Aforismos I

Elías Canetti nació en 1905 en Rustschuk, Bulgaria. En 1911 se trasladó con sus padres, judíos españoles, a Inglaterra. Luego de la muerte de su padre se instaló en Viena hasta 1938. A partir de 1939 vivió en Inglaterra; murió en agosto de 1994. Narrador, dramaturgo, ensayista, premio Nobel en 1981, es autor de Auto de fe (1936), Masa y poder (1960), El otro proceso de Kafka (1969), La conciencia de las palabras (1975), La lengua absuelta (1977) y La antorcha al oído, entre otros títulos. Los aforismos que siguen forman parte de su libro Toda esta admiración dilapidada.

AFORISMOS

Por Elías Canetti

Traducción de José María Pérez Gay

Tolstoi disfrazado de insecto en un baile. Después de haber escrito La metamorfosis, Kafka, que admiraba a Tolstoi, ¿habría leído con gusto esa anécdota?

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Lo que más aprecio en un verdadero escritor es aquello que omite por orgullo.

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No me interesa entender de modo preciso a un hombre que conozco. Lo que me interesa es exagerarlo de modo preciso.

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Se debe decir que Tolstoi llegó a cumplir ochenta y dos años, y que Dostoyevski cumplió sólo cincuenta y nueve. Veintitrés años es una enorme diferencia. ¿Sería Tolstoi el mismo que conocemos si hubiese muerto en 1889? Es imposible saltar por encima de la injusticia de nuestras edades.

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Ser mejor sólo quiere decir: llegar a conocer mejor. Sin embargo, debe ser un conocimiento que no nos dé tregua, que nos acose siempre. Es mortal un conocimiento que nos vaya aplacando.

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Todo lo que ha ocurrido teme a su palabra.

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Uno no sabe nunca lo que resulta si las cosas cambian de repente; ¿pero sabe uno lo que resulta si no cambian?

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¿Fueron menores los abusos que se hicieron del infierno mientras creíamos todavía en él? ¿Fueron más dóciles nuestras naturalezas infernales mientras no se dieron cuenta a dónde nos llevaban? Nosotros, que estamos orgullosos de haber destruido el mito del infierno, le damos ahora espacio por todas partes.

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Los últimos hombres no llorarán.

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El enemigo de mi enemigo no es mi amigo.

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Uno siente que ciertas palabras son terribles para todos los demás, salvo para nosotros mismos.

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Todas las visiones pesimistas en la historia de los hombres nada tienen que hacer frente a la realidad. Ninguna de las antiguas religiones puede satisfacernos, todas ellas nacieron en periodos idílicos.

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¡Y si algún día se llegara a comprobar que nosotros —los eternos penitentes del futuro— hemos vivido en el mejor de los tiempos posibles!

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¡Y si nos llegaran a envidiar por nuestros millones de hambrientos bengalíes!

¡Y si se llegaran a reír de toda nuestra insatisfacción, de toda nuestra miserable conciencia como ahora se ríen de todos los caprichos pequeño burgueses!

¡Y si llegaran a investigar minuciosamente cómo fue posible que nosotros hayamos obtenido tanta libertad, tanto aire, tantas ideas!

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Tantos hombres en la cabeza y todo lo que han dicho. Y, sin embargo, uno mismo tiene que encontrarlo otra vez y decirlo.

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No hay que sobrestimar lo inusitado. Hay que dotar de aguijones a lo común y corriente.

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Los cosmonautas soviéticos ya habían muerto cuando aterrizaron. El aterrizaje no tuvo problemas, murieron sin grandes dolores. Si tuvieron un paro cardíaco, los tres corazones se detuvieron al mismo tiempo. Así, han tenido un final más conmovedor que si hubieran desaparecido en el espacio. Así los encontraron: una advertencia. Lo mejor sería no encontrar nunca una razón a su muerte.

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Los dioses de los antiguos han ido perdiendo casi todo, y debemos temer que suceda lo mismo con nuestro Dios mucho más simple. Sin embargo, no quiero volver al que ha traído la muerte a este mundo.

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Por ninguna parte veo un Dios de la vida, veo sólo ciegos que adornan sus crímenes con Dios.

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¿Son mis ilusiones infantiles las que todavía me hacen decir si percibo una fisura en la coraza de un hombre: no todo está perdido, hace falta poco para hacer palpitar a ese corazón detenido?

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La primera conversación con esas personas a las que uno conoce de vista durante diez años: las que vemos diariamente preguntando, las que nos preguntan diariamente viéndonos. Uno debería tener más personas como ésas y, después de muchos años de verse preguntando, dirigirles la palabra.

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A él le gustan las frases sueltas, frases redondas: las que no puede voltear en la mano, las que pueden ser saqueadas, las que pueden ser estranguladas.

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Admiro a Robert Musil porque nunca abandona lo que ha reconocido a fondo. Se pasa cuarenta años allí metido, y muere allí mismo prisionero.

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