A confesión de partes (relato fantástico)

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Tengo un ojo impresionista y otro realista, eso sería todo. Con uno veo brochazos, empastes, chafarrinadas, superficies descompuestas. Con el otro distingo figuras y contornos muy bien delineados. Cuando enfoco de cerca sus atributos se truecan; entonces con el primero veo las formas a la perfección, en cambio el otro me presenta un mundo de nubes y borrasca. Uno me sirve para leer libros y el otro para conducir autos. Con uno los hombres son manchas, con el otro puedo diferenciar sus rasgos. No sé nada de oftalmología, pero me digo que se han puesto de acuerdo sin alardes, sin aspavientos, con una gran cultura cívica, dispensándome hasta aquí de la molestia de usar gafas.

Uno de mis ojos es impresionista, ya se dijo. Y cuando muy joven, el camino de Monet y de Cézanne me animó a tomar los pinceles y los óleos para imitarlos y aportar mi diezmo de belleza al mundo. Pero nunca lo logré, ¿saben por qué? Porque mi otro ojo es realista a ultranza.

Después de un tiempo en el impresionismo me dije que esta corriente se agotaba en el plano estético, el de la belleza pura, el del arte por el arte. Y ya no encontré la realidad en esas imágenes halagadoras a la vista. Una necesidad personal me empujó a ir más lejos, hacia el expresionismo, para mostrar que la realidad interior de angustia y desesperación humana tenía voz, cuerpo, traducción a formas y colores.

Ya lo pueden adivinar: pasé de largo por el expresionismo. A causa de mis dos ojos, hay que decirlo. Es la historia de mi vida. Derrapé, digo, derrapé donde acaso debía echar raíces. El resultado salta a la vista: lean mi currículum de arriba abajo. Tienen todo el derecho de preguntarme: ¿Qué has hecho con tu vida, amigo mío?

La realidad, damas. La realidad, caballeros. ¿Conocen su dirección y correo postal? Nunca podré enfocar el mismo objeto con ambos ojos. Observo los hechos desde la perspectiva de aquello que pudo ser y no fue, de aquello que debió ser y no ha sido hasta aquí. Tanto la historia universal como la personal se me aparecen per se como asignaturas pendientes.

Voy a contarles un recuerdo a propósito de aquello. Un día estaba en Talca, hace muchos años. En una posada con paredes de ladrillo y costras blancas de humedad. Me había tendido en la cama para descansar del trabajo y encendí el televisor con el control remoto. En ese momento descubrí que mi vista se había bifurcado. Con el ojo izquierdo me era imposible distinguir el logo de la emisora y las palabras que cada tanto aparecían en la parte baja de la pantalla. Con el derecho mi visión era nítida. Me restregué los párpados para aliviar los músculos oculares, limpiar una legaña o alguna basurilla adherida a la córnea; al final, tuve que rendirme a la evidencia.

Más que inquieto, estaba perturbado. No todos los días hace uno esos descubrimientos. Pues no venía a descubrir que mi vista estaba fallando, sino a saber que mis ojos nunca habían enfocado del mismo modo y esa era la razón de mi titubeo crónico. Ese pensamiento me acompañó hasta el restorán chino donde comía cada noche.

Era un salón enorme, desproporcionado, una constelación de manteles blancos y mesas vacías excepto por una pareja al otro extremo, tan ensimismada en su romance que ni siquiera se percató de mi ingreso al restorán. Frente a un aperitivo, no dejaba de probar cómo uno y otro ojo me mostraban la realidad de manera tan diferente. Con el derecho distinguía a la perfección los dragones de plumavit, las serpientes, los demonios engrifados y otros esperpentos que describían en el cielorraso algún episodio mitológico o sólo una danza decorativa. El otro ojo difuminaba la escena hasta lo irreconocible.

Damas, caballeros. Esa misma tarde había encontrado en una librería de viejo un libro perdido de mi padre. Lo observaba sobre la mesa con mis dos ojos; era el primer tomo de una trilogía muy querida para él. Un día lo prestó y el libro jamás regresó a sus manos. En la biblioteca quedó un vacío que cuando niño me hacía pensar en una boca con un diente menos. Mi padre había muerto hacía un tiempo y esa noche en el restorán chino comencé un diálogo mental en el que le contaba entusiasmado del hallazgo y él, aunque alegre, volvía a darme su severa opinión sobre quienes tomaban como regalos los préstamos de libros. Nunca he dejado de conversar con él, ni cuando estoy despierto ni menos al soñar.

Abrí el libro con la secreta esperanza de hallar una anotación al margen de su puño y letra o al menos unas palabras subrayadas que pudieran leerse como huellas de su paso por las páginas. Mientras lo hacía, damas y caballeros, dominado por el descubrimiento de la posada, levanté los ojos hacia la pareja de enamorados y recordé una carta que me había escrito una mujer. Cosas de adolescentes, tal vez. Una carta en la que me explicaba lo que sentía por mí y la razón de su alejamiento repentino. Me lo dijo una tarde por teléfono, pero nunca me la hizo llegar. No van a creerlo, pero me puse a buscar la carta entre las hojas del libro como si todo lo perdido siguiera oculto y esperando en algún pliegue de la realidad. Qué mal estabas, amigo, dirán algunos. Yo sólo respondo como siempre: es que tengo un ojo impresionista y el otro realista.

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