas coloridas, cargan mochilas, libros, catálogos y llevan, por única arma, cámaras de video digital. Su fe es la del cine y su grial el Festival de Huesca, que desde hace 32 años se ha convertido en motivo de peregrinación para cortometrajistas de todo el mundo.
Y este año, más que nunca. Considerado uno de los más antiguos y prestigiosos de su especialidad, el Festival de Huesca –dirigido desde siempre por José María Escriche– acaba de ser bendecido por la Academia de Hollywood: a partir de esta edición, que culmina mañana sábado, los cortos premiados pasan a integrar automáticamente la precandidatura a los premios Oscar en su categoría. El palmarés de la competencia internacional todavía está por decidirse, pero mientras tanto, en el Concurso Iberoamericano, un corto argentino ya está dando qué hablar. Se trata de El patio, un film de 18 minutos, dirigido por Milagros Mumenthaler, que acaba de ganar el premio Cacho Pallero, 6000 euros en metálico otorgados por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). El premio, a su vez, lleva el nombre de quien fuera uno de los más apasionados impulsores del Nuevo Cine Latinoamericano, como integrante y productor del Grupo Cine Liberación, de donde salieron en los años ’60 películas clave, como La hora de los hornos, de Fernando Solanas, y El viaje hacia la muerte del viejo Reales, de Gerardo Vallejo.
Producido en la Fundación Universidad del Cine (FUC), que dirige Manuel Antín, El patio ya venía de ganar, en abril pasado, la competencia de cortos del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente y ahora volvió a llamar la atención de Huesca con la pequeña historia de Martina y Sofía, dos hermanas adolescentes que se disputan una reposera bajo el sol en el patio de su casa, en una agobiante tarde de verano porteño. Frugal, minimalista, casi sin diálogos, el film de Mumenthaler sintoniza muy bien con el nuevo cine argentino de sus hermanos mayores –de Martín Rejtman a Lucrecia Martel– y es capaz de expresar un universo complejo (la complicidad, los celos, la madre ausente) sin reducirlo a metáforas o alegorías, una pesadilla que suele azotar a muchos cortometrajes, apurados por decir demasiadas cosas en muy poco tiempo.
El tiempo, a su vez, es el protagonista de una de las secciones paralelas más celebradas este año en Huesca, el magnífico ciclo de revisión titulado “Anarquistas: la revolución traicionada”. Curado especialmente para el festival por uno de sus programadores, Angel Santos Garcés, la muestra –que llegará próximamente a Buenos Aires– prefiere relegar las imágenes y noticieros tan trajinados sobre el frente de batalla durante la Guerra Civil Española para concentrarse en cambio en un puñado de films muy pocos vistos y realizados en la retaguardia por la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), de tendencia anarquista. Se trata cortos de propaganda pero también largometrajes de ficción, que llevan el sello del Sindicato Unico de Espectáculos de la CNT, que entre 1936 y 1937 produjo casi un centenar de películas, fundamentalmente en Barcelona y Aragón, los dos bastiones con más fuerza y tradición en el anarquismo español.
Los títulos de estos films ya expresan mucho sobre su época, sus intenciones y también sus sueños: El frente y la retaguardia, En la brecha, Aragón trabaja y lucha, ¡Nosotros somos así! y Aurora y esperanza, entre los más elocuentes. Los cortos son en general de naturaleza didáctica –de contrainformación, se diría hoy– y dan cuenta de los cambios producidos en las zonas dominadas por el campo trabajador, donde las fábricas ya no están en manos de sus patrones, sino que se han colectivizado y funcionan también como centros sociales y educativos (algo no muy distinto a la experiencia de tantas fábricas recuperadas en la Argentina posterior a la crisis de diciembre 2001).
Los largos de ficción, en cambio, se permiten escapar de las consignas políticas para abordar géneros tradicionales, como el melodrama y la comedia, pero con una mirada muy particular, sin duda libertaria. Es el caso de Barrios bajos (1937), de Pedro Puche, un folletín sentimental con todas las letras, jugado en el turbio ambiente portuario, pero que a diferencia de películas similares realizadas en la Argentina o aun en Francia, no moraliza sobre la conducta de sus personajes. Son estibadores, prostitutas, artistas callejeros e incluso rufianes, típica fauna de los muelles, a quienes el film mira siempre con franqueza, de igual a igual, sin juzgarlos desde ningún púlpito.
De haber visto Barrios bajos, Luis Buñuel –el ácrata aragonés más famoso– seguramente la hubiera disfrutado. Y por cierto, el autor de Los olvidados sigue hoy librando diariamente su batalla en Huesca, desde la plaza que lleva su nombre: la mirada torva de su busto no deja de desafiar a la oscura parroquia de Santiago Apóstol que tiene enfrente, como si todavía siguiera pronunciando orgulloso su célebre definición: “¿Yo? ¡Ateo, gracias a Dios!”.

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