A vista de pájaro: pelea, no debate

Así, hechos, pasados unos días, un par de análisis someros sobre el Debate, formulemos conclusiones desde la perspectiva propuesta. Digo someros, porque tampoco vale la pena analizar muy a fondo y en serio a quienes no se toman a sí mismos muy en serio. Pues broma es, no abordar el modelo de Estado ni la reforma en profun­didad de la Constitución: dos temas cruciales a estas alturas de esta breve democracia, que no quisieron tocar los candidatos. ¿Y por qué?, pues porque éste, el bipartidismo que llega, es el mejor de los modelos posibles… para ambos. Esto es la prueba irrefutable de que fue un debate superficial. ¡Qué digo!, la prueba de que ni siquiera fue un debate, pues no debe llamarse debate a la pelea de dos boxeadores que asumen encantados el golpe bajo pero han pactado no ganar por KO. …

&nbsp Seguimos en perspectiva. La diferencia entre el debate y la pelea es que en el primero luce el interés por el rigor y el respeto por el adversario, mientras que en la pelea destaca el forcejeo verbalizado y el desprecio al enemigo por encima de otra consideración; bien para aferrarse al puesto político en juego, bien para apartarle de mala manera de él a quien lo ocupa. Aquello fue una pelea de barrio sobre archisabidos asuntos pueblerinos….

&nbsp Por otro lado, si hemos de juzgar a los dos candidatos por su codi­cia y por su propensión a exagerar y distorsionar, aquella sesión cir­cense fue el de dos pendencieros. Dos peleones duchos en una pelea en la que la acusación de mentiroso era consustancial a la misma y además muy recurrente.

&nbsp Nos hicieron pasar vergüenza ajena. En estos casos es cuando esa famosa vergüenza, la ajena, adquiere significado. Ajena es la vergüenza que tenemos cuando dos cazadores que se disputan una pieza de caza a repartir entre todos, de tanto tirar de sus extremida­des uno y otro, acaban haciéndola incomible.

&nbsp Acusar constantemente al oponente de mentir, y hacerlo además sin pruebas fehacientes, es un espectáculo cuanto menos bochor­noso. Y no sólo eso. Es que, tratando asuntos que conciernen a la sociedad, eran patentes las nulas ganas de que resplandeciese la verdad intermedia y objetiva; sólo empeñados en que predominase la propia negando la del adversario. Copar toda la verdad y nada más que la verdad propia, era la consigna. Sin embargo, en pocas co­sas pero desde luego con mayor motivo en materia política, eso es impo­si­ble. Razonar sobre lo que por naturaleza es relativo en términos ab­solutos, es risible&nbsp y de una petulancia insufrible. No se merece el ciudadano tamaña pantomima. Y pantomima es, silenciar los dos temas centrales a que hice referencia, y despedazarse ambos entre sí tildándose de mentiroso compulsivo.

&nbsp No es, por eso mismo, ni mucho menos, precisamente clásica, y menos modélica, la voluntad política exhibida por los aspirantes. Me refiero a aquella que resplandecía en la gobernación de las demo­cracias atenienses de la antigüedad, donde un senador salía a me­nudo feliz porque había sido elegido en su lugar otro ciudadano con mayores merecimientos que él.

&nbsp Aquí, por encima de los demás países democráticos que están de vuelta de estas cosas, los candidatos a diputado y sus partidos se ti­ran a degüello, no porque se consideren más capacitados para go­bernar que los demás, sino porque a los demás les consideran menguados e incapaces…

&nbsp Si no fuese así, el examen de un gobernante no precisaría de tanto «caucus» ni de tanta fanfarria. Al fin y al cabo, para gobernar -lo dice el tan siniestro como injustamente desacreditado Maquiavelo- no son precisas más que dos cosas: mucho sentido común y un ele­mental sentido de la administración. Lo que desde luego sobra&nbsp son, tantas artes para el engaño, tanta avidez por el poder y tan pésimo estilo para apoderarse de él…

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