2019, el año en que el Movimiento por el Clima despertó

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El fracaso de la COP25 marca el final de un año que, sin embargo, ha visto cómo movimientos como Fridays for Future o Extinction Rebellion tomaban fuerza en la lucha contra la emergencia climática. El colapso del Mar Menor, los fuegos del Amazonas o el culebrón de Madrid Central han sido otras de las noticias sobre medio ambiente que ha dejado el año que termina.

Mirado desde el prisma medioambiental y de la emergencia climática, el año que termina ha sido en el que se ha constatado el fracaso internacional en la lucha colectiva contra el calentamiento global, pero también ha sido el de la esperanza. Si bien la Cumbre del Clima de Madrid (COP25) acabó de una forma similar a la de Katowice en diciembre de 2018, con un acuerdo que ni siquiera salva las apariencias y sin avances medianamente consistentes, en estos doce meses hemos visto cómo surgían fuertes movimientos planetarios de contestación que urgían a parar la catástrofe que se nos viene encima y que solo podrá frenarse si los humanos reducimos drásticamente la expulsión a la atmósfera de las miles de millones de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI) que emitimos al año.

En un Madrid que organizó la COP25 con apenas un mes de antelación por la renuncia chilena a albergar el encuentro, los gobiernos del planeta solo se pusieron de acuerdo en dos cosas: en dar un nuevo pelotazo adelante para dejar para el siguiente año lo que no podía esperar, y en que no están de acuerdo en hacer un esfuerzo conjunto para parar la debacle.

Incluso hubo cruciales actores —gobernados por multimillonarios con injertos de pelo amarillo— que siguieron en posturas, si no abiertamente negacionistas, sí cercanas a esta curiosa ideología que rechaza los consensos científicos más básicos.

 

DOS AÑOS, MISMO RESULTADO

Los guiones de Katowice y Madrid, las citas más importantes de los últimos dos años en materia de crisis climática, han sido calcados. En ambas sobrevolaba el consenso científico que remarca que ni los compromisos del Acuerdo de París (2015) serían suficientes, con los datos facilitados por el Panel Intergubernamental de expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). “No estamos haciendo suficiente, ni siquiera nos acercamos”, decía el presidente del organismo, Hoesung Lee, en la apertura de la COP25. Y, a tenor de los resultados, seguimos igual.

Ni cierre del Acuerdo de París, ni incremento de la ambición climática global (los países responsables del 90% de las emisiones ni siquiera han prometido aumentar su ritmo de reducción de emisiones); ni consenso para completar la financiación del Fondo Verde para el Clima; ni para el Fondo de Adaptación; ni dinero para el Mecanismo Internacional de Varsovia, que pretende compensar —si es que eso es posible— las pérdidas y daños que provocará la crisis climática. Ni siquiera se llegó a un acuerdo sobre los polémicos mercados de carbono globales que permitirían, si así lo admite la comunidad internacional, seguir contaminando a las naciones que puedan costeárselo.

Tímidos avances —aprobación de un Plan de Acción de Género que liga este tipo de políticas a la actuación contra el calentamiento global y leve aumento de las naciones que quieren aumentar su compromiso de reducción de emisiones, de 66 a 73 países— y una declaración final, que, como en Katowice, es más retórica que real. Un texto conseguida —de nuevo, como en Katowice— a contrarreloj tras retrasar un cierre de la cumbre marcado por el bloqueo de naciones contaminadoras.

 

REBELIÓN JUVENIL

Pero en 2019 la esperanza no estuvo dentro de las paredes del recinto ferial de Madrid. Fridays for Future (FFF), un movimiento iniciado por una adolescente que hoy acapara más cámaras que Donald Trump, conseguía sacar simultáneamente a millones de personas a la calle en las huelgas y protestas planetarias. El 15 de marzo hacían su primera gran demostración de fuerza planetaria, tras meses de protestas estudiantiles cada viernes. El 24 de mayo volvían a exhibir su músculo y, entre el 20 y el 27 de septiembre, una Semana de Acción Global por el Clima dejaba las imágenes de millones de jóvenes en las calles, de Nueva Zelanda a Brasil, de Alemania a Nueva Dheli

Es un éxito sin precedentes para una protesta que una niña llamada Greta Thunberg arrancó a finales de 2018, y que decidió repetir cada viernes. Esa joven que llevaba un pancarta con la inscripción “Skolstrejk for klimatet” (Huelga escolar por el clima) y estaba apenas acompañada por algún familiar en la puerta del Parlamento sueco en septiembre de 2018 llevaba esa misma pancarta cuando habló frente a decenas de miles de personas en Madrid en la Marcha por el Clima que tuvo lugar el 6 de diciembre, en plena COP.

La niña, de 16 años y con síndrome de asperger, había cruzado el Atlántico dos veces sin subirse a un avión y sin apenas emitir dióxido de carbono en una actitud ante la emisión de GEI por parte de los humanos que era tan polémica como atacada desde los medios y la caverna más rancia y sector.

DESOBEDIENCIA

Greta y sus Fridays for Future no han sido los únicos movimientos que en 2019 consiguieron cortar las calles para que Gobiernos y compañías dejen de hacer oídos sordos a un problema que no parecen ver o entender. Extinction Rebellion (XR), un movimiento que promulga la desobediencia civil, nacía a finales de 2018, para darse a conocer globalmente en noviembre, cuando cortaron los principales puentes del centro de Londres con el fin de bloquear la ciudad.

En 2019 volvieron a la carga en numerosas ocasiones y se internacionalizaron, uniéndose no solo a FFF, sino a las organizaciones que llevan décadas señalando el problema y luchando para que se tomen medidas. En Madrid, la primera gran acción, coordinada por la alianza de organizaciones 2020 Rebelión por el Clima junto a XR, conseguía cortar toda una mañana el puente de la calle Raimundo Fernández de Villaverde, sobre el Paseo de la Castellana. Su reivindicación quedaba clara en la pancarta que desplegaron: “Emergencia climática: es hora de actuar”.

 

ARDE EL AMAZONAS

En el último año de la segunda década del siglo XXI, casi todas las grandes noticias medioambientales han tenido que ver con la crisis climática. El mundo vio estupefacto cómo el Amazonas, el principal pulmón del planeta, ardía un año más, pero esta vez de forma más drástica: entre enero y agosto, el número de incendios aumentó un 145% en comparación con el mismo período en 2018.

El 7 de agosto de 2019 quedará para la historia como el ‘Día del Fuego’. De fondo está la estupidez humana que, una vez llega al poder, permite hacer barbaridades. La ideología negacionista de la ultraderecha en Brasil, personificada en un tal Jair Bolsonaro, hoy presidente de la nación que debería salvaguardar su tesoro amazónico, está detrás del dejar hacer que derivó en una estampa distópica: la imagen desde el espacio de un amazonas con cientos de focos activos.

 

LA BIODIVERSIDAD, MÁS AMENAZADA QUE NUNCA

No hay que ser muy listo para ver lo que la desaparición de la Amazonía supone para la biodiversidad planetaria. Con el 40% de la superficie global, los trópicos albergan en torno al 80% de la diversidad biológica del planeta. Y está no para de mermar, ayudada por la emergencia climática.

El mayor informe sobre la materia jamás realizado —el que la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES), auspiciada por Naciones Unidas, publicó en mayo— alerta de que, de los ocho millones de especies animales y vegetales que existen en el planeta, un millón está amenazado. En solo unas décadas todas esas especies podrían desaparecer a un ritmo aún mayor de lo que ya lo hace, pues la comunidad científica hace décadas que habla de la sexta extinción masiva, hoy en curso por la acción del hombre.

 

DESASTRE EN EL MAR MENOR

En la península Ibérica, las amenazas son claras y han sido repetidas insistentente por científicos y activistas, aunque España solo haya firmado un comprimiso de reducción del 20% de emisiones respecto a los niveles de 1990, muy por debajo del 55% que exigen los datos para que el planeta no aumente más de 1,5ºC sobre los niveles preindustriales.

Un ejemplo más se vio en el aumento del fenómeno de la gota fría —hoy llamada Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA)—, que llevó tras el verano grandes riadas e inundaciones al sureste de la península. Estas tuvieron un efecto colateral añadido al desastre habitual —pero conocido y recurrente— de las riadas: el ecocidio del Mar Menor.

La mayor laguna salada de Europa vio cómo la vida que existía en sus aguas se lanzaba a una muerte segura solo por escapar de la asfixia que se había apoderado de su hábitat. Toneladas de peces muertos fueron retiradas de las orillas y, tras un nuevo proceso de eutrofización, una palabra que a nadie en la zona le suena ya a término científico, se produjo el colapaso de la albufera.

La causa es clara y conocida, a pesar de los habituales cruces de declaraciones políticas y desinformación. La implantación del regadío intensivo en la zona tras el trasvase Tajo-Segura supuso la llegada de toneladas de nitratos y químicos necesarios para la producción industrial a un campo que hasta entonces era de secano, en un región seca de escasa pluviosidad. La gota fría anual hizo lo que hizo siempre: llegar en riada a la laguna. Pero esta vez cargada de nitratos y fertilizantes. Es algo que ya pasó en 2016 y que volverá a pasar si las admininistraciones siguen sin hacer lo que tienen que hacer para salvar el enclave que ya venía acumulando agresiones desde los 60, con la llegada del turismo, la masificación y la urbanización de la costa.

 

LA TOZUDEZ DE ALMEIDA

Por último, y sin salir de la península, el culebrón sobre una de las pocas y principales medidas que se plantean para reducir la polución en la mayor urbe del Estado español —la implantación de una Zona de Bajas Emisiones (ZBE) en el centro de la ciudad— no termina de acabar. Madrid Central era aprobado el 29 de octubre de 2018 pero, atacado desde el arco conservador desde sus inicios, no comenzaba a estar operativo hasta el 30 de noviembre. Su fase inicial, en la que los infractores eran advertidos pero no multados, terminaba el 15 de marzo. Desde entonces, el descenso de la polución, que ya se venían reduciendo en los meses de la primera fase, caía a niveles históricos.

Pero la libertad de contaminar era enarbolada por el arco conservador, que ganaba las elecciones el 26 de mayo en Madrid, para intentar desarmar la medida. El trío PP-Ciudadanos-Vox, cuyas promesas electorales iban de modificar Madrid Central a destruirlo, planteaba una moratoria de sanciones, enarbolando un fallo en el sistema. Los juzgados echaban por tierra el intento de moratoria contaminadora en un polémico proceso en el que le nuevo alcalde perdía uno tras otros sus intentos de desarticular la ZBE.

Pero José Luis Martínez-Almeida, presionado por Vox y por quién sabe quién, ha demostrado ser tozudo: en septiembre planteaba una nueva Estrategia de Sostenibilidad Ambiental —llamada ahora Madrid 360—, que básicamente rebaja las exigencias de Madrid Central y aumentará el número de vehículos en el centro de la ciudad.

Para colmo, en la última Junta de Gobierno del año, Almeida rebajaba el perímetro de la zona de bajas emisiones: las calles Mártires de Alcalá y Seminario de Nobles, en Argüelles, vuelven a aceptar la libre circulación de vehículos. También decidía ampliar un año más la moratoria a vehículos sin distintivo para determinados colectivos, lo que supondrá más tráfico, del más contaminante, en el centro.

 

El Salto

 

 

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