Publicado en: 13 mayo, 2019

30 años de « El Club de la Buena Estrella »

Por Iñaki Urdanibia

Se reedita esta lograda novela con ocasión de la nombrada efeméride.

Por Iñaki Urdanibia

Si se tiene en cuenta la introducción a la edición publicada celebrando este aniversario, escrita por la propia Amy Tan, las cosas no fueron como ella esperaba: el libro sería incluido entre los libros folklóricos y/o étnicos y al poco tiempo desaparecería de la circulación. No acertó desde luego , afortunadamente para ella y para los lectores que han podido disfrutar de este mosaico de miradas femeninas, y no dio en el clavo ya que el libro obtuvo un enorme éxito siendo llevado también a la pantalla. La que sí que tenía razón, y sigo con la introducción nombrada, es la madre de la escritora que al leer la novela le comentó alborozada que se leía con facilidad, cosa que nadie podrá negar.

Madres e hijas con sus respectivas miradas , forjada por diferentes tradiciones culturales, son el tejido sobre el que se construye esta novela. Las de más edad se reúnen habitualmente a comer dim sum y jugar en la mesa al mah-jong, reunión organizada en san Francisco por cuatro mujeres huidas de China en 1949, que dedican el tiempo a recordar los tiempos pasados, como tratando de atrapar aquello que tan lejos queda de sus experiencias y costumbres vividas en la geografía lejana, tan distante de la occidental, recuerdos de sus años más jóvenes. El nombre elegido por ellas es el que da título a la novela: « El Club de la Buena Estrella », novela publicada en Estados Unidos hace treinta años, y que por acá vio la luz un años más tarde en Tusquets. Ahora Planeta publica una edición realmente cuidada.

Las madres de las que hablo han llegado sorteando cien mil y un obstáculos desde China a los Estados Unidos, y no les queda otra que hacer piña para intentar conservar cierto sentido de comunidad, ante las limitaciones con respecto a sus costumbres del pasado en un universo diametralmente distinto ( niños casados desde el nacimiento, niñas gemelas perdidas en una caminata, concubinas celosas y humilladas, terribles maleficios- léase mal de ojo- proferidos a diferentes niños…). Sus hijas, en cambio, son chinas-americanas y su modo de pensar, y lo demás, responde de manera total a los cánones al uso en aquel país de las barras y estrellas; esto no impide que al mismo tiempo se interroguen acerca de las costumbres y modos de vida de sus progenitoras.

La historia se desencadena en el momento en que a una joven, Jing-mei “June” Woo, a la que se le ha muerto su madre, es invitada al grupo y en el halla unas estrechas muestras de cariño y solidaridad lo que no impide que el juego continue, en busca del destino que el futuro les deparará a cada una de ellas… en la espera permanente de la buena estrella.

La brevedad de los capítulos favorece la lectura desde un inicio, manteniendo la atención lectora en todo momento, en una mezcla de ternura que empapa las a veces tensas relaciones que separan a seres formadas en dos tradiciones bien distintas. Dicha tensión, que se va dejando ver a lo largo de las páginas, hace que se den ciertos roces entre la manera de encarar la realidad por parte de las madres, con unas posturas inflexibles y ancladas en los hábitos recibidos, frente a las muchachas cuyo afán es ser aceptadas en la vida de todos los días, ser reconocidas entre sus pares, a pesar de las diferencias de color, etc. Otras diferencias asoman igualmente en el terreno de los cuerpos y el pudor que acompaña a su exhibición , y a las conversaciones que se trata de mantener, por parte de las mayores, a unos claros niveles de inhibición.

En torno a la mesa de juego nombrada se juntan cuatro mujeres , cada una de ellas siendo madre de una chica, y así las historias se abren en diferentes direcciones, ocho, bien dispares por cierto, lo que hace que la variedad ofrezca un cuadro poliédrico de la comunidad a la que pertenecen; y en medio de ello, un papel de eje rector va a residir en el misterio que rodea a la madre muerta, resultando su hija el hilo que sirve para hurgar en un pasado turbio y doloroso.

Novela cargada de emotividad y de sororidad que desvela la vida de las chinas en la nueva tierra americana , que se lee sin sobresaltos, pues la escritora tiene la habilidad de conducirnos con suavidad y justa dosificación que logra una regularidad en el desarrollo de las historias, con el atractivo de numerosas anécdotas significativas donde las haya, introduciéndonos en los entresijos de la cultura china tal y como se vivía en el pasado siglo y como se trataba de seguir manteniendo en medio de otras condiciones geográficas y culturales del llamado Nuevo Mundo, pues la lejanía no supone ruptura con unas raíces ( cierto que raíces son las plantas las que las tienen) culturales de las que resulta difícil desprenderse, además de que sirve de cemento de unión entre quienes han recibido las mismas pautas formativas; obviamente en este papel reproductor son las madres quienes van a tratar por todos los medios que sus hijas sigan manteniendo una unión con los valores que a ellas se les imbuyeron y ahí es en donde surge cierto chisporroteo ante la resistencia de unas frente al deseo de las otras por lograr que, a pesar de las diferencias de escenario, las jóvenes sigan teniendo unos lazos con sus orígenes .

A lo largo de las historias entrecruzadas y las diferentes óptica con las que se enfocan, dependiendo de las observadoras, quedan subrayados el coraje de unas mujeres para salir adelante en condiciones adversas, del mismo modo que saltan a la vista las serias dificultades de cara a integrarse que tienen las chinas, y otras extranjeras. Mujeres que son ejemplo de coraje y orgullo sin dejarse humillar y marchando con la cabeza erguida…y que son quienes pueblan las páginas de estas historias en las que lo femenino es la base y la altura del edificio que se nos entrega.

Y…el juego como la vida misma: explorar todas las posibilidades abiertas y con dichos datos ser capaz de hacer el movimiento adecuado, la jugada conveniente.

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