A 65 años de la Victoria Soviética sobre Alemania

Este domingo habrá en la Plaza Roja una gran parada militar con 10.000 soldados, 125 aviones y helicópteros, y centenares de blindados y tanques. Esos militares y equipos desfilarán al cumplirse 65 años de la victoria en la II Guerra Mundial.

Los detalles los anticipó en abril pasado el general Alexander Kolmakov, viceministro de Defensa. Según el gobierno del presidente Dmitri Medvedev, a la cita acudirán delegaciones de treinta países, la mayoría integrante de la CEI , Confederación de Estados Independientes, o sea ex repúblicas de la URSS.

La única que se resistía a enviar sus delegados era Moldavia, supuestamente en solidaridad con Rumania, que no fue invitada por una razón obvia: fue hasta 1945 aliada de Adolf Hitler. Rumania, Hungría, Finlandia y otras naciones europeas fueron parte del dispositivo de Hitler. No vaya a creerse que sólo Italia y Japón jugaron ese rol…

Ya que se comenzó por los colaboracionistas, hay que mencionar a los franceses, pues buena parte de su clase política defeccionó y apoyó el régimen del mariscal Petain en Vichy. Según el escritor británico Geoffrey Wheatcroft: “más franceses colaboraron que los que resistieron, y más franceses pelearon por el Eje que por los Aliados” (“Los mitos de la II Guerra Mundial”). Charles De Gaulle, claro, era otra cosa, y los guerrilleros maquís, también.

El desfile del domingo viene bien porque dispara nuevos debates sobre los hechos de ese tiempo, que determinaron el rumbo de la segunda mitad del siglo XX. Y quizás más aún.

Desde el punto de vista del imperio norteamericano, los mayores laureles de la victoria de 1945 serían propios. Pero los ejércitos estadounidenses recién entraron en acción luego de Pearl Harbour, a fines de 1941, con la declaración de guerra de Franklin D. Roosevelt a Japón y la de Hitler contra EE UU.

Sin embargo, el ansiado “Segundo Frente” en Europa, tan reclamado por la URSS , recién fue abierto con el desembarco aliado en Normandía, en junio de 1944.

Por supuesto, el cine y la televisión norteamericana, atiborra las retinas del planeta con historias de heroísmo de quienes lucharon a las órdenes de los generales Omar Bradley y Dwight Eisenhower. A lo sumo dan un rol secundario al general británico Bernard Montgomery.

Los argentinos, sobre todo luego del debate abierto por la ley democrática de medios, saben que hay que desconfiar de lo que digan por unanimidad Hollywood, Fox e History Chanel sobre esos asuntos bélicos, y de las “verdades” domésticas reveladas por el monopolio Clarín.

El desfile militar del 65º aniversario de la victoria soviética puede tener de positivo que obligue a mirar con ojos menos anticomunistas aquella gesta.

La tumba fue Stalingrado

Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 en su búnker de Berlín. Reemplazado por el almirante Kart Donitz, el régimen del Tercer Reich ya vivía sus últimas horas (pintadas muy bien en la película “La caída”). La capital fue penetrada el 2 de mayo por los Ejércitos mandados por el mariscal soviético Georgi Zhúkov. El combate fue feroz, casa por casa, hasta que el 8 de mayo a la noche, el mariscal Wilhem Keitel, firmó la capitulación incondicional ante el militar soviético.

La mayoría de los generales alemanes había tratado de rendirse ante británicos y estadounidenses, de los que esperaban un trato más benigno y hasta poder “reciclarse” como flamantes demócratas. El cálculo se basaba en que muchos nazis estimaban probable una subsiguiente guerra de EE UU y sus aliados contra la Unión Soviética , emprendimiento donde podían hacer un aporte más que interesante. Ellos tenían la experiencia de haber invadido y destruido durante más de tres años el país socialista, y ese capital podía ser útil a Occidente. Otros, con secretos militares y científicos, soñaban emigrar a EE UU.

Por eso los jefes alemanes buscaron en Italia el cuartel del general Alexander para firmar la rendición y el general Alfred Jodl lo hizo en Reims. En Alemania lo buscaban a Bradley. En fin, el objetivo era eludir a Zhúkov. Pero éste era el jefe de las fuerzas soviéticas, puestas todas bajo la dirección del mariscal José Stalin. Y a su cuartel en Berlín debió concurrir Keitel a última hora del 8 de mayo (0:43 del 9 en Moscú).

Esa derrota nazi fue el corolario lógico de su campaña de agresión a la URSS , comenzada en junio de 1941 con la “Operación Barbarroja”. Hitler estaba convencido que su “blitzkrieg” u ofensiva relámpago acabaría con un rápido brindis en Moscú, celebrando la victoria. Dijo: “sólo tenemos que dar una patada en la puerta y toda la estructura podrida se vendrá abajo”.

Se equivocó de medio a medio. Su Grupo de Ejércitos del Norte no pudo tomar Leningrado. El Grupo de Ejércitos del Centro tampoco logró capturar Moscú, aunque estuvo a pocos kilómetros. Y el Grupo de Ejércitos del Sur, que pretendía adueñarse de Stalingrado y la zona petrolera del Cáucaso, también perdió en el intento. En esa ciudad, el 6º Ejército alemán de Friedrich Paulus vio sobrevivir a sólo 90.000 efectivos de los 300.000 que tenía al comenzar la batalla final por esa ciudad-obsesión de Hitler. En toda la campaña en ese sector murieron 850.000 alemanes, rumanos e italianos.

Alemania doblegó en dos semanas a Polonia y Francia. Creyó que en un tiempo similar, o un poco más, haría lo propio con la URSS. No fue así. Sobre la base de la victoria en Stalingrado en 1942, el mariscal Zhúkov, que dirigía las tropas del Ejército Rojo en esa batalla clave, pudo cumplir la directiva de Stalin de comenzar el contraataque. Y este culminaría con la toma de Berlín, para que el mundo respirase aliviado.

Tiempo, dinero y sangre

Se atribuye a Stalin haber dicho que el Reino Unido puso el tiempo, EE UU el dinero y la URSS la sangre. De su autoría o no, eso es bastante aproximado a la realidad.

Durante los preparativos del desfile del próximo domingo, el ministerio de Defensa ruso volvió a informar de sus bajas. La Unión Soviética perdió 26,6 millones de habitantes durante la guerra de 1941-1945 contra la Alemania nazi y sus aliados, comunicó el general mayor Alexander Kirilin, funcionario del ministerio ruso de Defensa. “Las bajas irrecuperables del Ejército soviético en los años de la guerra, incluida la campaña bélica en el Lejano Oriente, fueron de 8.668.400 efectivos. El balance total de las pérdidas humanas fue de 26,6 millones de personas”, precisó el militar a la agencia Ria Novosti.

Se da como aceptaba que en total, en la II Guerra Mundial murieron 60 millones de personas. De éstas, 26.6 millones fueron soviéticas. Eso en cuanto a las pérdidas humanas, pero a su vez la URSS fue de los aliados el que más destrucción material y cultural sufrió, porque soportó durante más tiempo el ataque del grueso de los ejércitos hitlerianos.

¿Cuántos estadounidenses y británicos murieron en la campaña europea? El británico Wheatcroft, ya citado, estimó que “en la campaña occidental murieron unos 110.000 soldados estadounidenses y unos 55.000 británicos y canadienses”. Las cifras de uno y otro país son abrumadoramente diferentes y también es pertinente puntualizar que ninguna bomba cayó sobre Washington y ningún ejército blindado sitió a Nueva York.

Hace poco, en febrero de este año, murió a los 93 años Abduljakim Izmáilov, uno de los soldados que izaron la bandera roja con la hoz y el martillo sobre el edificio del Reichstag en mayo de 1945. Ismailov y sus camaradas Aleksei y Leonid Gorychev, con el fotógrafo Evgei Jaldei, inmortalizaron la victoria con esa bandera.

Todos los soldados soviéticos fueron a la guerra jurando “Por la Patria y por Stalin”, lo que torna ridícula la pretensión de los revisionistas de la historia que quieren censurar el rol extraordinario del jefe soviético.

No es extraño que en esa revisión interesada esté el gobierno ruso actual. Al mismo tiempo que Medvedev organizaba el desfile hacía declaraciones contra Stalin. “ La Unión Soviética era un Estado muy complicado, el régimen que fue instaurado en la Unión Soviética sólo puede ser calificado de totalitario donde los derechos y las libertades elementales fueron suprimidos”, declaró ayer al diario Izvestia.

Los que disolvieron la URSS en 1991 pretenden adueñarse de los méritos de la victoria de 1945 e insuflar ese prestigio a la Rusia actual. Para hacerlo, lógico, tienen que denigrar a Stalin. A pesar de eso, unos cuantos comunistas estarán el domingo en la Plaza Roja con pancartas del georgiano. Saben que su conducción, más el Ejército Rojo y el patriotismo de la población, salvó al país del desastre.

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