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A las 11.40 del día 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI se dirigió en latín a los cardenales reunidos en consistorio ordinario en el Vaticano: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma”.

A las cinco de la tarde del día 28 de febrero, bajo el tañer de todas las campanas de Roma, un helicóptero lo trasladó desde el Vaticano hasta la residencia de Castel Gandolfo, donde dejó de ser Papa tres horas después.

Su sucesor, el Papa Francisco, Bergoglio, dicen que ha devuelto a los católicos la alegría de ser cristianos y que se ha ganado el favor de los medios de comunicación. Benedicto XVI, como cardenal Ratzinger, venía de ser durante 24 años «guardián de la fe» del papa Juan Pablo II. Y eso sonaba  a bota, a alemán con botas. Francisco, en cambio, fue acogido «a lo grande» desde el primer momento. Ha hecho gestos, y es importante.

Si bien su forma de hablar, de relacionarse es más sencilla y directa, sin tanto oropel, su magisterio, su mensaje, su doctrina en lo grueso es la misma. Dicen que no puede cambiar, que no puede ser otra. Y ahí está el problema. Y este gesto es el importante: se sigue siendo lo que era.

Él, como principal comercial de Dios en la tierra, como interpreté del allá en el aquí sabe que Dios, su dios, se ha quedado sin palabra merced al hombre. Un conocimiento humano más libre y menos sumiso ha arrojado a la Iglesia del campo de la ciencia por fraude y engaño: su Dios es invento, su Biblia bellos cuentos y poesías redactadas por gentes diversas en épocas distintas. Su doctrina y mensaje sigue siendo un trozo  del medioevo con embozo divino de miedo, eternidad y castigo eterno. Algo que yo encuentro especialmente vergonzoso en la religión es ese inculcar como virtud el estar satisfecho de la ignorancia, el buscar el vacío del conocimiento para, por defecto, llenarlo de Dios de modo deshonesto. Ese perinde ac cadaver, esa sumisión, ese “doctores tiene la santa madre Iglesia que sabrán responderte”. Claro, así ocurre que condenan en aborto y son capellanes y generales como castrenses en los ejércitos de muerte y destrucción de países coloniales al servicio de intereses económicos. El genetista de USA Jerry Coyne dice “si la historia de la ciencia nos demuestra algo es que no vamos a ninguna parte etiquetando nuestra ignorancia como palabra de Dios”.

Es cierto, gente buena encuentras  en todas partes, entre todas las mentalidades y grupos, también entre sectas  cerradas y carcas. Entre los cristianos hay gente honrada, y muchos de ellos subsisten en su periferia, en un sí es no es, y se pasan la vida creyendo en un Dios ilusión y despotricando contra sus jefes.

Pero el gran gesto del papa Francisco, a un año visto, es que su Iglesia sigue siendo lo que era: un fraude

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