A Manning, Assange, Snowden, Greenwald: la humanidad agradecida

 

Los instrumentos mecánicos se utilizaron

para la elevación de las clase dominantes”

(Lewis Mumford, Técnica y Civilización)

La obediencia debida y no el libre pensamiento. La intransigencia inquisitorial frente a la creativa tolerancia. La uniformidad castrante contra la fecunda biodiversidad. Estos son algunos de los rasgos que caracterizan la servidumbre voluntaria que permite a Estados y Gobiernos (Corporativos) colonizar a la gente a la que dicen servir. Y justo sus contrarios, las sencillas virtudes que identifican al hombre y la mujer libres y autónomos, con cuyo concurso las sociedades prosperan en los valores del humanismo, la solidaridad, la justicia, la libertad y la democracia. Caracteres todos ellos presentes en ese cuarteto de disidentes en red que hoy representan al héroe global del siglo XXI. El activismo altruista del soldado Bradley Manning, el hacker Julian Assange, el analista Edward Snowden y el periodista free lance Gleen Greenwand forma parte de esa estirpe de ciudadanos del mundo que con su entrega, responsabilidad y osadía hacen realidad el “si se puede” ante la arrogancia letal de los poderosos. Otra vez la hazaña de David destronando a Goliat, pero sin lanzadera, revelando secretos inconfesables. Demostrando así, contra el interesado criterio dominante, que los grandes también caen, solo que antes se protegen con aspavientos y hacen más ruido al desplomarse.

Desintegrado por merito propio la Unión Soviética y su despótico socialismo de Estado, la prioridad aquí y ahora consiste en combatir la amenaza totalitaria del Gran Hermano que utiliza el bloque triunfador para su proyecto de gulag cibernético. A los Silone, London, Djilas, Sajarov o Solzhenitsyn de la guerra fría, que arriesgaron vida, prestigio y seguridad para denunciar el estalinismo realmente existente, les suceden hoy esos “enemigos públicos números uno” de la Casa Blanca, empeñados en denunciar con precisión notarial las fechorías que el imperio del dólar perpetra en nombre de una libertad impostada. Un 1984 en versión made in Hollywood para convertir el mundo en un inmenso zoológico.

Pocas personas como las que integran este elenco de magníficos subversivos han hecho tan cierto a nivel general el doble grito de guerra del movimiento indignado: “lo llaman democracia y no lo es” y “no nos representan”. Un grupo plural de compacta ascendencia yanqui, lo que hace aún más valiosa la categoría moral de su empeño. Salvo el australiano Julián Assange, los restantes componentes del “equipo A” son ciudadanos estadounidenses. Al menos de momento. O sea, tres “traidores” en la lógica alienada de esa mayoría silenciosa tras la que se parapetan los Estados a fin de justificar el arsenal represivo que utilizan para ocultar sus vergüenzas. Apátridas a la fuerza, no sólo se enfrentan al sistema más mortífero de la tierra sino, y sobre todo, a las multinacionales que constituyen el núcleo duro del capitalismo, a las que desenmascaran como una siniestra mafia orweliana.

Entre los muchos beneficios que estos activistas han proporcionado con sus revelaciones, destaca haber probado la amenaza que supone la actual concentración tecnológica. Ya sea captando los datos por la puerta trasera abierta por las propias corporaciones, o por sus operaciones de espionaje directo interceptándolos, lo notorio es que el negocio de la cibervigilancia se condensó en un tráfico endogámico, entre la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) norteamericana y la media docena de gigantes de internet que monopolizan el sector, Geogle, Microsoft, Apple, Twiter, Facebook y Yahoo!, todas parientes del Tío Sam. Por ello, la arriesgada revelación de los cuatro magníficos supone un tremendo desaire para el complejo político-militar de Estados Unidos y afecta gravemente a la credibilidad de su tejido industrial más puntero. Con el daño colateral de invalidar de plano las reiteradas acusaciones de ataques informáticos a gran escala de Estados Unidos a China, la potencia que le pisa los talones.

En el reparto de funciones, Mannig y Snowden han asumido el papel de grandes bellacos, aprovechando su trabajo en las entrañas de la bestia para airear sus crímenes, el militar recopilando miles de mensajes cifrados e imágenes sobre el terrorismo de Estado practicado por EEUU en Irak y los trapicheos de las cancillerías occidentales, y el analista de la CIA divulgando el espionaje que las autoridades norteamericanas practican impunemente en todo el mundo, desde emails a SMS y registros telefónicos. A su lado, completando la gran operación transparencia, Assange y Greenwand han sido los indispensables mensajeros de la filtración, poniendo toneladas de datos al alcance de los grandes medios de información para su difusión.

No, no han las instituciones quienes han descubierto la verdad oculta del espionaje urbi et orbi, ni la ONU, ni la clase política, ni las ONGs, ni el Vaticano, sino cuatro jóvenes decididos a encarnar con sus actos el cambio que ambicionaban en su fuero interno. Ciudadanos con criterio propio, ejemplo de la rica complejidad del género humano. Un transexual, un homosexual, un hetero y el despendolado mujeriego que puso en marcha la maquina de centrifugar mentiras llamada Wikileaks. todos ellos sometidos a penas de destierro o exilio interior por su “mala cabeza”. Como la vida misma, no como en la tele.

Personas de carne y hueso, emprendedores de sí mismos, que llevan su idealismo hasta el respeto del adversario. Rompiendo esquemas, tabúes, supersticiones, papanatismos y tantas otras leyendas urbanas a que nos tiene acostumbrada la maniquea izquierda institucional y postulante, tan propensa a huir del fuego para caer en las brasas. ¿Cómo no quitarse el sombrero al saber que en su etapa de abogado el reportero Greenwand, que ha puesto contra las cuerdas al tartufo presidente Obama destapando la trama de espionaje de la NSA, defendió a unos neonazis por su radical compromiso con la libertad de expresión? El mismo pensar ilustrado e iconoclasta que recocemos en el Voltaire de la frase “no comparto tu opinión pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. No existe estética sin ética.

Para terminar. No encuentro mejor forma de ponderar la serena revolución desatada por el cuarteto de la globosfera que copiar una cita del siempre interesante Elías Canetti que dice así:”Me sentiría aliviado con que un toro, un solo toro, pusiera en fuga de un modo lamentable a esos héroes, los toreros, y, junto a ellos, a una plaza entera ávida de sangre. Pero preferiría la revuelta de las víctimas menores, de las suaves y dulces ovejas, o de las vacas. No comprendo cómo esto no puede ocurrir nunca”.

Espiados o enredados, si se puede. Pero sin pedir permiso. Tomando los derechos.

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