Aforismos II

AFORISMOS (2)

Por Elías Canetti

Traducción de José María Pérez Gay

Uno debe terminar antes de haber dicho todo. Algunos lo han dicho todo antes de empezar.

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En la mayoría de los místicos nunca hay poetas. Hay una excepción, la de los persas.

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En sus textos se habla más de animales y jóvenes. Su escritura es más voraz, su delirio más terrenal, y sus parábolas tienen algo tan ardiente como un aliento amoroso y, al mismo tiempo, algo tan delimitado como la vida cotidiana. En ellos hay la monotonía de una vida en convento. Se les siente viajeros y callados. Y de pronto, después de un largo silencio, comienzan a hablar apasionadamente. Son sabios pero su dicción es fuerte, balbucean y hablan espléndidos.

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Tienen algo de acróbatas.

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El busca la frase única. Piensa miles de frases para encontrar la única. ¿En qué lenguaje encontraría esa frase única? ¿Las palabras de esa frase serían cuerpos estelares, corazones, muertes, animales? La frase única es la que nadie, ni él mismo, pronuncia.

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Los destructores del lenguaje buscan establecer una nueva justicia entre las palabras.

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Yo le debo a Stendhal una convicción: si todo hombre pudiera vertirse por escrito, llegaría a ser algo excitante, sorprendente e irrepetible.

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Lo que más admiro en él es la espontaneidad de sus ideas y sus sentimientos, la apertura y la excitación de su naturaleza: su rapidez nunca olvida nada, su incesante movimiento nunca se dispersa; su nobleza nunca es algo fingido, su gratitud sabe siempre por qué agradece. Lo implacable de su oficio (salvo si se trata de ciertos cuadros) y su inmensidad transparente, que nos colma siempre. En suma: Stendhal siempre es claro, sus ideas son sencillas, en él siempre hay luz. Sin embargo, no se trata de una luz mística o religiosa (sospechaba de ella), sino de la de los procesos de nuestra vida cotidiana. los que recogen las cosas más concretas.

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Es difícil mantener la crueldad necesaria que nos permita ser implacables en nuestros juicios. La ternura de los recuerdos se va extendiendo por todas partes; si nos diluimos en ella será imposible mirar a alguien con los duros ojos de la realidad.

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¿A qué hombre se le ha permitido seguir su propio camino? ¿Quién no ha sido expulsado continuamente a un desierto en el que no encuentra nada de sí mismo, donde tiene que degradarse y secarse, convertirse en un tartamudo que grita pidiendo auxilio, alguien que se ahoga entre la sal, sin hojas y sin frutos, hundido y maldito?

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Nadie conoce toda la amargura de lo que aguarda en el futuro. Y si de pronto apareciera como en un sueño, la negaríamos apartando los ojos de ella. A esto le llamamos esperanza.

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Los filósofos quieren darnos la muerte como si ella estuviese allí desde un principio. No soportan verla hasta el final. Tienen que prolongarla hasta el principio. La convierten en la más íntima compañera de nuestra vida. Y así, en ese supuesto candor y en esa confianza, nuestros filósofos son capaces de aceptarla.

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No existe ningún dolor imposible, lo único infinito es el dolor.

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La pulsión de la muerte, en Freud, es un descendiente directo de las antiguas y más oscurantistas doctrinas filosóficas; pero mucho más peligrosa que aquellas porque se disfraza de términos biológicos, del prestigio de la modernidad.

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Nadie conoce ni ha conocido nada de inmediato: lo que creemos conocer de pronto, ha estado largo tiempo con nosotros. Lo que verdaderamente importa es el conocimiento clandestino que alienta en todos nosotros.

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