23 de agosto, día de escarmiento

23 de agosto, día de escarmiento

Lo que voy a relatar

son hechos que sucedieron

por el año 36

y no lejos de mi pueblo (Canción de Fermín Valencia)

Siempre que leo o recuerdo lo acontecido aquel 23 de agosto de 1936 en la corraliza de Valcardera, entre Iruña y Zaragoza, a 70 kilómetros de Pamplona, unos kilómetros después de Caparroso y metido en las Bardenas, me viene a la memoria aquella castración de perro extraño, por mi hermano y con mi asistencia y ayuda, en medio del rosario familiar en la cocina de casa mientras vigilábamos su entrada sigilosa en el corral de nuestra perra en celo.

El bestial relato lo leí en No me avergoncé  del evangelio de Marino Ayerra, en  Culpables de Galo Vierge, en Jimeno Jurío, en las Memorias del alcalde bilbaino Ercoreca, en El Escarmiento de Miguel Sánchez-Ostiz…, falangistas y requetés con sus crucifijos, detentes y “cagondiós”, matando como a conejos a 51 hombres al anochecer entre curas y confesiones  en las Bardenas.

Sabía el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, lo que estaba ocurriendo –mandó a varios curas para que fueran  asesinados pero confesados- mientras a esa misma hora en la procesión de Santa María la Real se cantaba al amor de los amores y él mismo obispo peroraba: “No es una guerra, ¡es una cruzada!”. Los verdugos son cruzados, manos de Dios. ¡De un salto en la Edad Media y en el Santiago Matamoros, o lo que es lo mismo en la Navarra  y la España del 36! ¿Sólo la del 36? Borrachera patriótica. De esto hace 77 años y en muchas cosas, en demasiadas, se parece al hoy. No, hoy no busquen la corraliza, tampoco en los archivos, no es monumento y recuerdo de un nunca más, es escombro y terreno roturado, olvido violento y forzado. Punto y seguido. Denuncia archivada y destruida.

Este ambiente espeso y de medioevo entre frailes lo cuenta en su Memorias el P. Gumersindo: “El día 15 de agosto de 1936 el mismo P. Ladislao, presidiendo la comunidad de Pamplona, compuesta de más de setenta religiosos, dispensó el silencio diciendo con visible regocijo: “Hoy comeremos gallinas requisadas en Guipúzcoa por nuestros valientes requetés”. ¡Y en la comunidad había muchos religiosos guipuzcoanos, los cuales palidecieron al oír la noticia dada por el padre…!¡Qué padre para ellos…! Uno de los guipuzcoanos no quiso probar aquella vianda robada quizá a su propia madre. No me fijé en los demás. Yo no aplaudí. En mi rostro leyó el P. Ladislao mi disgusto”. Había mucho cura y fraile y obispo, arrieros militares con fusil y correaje bajo el hábito, cruzados llenos de dios y odio a muerte a los diablos rojos y vascos. “La delación se había convertido en deporte y el ajuste de cuentas también…Detrás del griterío, del incienso y los latinajos procesionales, las mantillas y las velas, diáa Sánchez-Ostiz, tapada por las banderas de los alzados, silenciada en apariencia por los altavoces de la propaganda, estaba agazapada, encogida, yendo de un lado a otro, la cruda realidad: se mataba, y mucho”. Asesinatos, que son venganza, en abundancia en cunetas, de camino… Buena escarda, que decían, buena. La guerra, tan lejos de casa, con los de casa, “cosa de élites, dicen, no, cosas de cacique de pueblón, de predicadores, de gente devota y de bota brava, de gente que llenan a diario, desde antes del amanecer,  todas las iglesias de la ciudad y de los pueblos para rezar por España, por los suyos y por sí mismos”.

Y luego, cuando los verdugos se hicieron ley, jueces, fiscales, alcaldes, guardias civiles, ejército, iglesia, lectura obligada… y gobierno reinó un gran silencio de medio, de lágrimas de impotencia, de sumisión, que ha durado, ¿sigue durando?, hasta hoy. Dos ejemplos.

Tras cincuenta años de ocultación y retraso una editorial aragonesa edita en el 2003 las Memorias de la asistencia a los condenados a muerte del capuchino Gumersindo, entresacadas de sus Diarios: “Fusilados en Zaragoza 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos”. Su diario es un relato de guerra y ejecución bestial; duro pero real. Un trozo de esa historia de la que nos habla Karlheinz Deschner. Ya antes, en 1959, quien fuera párroco de Alsasua en el 36, Marino Ayerra Redín, había levantado la manta del horror con su libro clandestino “No me avergoncé del Evangelio”. En esa pelea entre Evangelio,  Iglesia y razón Ayerra abandona la Iglesia y se refugia en la razón sin renunciar al Evangelio, Gumersindo hace un tutti fruti, que le crea gastritis porque su vida no aguanta la contradicción. Como los viejos paganos, como Esculapio, Apolonio de Tiana o Mahoma, pero ahora con ritos y ungüentos católicos, el P. Gumersindo ayuda en la cárcel de Zaragoza a bien morir al condenado a muerte por la Santa Cruzada. ¡Es cierto, les tocó en suerte años duros para lidiar la vida con dignidad! Como dirá Gonzalo Puente Ojea en su libro Mi embajada ante la santa Sede la cuestión que entonces se plantea a la Iglesia no es si es justo matar a tanta gente, sino la posibilidad y forma de administrar la entonces llamada extrema unción a los cientos de condenados a la máxima pena por los tribunales militares. El famoso moralista Regatillo aconseja ungirlos entre la primera descarga y el tiro de gracia. ¡Macabra actitud para gente con una miaja de bondad en el corazón!

A modo de nota aclaro, para que se entienda el retraso, que años antes de su publicación llegó a mis manos este “diario” de Gumersindo -como digo, huyendo de las garras de los frailes superiores  de Gumersindo y de las que Gumersindo no se fiaba-. Temía que destruyesen sus páginas y él, fraile bendito, no se atrevía a tenerlas. El diario se pasó a limpio y estuvo listo para su publicación, sólo al acceder a una petición del propio Gumersindo, o  quizá de su albacea,  esto es que un sacerdote hiciera su presentación y el designado fuera  el entonces presidente de la diputación de Navarra, Víctor Manuel Arbeloa, al que entregué en propias manos una copia del diario en compañía de un tal Miguel Ángel Cabodevilla Iribarren, fraile capuchino, retrasó años su publicación, en parte por la deshonestidad del Sr. Arbeloa y, en parte, por miedos de editoriales.

El otro es lo ocurrido con Balbino Bados, maestro de Peralta, socialista, activista político y cultural y hermano de otro maestro asesinado un mes antes en la carretera de Alsasua a Pamplona. Bados consigue escapar a Francia pero regresa por la familia. Los requetés y falangistas vigilan su llegada y le cazan en cuanto pone pie en casa. Y en la boca de la sima donde lo van a arrojar le espera con su pistola su primo: -“¿Tú vas a matarme?” Y la respuesta de su primo: -“No te mato yo, te mata la justicia”. Le dio un tiro en la sien y cayó a la sima

Su hijo, nacido un año antes de su asesinato, en 1935, también maestro, murió el 2012. Balbino Bados Artiz fue presidente del Parlamento de Navarra en los 80 y senador por UPN en los 90, partido-camada entre otros de requetés y falangistas del 36, verdugos de su padre. “Balbino Bados, el hijo del asesinado –comenta Miguel Sánchez-Ostiz en El Escarmiento-, también maestro, que vio cómo se llevaban a su padre para matarlo, fue Presidente del Parlamento Foral de Navarra, por UPN, partido de derechas poco o nada favorable, y renuente siempre, a desarrollar asuntos de memoria histórica o de reconocimiento a las víctimas; su actitud personal en estos fue de abstención. ¿Se le puede reprochar algo? Yo no. Sus razones tendría”.

¿Cuáles? ¿Miedo, religión, sumisión, que no se cabreen los verdugos, que siga reinando el silencio…? Los 51 fusilados en Valcarnera, como otros muchos defensores del gobierno legítimo de su tiempo y buenas personas, siguen  en el 2013 sepultados en campos arados, en cunetas y entre zarzas… con gobiernos del PP y del PSOE

Y luego, cuando los verdugos se hicieron ley, juces, fiscales, alcaldes, guardias civiles, ejército, iglesia, lectura obligada… y gobierno reinó un gran silencio de miedo, de lágrimas de impotencia, de sumisión, que ha durado, ¿sigue durando?, hasta hoy. ¿Hasta cuándo?

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