80 años: ¿Guerra Civil Española o Guerra Revolucionaria? (I-II-III)

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Comprender para Resistir (por Ángeles Maestro.

La fuerza heroica con la que los pueblos del Estado español se enfrentaron al fascismo es una de las grandes epopeyas de la historia de la lucha por la emancipación de los pueblos. Epopeya en la que se condensó la conciencia expresada como voluntad colectiva de resistencia.

Si como afirmó Walter Benjamin el sujeto del conocimiento es la clase obrera en lucha, en la Guerra Civil española se concentró – como obra colectiva internacional – el grado más alto de conciencia del proletariado mundial. Ese saber obrero que como sujeto político de una titánica obra, “trata de emerger de la oscuridad, en la unidad proletaria, frente al enemigo propiamente dicho, y también frente a las élites políticas propias, responsables – o como tales aparecen- de la división de la clase obrera y de sus potenciales aliados”.

Amputar la memoria colectiva

Extirpar esa profunda y potente huella, capaz de fecundar la memoria de muchas generaciones, es un objetivo estratégico de las clases dominantes. Intentar amputar esa terrible belleza que nos constituye e identifica, y que establece la continuidad histórica de la lucha de todas las generaciones de oprimidos es condición indispensable para perpetuar la dominación. Decía Rodolfo Walsh: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierda, las lecciones se olvidan. La historia aparece así

Imponer otra Transición

La Transición tuvo dos grandes objetivos: truncar el hilo rojo que atraviesa la historia de las luchas obreras y por la libertad de los pueblos, y aislar la lucha del pueblo trabajador vasco – en el que más potencia combativa se concentraba – que rechazó la legitimidad de la Transición.

Esa estrategia empieza a quebrarse cuando la crisis y las brutales políticas que aplican los gobiernos del capital contra las clases populares desatan la ira popular y se empiezan a tambalear los pilares de la dominación. Se hunde el prestigio de la monarquía, del PSOE y del PP, no hay ya dinero público o privado que sirva – como entonces – para engrasar la sumisión de élites políticas y sindicales de la izquierda, y se impone la percepción popular de que la “Europa Social y democrática” no existe.

Precisamente entonces aparece una supuesta izquierda empeñada en borrar todo vestigio de memoria e identidad de clase.

Como homenaje a la mejor generación de los pueblos del Estado español y a las Brigadas Internacionales, quiero recordar a una organización militar clandestina que funcionó desde 1934 en el interior del ejército y que fue clave para la creación de las milicias populares.

La Unión de Militares Republicanos Antifascistas

La UMRA se creó en 1934 durante el Bienio Negro (noviembre de 1933 a febrero de 1936 cuando vence el Frente Popular) en el que los gobiernos de la derecha reprimieron salvajemente al movimiento obrero y popular, sobre todo en la Revolución de Asturias. El objetivo de esta organización era contrarrestar la acción de la derechista Unión Militar Española (UME) y para ello desarrolló un importante aparato de información sobre la actividad golpista de los mandos.

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La UMRA también se encargaba de la solidaridad con los numerosos militares presos tras negarse a participar en la represión de la Revolución de Asturias (octubre de 1934). Es poco conocida la importante resistencia militar a participar en el aplastamiento de la Revolución, que más tarde fue ejecutada brutalmente por Franco: “En los días cinco y seis de Octubre de 1934, un grupo numeroso de soldados de la base de León se adueñó de fusiles y munición para impedir la salida de aviones a bombardear las casas y “a sus hermanos” de Asturias (…) El comandante De la Puente, [jefe de dicha Base Aérea], fue destituido por el gobierno y sumariado (sic). Veintiocho militares fueron encausados. En el Ejército de Tierra, varios jefes y oficiales fueron sometidos a consejo de guerra y condenados. Dieciséis soldados del Regimiento de Infantería “Burgos”, de la plaza de León, fueron condenados en otro consejo de guerra. El crucero Miguel de Cervantes tuvo que ser desviado a La Coruña porque entre las fuerzas de África que transportaba, al mando del teniente coronel López Bravo, se había extendido la consigna de “no disparar contra nuestros hermanos”. El crucero Almirante Cervera no pudo utilizar sus cañones contra las posiciones de los revolucionarios en Gijón, porque dos marineros gijoneses se apoderaron de las llaves de fuego y las tiraron al mar”.

La actividad conspirativa de la derecha se aceleró tras la victoria del Frente Popular. En los meses siguientes son asesinados dos militares afiliados a la UMRA. El 16 de julio una delegación de la UMRA se entrevistó con el Presiente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, para alertarle de la sublevación en marcha y proponerle una serie de medidas inmediatas, como las destituciones de los generales Goded, Franco, Varela, Aranda, Fanjul o Mola e incluso la disolución del ejército. Sus recomendaciones no fueron escuchadas.

Las noticias acerca de la inminente sublevación fascista sí fueron tomadas en consideración por los suboficiales y radiotelegrafistas de la UMRA en la Marina. Conscientes de que la inmensa mayoría de la oficialidad era hostil a la República, aceleraron el proceso organizativo y consiguieron abortar la incorporación de la Marina a las filas franquistas.

Los hechos sucedieron así: “La noche del viernes 17 de julio se establece en el Ministerio de Marina una estructura que se apodera de los resortes de control sobre lo que se pudo salvar de las bases y de la flota. Cuando en la madrugada del 18 se conoce en la estación de Radio de Madrid el mensaje de felicitación de Franco a la guarnición de Melilla por el triunfo de la sublevación transmitido desde la Base Naval de Cartagena, Benjamín Balboa [oficial tercero del Cuerpo de Auxiliares Radiotelegráficos que estaba en ese momento de guardia en la central y miembro de la UMRA] informa directamente al ayudante del ministro, teniente de navío Pedro Prado Mendizábal, obviando la línea jerárquica del Estado Mayor. El propio Balboa ordenó en su primera comunicación a los radiotelegrafistas de buques de la escuadra, que cada dos horas comunicaran la posición de los mismos. Si no hay respuesta es que en la unidad ha triunfado el golpe”.

Balboa, al recibir la orden de su jefe de que comunicara el mensaje de Franco a las guarniciones se negó a obedecer y le arrestó. Después contactó con los radiotelegrafistas de todos los buques, a la mayoría de los cuales conocía personalmente. Les informó de que sus oficiales podían estar a punto de sublevarse contra el gobierno y les pidió que actuaran en consecuencia.

Estos hechos permitieron que la marinería de la práctica totalidad de los buques de guerra se amotinara y arrestara a sus oficiales. La Marina permaneció fiel a la República. “Esa gloria es íntegramente suya. Fue el resultado de la acción improvisada de las dotaciones dirigidas por los cabos e inspiradas por el hombre que hizo llegar a los buques la voz de alarma (…) en pocas horas rescataron un acorazado, tres cruceros, dieciséis destructores, doce submarinos y numerosos torpederos y guardacostas y otros buques auxiliares”.

Los tiempos se aceleran

La crisis abrevia los plazos de desgaste de las fuerzas políticas, las contradicciones se agudizan y desaparecen las formas intermedias. Cuando se acercan periodos álgidos de la lucha de clases es preciso organizar la resistencia para una etapa de confrontación larga y dura.

Es en esos tiempos cuando es más imprescindible actualizar los tesoros de heroísmo que cada pueblo tiene. En nuestro caso, el de los pueblos del Estado español y el de las Brigadas Internacionales.

Sus raíces se hunden firmes en este suelo y nos ayudan a no perder el norte; a no olvidar nunca que sólo se es capaz de abarcar lo que significa ser sobre esta tierra, cuando ese hermoso y terrible legado se transforma – en el momento concreto y en las condiciones en que nos toca vivir- en voluntad combatiente.

*Red Roja


Entrevista a Iñaki Gil de San Vicente

Euskal Herria: Análisis de una lucha heroica y de la claudicación de la burguesía

Por María Torrellas

gil_san_vicente                 Iñaki Gil de San Vicente

Resumen Latinoamericano, 17 julio 2016.-Ochenta años después de aquel mes de julio 1936 donde los pueblos del Estado Español intentaron hacer la Revolución y profundizar la lucha de clases y terminaron enfrentándose con el dictador Francisco Franco y toda la brutal derecha que él representaba, es importante invocar a la memoria para desentrañar qué es lo que realmente ocurrió. Es por ello que entrevistamos al luchador independentista vasco Iñaki Gil de San Vicente para que nos ayude a recomponer el cuadro de situación de aquella época que tanto marcó a la presente.

-Partiendo del hecho que esa Revolución de comienzos del ’36 fue aplastada y que a lo largo de la mal llamada “guerra civil” se acabó con todo vestigio de recrear un hecho revolucionario en el Estado español ¿Cómo fue la situación concretamente en el País Vasco?

-Lo que ocurrió en varios sitios del Estado español en Euskal Herria y en todo Vizcaya, fueron una serie de insurrecciones populares que frenaron el alzamiento militar que estaba bastante bien organizado, y que venían facilitadas por el hecho de que si la insurrección franquista fue en Julio de 1936, en octubre de 1934, ya se había intentado una insurrección revolucionaria. En la memoria colectiva no se habían olvidado esos hechos y también se recordaban otras huelgas y situaciones muy tensas, y sobre todo flotaba en el ambiente una incertidumbre nacional de que se avecinaba un golpe. No se sabía exactamente qué día iba a ser, pero por ejemplo en Donostia (San Sebastián) ya se afirmaba con bastante exactitud que eso se iba a producir alrededor del 18 de julio. En Madrid ya se conocía algo similar porque muchas familias de la burguesía abandonaron casualmente esa ciudad para esas fechas. Incluso en Gasteiz, en la capital de Áraba, mucha gente trabajadora se presentó delante del gobierno civil pidiendo armas para enfrentarse al golpe militar. Algo de eso también sucedió en Iruñea (Pamplona), donde se había programado una gran huelga de una empresa muy potente. Lo que pasa es que tanto en Victoria- Gasteiz como en Iruñea-Pamplona la fuerza de la izquierda era muy débil, tenía peso combativo dentro de la clase trabajadora, pero ésta era débil con respecto a la totalidad de la población, y en Navarra había ocurrido que en junio de ese mismo año, se había realizado una gran huelga del movimiento campesino, que era el grueso de la clase trabajadora en Nafarroa, y ello había debilitado a ese movimiento.

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¿Qué ocurrió en Gipuzkoa?

-Pues en Gipuzkoa ocurrió todo lo contrario porque esa zona tenía toda una capacidad industrial mucho más fuerte. Prácticamente en todas las ciudades importantes como San Sebastián, se crearon Juntas de Defensa, que eran núcleos similares a los consejos de obreros, soviets de trabajadores, obreros y soldados, o asambleas de trabajadores, lo que Rosa Luxemburgo denominaba un movimiento ciudadano. Pero en Gipuzkoa se construyeron en cuestión de horas las Juntas de Defensa. Estas se encontraron con hechos no previstos, se habían organizado poco, ya que en menos de dos años se había producido una insurrección revolucionaria y parte de esa militancia aún estaba en prisión y los nuevos luchadores todavía no tenían la suficiente capacidad. Por poner un dato, en el País Vasco se fundó el Partido Comunista de Euskadi en Junio de 1935, pero se tuvo que crear en la clandestinidad, porque la legalidad republicana no permitía que eso fuera legal, era una república burguesa. Pese a todos estos obstáculos sucedió en Gipuzkoa lo que lo que generalmente ha ocurrido en la historia de los pueblos y es que cuando tienes el poder en la mano, cuando te estás jugando la supervivencia, se genera una creatividad popular impresionante.

En San Sebastián, en las Juntas de Defensa se contaba con la participación de absolutamente todas las fuerzas democráticas populares, entre otras, la burguesía nacionalista que prácticamente no tuvo ninguna responsabilidad, ya que se limitó a guardar la propiedad privada y los conventos y bancos. El resto de decisiones políticas militares, alimenticias, sanitarias, de comunicaciones y todo lo que fue administrar un poder, eso estaba a cargo del pueblo.

Aquí hay que aclarar dos cuestiones previas: una que el Partido Nacionalista Vasco (PNV), el partido de la burguesía nacionalista, no quería participar en la guerra. Es más, tuvo negociaciones para ver como ayudaba a los fascistas, a los sublevados. Y en Iruñea-Pamplona y en Gasteiz-Araba no movilizó a su gente e incluso en algunos sitios negoció con los fascistas para salvar a su gente, y hubo nacionalistas que se pasaron al bando fascista, porque eran nacionalistas burgueses que tenían mucho más apego al capitalismo que a la independencia de su pueblo. En Gipuzkoa, el PNV tardó alrededor de dos días en salir en defensa de la República, pero no porque estuviera de acuerdo con la misma, sino porque se dio cuenta que sus bases militantes no le iban a obedecer, y porque otros grupos nacionalistas como Acción Nacionalista Vasca (ANV) así lo exigían.

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Segunda cuestión: el pueblo se quedó con muy pocas armas en la mano, porque como se estaba preparando el golpe, el ejército ya había previsto esa circunstancia y lo tenía muy bien organizado. Las pocas armas que habían, que eran básicamente escopetas de caza y pistolas, sirvieron para expulsar al ejército de San Sebastián y al cabo de pocos días lograron liberar el cuartel con bastantes insumos de fusiles, ametralladoras y un mortero. Este ejemplo se dio en bastantes sitios de Gipuzkoa y muestra la capacidad de la gente para auto-administrarse, pero también se organizó la gente en alimentación, en sanidad, transporte, telecomunicaciones que no se interrumpieron, incluso cuando vino un acorazado del ejército español sublevado que bombardeó la ciudad causando muchos muertos. En esa instancia la ciudad se comportó perfectamente y estuvo bajo el poder de la Comuna, de las Juntas de Defensa, desde el 18 de Julio hasta el 13 de Septiembre, casi dos meses. Mientras, había una batalla campal muy dura en la ciudad de Iruñea y en otras, con el ejército que atacaba desde el sur. En Nafarroa lo que querían era aislar la frontera y que la península no tuviera relación con el Estado francés. Fue terrible porque aquí también interviene el factor internacional. En la frontera, había armas para pasar al pueblo que se defendía, que fueron prohibidas y que el pueblo encima las había comprado en la Junta de Defensa de San Sebastián. Las prohibió el gobierno republicano y el frente popular del gobierno socialista, y eso hizo que la frontera se perdiera, eso impidió que llegaran insumos de comida, sanidad, trafico para el derecho a la salud, que como pueblo soberano y democrático debía tener participación para defenderse de un golpe fascista

El comportamiento criminal de la República francesa y del Frente Popular Francés, nunca ha sido suficientemente denunciado.

A partir de ahí lo que ocurre en San Sebastián fue que los milicianos no tuvieron más remedio que empezar a retroceder, pero presentando una resistencia tenaz. Los fascistas, teniendo una superioridad tremenda, tardaron dos meses en llegar a la ciudad que estaba a solo cincuenta kilómetros, y de la ciudad hasta la frontera con Vizcaya necesitaron prácticamente otro mes más.

El único fallo que cometió la Comuna de San Sebastián fue el de no expropiar a la burguesía, el capital, el dinero, el oro, que le habían robado al pueblo mediante su explotación, y que estaban en los bancos. Ese fue el mismo fallo que cometieron también los comuneros de Paris de 1871. El dinero del pueblo que era un capital creado por el pueblo, expropiado por la burguesía, estaba escondido en los bancos y el pueblo no se atrevió a entrar en ellos y llevárselo. Si hubiera sucedido esto habrían tenido más dinero para comprar armas y comida, para defenderse, para atender a los heridos, Este miedo provenía también de otra consideración y era que en 1935, cuando nació el Partido Comunista, en su documento fundacional un año antes del 31 de julio de 1935, termina proponiendo un gobierno provisional revolucionario. Pero luego se hace el séptimo congreso de la Tercera Internacional y se pasa a defender los ‘frentes populares’. O sea que cuando el pueblo esté en condiciones, no instaure un gobierno propio sino que llegue a una alianza con la burguesía.

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-¿Estás de acuerdo con que el haber perdido la guerra, tiene que ver con que no hubo un apoyo explícito del gobierno soviético ni de los gobiernos republicanos de Europa?

-En el caso de la guerra en el Estado español, hubo solidaridad soviética, pero fue muy poca en relación a la cantidad de apoyo que ellos podían haber enviado. De hecho al País Vasco una de las primeras armas rusas que llegaron eran del siglo XIX, armas de un solo tiro, y no se recibieron armas buenas hasta que llegaron unos fusiles checoslovacos. Sí contamos con algunos aviones rusos, entre otros. El ejército vasco jamás tuvo ni remotamente el material en calidad y en cantidad que necesitaba y siempre estuvo luchando con una inferioridad de medios impresionante. Esto es cierto pero también hay que decir otra cosa y es que, la burguesía vasca, el sector del PNV que defendió a Vizcaya tampoco hizo mucho esfuerzo en movilizar la pesada y potente industria de Bilbao para la producción de armas. Desde octubre de 1936 cuando se constituyó el gobierno vasco, hasta Julio de 1937, prácticamente en nueve meses, la producción de armas fue mínima.

Si se hubiera planificado desde el punto de vista de un poder obrero y popular, teniendo en cuenta las dificultades del entorno, el ejército vasco hubiera estado mejor armado, porque la industria militar y la industria civil vasca eran muy potentes.

Quitando a los anarquistas, los comunistas respetaron precisamente la concepción del Frente Popular de que no había que presionar a la burguesía y había que hacer una alianza, eso hizo que lo que habían sido las experiencias de Juntas de Defensa que requisaron coches, casas, colegios, almacenes, alimentos que estaban escondidos en tiendas que no los querían vender, les permitió resistir dos meses. Si eso se hubiera hecho en Vizcaya la resistencia hubiera sido probablemente mayor, con los efectos que hubiera traído a partir de una mayor ayuda internacional y republicana.

El hecho es que eso no sucedió y pese al heroísmo impresionante del ejército vasco, el PNV sistemáticamente se negó a crear un ejército moderno, en el sentido por ejemplo de que no solamente existieran batallones y unos sistemas defensivos eficaces en los montes vascos que permitieran una defensa táctica muy buena. De hecho antes del ataque final del ejército franquista a Bilbao, dos batallones que habían estado en el punto del frente, al bajar advirtieron que no existían prácticamente defensas donde ellos habían estado y fue en ese sitio precisamente donde atacaron los franquistas. Eso nos lleva a muchas sospechas sobre la existencia de una quinta columna de agentes del franquismo que pasaban mucha información a sus jefes sobre lo que estaba sucediendo adentro y que boicotearon el puesto militar.

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-¿Por qué los respectivos gobiernos españoles han ocultado toda esta realidad y este brutal genocidio, pero también esta lucha heroica?

-No solamente a los gobiernos españoles les ha interesado ocultar la memoria de esta realidad, también al gobierno vasco y lo hizo hasta más allá de 1970. Ocultaron un hecho tremendo que fue la capitulación de Santoña, donde una parte del ejercito vasco se rindió oficialmente a los italianos. Ese hecho el PNV lo ha silenciado una y otra vez, y es la capitulación a los italianos, quienes entregaron a los españoles cerca de 10.000 vascos que se habían rendido. Así fueron fusilados como mínimo mil de ellos. La burguesía nacionalista vasca, posibilitó que se rindieran dejando a una parte del ejército vasco a la deriva en Santander y la otra parte también abdicó. Y ese hecho bochornoso lo han intentado ocultar sistemáticamente, incluso falsificando datos.

También hubo fue una fuerte presión por parte de la socialdemocracia europea y también de la Unión Soviética. Se aceptó la monarquía impuesta por Franco no solo por parte del Partido Comunista de España sino también por parte de otras organizaciones revolucionarias que se decían maoístas, el PT, etc. Había la certidumbre de que era mejor, siguiendo una línea reformista, no lanzar la gente a la calle y no impulsar una dinámica de lucha, y sobre todo no echar en cara al franquismo todos sus crímenes y hacer lo que se denominó la Gran Concordia Nacional. Eso era a nivel internacional, porque a ninguna potencia imperialista ni a la URSS les interesaba que Europa girara más rápido a la izquierda y que estuviera junto con Portugal.

Por otra parte, el Partido Comunista a comienzos de los años ’60 abrazó el eurocomunismo, abandonó totalmente a una guerrilla que tenía pocas posibilidades de haber aguantado hasta la muerte de Franco, pero tenía un heroísmo impresionante, Entonces, ¿qué hizo el Partido Comunista? Los dejó que huyan a Francia o que fueran exterminados. Aceptaron así el orden establecido, al rey, a los jueces, perdonaron a los militares, y no pidieron justicia popular, a la vez que se depuraba a las fuerzas revolucionarias, a los sindicatos, etc., Implantaron una concepción de claudicar y para ello, una de las cuestiones que hay que hacer es abandonar y olvidar a los propios héroes, a tus propios muertos.

Pero no solamente se hizo eso con la memoria de los muertos, de los desaparecidos, de los torturados, se claudicó también en las luchas sociales, en las luchas de clases, en las luchas de los movimientos culturales, en las luchas nacionales, porque se impuso una reforma social y económica que fue demoledora para las clases trabajadoras. Los Pactos de la Moncloa, impusieron un estado de las autonomías que era demoledor para los derechos nacionales.

Va todo unido, no solamente se trata de que tu renuncies solamente a la memoria de los que habían aplicado el derecho a la rebelión y a la resistencia, sino que también renuncies a la lucha de los propios compañeros, en las fábricas, en las escuelas, universidades. Eso fue desde 1975 hasta comienzos de los años 80’ cuando Felipe González llegó al gobierno español en 1982, y sobrevino la debacle, el hundimiento de la moral, de la memoria, lo que se llamó ‘el gran desencanto’. En Euskal Herria eso no se produjo del todo porque una parte de la izquierda, del pueblo no aceptó eso, también se resistió un poquito en Catalunya y un poquito en Galicia pero todo eso fue pacificado gradualmente.

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-En Euskal Herria surgió ETA y también un frente de izquierda abertzale que mantuvo en vilo a los trabajadores y trabajadoras, a lo largo de la dictadura.

-Si y eso fue muy decisivo, ahí la memoria tuvo un rol central en un hecho muy básico. Por una parte, la propia situación de opresión del pueblo vasco, y por el otro, el hecho de que en Euskal Herria no desapareció la resistencia violenta bien fuera armada, o en forma de huelgas, y también la resistencia pacífica. En Euskal Herria hubo prácticamente lucha armada hasta el año ’52 y luego a partir del 52’ hasta el 59’ hubo una lucha no violenta, una lucha pacífica y una lucha obrera, de manifestaciones y piquetes, jamás desapareció eso.

Influyó también la propia realidad cultural, y la tradición y mentalidad colectiva del pueblo que entendía que la sociedad vasca estaba dominada militarmente, que es de hecho lo que ocurrió. Si el capitalismo triunfó en el País Vasco, fue por dos guerras durísimas donde el ejército español apoyó a la burguesía vasca, que quería hacerse española e introducir el marco político capitalista. Esa burguesía que iba a permitir la privatización del suelo y del subsuelo, de las minas, de los bosques, la venta de los espacios comunales, una cosa parecida a lo que hicieron los españoles en la Pampa argentina que les costó varios siglos para exterminar a los pueblos originarios, tanto los del sur como los de Uruguay y de Paraguay.

-También fueron violadas las mujeres en masa como en todas las guerras.

-Así es, se les impidió hablar en lengua vasca, y prohibiciones de todo tipo. Muchas mujeres fueron también enviadas a campos de concentración, se les robaron niños en uno de esos campos dirigido por la iglesia y por monjas, cientos de niños que no han aparecido. Todo eso se hizo con total impunidad, bendecido por la iglesia católica, lo mismo que en Argentina en la desaparición de 30.000 personas, y es que las estructuras de dominación y poder son las mismas en cualquier parte del planeta.

Sin embargo fue heroico el aporte del movimiento de mujeres en el bando antifascista. Por ejemplo en la defensa de San Sebastián habían participado militantes anarquistas, una vez que las pillaban las violaban antes de asesinarlas, pero ahí estuvieron y hay ejemplos heroicos en la revolución del 34’ también en Asturias, como el caso de dos hermanas resistiendo con una ametralladora en la entrada de Gijón, lo mismo sucedió dos años después en la defensa de San Sebastián. Todas corrieron la misma suerte asesina.

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La cooptación de la intelectualidad “progresista”

-En Euskal Herria gracias a que la lucha se dividió en numerosos frentes, la memoria se pudo revivir, hay un montón de documentos, hay libros, está viva a pesar de que se han ido muriendo las personas, pero en el caso del Estado español esta blindada la memoria, no solo por dos leyes de amnistía y de olvido que hizo el PSOE sino porque también culturalmente artistas, intelectuales y actores no han ayudado a que esa memoria de lucha y de tragedia se tenga viva para que no siga sucediendo, porque cada vez que en el Estado español se intenta luchar viene la represión con todo y se paran los procesos ¿Qué opinas de ello?

-Estoy de acuerdo y creo que ahí ha habido un factor fundamental aparte del que he explicado políticamente a nivel internacional: en el contexto interno, los reformismos entre los partidos supuestamente revolucionarios, pero también ha habido un factor fundamental y es el silencio impuesto y el miedo por cuarenta años de una violencia brutal. Aparte de ese miedo también un cambio sociológico muy importante, y es que las ciudades que padecieron el mayor número de asesinatos sufrieron un cambio poblacional muy fuerte. También se da eso en los campos donde han sufrido la desaparición de millones de personas, prácticamente en pocos años. En los años 60’ en plena crisis del franquismo se deshabitaron porque hubo una migración del campo a la ciudad muy grande y eso rompió muchos lazos familiares, pero eso era secundario porque se ejercía sobre un terror previo. En el País Vasco esto fue muy curioso porque la primera oleada de inmigración de los años 50’ la hicieron nada más y nada menos que hijos e hijas de familiares de asesinados, de desaparecidos, de expropiados de sus casas que no encontraron (muchos de ellos comunistas, anarquistas, socialistas) otra alternativa. Con la excusa de la inmigración económica lo que buscaban era un espacio político. Eso hizo que los hijos de los inmigrantes de la primera oleada de inmigración se integraran tan rápido en el pueblo vasco, porque la mayoría de ellos había sufrido en sus propias familias el exterminio, entonces tenían una solidaridad, tenían una certidumbre en un recuerdo muy vivido y cuando llegaron al pueblo vasco sintieron ese mismo recuerdo y se integraron y eso se vio en la propia militancia y en muchísimos sitios.

Pero aparte de eso jugó otro factor: por una parte el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) hizo una maniobra muy astuta de comprar y subordinar conciencias a los intelectuales. El PSOE llegó al gobierno en el 82’ con un periódico y un aparato mediático muy potente, similar al que padecéis hoy mismo en nuestra América, y que es el grupo Prisa con Felipe González, que estaría relacionado con O’ Globo y con el de Carlos Slim en México y con muchos otros medios de desinformación masiva. Fue así que abrió todo su poder cultural hacia una intelectualidad que había sido totalmente despreciada y perseguida por el franquismo y que vivía en la pobreza literal o la pobreza relativa. Entonces, encontrarse de pronto con que aparecían en periódicos o que hablaban por radio y TV, se fue institucionalizando en sus cabezas el acriticismo, basado en que ‘hoy no lo vamos a condenar, lo condenaremos pues mañana’ y como dice el dicho que ‘por la calle del mañana se llega a la plaza del nunca’, eso terminó permitiendo una absolución de la intelectualidad que se dejo sobornar vil y cobardemente, abandonando todo esfuerzo de denuncia. Los pocos que rechazaron eso fueron machacados, y muchos de ellos, como Alfonso Sastre por poner un ejemplo, José Bergamín, y otros más, tuvieron que refugiarse en el País Vasco. Se nacionalizaron vascos porque era el único sitio donde había una libertad de prensa gracias a periódicos como “La Voz de Euskadi”, entre tantos otros, que recibieron a toda esa gente y pudieron seguir hablando y criticando.

Pero hubo otro factor también que fue el siguiente: hicieron una maniobra que también fue muy astuta para anular los sentimientos o anular las reivindicaciones nacionales y dar trabajo a centenares y miles de militantes que se habían jugado la vida, se habían unido en la lucha contra el franquismo y de pronto se encontraron siendo funcionarios en las administraciones públicas de los ministerios y de los aparatos de 17 autonomías, que se crearon para ocultar que había naciones fuertes como Catalunya, Euskal Herria, Andalucía y Castilla. Entonces esas 17 autonomías que no se mantuvieron con la administración central, sacaban la gente de partidos de izquierda como el PSOE, el Partido Comunista y los partidos que habían aceptado la Constitución. O sea que estaban psicológicamente derrotados. Si a eso le pones tú, un puestito de esas 17 autonomías, y que pasas a ser la voz del amo de tu pueblo o de tu provincia, a recibir un sueldo y a trabajar (si es que se podría llamar trabajo), después de varios años de lucha, pues esa gente también se vendió y no les importó el tema de la memoria porque estaban en juego sus salarios.


Las heroicas Brigadas Internacionales / Cientos de Brigadistas de Argentina fueron a pelear contra el fascismo

Las Brigadas Internacionales fueron unidades militares compuestas por voluntarios extranjeros de 54 países que participaron en la Guerra Civil Española junto al ejército democrático de la II República, enfrentando a los sublevados o bando nacional dirigido por Francisco Franco, que recibió ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista.

Según los datos manejados por los estudios realizados en Estados Unidos por la Brigada Lincoln y por el historiador Andreu Castell, llegaron a participar en total 59.380 brigadistas extranjeros, de los cuales murieron más de 15.000; al mismo tiempo los internacionales no sobrepasaron más el número de 20.000 hombres presentes en los frentes en cada periodo de la guerra.

La nacionalidad más numerosa fue siempre la francesa, con una cifra cercana a los 10.000 hombres, buena parte de ellos de la zona de París. La mayoría no eran soldados, sino trabajadores reclutados voluntariamente por los partidos comunistas o veteranos de la Primera Guerra Mundial.

Su base se encontraba en el aeródromo de Los Llanos, en Albacete. Las Brigadas participaron en la defensa de Madrid en 1936, las batallas del Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel, Aragón y el Ebro, siendo retiradas a partir del 23 de septiembre de 1938, a fin de modificar la posición ante la intervención extranjera del Comité de No intervención.

Antecedentes

Las Brigadas Internacionales no fueron, al contrario de lo que se suele creer, ni los primeros ni los únicos voluntarios extranjeros que partieron a luchar a España en favor de la República. Ya antes de su formación (en octubre de 1936) había en la Península un número, aunque no muy alto, de soldados extranjeros, que desde prácticamente el día de la sublevación de los fascistas estaban participando en la contienda. Algunos de ellos ya residían en España antes del golpe del 18 de julio y procedían mayoritariamente de países con gobiernos fascistas (o pseudo fascistas), de donde se habían visto obligados a exiliarse por su militancia progresista, socialista, comunista o anarquista. Por esta razón, los dos principales países de origen de estos primeros voluntarios extranjeros fueron Alemania e Italia. De este primer grupo de combatientes extranjeros que ya vivían en España al estallar la guerra, se encontraban, como dos de los más conocidos, el novelista André Malraux , el socialista italiano (que años antes había atentado contra el hijo de Victor Manuel de Saboya), Fernando De Rosa Lenccini.

También hubo otro grupo de extranjeros que a partir del 18 de julio fue llegando a España por sus propios medios y se incorporó al frente. Pero si es difícil dar cifras sobre los soldados que conformaron las Brigadas Internacionales, mucho más aún, por la inexistencia de documentos oficiales, lo es cifrar a los extranjeros que llegaron antes de octubre de 1936.

En tercer lugar, es destacable la incorporación a las filas del bando republicano de los participantes en las olimpiadas populares. Esta competición, organizada por grupos políticos de izquierda, se estaba celebrando en Barcelona en el verano de 1936 como contrapartida a las olimpiadas oficiales que se disputaban en Berlín bajo el gobierno de Adolf Hitler, y en ella tomaban parte deportistas de diversos países del mundo. Muchos de estos atletas se sumaron a las luchas callejeras de Barcelona, participaron en el levantamiento de barricadas y en la ocupación del Hotel Colón. La mayoría de los participantes, cuyo número oscilaba entre 174 y 300, regresó a sus respectivos países el día 24 de ese mismo mes de julio, tras haber sido protagonistas durante la primera semana de la guerra.

Las unidades formadas por estos primeros voluntarios extranjeros, se bautizaron con nombres de militares progresistas del siglo anterior, como Walery Wroblewski, muerto en la Comuna de París, o de figuras políticas de mucho prestigio, como el socialista inglés Tom Mann.

Muchos de los soldados que conformaban estas unidades voluntarias espontáneas se integraron luego en las Brigadas Internacionales, pero otros muchos, por diversas circunstancias, permanecieron al margen de ellas y combatieron en otras unidades del Ejército Popular de la República. Numerosos extranjeros no se integraron en las brigadas debido, principalmente, a discrepancias políticas debido a que las Brigadas empezaron organizadas y promovidas por el Partido Comunista Francés (de donde salieron los primeros oficiales brigadistas), lo cual causaba que militantes socialistas, anarquistas, o marxistas ajenos al comunismo, prefiereran enrolarse en otras unidades.

En algunos de los casos algunos extranjeros lucharían integrándose en unidades del POUM o de otras organizaciones de izquierdas disidentes de la Komintern. Relacionado con esta cuestión, y tras los Sucesos de mayo de 1937 en Barcelona, el gobierno republicano ordenó el 19 de junio de 1937, por un decreto puesto en marcha por Vicente Rojo siguiendo órdenes de Indalecio Prieto (en esos tiempos ministro de Defensa), “que todos los extranjeros que prestan servicio al ejército, quedaban encuadrados en las Brigadas Internacionales”. Esta orden no fue cumplida por muchos soldados extranjeros, que lucharon hasta el final de la guerra en unidades ajenas a las de los brigadistas.

Creación

La idea original de la creación de las Brigadas Internacionales se presentó en Moscú en septiembre de 1936, donde la Komintern trataba de captar voluntarios comunistas y no comunistas para participar en apoyo de los republicanos españoles en la guerra. El Gobierno de la República no se decidió al inicio por aceptar la propuesta. La opinión cambiaría en octubre de ese mismo año, cuando los primeros combates y el avance de los sublevados hacia Madrid evidenciaron la crítica situación militar de la República.

No obstante, a los pocos días de la sublevación militar, muchos de los atletas que iban a participar el día siguiente en la Olimpiada Popular organizada en Barcelona por Lluís Companys, se unieron en una brigada propia, muriendo el atleta austriaco Mechter el 19 de julio, quien es considerado el primer brigadista caído en combate. Y en agosto entró en combate en Irún el batallón Commune de Paris, compuesto sobre todo por franceses y belgas al mando de Jules Dumont.

La sede internacional de reclutamiento se estableció en París bajo la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética y el Partido Comunista francés. Desde el gobierno republicano se tramitaba la documentación necesaria para el recluta, se hacía llegar estos documentos a París, y desde allí se embarcaba a los voluntarios que, desde toda Europa, llegaban vía ferrocarril a Barcelona. Posteriormente, el gobierno republicano los remitía a Albacete, donde la Komintern había establecido el cuartel general de las Brigadas, así como su centro de entrenamiento.

El 23 de octubre, Francisco Largo Caballero crea la División Orgánica de Albacete con un Comité de Organización encargado de asistir de manera centralizada a los voluntarios que llegaban del extranjero. El líder comunista francés André Marty, secretario general de la Tercera Internacional y hombre, al parecer, de la plena confianza de Stalin, será nombrado Jefe de la base de Albacete. Los que llegaban iban destinados luego a distintas poblaciones: La Roda, Tarazona de la Mancha, Villanueva de la Jara y Madrigueras eran los lugares de mayor concentración.

Las movilizaciones en favor de reclutas para las Brigadas Internacionales se extendieron por toda Europa y luego por Estados Unidos, pero en países como Alemania e Italia se identificaron como el primer paso para combatir en batalla al fascismo y al nazismo, que ya había establecido dictaduras en ambos Estados. Los primeros brigadistas llegaron a Albacete el 14 de octubre de 1936.

Las primeras Brigadas formadas (XI, XII y XIII) estaban compuestas mayoritariamente por franceses, belgas, italianos y alemanes voluntarios. Dentro de cada brigada se constituyeron batallones, generalmente de miembros de la misma nacionalidad para facilitar las comunicaciones entre los integrantes.

Origen de los brigadistas

Hubo brigadistas de más de 50 países del mundo. El país que más voluntarios aportó fue Francia, con más de 10.000 según algunas fuentes (Andre Castells la eleva hasta 15.000). El segundo contingente más importante era el de alemanes y austriacos con unos 5.000, en su mayoría exiliados en París y Bruselas. También destacaron los contingentes de Italia (4.000), los 2.500 británicos, 2.000 estadounidenses y un millar de latinoamericanos. También se enrolaron en menores cantidades voluntarios de países como México, Abisinia, Polonia, Albania, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Suecia, Suiza, Holanda, Cuba o hasta Rumania.

Según distintas estimaciones, hasta 8.000 de estos voluntarios, un 15 % del total de brigadistas internacionales, lucharon por el bando republicano. En general, estos voluntarios habían sido previamente militantes comunistas y anarquistas, con poca o nula conciencia hebrea, pero también se dieron casos como la Unidad judía Botwin (anteriormente denominada 2ª Compañía del Batallón Palafox).

Los brigadistas procedían de muy diferentes estratos sociales, desde intelectuales a trabajadores manuales, pasando por militares retirados o soldados veteranos. Hubo en sus filas una gran variedad de procedencias: sindicalistas, mineros de Europa Central, estibadores y cargadores de los principales puertos europeos, ex-combatientes de la Primera Guerra mundial, médicos, afroamericanos y orientales naturales de suburbios neoyorkinos, también estadounidenses eran un numeroso grupo de universitarios británicos procedentes de las zonas de concentración industrial, algunos escritores, artistas, políticos y muchos militares desempleados de la Europa del Este. Como vemos, la procedencia tanto geográfica como social y profesional era de una heterogeneidad impresionante. El importante número de intelectuales, médicos, artistas y científicos que integraban las brigadas, ha hecho que en muchas ocasiones se les haya definido como “la unidad militar más intelectual de la historia”. Hay que añadir en este apartado que hubo varios escritores, como Ernest Hemingway y George Orwell, que aunque sí participaron en la guerra y escribieron algunas obras que se han hecho muy populares (Por quién doblan las campanas u Homenaje a Cataluña), no se encuadraron como combatientes dentro de las Brigadas Internacionales.

La filiación política mayoritaria era la comunista, ya que casi todos los brigadistas habían sido invariablemente reclutados por los partidos comunistas de diferentes naciones, aunque unos pocos acudieron a España para enrolarse directamente sin adherirse previamente a un partido político. Sin embargo, la militancia política variaba según el país de origen; por ejemplo, entre los brigadistas norteamericanos los efectivamente marxistas (socialistas, comunistas o anarquistas) no llegaban ni a la mitad, mientras que en el contingente alemán los soldados de filiación comunista estaban en torno al 80 %, siendo de igual proporción la presencia comunista en unidades francesas o italianas. Mientras tanto, los batallones británicos y de Europa Oriental mostraban presencia mayoritaria de obreros sindicalizados, con una minoría de militantes de algún partido. La filiación de los brigadistas no comunistas era muy variada también: iba desde el socialismo hasta el anarquismo, pasando por todas las formas del progresismo antifascista.

Fueron muchos los brigadistas que posteriormente acabarían convirtiéndose en personajes de notable importancia histórica. Por dar algunos ejemplos se podrían citar los nombres del alemán Willy Brandt, que sería alcalde de Berlín y luego Canciller de Alemania, el intelectual holandés Jef Last, el militar húngaro Kleber, el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, el general polaco Walter, el presidente yugoslavo Tito (la participación de este último ha sido bastante discutida), y otros muchos alemanes que llegarían a ocupar importantes cargos en la RDA.

Acciones de guerra

Las primeras operaciones de combate en las que participaron las brigadas (en concreto las número XI, XII y XIV) fueron en la Batalla de Madrid a partir del 4 de noviembre de 1936 hasta febrero de 1937, durante la primera ofensiva del ejército nacional, que ocupaba ya Getafe y Leganés.

Con 1.550 hombres y mujeres (1.628 según los archivos soviéticos), se instaló el Cuartel General en la Facultad de Filosofía y Letras, siendo las unidades brigadistas muy activas en los alrededores de la Casa de Campo, donde se enfrentaron al general Varela en los accesos desde la carretera de Valencia, la defensa de la Ciudad Universitaria y los accesos a Guadarrama, en un amplio despliegue que los llevaba en algunas ocasiones a combatir en las puertas de Getafe.

La XV Brigada compuesta principalmente por unidades de rusos, norteamericanos y británicos se enfrentó a las tropas nacionales que pretendían conquistar Madrid, desde el 6 de febrero de 1937 en la Batalla del Jarama. La XV Brigada participó en la contención de la ofensiva y capturó prisioneros, manteniendo enfrentamientos hasta el día 27 inclusive.

En la Batalla de Belchite de 1937 tomaron parte las brigadas XI y XV. Durante la Batalla de Guadalajara iniciada por tropas italianas del Corpo Truppe Volontarie el 9 de marzo de 1937 para tratar de penetrar desde el norte en Madrid, las tropas republicanas hicieron frente a un ejército de 30.000 hombres, 80 carros de combate y 200 piezas de artillería. En el escenario se encontraron combatiendo la XI y XII Brigada Internacional, que sufrieron gran cantidad de bajas.

Batalla de Teruel. Invierno 1937-38. En esta ofensiva republicana, que tenía como fin desviar la presión de los nacionales sobre el frente norte, participaron todas las Brigadas Internacionales (ya muy mermadas), excepto la XIV. De cara a las sesiones del Comité de No Intervención, el gobierno mantuvo que serían sólo las tropas españolas las que lucharían, pero esto pronto se demostró como una falsedad cuando el 7 de diciembre llegó la orden a la base brigadista en Albacete de que partiesen hacia Aragón.

Los brigadistas tuvieron también un importante papel en los grupos de guerrilleros que se infiltraron tras las líneas antes de la batalla para sabotear las comunicaciones enemigas. La reconquista de Teruel por parte de los nacionales en febrero del 38, costó un altísimo número de muertos especialmente a la XI Brigada.

Brigadas: denominación, composición e historia

Los primeros voluntarios llegaron a Albacete el 12 de octubre, y a partir de ahí llegaron convoyes casi diariamente durante los días sucesivos. El día 15, Luigi Longo (luego se hará llamar Luigi Gallo) empezó a organizar las primeras compañías. Otros que se suman al primer órgano de dirección son Allard, Wisniewski, Hans Kahle, Jean Marie François, Lalmanovic o Ribiere. Este comité organizador se vio superado ante la llegada de tantos voluntarios y pronto se transformó en un comité militar, en el que aparte de los ya mencionados entraron otros, como el Comandante Vidal y André Marty, que se convertiría en el jefe de la base y de las Brigadas Internacionales.

El encuadramiento en los distintos grupos se efectuó en función de grupos idiomáticos y de origen. Los jefes en un principio fueron elegidos por los propios voluntarios, pero más tarde la elección pasó a hacerse en función de las necesidades. Al lado de cada jefe militar había un comisario político, cuyas tareas principales eran de carácter político (mantener la moral, arengar políticamente a las tropas, etc.) aunque en ocasiones también tenían que asumir labores militares.

Se formaron siete brigadas, llamadas XI, XII, XIII, XIV, XV, 129 y 150. Cada brigada se dividía a su vez en tres batallones (salvo en algunos casos en los que había cuatro) que en un principio rondaban los 650 hombres cada uno. Estos batallones recibían nombres con un claro contenido político, como Garibaldi o Commune de Paris.

Las Brigadas estuvieron organizadas de la siguiente forma:

XI BRIGADA
La XI Brigada fue la primera en constituirse formalmente el 22 de octubre de 1936 con tres batallones: Edgar André, Commune de París y Garibaldi, apoyados por un batallón español. Jefe de la Brigada fue Manfred Stern primero y Jean Marie François después.

1er Batallón “Edgar André”. Alemán.
2º Batallón “Commune de Paris”. Franceses y belgas. Trasladado posteriormente a la XIV.
3er Batallón “Dabrowski”. Polacos, húngaros, yugoslavos, 2 paraguayos. Trasladado posteriormente a las Brigadas XII, XIII y 150. (Bandera en la imagen).
4º Batallón “Garibaldi”. Italianos. Trasladados más tarde a la XII.
XII BRIGADA
La XII Brigada se constituyó el 1 de noviembre de 1936 con los batallones Ernst Thälmann, André Marty y, desde la XI Brigada, el Garibaldi. El Jefe de la Brigada fue el general Zalka Maté.

1er Batallón “Thaelmann”. Alemán. Trasladado posteriormente a la XI.
2º Batallón “Garibaldi”. Italianos.
3er Batallón “André Marty”. Franceses y belgas. Trasladado posteriormente a la 150, XII y XIV.
XIII BRIGADA
La XIII Brigada se constituyó el 1 de diciembre de 1936 con los batallones Chapiaev, Henri Vuillemin y Lousie Michel. El jefe de la Brigada fue Wilhelm Zaisser.

1erBatallón “Louise Michel”. Franceses y belgas. Trasladado posteriormente a la XIV.
2º Batallón “Chapiaev”. De distintos países balcánicos. Trasladado posteriormente a la 129.
3er Batallón “Henri Vuillemin”. Franceses. Trasladado posteriormente a la XIV.
4º Batallón “Miskiewicz Palafox”. Polacos y judíos mayoritariamente,[3] además de unas decenas de sobrevivientes ucranianos del ejército anarquista de Néstor Majnó.
XIV BRIGADA
La XIV Brigada, a la que se conoció como La Marsellaise por estar conformada por mayoría de franceses, fue creada el 1 de diciembre de 1936 y reorganizada por completo el 27 de noviembre de 1938.

1er Batallón “Noves Nacions”. Trasladado posteriormente al “Commune de Paris”.
2º Batallón “Domingo Germinal”. Anarquistas españoles y portugueses.
3er Batallón “Henri Barbusse”. Franceses.
4º Batallón “Pierre Brachet”. Franceses.
XV BRIGADA
La XV Brigada se formó el 31 de enero de 1937 con los Batallones Dimitrov, 6 de febrero, Pierre Brachet (que se trasladó pronto a la XIV Brigada), Británico, Lincoln y Washington. El Jefe de la Brigada fue Janos Galiez
1er Batallón “Dimitrov”. Yugoslavos. Trasladados posteriormente a la 150 y después a la XIII.
2º Batallón Británico.
3er Batallón “Lincoln”, “Washington”, “Mackenzie-Papineau”. Estadounidenses y canadienses. A este batallón se unió la Columna Connolly formada por un reducido grupo de irlandeses.
4º Batallón “6 de febrero”. Franceses. Trasladados posteriormente a la Brigada XIV.
150 BRIGADA
Formada en junio de 1937.

1er Batallón “Rakosi”. Húngaros.
129 BRIGADA
La 129 Brigada se constituyó el 28 de abril de 1937 con restos de batallones de otras Brigadas y miembros del POUM. La distinta procedencia de sus miembros la llevó a ser conocida como la Brigada de las cuarenta naciones. Las diferencias entre las fuerzas políticas y el conflicto en Cataluña con el POUM la hicieron poco efectiva, debiendo ser reorganizada en febrero de 1938. Entonces se nombró Jefe de la Brigada a Wacek Komar (que provenía del Batallón Dobrowsky de la XIII Brigada).

1er Batallón “Masaryk”. Checoeslovacos.

2º Batallón “Dayachovitch”. Búlgaros.

3er Batallón “Dimitrov”. De diversos países balcánicos

La marcha de las Brigadas

Durante 1938 se suceden los intentos para poner fin a la guerra civil desde los organismos internacionales, como la Sociedad de Naciones, ante el evidente fracaso del Comité de No Intervención para detener el conflicto.

Tras la grave derrota sufrida en abril por la Ofensiva de Aragón, la República era consciente de su debilidad, y Juan Negrín juega la baza de apostar por un proceso de pacificación, emitiendo con ocasión del 1 de mayo de 1938 un posible acuerdo basado en trece puntos ante la opinión pública internacional, entre los que se incluía la retirada de todas las fuerzas compuestas por extranjeros que estuvieran presentes en el conflicto español.

Esto se unía a una intensa labor diplomática, encabezada por Manuel Azaña, en la que se mostraba a Francia y Gran Bretaña la conveniencia de tener un fuerte aliado en el sur ante los acontecimientos que se precipitaban en Europa tras la amenaza dirigida contra Checoslovaquia por Hitler. La desfavorable situación bélica y estratégica de la República (desde el 15 de abril quedó cortada en dos la zona republicana) causó que Francia y Gran Bretaña no mostrasen entusiasmo por la propuesta de Negrín, e inclusive la prensa de la URSS, bajo control gubernamental, admitía seriamente la posibilidad que Franco triunfase en España.

El Gobierno de la República comunicó oficialmente a la Sociedad de Naciones y al Comité de No Intervención su firme compromiso en la retirada de las Brigadas Internacionales el 21 de septiembre, cuando ya se había estancado mucho el avance de las tropas republicanas en la Batalla del Ebro. Para esta fecha se había dificultado mucho el reclutamiento de soldados extranjeros para las Brigadas Internacionales, debido a los intermitentes cierres de la frontera realizados por Francia; las pugnas internas entre el PCE y el POUM habían desalentado el reclutamiento de extranjeros en las Brigadas (tales extranjeros preferían luchas en otras unidades del Ejército Popular de la República), y pese a su gran experiencia en combate las Brigadas empezaban a ver reducido su número tras la derrota en Aragón: sumaban menos de 10,000 hombres en toda España al empezar la Batalla del Ebro.

La propuesta llegó al bando nacional, si bien Franco comunicó “oficiosamente” que era tarde ya para cualquier acuerdo, en tanto las tropas rebeldes contaban con una situación militar mucho más ventajosa. De todas formas, el Gobierno de la República consumó el proceso de desmovilización esperando que la buena voluntad sirviera para que las potencias europeas (neutrales o no) presionaran a Franco, mientras la URSS apoyaba la posibilidad de que numerosos militantes comunistas (integrados en las Brigadas) abandonaran España, al alejarse las posibilidades de un triunfo republicano.

El 23 de septiembre de 1938 los brigadistas vivieron su último día de combate, pero no sería hasta el 27 de octubre que los internacionales del Ejército del Centro y de Levante, 1.500 hombres, serían reagrupados en Valencia. Al día siguiente ocurrió igual con los brigadistas de Cataluña, que fueron reunidos en Barcelona.

El ejército les brindó un gran homenaje bajo el lema: Caballeros de la libertad del mundo: ¡buen camino! El mayor de los homenajes que se les rindió, fue el desfile celebrado en Barcelona el 28 de octubre. Toda la ciudad amaneció con pancartas y carteles alusivos a las Brigadas Internacionales. Ante Companys, Azaña, Negrín, Vicente Rojo y más de 300.000 personas, los internacionales desfilaron por la Avenida 14 de abril (actual Avenida Diagonal), en un ambiente altamente emotivo, con un histórico discurso de Dolores Ibárruri.

Hubo actos similares de homenaje en Valencia y Madrid. Tras un desfile en el que la gente los despidió con aplausos, llantos y cubriendo la calzada de rosas, después de un espectacular despliegue de cazas republicanos los brigadistas estaban listos para partir.

En algunos lugares, ya durante la guerra se construyeron monumentos en homenaje a los brigadistas. Por ejemplo en la zona de la Batalla del Jarama, el 30 de junio de 1938 fue inaugurado un monumento en forma de puño. Volvió un grupo de brigadistas para un acto de despedida en noviembre. El monumento fue destruido después de la guerra.

La mayoría de los menos de diez mil brigadistas supervivientes a la guerra trataron de volver a sus países. Muchos de ellos no tendrían problemas (franceses, británicos, norteamericanos), pero otros muchos se verían con situaciones complejas: los italianos, alemanes, austriacos, suizos, búlgaros y canadienses se vieron entre la espada y la pared. Formalmente eran expulsados de España pero, o serían detenidos en sus países al regreso debido que en ellos gobernaban el fascismo y el nazismo, o bien se arriesgaban a la cárcel porque habían salido sin autorización para servir en un ejército extranjero. Algunos brigadistas que no tenían un país al cual volver con seguridad se refugiaron en casas particulares en Cataluña y otros pasaron la frontera de los Pirineos sólo para quedarse clandestinamente en Francia. La URSS acogió a algunos brigadistas, pero éstos eran casi exclusivamente líderes comunistas de importancia.

Después de la Guerra

Tras la salida de las Brigadas internacionales, y con el regreso a sus países de origen, sus miembros fueron acogidos de forma distinta. En un principio muchos fueron tachados de simples mercenarios, mientras otros fueron condecorados en su propia tierra. La llegada de la Segunda Guerra Mundial evidenció el papel que habían tenido estos combatientes en España al ser los primeros soldados de sus respectivos países que habían luchado contra el expansionismo fascista de Alemania e Italia.

El 26 de enero de 1996, el Congreso de los Diputados español concedió la nacionalidad española a los brigadistas si renunciaban a su nacionalidad propia, cumpliendo así la promesa realizada por Juan Negrín cuando estos abandonaron España 57 años antes. Aún así, la mayoría de los veteranos optó por no renunciar.

Después, la Ley de la Memoria Histórica reconoció a los brigadistas la nacionalidad española por naturalización, sin tener que renunciar a la suya propia. En junio de 2009, la embajada española en Londres entregó a varios brigadistas sus pasaportes españoles

Los más conocidos brigadistas

Las Brigadas Internacionales contaron entre sus miembros con personalidades como el joven Willy Brandt, que sería luego canciller socialdemócrata de la República Federal de Alemania, Wilhelm Zaisser, Ministro de Seguridad del Estado en la República Democrática Alemana y jefe de la policía política Stasi desde 1950 hasta 1953, así como los literatos Ralph Fox, Charles Donnelly, John Cornford y Christopher Caudwell, George Orwell, Pablo de la Torriente (escritor y periodista cubano) , Wifredo Lam, pintor afrocubano y Alex Canitrot, general francés, entre otros.

BRIGADISTAS ARGENTINOS QUE PELEARON CONTRA EL FASCISMO

Cientos de brigadistas argentinos fueron a pelear contra Franco. Estuvieron en todos los frentes, pero para ellos la historia fue mezquina y los condenó al olvido.
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Ficha de un brigadista argentino que había sido obrero.

Graciela Mochkofsky

En los días agónicos de la Guerra Civil Española, ciento noventa y siete argentinos esperaban el final en dos parajes de Cataluña. Al Norte, los Pirineos los separaban del exilio. Al Sur, sus compañeros españoles libraban la última gran batalla contra las tropas de Francisco Franco en los márgenes del río Ebro. Los argentinos habían sido obligados a abandonarla por razones políticas, junto con brigadistas llegados de todo el mundo a combatir por la República.

Eran, en su mayoría, jóvenes que se habían ofrecido para luchar una guerra que consideraban propia y de la que ahora, en el momento decisivo, habían sido apartados, en un vano intento de contentar a las grandes potencias. Estas, sin embargo, asistirían impávidas a la primera victoria armada del fascismo en Europa. Intentaban así evitar una guerra mundial que les estallaría en la cara poco después.

En esas largas horas vacías, las burocracias partidarias les pidieron a los brigadistas que llenaran formularios con su puño y letra. Anotaron sus datos personales, sus historiales políticos y de combate, sus opiniones y esperanzas para el futuro del mundo.

¿Qué escribe un idealista en el momento en que todo aquello en que ha creído, aquello por lo que ha matado y ha estado dispuesto a morir, parece a punto de colapsar? No mucho después dejarían a pie la España que ya era del general que se había alzado el 18 de julio de 1936, para hacinarse en campos de concentración en Francia. Y, meses más tarde, regresarían a la Argentina –donde les esperaban años de persecución y existencias clandestinas–, o se perderían en el mundo, como sus nombres, sus ilusiones, sus hazañas. Porque la mayoría, si no todos, murió anónima.

Tras la caída de la República, en abril de 1939, esos formularios fueron el equipaje de algunos comunistas españoles , que como todos los combatientes soviéticos que habían sobrevivido marcharon hacia Moscú . Las memorias del grupo más numeroso de los brigadistas latinoamericanos quedaron encerradas en los herméticos depósitos del Instituto de Marxismo- Leninismo. Allí durmieron, en el secreto y el olvido, hasta después de que la Unión Soviética dejara de existir y el Instituto se transformara en el Archivo Estatal Ruso de Historia Sociopolítica.

La presidenta de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, Ana Pérez, me reveló su existencia, décadas después, en una España que había decidido olvidar la guerra tras la muerte de Franco. Yo buscaba el rastro de alguien que había sido olvidado con tanto empeño que, aunque era por sangre y derecho mi pariente directo, sólo supe de su existencia hace un par de años: mi tío abuelo Benigno Mochkowsky, a quien su padre había echado para siempre de su casa por comunista cuando sólo tenía quince años.

Librado a su suerte, Boris, como lo llamaba en voz baja la familia que había decidido negarlo, adoptaría otra: el Partido Comunista. Tras diversas aventuras y prisiones en varias provincias y países, había llegado a España. Allí fue uno de los oficiales del legendario Quinto Regimiento. Bajo el nombre comandante Ortiz dirigió a 4.000 hombres en batalla. Con ese nombre lo mencionan en sus memorias el general Enrique Líster y La Pasionaria, y así lo conocerían hasta su muerte la mayoría de sus compañeros.

El, como los otros, no figuraba en los registros de nadie y se borraba de las memorias de cuantos lo habían conocido. Pero me empeñé en que no concluiría mi libro sin recuperar a todos. Gracias a una red de amigos de diversas partes del mundo, un difícil acuerdo monetario con la guardiana del archivo moscovita y la decisiva participación del embajador de España en Buenos Aires, Carmelo Angulo, logré rescatar una copia de ese registro único de los combatientes argentinos y traerlo, por primera vez, al país.

COMBATIR A LOS VEINTE

El menor tenía 17 años; el mayor, una excepción, 55; la mayoría estaba en sus veinte. Eran en gran parte comunistas, porque la Internacional Comunista había organizado las Brigadas Internacionales, pero también había anarquistas, como Ramón Belanguer García, que peleó en la columna del legendario Buenaventura Durruti desde el segundo mes de la guerra; socialistas, como Carlos Francisco Acevedo Rodríguez, un músico de 23 años, que combatió como soldado raso; o simpatizantes republicanos sin partido, como Antonio Moreno Vives, que reclutaba voluntarios para el Ejército Popular de la República desde su puesto de secretario de Finanzas del Centro de Repatriación de Españoles Republicanos, hasta que renunció “para venir yo también a España”.

Había un aristócrata, Carlos Kern Alemán (así firmó su ficha), primo hermano de los economistas Juan y Roberto Alemann, y oveja negra de su familia desde que, mientras estudiaba arquitectura en Berlín, se convirtió en líder de los estudiantes rojos alemanes que se enfrentaron a Hitler. Y varios miembros de la clase media, como Juan Gastón Gilly, hijo de un comerciante, ex cadete de la Escuela Naval, estudiante de Derecho, que había ido preso en Córdoba por el asesinato de “dos fascistas”. Pero muchos eran simples trabajadores, como Francisco Comendador López, que se había interesado en el movimiento proletario por “los mismos problemas que se plantean hoy en nuestros hogares”.

La mayoría no tenía experiencia militar, excepto por enfrentamientos con la Policía. Pocos eran como Salvador Loy Klepach, alias “Ernesto”, encargado de “trabajo anti-militarista”, es decir, de oposición o infiltración en las Fuerzas Armadas (tarea que el PC intentó, con más o menos éxito, durante años) Entre 1923 y 1930, Loy Klepach había sido detenido por “disparo de armas, lesiones y homicidio”, media docena de veces, una de ellas en el congreso partidario en que, fruto de una pelea interna, fue asesinado el dirigente juvenil comunista Ernesto Müller, en diciembre de 1925.

Muchos de los combatientes comunistas habían sido enviados por el PC argentino, que financiaba y organizaba sus viajes en barco hasta Europa, proveyéndolos con pasaportes, a veces bajo nombres falsos, y contactos. A través del PC francés, los ayudaba a entrar en España por tierra, vía París. Lo mismo hacían otros partidos comunistas, en consonancia con la campaña mundial de reclutamiento lanzada por la Internacional Comunista, o Comintern, en septiembre de 1936, a casi dos meses del golpe que dio comienzo a la guerra civil.

Una vez en España, los combatientes recibían instrucción militar en una base en Albacete, que regía con mano de hierro el comunista francés André Marty. Los argentinos eran destinados a brigadas de españoles, de latinoamericanos o de otras nacionalidades, porque no reunían la cantidad suficiente para tener su propio batallón, como sí ocurrió con ingleses, norteamericanos, franceses, belgas, polacos, y otros que llegaron de a miles. De los latinoamericanos, la participación argentina, con la mexicana, fue de las más numerosas.

Hubo, también, comunistas argentinos que financiaron sus viajes por cuenta propia, con la convicción, como anotó Kern Alemán en su ficha, de que la derrota del fascismo en España sería también en “todos los pueblos del mundo”.

El partido envió además funcionarios políticos –que se mantuvieron lejos del frente–, asignados al Socorro Rojo Internacional, un organismo de asistencia y solidaridad de la Comintern, al entrenamiento y control ideológico de los combatientes –como Salomón Elguer, que fue comisario político de las Brigadas Internacionales–, o al PCE, bajo el ala del ítalo-argentino Victorio Codovilla, uno de los fundadores del Partido Comunista Argentino, su jefe máximo durante décadas, y organizador del partido español en los años previos a la guerra y hasta mediados de 1937.

Anarquistas, socialistas, republicanos y líberos viajaron a su costo y riesgo, empapados del fervor antifascista que movilizaba a toda una generación. “Luchar contra el fascismo” se repite ficha tras ficha.

Algunos estaban en España desde antes de la guerra. Las fichas no aclaran por qué, pero la hipótesis más probable es que se trataba de hijos argentinos de inmigrantes españoles que regresaron a su país de origen a comienzos de los treinta por razones políticas (con la deportación de activistas de izquierda que siguió al golpe de Uriburu) o personales. Entre estos, muchos esperaban regresar a América, como Ricardo Rodríguez Fernández, que había ido preso durante el intento revolucionario de Asturias de 1934 y soñaba con volver a la calle Pepirí 693, en Buenos Aires.

Brigadistas argentinos pelearon en la terrible batalla de Brunete, en la que los republicanos, blancos fáciles en una llanura pelada sembrada de cadáveres pudriéndose al sol, padecieron una sed desesperante y se quedaron sin municiones, mientras algunos de sus jefes militares exageraban sus logros, en la más pura tradición estalinista. Allí, Agustín Denegri, carnicero en Bahía Blanca, chofer y fusilero en España, fue herido en la espalda bajo un bombardeo de aviación (en Brunete, la República perdió su superioridad aérea, con la llegada de los cazas alemanes prestados a Franco por Hitler). Veinte mil combatientes republicanos murieron o fueron heridos sólo en esa batalla.

Cándido Castañón García, oriundo de Chacabuco (¿hermano de José, también herido en el brazo, la pierna, la espalda?), fue herido en la cabeza, en el brazo y en el muslo izquierdos en la batalla de Teruel, durante el invierno español del 37/38, con hasta 20º bajo cero. Una dura derrota, por las pérdidas en hombres y armamento, y por las ejecuciones disciplinarias ordenadas por jefes militares comunistas.

Otros pelearon en Belchite, Aragón, Mallorca, Madrid’ Pero el combate que se repite y repite en los formularios manuscritos, el más espectacular y dramático, porque estuvo a punto de dar vuelta, a favor de la República, una derrota que muchos políticos y jefes militares republicanos daban por sentada cuando la URSS y Europa la habían dejado librada a su suerte: la batalla del Ebro. Los combatientes cruzaron el inmenso río en un ataque sorpresa, a nado, en botes, en puentes desmontables, la noche del 24 de julio de 1938 y, hasta que en septiembre fueron obligados a retirarse, participaron de una hazaña de voluntad y resistencia que costó decenas de miles de vidas: Alfredo Borello, de Lanús, herido en el brazo; Emilio Giménez, herido en el pie izquierdo; Pedro Marrube, herido en septiembre, por una explosión; Loy Klepach, que fue cabo de ametralladoras y ayudante del comisario de la 60 Brigada Mixta; Kern Alemán, elogiado en una orden del día de su unidad “por su brillante actuación en la ofensiva del Ebro y por su valiente actitud y disciplina en todo momento”.

UNA RETIRADA OBLIGADA

El 21 de septiembre, en plena batalla, los combatientes del Ebro recibieron la noticia de que el presidente republicano, Juan Negrín, que apostaba al estallido de la Segunda Guerra Mundial como única alternativa para no ser derrotado por Franco, había ofrendado la retirada de los brigadistas internacionales ante la Sociedad de las Naciones. El 23 de septiembre, más de seis mil brigadistas, argentinos incluidos, tomaron sus cosas (“abandonando la lucha antes de tiempo”, protestaría en su formulario Jesús Castilla) y cruzaron el Ebro en reversa, hacia la repatriación.

Desfilaron en Barcelona, en un acto histórico en el que La Pasionaria dio un discurso que no se olvida: “¡Camaradas de las Brigadas Internacionales! Razones políticas, razones de Estado, la sustentación de la misma causa por la que ofrecisteis vuestra sangre con tan incomparable solidaridad, obligan ahora a volver a algunos de vosotros a vuestra patria, y a otros a un exilio forzoso. Podéis marchar orgullosos. Vosotros sois la Historia. Vosotros sois leyenda”.

Los argentinos fueron a Cardedeu y Ripoll, en Cataluña, junto al resto de los latinoamericanos. Los españoles siguieron peleando en el Ebro hasta la derrota, en noviembre; un resultado que parecía evidente para la mayoría de los actores de la guerra, pero no para los brigadistas argentinos que, en su espera, escribían: “De nuestra victoria saldrá fortalecido el Frente Popular, no sólo el español, sino que logrará que todas las fuerzas democráticas mundiales se unifiquen y hará imposible el triunfo del fascismo” (Roberto Fierro), y también: “Los españoles pronto olvidarán estos momentos de lucha y podrán vivir felices en una República democrática, avanzada y progresista” (José María García Noya).

Mi tío abuelo mandó a quemar la edición completa del periódico de la Brigada Mixta 24 del Ejército Popular Republicano, que comandaba, cuando descubrió un artículo que lo exaltaba. Los heroísmos, creía, eran siempre colectivos. Cuando un periodista intentó entrevistarlo en plena batalla, lo despidió: “¡Hombre, váyase usted al diablo!”. El, como los otros, jamás aspiró a la gloria individual ni a dejar de sí más que la causa por la que había entregado todo. El, como los otros, fue olvidado por la Historia, es decir: por sus partidos, sus familias, por España y el mundo. Es decir: por todos nosotros. Ha llegado el momento de recordarlos.

En memoria de Fanny Edelman, de las Brigadas Internacionales, comunista y feminista.

Su antifascismo la llevó a defender en España la II República. En septiembre de 1937 llegó a Valencia junto a su compañero para participar de las Brigadas Internacionales. Entró en contacto con Miguel Hernández y Antonio Machado, con quien colaboró particularmente durante una campaña de alfabetización dirigida a los soldados. Tras el avance fascista, huyó a Barcelona y regresó a Argentina en mayo de 1938. La misma rebeldía antifascista que la había traído a España la hizo también destacar en el combate a la dictadura militar argentina. Con su ayuda se presentaron doscientos testimonios de familiares y víctimas de la última dictadura militar en el año 1978 ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra.

Fanny Edelman, cuyo apellido de soltera era Jabcovsky, ha muerto a los 100 años. Todo un siglo de vida en rojo de esa mujer que participó en la defensa de la República durante la Guerra Civil Española, formó parte del Socorro Rojo, trabajó durante 50 años en la Unión de Mujeres de la Argentina, fue secretaria general de la Federación Democrática Internacional de Mujeres y realizó importantes trabajos con la ONU, la UNESCO, UNICEF y la OIT. Fue además secretaria general de la Federación Democrática Internacional de Mujeres e impulsora del Año Internacional de la Mujer y del Encuentro de la ONU en Nairobi en 1975.

Fanny Edelman, como dijo el poeta, es de las imprescindibles.

 

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