Aceituna con hueso

Hace algunos años sonaba incesantemente en las emisoras locales de Cuba un tema bastante pegadizo titulado Marginales.com, interpretado por un grupo cuyo seudónimo era y es Aceituna sin Hueso. La canción formaba parte de un CD cuya mayor virtud radicaba en un cierto salero a la hora, siempre complicada, de poner en marcha ese asunto que algunos llamaron fusión (palabreja que a ilustre musicóloga María Teresa Linares no le hace ninguna gracia), en la que figuraban retazos del ajiaco* sonoro cubano y elementos simples de lo andaluz. La verdad es que esa yuxtaposición musical no quedaba mal, aunque como suele ocurrir en este tipo de ensayos, se palpa que aún les queda un largo camino por recorrer, en el viaje hacia el hallazgo de una personalidad propia.

La solista del grupo posee una voz afinada, aunque algo atiplada, cuya coloratura no le facilita en absoluto su afición por lo sureño, ya que en aquellos pagos se valora más una garganta ronca (el quiebro es imposible para ella), amén de una fuerza expresiva de la que carece de momento la cantante, por otro lado voluntariosa y trabajadora. Pero en las canciones no se nota demasiado esa ausencia de quejío, así que compré el CD encantado de la vida.

En cierta ocasión, acompañé a unos amigos españoles al Centro Andaluz de La Habana, situado en el Paseo del Prado, al objeto de compartir unas cervezas y algunas rodajitas de embutido porcino, que añoro tanto como el tinto que nace en la Ribera del Duero. Tras las primeras risas, inevitables cuando se cuentan las peripecias acontecidas en un día de recorrido por la parte vieja de la bellísima ciudad, nos dimos cuenta de que subían al pequeño escenario unos jóvenes que llevaban algunos elementos de percusión, un bajo, guitarra española, y demás instrumentos habituales en una banda cubana.

Se trataba, precisamente, de la banda Aceituna sin Hueso, de la que había hablado a los comensales hacía unos minutos, por lo que silenciamos chistes y anécdotas, disponiéndonos a escuchar al grupo. Terrible error, porque los muchachos y muchachas aceituner@s se dedicaron a guiñarse el ojo entre ellos, mientras cantaban temas como Rasputin (Boney M.) o el Porompompero (Manolo Escobar), cocinando una guisa de potpurrí típica de un colectivo que cree estar ante una audiencia repleta de turistas, de esos que no les interesa mucho el fenómeno musical, por lo que, debieron imaginar, era preferible juguetear con esa ristra de banalidades tan tópicas, antes que limitarse a tocar sus propias canciones. El espectáculo fue penoso.

La decepción de mis amigos andaluces (y la mía propia), a los que había hablado de ciertas calidades en el disco del grupo, fue tan apabullante que acudí al camerino para charlar un minuto con los componentes del conjunto. Pronuncié un recio saludo: “Buenas noches”, al que siguió la frase: “¿Alguna vez habéis tocado en serio?”. Ante su sorpresa (me identifiqué de inmediato como periodista español, pero el tono y mi expresión eran imitación de sargento chusquero), les recriminé duramente la actitud demostrada en el escenario, su falta de profesionalidad, así como su imperdonable clasismo, ya que trataron a los espectadores como estúpidos ignorantes, como un rebaño de visitantes descerebrados, a los que había que entretener cantando aquellas cantinelas que, ni siquiera en una fiesta privada, se suelen interpretar por un elemental sentido de la educación y el civismo estético.

En mi fuero interno, me divertía lo cariacontecido de la expresión de los componentes del grupo, mucho más que ellos cuando reían con cierta complicidad, creyendo cantar ante unas decenas de turistas a gogó. La pequeña bronca cayó como una bomba entre los miembros de la banda, que ponían cara de alumnos sorprendidos por el maestro que les descubre fumando en el WC. Trataron en vano (yo seguía con un rictus durísimo en los labios) de disculparse por el vergonzoso recital, pero no les di tiempo y salí de aquel improvisado camerino dándoles la espalda, como un actor que hace mutis por el foro tras una frase rotunda.

Ni que decir tiene que volví a la mesa para referir la anécdota a mis contertulios, que rieron de buena gana, aunque surgió por boca de uno de ellos una frase tierna y comprensiva hacia los jóvenes: “Hombre, Carlos, la verdad es que lo que cantaron era una mierda, pero lo hicieron con gracia”.

Animo al grupo Aceituna sin Hueso a que rellenen virtualmente su seudónimo, colocando en el interior de la oliva una riquísima anchoa andaluza, para que a partir de ya mismo se convenzan de que, en cualquier lugar en el que toquen, hay que sacar a relucir una virtud inherente al artista que se llama profesionalidad, amén de cierta dosis de cortesía y buenos modales, porque ningún público, en ningún local, merece el desprecio que ellos dedicaron en aquella ocasión a la audiencia del Centro Andaluz.

De ese modo tan sencillo, pasarían a sentirse un poco mejor, y con suerte, hasta pudiera ocurrir que otro periodista allí sentado, más importante que este humilde gacetillero, se levantara encantado por las canciones del grupo y promocionara sus discos en todo el mundo. Algunos de los temas creados por Aceituna sin Hueso merecen un aplauso, pero es una verdadera lástima que aquel día, el conjunto en cuestión no demostrara que los músicos y cantante que lo forman, eran superiores como seres humanos a los artistas que dicen llevar dentro. De ahí, que hoy añada en el título de este artículo un hueso… duro de roer.

Nota.- Plato típicamente cubano en el que se mezclan legumbres, vegetales, carnes, hortalizas, etc., dando como resultado una combinación gastronómica de una variedad y sabor bastante originales, que destaca no solo por la cantidad de elementos utilizados, sino también por su indudable valor alimenticio.

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