26 años de la caída del Muro

Por Ángel Escarpa Sanz

Por Ángel Escarpa Sanz Ahora ya saben lo que había tras el muro de Berlín, aquellos niños que estudiaban en las escuelas de la RDA: Una desmesurada malla de acero que amenaza con rodear el perímetro de la Tierra, un vergonzoso tejido de campos de refugiados y de policías fuertemente pertrechados y persiguiendo a los inmigrantes […]

Por Ángel Escarpa Sanz

Ahora ya saben lo que había tras el muro de Berlín, aquellos niños que estudiaban en las escuelas de la RDA: Una desmesurada malla de acero que amenaza con rodear el perímetro de la Tierra, un vergonzoso tejido de campos de refugiados y de policías fuertemente pertrechados y persiguiendo a los inmigrantes por ciudades y campos, colas para conseguir una bolsa de comida, una tarjeta sanitaria, una plaza escolar para los niños o una garrafa de agua.

Lujosos escaparates de grandes ciudades llenos de joyas, tentadores viajes a exóticos países, lujosas ropas y deliciosos manjares, delante de los cuáles, negros llegados de le hermosa y saqueada África extienden sus modestas mercaderías, en espera de la intervención del polizonte que merodea con su coche por la zona. Campos de refugiados de pueblos que resisten hacinados en tiendas de campaña o en construcciones que sobrevivieron milagrosamente a los bombardeos de los ocupantes de sus tierras –israelíes o marroquíes-.

Estaciones ferroviarias hirviendo de gentes de las más variadas nacionalidades que piden un espacio donde ganarse el pan diario y donde tender a descansar sus fatigados cuerpos, cruzándose con gentes de tostadas pieles que regresan de sus vacaciones en las doradas playas del Sur; imágenes de inmigrantes desesperados aferrándose a una barca a la deriva, imágenes de niños de corta edad, ahogados a pocos kilómetros de donde, los más afortunados, beben cerveza, ríen, vuelan sobre las aguas en modernas embarcaciones, se aman y exponen su piel a los rigores del más incendiario astro. Un sinnúmero de zombis que lo mismo vitorean hoy al ídolo que canta canciones con las que adormecer las conciencias, que otro día lo hacen con ése que multiplica sus dineros pegándole patadas a una pelota.

En nombre de aquellos 500.000 que tuvieron que abandonar España cuando el fascismo ya se enseñoreaba en entera libertad por estas tierras ibéricas -hace setentaiseis años-, bienvenidos todos a esta Europa en la que no se os espera, con todo vuestro vasto cargamento de sueños.

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