Agosto del 36. Badajoz: genocidio y memoria (cast/cat)

«Se llevaron a Mucha gente buena, yo todavía era chiquinina pero aquello FUE muy gordo».

Así recordaba ayer mi abuela, una mujer de 91 años, aquellos días de agosto de 1936 en su tierra natal. Ella, entonces una niña de 10 años, pobre como el resto de su familia, emigró hacia Cataluña años más tarde, pero el recuerdo de lo que perpetró el ejército fascista en Badajoz, parece que le ha acompañado durante toda la vida.

Esta ciudad extremeña, defendida por cerca de tres mil milicianos y quinientos soldados republicanos, fue una de las primeras poblaciones a caer en manos del ejército franquista. Más de dos mil legionarios y cerca de ochocientos regulares marroquíes, ayudados de artillería, consiguieron entrar en la ciudad el 14 de agosto de 1936, bajo el mando del general Juan Yagüe, previo bombardeo de la aviación italiana.

Pero a lo que se refería mi abuela no era a las vicisitudes de la batalla de Badajoz, sino a todo lo que pasó después.

Pocas semanas después del levantamiento fascista, las tropas que entraron en esta población pusieron en práctica la doctrina del general Mola: «Se tendrá en cuenta que la acción debe ser en extremo violenta (…) Hay que sembrar el terror … hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros«. A tal efecto, con la entrada de las tropas fascistas se produjeron todo tipo de barbaridades, violaciones de mujeres por parte de las tropas marroquíes, asesinatos indiscriminados, incluso de criaturas, pillaje, robos, incendios, etc. Los cadáveres quedaron tendidos en las calles durante días, para escarmentar la población, y para que la población viva no diero abasto para enterrar a la población muerta. Varios periodistas pudieron documentar aquella carnicería.

Pero lo que pienso que mi abuela no entendía era que el destino de esta población había quedado sellado quizás unos meses antes, concretamente el 25 de marzo de 1936. Ese día, más de 60.000 jornaleros, bajo el paraguas de la Federación Española de trabajadores de la tierra ocuparon 23.500 hectáreas de tierra sin trabajar, la propiedad de las cuales estaba en manos de tan sólo siete propietarios. La mayor ocupación de tierras del periodo republicano, que desbancó por la vía de la acción directa las tímidas aplicaciones de la Reforma Agraria y la inacción del Estado republicano. Aquellos campesinos tuvieron la valentía de enfrentarse al poder de los terratenientes (los «señoritos» que diría mi abuela). Un ejército hambriento de jornaleros, costureras, mecánicos, «junteros», criadas, peones… hicieron más «república» en un día que el Estado en nueve años. Decidieron dejar de resistir, y pasaron a la ofensiva.

Esta es una de las razones por las que, meses después, el 14 de agosto, el general Yagüe ordenó el confinamiento de todos los prisioneros (muchos de ellos civiles) en la plaza de toros. Y bajo la mirada atenta de los terratenientes y latifundistas se llevó a cabo la venganza decisiva de los señoritos, el fusilamiento sin previo juicio ni ningún tipo de garantías de miles de personas (algunas fuentes hablan de hasta 4.000) descabezando así el proyecto de transformación social mayor que había vivido el pueblo extremeño y, seguramente, uno de los más profundos de la II República. Como suele suceder, todas estas personas asesinadas no tienen nombre. Están enterradas en fosas comunes, aunque sin excavar. No tienen nombre ni apellido. Son pueblo.

No es de extrañar pues que para una niña de 10 años estos sucesos se queden incrustados permanentemente en su memoria. Sin embargo, aparte de la represión que vivieron los hombres y mujeres de Extremadura, como en el resto del Estado español, aún les quedarían 40 años, y más, de silencio. Un silencio que es lo que hace que a una abuela de 91 años se le empañen los ojos al recordar una tarde de verano lo que pasó en su tierra 81 años atrás. Un silencio que ha sido la segunda condena para todas las que sufrieron la represión y la dictadura. Porque, no nos engañemos, si el genocidio de Badajoz es un hecho relevante de la guerra civil, en uno de los hechos más decisivos en la historia de Extremadura, el hecho de que no forme parte del debate público no es casual.

Los que nos dedicamos al oficio de crear conocimiento sobre el pasado, sabemos que la historia no es imparcial. Sabemos, también, que la historia la hace quien tiene las herramientas y la capacidad para hacerla. Y en España, durante muchas décadas, quien ha tenido los medios para hacer la historia es un sector determinado de la población, con una ideología y una práctica política también concreta. No sólo durante el período de dictadura, donde el cinismo de las instituciones franquistas obligaron a la población de Badajoz a caminar por una calle llamada General Yagüe, sino también durante la mal llamada democracia actual.

 

 

Pruebas de ello hay un montón, pero hablando de lo que hoy recordamos, un ejemplo claro es que en 2002 el gobierno del PSOE (sí, aquel partido que también sufrió la represión en agosto del 36) derribó la plaza de toros para construir un palacio de congresos. El propio ayuntamiento, en 2009 decidió derribar también la tapia del cementerio, llena de agujeros de bala que recordaban los fusilamientos. El motivo del derribo: «cuestiones urbanísticas», borrando de esta forma los testigos inmuebles de aquella infamia. Tampoco hay que decir que, en ningún caso, los responsables han sido no ya condenados, sino al menos señalados por las autoridades «democráticas».

Así, la necesidad de recordar la masacre de Badajoz adquiere hoy día más importancia que nunca. Porque no sólo es una cuestión de discusiones entre tendencias historiográficas, es una cuestión de lucha ideológica actual, una cuestión de justicia social. Aquel genocidio consiguió su objetivo: extender el miedo y la resignación entre las clases populares extremeñas. Aquella matanza, aseguró la permanencia del latifundismo, de las relaciones clientelares, de un dominio sangriento por parte de la oligarquía que aún hoy perdura. De ahí la urgentísima necesidad de recuperar Nuestra historia, la de los explotados y explotadas, la de los asesinados y asesinadas. Porque la historia, en tanto que participa de la creación de conocimientos, forma parte también de nuestra praxis transformadora, y se convierte en una herramienta para recuperar nuestro pasado y generar visiones críticas sobre el presente, articulado con nuestras realidades, las de la clase trabajadora.

Joan Fuster escribió hace tiempo que toda política que no hacemos nosotros será hecha contra nosotros. Yo me atrevería a añadir que, también, toda historia que no hacemos nosotros, será hecha contra nosotros.

 


 

Agost del 36. Badajoz: genocidi i memòria

 

Se llevaron a mucha gente buena, yo todavía era chiquinina pero aquello fue muy gordo”.

Així recordava ahir la meva àvia, una dona de 91 anys, aquells dies d’agost del 1936 a la seva terra natal. Ella, llavors una nena de 10 anys, pobre com la resta de la seva família, emigrà cap a Catalunya anys més tard, però el record del que va perpetrar l’exèrcit feixista a Badajoz, sembla que l’ha acompanyat durant tota la vida.

Aquesta ciutat extremenya, defensada per prop de tres mil milicians i cinc cents soldats republicans, fou una de les primeres poblacions a caure en mans de l’exèrcit franquista. Més de dos mil legionaris i prop de vuit cents regulars marroquins, ajudats d’artilleria, aconseguiren entrar a la ciutat el 14 d’agost del 1936, sota el comandament del general Juan Yagüe, previ bombardeig de l’aviació italiana.

Però al que es referia la meva àvia no era pas a les vicissituds de la batalla de Badajoz, sinó a tot allò que va passar després.

Poques setmanes després de l’aixecament feixista, les tropes que entraren en aquesta població posaren en pràctica la doctrina del general Mola: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta (…) Hay que sembrar el terror… hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”. A tal efecte, amb l’entrada de les tropes feixistes es van produir tot tipus de barbaritats, violacions de dones per part de les tropes marroquines, assassinats indiscriminats, inclús de criatures, pillatge, robatoris, incendis, etc. Els cadàvers van restar estesos als carrers durant dies, per escarmentar la població, i perquè la població viva no donava a l’abast per enterrar la població morta. Diversos periodistes van poder documentar aquella carnisseria.

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Però el que penso que la meva àvia no entenia era que el destí d’aquesta població havia quedat segellat potser uns mesos abans, concretament el 25 de març del 1936. Aquell dia, més de 60.000 jornalers, sota el paraigües de la Federació Espanyola de Treballadors de la Terra van ocupar 23.500 hectàrees de terra sense treballar, la propietat de les quals estava en mans de tan sols set propietaris. La major ocupació de terres del període republicà, que desbancà per la via de l’acció directa les tímides aplicacions de la Reforma Agrària i la inacció de l’Estat republicà. Aquells camperols van tenir la valentia d’enfrontar-se al poder dels terratinents (dels “señoritos” que diria la meva àvia). Un exèrcit famolenc de jornalers, costureres, mecànics, “junteros”, criades, manobres… van fer més “república” en un dia que l’Estat en nou anys. Van decidir deixar de resistir, i van passar a l’ofensiva.

Aquesta és una de les raons per les quals, mesos després, el 14 d’agost, el general Yagüe va ordenar el confinament de tots els presoners (molts d’ells civils) a la plaça de toros. I sota la mirada atenta dels terratinents i latifundistes es dugué a terme la venjança decisiva dels señoritos, l’afusellament sense previ judici ni cap tipus de garanties de milers de persones (algunes fonts parlen de fins a 4.000) escapçant així el projecte de transformació social més gran que havia viscut mai el poble extremeny i, segurament, un dels més profunds de la II República. Com sol passar, totes aquestes persones assassinades no tenen nom. Estan enterrades en fosses comunes, encara sense excavar. No tenen nom ni cognom. Són poble.

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No és d’estranyar doncs que per a una nena de 10 anys aquests successos es quedin incrustats permanentment en la seva memòria. Tot i així, a banda de la repressió que visqueren els homes i dones d’Extremadura, com a la resta de l’Estat espanyol, encara els hi quedarien 40 anys, i més, de silenci. Un silenci que és el que potser fa que a una àvia de 91 anys se li entelin els ulls al recordar una tarda d’estiu el que passà a la seva terra 81 anys enrere. Un silenci que ha estat la segona condemna per a totes les que van patir la repressió i la dictadura. Perquè, no ens enganyem, si el genocidi de Badajoz és un fet rellevant de la guerra civil, si és un dels fets més decisius en la història d’Extremadura, el fet que no formi part del debat públic no és casual.

Els que ens dediquem a l’ofici de crear coneixement sobre el passat, sabem que la història no és imparcial. Sabem, també, que la història la fa qui té les eines i la capacitat per fer-la. I a l’Estat espanyol, durant moltes dècades, qui ha tingut els mitjans per a fer la història és un sector determinat de la població, amb una ideologia i una pràctica política també concreta. No només durant el període de dictadura, on el cinisme de les institucions franquistes van obligar a la població de Badajoz a caminar per un carrer anomenat General Yagüe, sinó també durant la mal anomenada democràcia actual.

Proves d’això n’hi ha un munt, però parlant del que avui recordem, un exemple clar és que el 2002 el govern del PSOE (sí, aquell partit que també va patir la repressió l’agost del 36) va enderrocar la plaça de toros per a construir un palau de congressos. El propi ajuntament, el 2009 va decidir enderrocar també la tàpia del cementiri, plena de forats de bala que recordaven els afusellaments. El motiu de l’enderroc: “qüestions urbanístiques”, esborrant d’aquesta forma els testimonis immobles d’aquella infàmia. Tampoc cal dir que, en cap cas, els responsables han estat no ja condemnats, sinó com a mínim assenyalats per les autoritats “democràtiques”.

Així, la necessitat de recordar la massacre de Badajoz adquireix avui dia més importància que mai. Perquè no només és una qüestió de discussions entre tendències historiogràfiques, és una qüestió de lluita ideològica actual, una qüestió de justícia social. Aquell genocidi aconseguí el seu objectiu: estendre la por i la resignació entre les classes populars extremenyes. Aquella matança, va assegurar la permanència del latifundisme, de les relacions clientelars, d’un domini sagnant per part de l’oligarquia que encara avui perdura. D’aquí la urgentíssima necessitat de recuperar la Nostra història, la dels explotats i explotades, la dels assassinats i assassinades. Perquè la història, en tant que participa de la creació de coneixements, forma part també de la nostra praxis transformadora, i es converteix en una eina per recuperar el nostre passat i generar visions crítiques sobre el present, articulat amb les nostres realitats, les de la classe treballadora.

Joan Fuster va escriure fa temps que tota política que no fem nosaltres serà feta contra nosaltres. Jo m’atreviria a afegir que, també, tota història que no fem nosaltres, serà feta contra nosaltres.

 

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