Abatido por tantas desgracias, Danilo se refugia en el sueño

DANILO –CAPÍTULO 22: LA VIDA EN EL SUEÑO

Después que entra en la I-95 rumbo norte, Danilo se detiene en West Palm Beach y llama a Santiago Peral, un viejo compañero de Clara que había sido muy amigo de Osvaldo. Le cuenta lo sucedido, diciéndole que había sido muy amigo de Clara en los últimos meses y era su vecino en el Hotel South Beach, que ella le había dado su número de teléfono hacía varios días por si algo le sucedía y que todas sus pertenencias están en la habitación 218. Le había dicho ella, además, que, si moría, deseaba que cremaran su cadáver y llevaran sus cenizas a Holguín para que fueran esparcidas en el jardín de la universidad. Le dice, además, que llame a su hija para darle la noticia y si ella no puede cubrir los gastos del velorio y la cremación, que, por favor, hable con varios de los amigos que asistieron al velorio de Osvaldo para que los cubran y lleven sus cenizas a Cuba. Le dice, finalmente, que no puede  ocuparse de eso porque está viajando a Pensacola, ya que sus dos hijos tuvieron un accidente de automóvil y ambos están muy graves en un hospital de esa ciudad. Santiago le responde que se va a ocupar de todo y no se da cuenta que ha hablado con Danilo.

Al colgar el teléfono, Santiago sintoniza la radio y escucha los detalles del sangriento suceso. La amistad de Santiago y Clara se había fortalecido en los días posteriores al velorio de Osvaldo, aunque él no podía entender por qué ella había desaparecido después de su regreso de Cuba sin decirles nada a sus amigos. 

Danilo, entonces, llama a su hijo y le cuenta todo lo que ha sucedido. 

EL REGRESO A NUEVA YORK

Danilo llega a Nueva York el tres de enero, pues tuvo que parar varias veces en la carretera, transido de dolor, y tiene un encuentro muy emotivo con su hijo en el que se dan un fuerte y largo abrazo, con los ojos llenos de lágrimas. Al día siguiente, Danilito le da una tarjeta del Seguro Social con el nombre de Raúl Buendía. Danilo sustituye el nombre de Marcos de Córdoba en la inscripción de nacimiento de Puerto Rico, le saca una fotocopia especial, consigue otras identificaciones, entre ellas la licencia de conducir, y se establece con este nuevo nombre en un pequeño y antiguo hotel de Flushing, en el que su hijo ha vivido después de su salida de Rikers Island. Las hermanas y cuñados de Danilito viven en Yonkers y han enviado a sus hijos a Indianápolis con una hermana de Jairo.

A las dos semanas, Liz y Danilito se casan en una discreta ceremonia civil a la que sólo asisten la familia, los amigos más cercanos de los jóvenes y algunos asociados de James McMaster, el padre de Liz, y se quedan a vivir en la mansión de ella, en Kew Gardens, a dos cuadras de la Universidad de Queens –Queens College– y a unas veinte de Danilo. James le da a Danilito un modesto empleo en las oficinas de su compañía publicitaria, mientras el joven prosigue sus estudios de high school para ir después a la universidad. Terminará su segunda enseñanza a los 24 años de edad que es la edad en que muchos concluyen la universidad.  

Danilito les ha dicho a su esposa y su suegro que su padre había sido en Cuba un funcionario menor del Ministerio del Turismo. Como él y sus hermanas tienen el apellido Duarte, no podía decirle que su padre tenía uno distinto, pero como su nombre no ha sido divulgado por la prensa, Danilo ha podido mantener en secreto su identidad aun con su nueva familia.

Al llegar a este otro hotel, rodeado de las brumas silenciosas del invierno, pues el día se aclara después de las nueve y media de la mañana y se oscurece a las cuatro y media de la tarde, o sea que la noche dura diecisiete horas, Danilo se encierra en su habitación y es presa de una intensa crisis depresiva. Duerme casi todo el tiempo, con la ayuda de Valium, un fuerte somnífero que su hijo le consigue, sin receta médica, en la farmacia de un amigo.

Danilito va a verlo todas las tardes cuando regresa de su oficina y se queda un rato con él. A menudo, lo invita a comer a su casa, pero su padre le dice que irá… otro día. Con este contacto diario ambos se toman un intenso cariño.

El hotel es económico, limpio, tranquilo aunque céntrico y con buena calefacción, y sus habitaciones tienen baño privado, teléfono, nevera y horno de microondas. Se halla muy cerca de la estación del metro de Main Street y Roosevelt Avenue y del parque Flushing Meadows. Para cubrir sus gastos básicos, Danilo va consumiendo el dinero que tenía al salir de Miami y el que le dan por la venta de su coche.

Su actividad diaria es siempre la misma: toma una pastilla de 10 mg de Valium, se acuesta a dormir a las once de la noche, se levanta a la una de la tarde, se da una ducha tibia, calienta en el horno alguna comida ligera, come, camina hasta el parque tratando de recordar las imágenes de los sueños que ha tenido ese día, regresa al hotel, recibe la visita de su hijo, lee unas tres horas, toma la medicina con una taza de tilo, y se vuelve a dormir a las once. Nunca ve televisión ni oye la radio ni lee periódicos. Es un ermitaño que duerme más de la mitad del tiempo en una de las ciudades más pobladas, ruidosas y activas del mundo.       

Sólo ha interrumpido esta rutina una vez para ir a la biblioteca de Nueva York, en la Quinta Avenida y la 42, y leer los libros, en español, que sobre los sueños han escrito Sigmund Freud y Carl Jung, y sacarle fotocopias a lo más importante.  

LOS SUEÑOS FELICES

La única luz que ilumina su vida es la sombra del sueño. Como si fuese obra de esa justicia cósmica que unos atribuyen a Dios y otros a la Naturaleza, sueña todos los días, intensamente, con los momentos felices de su vida. Su caso es una excepción, pues se sabe que las drogas hipnóticas, al desacelerar los impulsos nerviosos de las neuronas, suelen suprimir o disminuir esa actividad que la mente realiza mientras el resto del cuerpo duerme a la que llamamos sueño. 

En uno de sus sueños, Teresa está acostada boca abajo sobre la arena, él se le acerca, le dice algo y ella sonríe; en otro, se halla en El Mirador de Viñales, en compañía de Teresa y sus pequeños hijos, y se deslumbra con el fascinante paisaje de unos mogotes que se alzan sobre una tierra roja y se perfilan sobre un cielo azul y transparente; en otro, va caminando de la Lomonosov al Parque Gorky y se sienta en un banco todo cubierto de nieve; en otro, le está explicando a sus compañeros del CNIC como había redescubierto las funciones mensajeras del ácido ribonucleico, y en otro está jugando con sus nietecitos en el apartamento de Riverside Drive.

Nunca ha soñado con su salto brutal al barco de la fuga, ni la terrible tormenta, ni   el tiburón que ataca a Teresa, ni el suicidio de Osvaldo, ni el instante en que Clara le reafirma su amor a un segundo del eterno silencio, ni con nada que pueda traerle un recuerdo trágico. Por eso duerme tanto, para estar feliz en el sueño ya que no puede estarlo fuera de él.         

Por su lectura sobre los sueños, Danilo conoce que los esquimales creen que el alma abandona el cuerpo, en el sueño, para vivir en otro mundo; que una vez un indio paraguayo mató a un misionero porque había soñado que éste lo iba a matar; que, en algunas tribus de Indonesia, si un hombre sueña que su esposa le es infiel se separa de ella y puede llegar, en algunos casos, a matarla; que los iroqueses creen que se debe alcanzar lo que se sueña; que los kurdos consideran que si alguien sueña con algo de valor ya por eso le pertenece y debe obtenerlo, aunque sea por la fuerza; que de acuerdo a las creencias antiguas de los babilonios, egipcios e hindúes, los sueños anuncian lo que va a suceder; y que Artemidoro en su Onirocrítica y Cicerón en su De divinatione planteaban que los sueños son dirigidos por fuerzas sobrenaturales.

Con la llegada de abril y el renacimiento de la flora, el dinero se le agota. Su hijo le va a dar dos mil dólares, pero sólo le acepta doscientos con la condición de que no los rechace cuando se los devuelva. Comienza a trabajar, entonces, ocho horas diarias, cinco días a la semana, en una pequeña fábrica cercana al hotel, empacando ropa. Es un trabajo muy simple, que no requiere el menor esfuerzo mental. Gana poco, pero lo suficiente para pagar el hotel y la comida, que son sus únicos gastos, pues ha dejado de fumar y sólo bebe agua.               

Tiene, entonces, que variar un poco su rutina. Se levanta a las seis y media de la mañana, llega a la fábrica a las siete, trata de recordar sus últimos sueños mientras empaqueta la ropa, sale a las tres de la tarde, se baña, come, medita o lee un par de horas, recibe la visita de su hijo, toma el Valium con una taza de tilo, y se acuesta a las siete y media, o sea duerme once horas, casi la mitad de su vida.

EN EL KREMLIN

Un día de julio tiene un sueño muy curioso. Se encuentra en Moscú, a fines de octubre de 1962. Está en el Kremlin, sentado al centro de una larga mesa. Junto a  él están Nikita Jruschov, John Kennedy y Fidel Castro; pero Nikita tiene la cabellera de John, John la calva de Nikita y Fidel usa un sombrero de yagua.  

Hay unas cuarenta personas alrededor de la mesa, militares y civiles. Los cubanos y los soviéticos afirman que Cuba tiene el derecho soberano a poseer las armas que quiera. Los estadounidenses dicen que los cohetes nucleares de Cuba tienen que regresar a la Unión Soviética. Aquéllos expresan un juicio razonable; éstos, un capricho imperial.

Los civiles tratan de encontrar un acuerdo pacífico, los militares quieren la guerra. Después de un largo debate, Nikita y John se ponen de pie y se van a dar un abrazo, pero un general del Pentágono que pesa 350 libras, está enteramente desnudo y tiene tatuada en una nalga la suástica nazi y en la otra a Elvis Presley, se sitúa entre los dos y los empuja, derribándolos al suelo. Comienza, entonces, una pelea espectacular, a puñetazos, patadas y mordidas, entre todos los presentes, en la que no usan armas, a pesar de que todos están armados. El obeso general, con una voz muy parecida a la de Liberace, grita, histérico: “No me pateen a Elvis, por favor, no me pateen a Elvis”.  

Danilo, que está en medio de la sala, saca una pistola de rayos cósmicos que aún no ha sido inventada, le dispara a todos los que pelean y los desaparece. Sólo quedan Nikita, John, Fidel y él. Los cuatro se sientan en torno a una mesa no tan amplia, sobre la que hay un samovar, un par de botas con espuelas, un microscopio y una foto de Benny Moré, y comienzan a hablar en tono amigable en uno de los 6,900 idiomas que el Creador tuvo la mala leche de crear en la Torre de Babel en menos de quince minutos.  

En un momento del animado coloquio, una vieja gorda entra volando por una ventana. Tiene un enorme hueco en la parte posterior de la cabeza del que emana abundante sangre y un gran parecido a Alyona Ivanovna, la vieja usurera a la que Raskolnikov le partió el cráneo con un hacha en “Crimen y Castigo”. Se acerca a John y le dice: “Te doy un copec por ese reloj”. John, sonriendo, exclama: “Esto no es un reloj sino un centro de mando, si adelanto el minutero comienza la Primera Guerra Nuclear”. La vieja, con un acento muy parecido al de Pulule, Cebolla y Boloña, insiste: “Bueno, mi sangre, entonces véndemelo en cinco copecs, vaya”. Danilo acciona la pistola y la vieja desaparece, dejando en el salón una cartera llena de monedas, una estampita de San Lázaro y un fuerte olor a azufre.

Fidel, entonces, se acerca a John, le da un tabaco, pone un brazo sobre sus hombros y le dice:

–Bueno, ven acá, Juanito ¿y por qué rayos nosotros no podemos tener armas nucleares en Cuba, chico?”.

John lo mira con vivo afecto, y le dice:

–Porque son armas muy grandes para un país tan pequeño, Fifo.

Entonces Fidel, prendiéndole el tabaco y dándole unas suaves palmaditas en la espalda, le dice al oído y sin despegar los dientes:

–El único gobierno que no debía tener armas nucleares es el de tu país porque aquellas dos mañanas de agosto asesinó con ellas a más de 200,000 seres humanos, en más de un 90% niños, mujeres y viejos, y destruyó en esa guerra y en la de Corea a países enteros, a pesar de que en el tuyo no cayó una sola bomba ni murió un solo ser humano en esas guerras.

John empieza a berrear como un bebito con hambre y a halarse con furia los cabellos, porque unos segundos antes la cabellera de Nikita había volado a la cabeza de John y la calva de John se había arrastrado por el suelo y se había subido a la cabeza de Nikita. Éste se pone de pie, comienza a reír a carcajadas y a darse golpecitos en el ombligo, que se le sale fuera de la camisa, cae sobre John y le da un golpe al reloj. Unos segundos después, se accionan los cohetes nucleares de Estados Unidos, y enseguida los de la Unión Soviética y Cuba, y cientos de millones de seres humanos yacen, calcinados, en diversas partes del mundo. Antes de que Moscú sea destruido, Danilo vuela en una nave espacial desde el Kremlin a San Juan y Martínez porque quiere morir fumando un tabaco Partagás #1, a pesar de que ya no fuma ni cigarrillos. En las zonas a las que no ha llegado el impacto directo de las bombas, millones de personas, entre ellas Danilo, vomitan un líquido amarillo y pierden grandes mechones de cabellos.    

Danilo se despierta dando un salto en la cama y abriendo bien los ojos. Corre al baño, se mira al espejo y hace un gesto de alivio al ver que no le brota nada de la boca y que tiene todo su cabello. Son las cinco y diez de la madrugada, aún le faltan casi dos horas para llegar a la fábrica, pero no puede seguir durmiendo.

EL SUEÑO DE LA DEBACLE ECOLÓGICA

A principios de agosto, Danilo tiene otro sueño que pudiera ser más premonición que pesadilla (hay un calor sofocante, pero su hijo le acaba de regalar un aire acondicionado) Es el año 2,224, pero él vive aún, con 284 años de edad. Se había asociado en el 2,010 al biólogo Aubrey de Grey, profesor de Cambridge y director de la Fundación Matusalén, y comenzó a ingerir las enzimas que eliminan las toxinas que provocan el envejecimiento de las células animales, como la lipofuscina y otras, y fue alcanzando una insólita longevidad; aunque no cree que pueda vivir mil años, como afirma de Grey, sino, a lo sumo, cuatro siglos. 

Tiene el rostro como lo tenía a los cuarenta años de edad. Acaba de salir de su casa, una pirámide de cristales rodeada de palmas iridiscentes, con una capa de agua y un sombrero, y se dirige hacia un valle fértil que está más allá de un río por el que aún fluye agua fresca no contaminada. No sabe en qué país se encuentra, pero se da cuenta que no puede ser tropical. A lo lejos, un furioso tornado, con vientos de 400 kilómetros por hora, destruye una ciudad, no sabe cuál. Edificios, árboles, casas, coches, camiones, personas y animales vuelan por los aires. Sigue caminando y atraviesa el tornado sin que se le caiga el sombrero ni se le levante la capa. Hay miles de casas destruidas y decenas de miles de personas muertas.

Danilo se sienta sobre una bicicleta de goma que acaba de caer junto a él, aprieta un botón lumínico, se eleva unos cien pies y vuela hasta una loma que se halla junto a una ciudad que está cerca de un valle de tierra negra, a unos 80 kilómetros de la costa. Se baja de la bicicleta y mira a la ciudad que tiene a sus pies.

De pronto, una ola de cuarenta metros de alto abate la costa, avanza a gran velocidad, anega el valle, cubre la ciudad, y cientos de miles de personas se ahogan. Danilo vuelve a volar en la bicicleta y llega sobre el río que tiene a un lado un valle fértil y al otro un desierto. En una de sus orillas, hay varios hombres que operan unas ametralladoras de veinte pies de largo. Mira hacia el desierto y ve una sombra que se mueve. Vuela y se sitúa sobre ella, a la propia altura. Es una  multitud que avanza hacia el río para cruzarlo y llegar hasta el valle en que hay  cultivos de hortalizas y frutas. Todos visten de harapos, están descalzos y llevan en las manos vasos y platos vacíos. Hay en sus rostros una expresión cadavérica.

Al llegar las primeras líneas de la muchedumbre a unos doscientos pies del río, las ametralladoras abren fuego, mientras unos aviones que parecen platillos voladores de forma cilíndrica, bombardean y ametrallan al resto de la multitud. Miles de personas tratan de huir, pero los raros aviones les siguen lanzando ráfagas y bombas. Danilo se aleja con su bicicleta volante, desciende sobre el valle, arranca de un huerto unas lechugas y remolachas, y se las come crudas, con gran avidez.

Regresa volando a su casa, la bicicleta desaparece como si nunca hubiese aparecido, entra en la casa, en la que vive solo, pues todos sus familiares, hasta sus biznietos, han muerto de vejez, y sintoniza su televisión digital portátil de tercera dimensión en la que los que están afuera de la pantalla pueden hablar en vivo con los que están adentro. Queda un solo canal que transmite noticias todo el día. En el momento en que Danilo lo sintoniza, el locutor está dando las noticias del tornado, la ola gigantesca y la muchedumbre que fue asesinada en el desierto cuando trataba de cruzar el río y, al concluir, hace un resumen de la gran catástrofe ecológica que ha provocado la muerte de miles de millones de seres humanos.

De acuerdo al informe del locutor, la producción de biocombustibles, como el etanol y otros, que se intensificó a partir del año 2,010 antes de que varias guerras  la detuvieran, destruyó casi todos los bosques tropicales que antes eran los pulmones del planeta y elevó a límites extremos los precios de los alimentos básicos, provocando una hambruna mundial que mató a dos mil millones de seres humanos a mediados del Siglo 22. Varios países han utilizado bombas nucleares limpias, que no producen radioactividad, para eliminar a las multitudes nómadas que han tratado de llegar a los países de las altas latitudes de ambos hemisferios en que la agricultura aún florece, y a los gobiernos que las obligan a emigrar. Grandes zonas de Siberia, Escandinavia, el norte de Canadá, la Patagonia argentina y el sur de Chile, que eran infértiles, son ahora graneros y sus gobiernos prohíben la inmigración, para evitar el caos social y el hambre de sus ciudadanos.

La Unión Soviética, que volvió a formarse en el 2,025 después de haber desaparecido en los últimos días de 1991, situó sus fuerzas armadas en sus fronteras del sur y el este para evitar la llegada de grandes masas humanas que provienen de India, el sur de China, Indochina, Filipinas, Indonesia y el Cercano Oriente. La mitad de Estados Unidos, por debajo del paralelo 38, es un inmenso desierto y semidesierto, y toda su población se concentra en el norte del país. Se ha construido una cerca electrificada de dos mil millas de largo y diez mil voltios de fuerza, desde la costa del Atlántico a la del Pacifico, que ahora es el ancho del país pues las ciudades que estaban en ambas costas han desaparecido bajo las aguas. Millones de personas han muerto tratando de atravesar la cerca en busca de agua y comida. La capital del país está ahora en Knoxville, Tennessee. Miles de islas tropicales están cubiertas por las aguas. De Cuba sólo quedan las alturas de la Sierra Maestra y su población no llega a los treinta mil habitantes.

El Polo Norte es un mar de aguas frescas y la Antártica, un continente oscuro y rocoso en el que comienza a brotar la hierba. México, América Central, el Caribe y casi toda Sudamérica, son desiertos y semidesiertos. Sus poblaciones son escasas y padecen hambre y sed. La Ciudad de México y pueblos aledaños desaparecieron en el 2,178, cuando una bomba nuclear estadounidense de dos megatones hiciera explosión a 600 metros sobre el Bosque de Chapultepec, después que decenas de millones de mexicanos derribaran la muralla que se había levantado entre ambos países y trataron de destruir la cerca electrificada para llegar a las zonas fértiles, desoyendo las amenazas de La Casa Negra de Knoxville, a la que antes se le llamaba La Casa Blanca de Washington (El Presidente de Estados Unidos es un chino de Cincinnati que mide cuatro pies ocho pulgadas, pesa 94 libras, tiene una sola oreja y habla igualito que Cantinflas) Enormes incendios forestales provocados por las altas temperaturas han consumido millones de kilómetros cuadrados de flora convirtiéndolos en desiertos calcinados. El bióxido de carbono que estos continuos incendios lanzaron a la atmósfera calentó aun más al planeta. Muchos países de Asia, África y América Latina han desaparecido, unos porque se han convertido en desiertos o semidesiertos; otros, porque han quedado bajo las aguas, y aun otros porque sus poblaciones han emigrado por falta de agua y comida. Enormes hambrunas, epidemias, huracanes, terremotos, tornados, inundaciones y muchas otras desgracias han reducido la población mundial a menos de 100 millones de habitantes y casi toda se concentra al norte del Paralelo 40 del Hemisferio Norte y al sur del Paralelo 38 del Hemisferio Sur. Apenas queda oxígeno para que esta población pueda vivir muchos años más.

Al concluir el extenso informe de dos horas sobre la catástrofe ecológica, Danilo se acerca a la pantalla del televisor y le pregunta al locutor:

–Bueno, ven acá, Chucho… ¿y me puedes tú decir adónde carajos vivo yo y qué tiempo me queda? 

El locutor da un alarido espantoso y Danilo se despierta. Recuerda, entonces, el diálogo que sostuvo con Clara a fines de noviembre junto a los árboles casi milenarios de South Beach y, aún con bastante susto, camina hasta el parque. Al llegar, se da cuenta que son las cinco de la madrugada y que está en pijamas y descalzo. Regresa al hotel y se acuesta. Es domingo, puede dormir unas horas más.

SEPTIEMBRE DEL 2001

A pesar de esos dos sueños tan raros, Danilo sigue soñando con los momentos más felices de su vida, cuando Teresa lo amaba y sus hijos eran pequeños y lo abrazaban con fuerza y estaba en Cuba trabajando en su profesión.   

De tal forma, entre el suave trabajo, los gratos sueños, la buena lectura y el cariño constante de su hijo, Danilo llega a la primera semana de septiembre y al fresco estimulante del cercano otoño. Se ha recuperado bastante, ya sólo toma un Valium de 5 mg y duerme nueve horas, dedicando el otro tiempo a leer o caminar todas las tardes por el extenso parque, pasando siempre junto al mapamundi de treinta pies de alto que fue el centro de la Feria Mundial de 1964. Ya no padece la depresión que lo devastó, pero su rostro siempre está triste y ya ha perdido la esperanza de regresar a Cuba.   

El diplomático cubano que debe encontrar a “Marcos de Córdoba” ha realizado un intenso esfuerzo… pero ni Danilo ni Danilito se han enterado de nada. 

OTRA TRAMPA DE LA DEA        

Jack Green, el agente de la DEA que tiene a su cargo la investigación sobre el asesinato de un compañero suyo que, según se cree, fue perpetrado por Guille, Bob y Jairo, está leyendo unos informes en su oficina del downtown de Manhattan, frente al Battery Park. Es el mismo que hace más de un año apresó a Danilito en un bar de Queens y después le ofreció la Regla 35 para que denunciara a sus cuñados. 

El agente mira a Bill, otro agente que está cerca de él, y exclama:

(Nota al margen: estos diálogos están en inglés en el original de la novela y su traducción al final de cada capítulo. Están aquí en español para facilitar su lectura)

–¡Tenemos que coger a esos bastardos!

–¿A quiénes?

–A los que asesinaron a Martin Rose hace tres años. Yo sé quiénes son, pero los malditos desaparecieron y estoy muy seguro que Danilito sabe adónde viven.

–Eso es historia antigua, Jack.

–¡No es historia antigua, Bill! Martin era como un hermano mayor para mí.

Jack Green sale de la oficina, cruza la calle y comienza a caminar, con pasos lentos, por el área. Tiene las manos en los bolsillos, la espalda un poco inclinada y mira hacia abajo. A cada rato levanta la vista y mira hacia los pequeños barcos que, unas cuadras más allá, llegan de Staten Island. Una hora después regresa a su oficina, se sienta ante su buró, le dice a Bill que se siente junto a él y le dice:         

–Consígueme dos kilos de cocaína para colocarlos en el maletero del carro de Danilito. Yo sé donde él estaciona su Pontiac, en el tercer nivel subterráneo de la torre norte, y trabaja en el piso 100. Con una orden de registro, lo paramos cuando salga del lugar a  eso de  las 5 y media de la tarde, abrimos su carro, lo registramos, encontramos los dos kilos y lo arrestamos. Entonces le decimos que esta vez lo van a condenar a veinte años si no nos dice adonde están sus cuñados.

–Y si se niega a hablar.

–¡Esta vez habla! Él es muy feliz ahora, tiene una esposa joven, bella y rica, un buen empleo, vive en una mansión con sirvientes y choferes, está estudiando para terminar su high school y después ir a una universidad, tiene un buen futuro. No va a renunciar a todo eso por ocultar a esos malditos asesinos. El nunca se llevó con ellos.  

–Pero su esposa lo quiere mucho, Jack, tú me lo has dicho. Su padre es millonario, lo va a sacar enseguida de la cárcel bajo fianza y después va a tener los mejores abogados de la ciudad. Va a ser una pelea muy dura… con el juez quiero decir.

–El juez va a ser Paul C. Huck, uno de los nuestros.  

–Bueno, Jack, tú sabes que yo siempre te he seguido en todo. ¿Cuándo vas a necesitar los dos kilos?

–Enseguida.

Bill baja al quinto piso, habla con el jefe del laboratorio y al poco rato sale con una pequeña bolsa oscura de hule en la que hay dos kilos de cocaína pura envuelta en papel y plástico. Regresa a su oficina, le da la bolsa a Jack y le pregunta:

–¿Cuándo vamos a hacerlo?

–Consigo la orden de registro este lunes y lo hacemos el martes… día 11

Al magen de la novela:

CASTIGAN EL AMOR Y PREMIAN LA SANGRE

El jefe de la CIA, general David Petraeus o algo así, ha tenido que renunciar por un escándalo de faldas que no le ha hecho daño a nadie, y ayer se descubrió que el jefe militar del Imperio en Afganistán, general John R. Allen, está involucrado en ese escándalo en una forma que ni entiendo ni me interesa entender porque no tengo la morbosa ni la estúpida mentalidad que tiene mucha gente en este país.  

Petraeus o algo así, fue jefe militar del Imperio en Irak desde febrero de 2007 a septiembre del 2008, y en Afganistán de julio de 2010 a julio del 2011. Ha sido jefe de la CIA desde septiembre del 2011 hasta hace unos días en que lo obligaron a renunciar.

John R. Allen ha sido jefe de las fuerzas militares del Imperio y sus lacayos en Afganistán a partir de julio del 2011.

En los dos años en que Petraeus o algo así fue jefe en Irak y Afganistán, las tropas imperiales perpetraron miles de asesinatos de civiles inocentes, en su mayoría niños, en esos países. Los aviones no tripulados drones, que tantas masacres han perpetrado en esos dos países y Pakistán, están bajo el control directo de la CIA. Pero no ha sido por nada de esto que Petraeus o algo así ha tenido que renunciar.

No hace mucho, en la provincia de Kandahar, al sur de Afganistán, cuando Allen era el jefe imperial, veinte soldados yanquis apoyados por dos helicópteros entraron en varias casas humildes de dos aldeas y asesinaron a diecisiete personas, entre ellas once niños… un  My Lai “pequeñito”. Mentirosos como siempre han sido, le echaron la culpa a un soldado loquito, a pesar de que el Parlamento de Afganistán hizo una investigación en la escena del crimen y comprobó lo de los helicópteros y los veinte soldados (por supuesto que esa sangre, y toda la que se ha vertido en esos tres países, desde el 20 de enero del 2009, salpica a Obama desde las orejas hasta los tobillos) Aún insisten en ocultar lo que ya todo el mundo sabe sobre la Masacre de Kandahar y muchas otras masacres.  

No los castigan por el intenso odio que se han buscado entre los cientos de millones de seres humanos que viven en esos tres países martirizados, y en el resto el mundo, sino por sus inofensivas aventurillas de amor. 

Tal es el Imperio ☼

 

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