20-D: carrera de relevos

Por Rafael Cid

Por Rafael Cid “Perdonen que no me levante” (Groucho Marx, su epitafio favorito) Tres conceptos definen la cosecha del 20-D: segunda Transición, correlación de debilidades y carrera de relevos. O dicho de otra forma: una operación recambio con ilusiones políticas renovadas; la regeneración del régimen mediante su destrucción creativa y la prórroga-amnistía de un modelo […]

Por Rafael Cid

“Perdonen que no me levante”
(Groucho Marx, su epitafio favorito)

Tres conceptos definen la cosecha del 20-D: segunda Transición, correlación de debilidades y carrera de relevos. O dicho de otra forma: una operación recambio con ilusiones políticas renovadas; la regeneración del régimen mediante su destrucción creativa y la prórroga-amnistía de un modelo constitucional caduco que hacia aguas. Tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres y ninguna era buena.

Si en el 2011 la corrupción y el austericidio fraguaron la derrota del PSOE, otro tanto debería haber ocurrido este 2015 con el PP en el poder. Pero finalmente no ha sido así. Y ello, lejos de ser una anomalía histórica, reafirma una sospecha sistémica: la segunda Transición que estos comicios representan, en opinión confesada por los principales dirigentes políticos, comienza bajo el mismo signo que aquella otra primera Transición fundacional. Como “una correlación de debilidades”, según la expresión patentada entonces por Manuel Vázquez Montalban para justificar la capitulación de la oposición de izquierda. Solo la aceptación de esa impotencia compartida explica la sorprendente distopia de que a una sangrienta dictadura sucediera una democracia coronada y que el vigente septenio negro culmine sin un claro vuelco.

Al trazar una imaginaria línea ideológica que sitúe en la derecha al Partido Popular y a Ciudadanos, y en la izquierda colocamos al PSOE y a Podemos, el balance es que las elecciones celebradas tras la mayor etapa de involución social habida en España desde la Transición han dejado el espectro ideológico prácticamente en tablas. Y la perplejidad aumenta si añadimos que cuando la gente acudió a las urnas el paro afectaba a más de 4,5 millones de personas; que prácticamente había el doble de trabajadores con contratos y salarios basura y que otros 300.000 paisanos se han visto obligados a salir del país por motivos económicos (auténtico éxodo de cerebros).

El PP ha aguantado el tipo a trancas y barrancas; el PSOE no ha prosperado; Podemos ha progresado adecuadamente; Ciudadanos apunta maneras en el centro derecha e Izquierda Unida ha consumado su implosión. Pero este rápido apunte oculta más de lo que muestra. En realidad, Mariano Rajoy se ha alzado con una victoria pírrica, desangrándose a espuertas. Lo mismo que le ha ocurrido a Pedro Sánchez con su derrota. Mientras Pablo Iglesias y Albert Rivera se han asegurado la condición de emergentes-emprendedores, aunque con notable prevalencia del primero sobre el segundo. Por el contrario, Alberto Garzón, quinto en discordia y vilmente postergado de los saraos televisivos urdidos por sus compañeros de viaje y los grupos mediáticos, ha borrado del arco parlamentario a la única formación política que se autodefinía orgullosamente de “izquierda”.

Pero aparte del revés social que representa la reválida del PP; que la ruptura democrática haya sido expulsada del imaginario político; y que Podemos propenda a desmovilizar a la calle en favor de las instituciones, también cabe ponderar como muy relevante el fin del bipartidismo yin-yang como activo en la carrera de relevos que ha supuesto el 20-D. Y para no escatimar nada, hay que reconocer que estas elecciones han sido una de las pocas en que la gente votó más a “favor de” que “en contra de”. Bajo esas coordenadas, las posibles carambolas para la legislatura entrante son varias, aunque ninguna alcanza el grado de lujuria. Una sería un gran pacto nacional PP-PSOE, pero está descartada, al menos con sus actuales líderes, desde el momento en que tanto Rajoy como Sánchez se han atacado personalmente. Recordemos aquel despectivo “lo que tiene que hacer el PSOE “es organizarse bien para el futuro” del primero y la acusación de “indecente” lanzada por el segundo en el “debate decisivo”. La segunda abordaría un acuerdo a derechas entre el PP y Ciudadanos, pero tiene pegas: que solos ni de lejos alcanzan mayoría parlamentaria, y que por el antinacionalismo de Rivera no obtendría apoyos entre las minorías catalán y vasca. Y queda como tercera opción un imaginativo frente amplio “a la portuguesa” con PSOE, Podemos + Plataformas e IU, cosa de difícil manejo aunque no imposible.

Ciertamente “los populares” (en política casi nunca nadie es lo que pregona) se han columpiado en relación a 2011. Pero también es cierto que aquel resultado supuso su techo histórico, el no va más en una circunstancia excepcional y sobrevenida. Y lo que resulta más importante, su paso por el gobierno, blandiendo el hacha de los ajustes estructurales y la guadaña de los recortes, no ha cavado su tumba como le sucedió al ejecutivo socialista en la etapa Zapatero, el primero en aplicar el austericidio dictado por la troika. Incluso, con la entrada en campaña de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, en Génova parecen haber comenzado la renovación generacional para desterrar el aznarismo y homologarse a los modernos partidos liberal-conservadores europeos.

Por su parte, el Partido Socialista Obrero Español (insistimos en el sustrato supersticioso de las adjudicaciones: mucho más “español” que “socialista” y nada “obrero”) se ha despachado ahondando aún más su suelo histórico de los pasados comicios. Aunque sigue siendo el primer partido de la oposición, reteniendo el puesto frente a Podemos, que aspiraba a liderar la socialdemocracia española. Todo ello, después de perder la hegemonía territorial, entre un PP que le supera en número de alcaldes y concejales, y unos “Rivera boys” que coparon el segundo puesto en las catalanas del 27-S. Incluso en Madrid pasa a ser la cuarta fuerza y en la Andalucía de los EREs y del paro más elevado del continente resiste con agobio ante el PP, que le pisa los talones. Tras 21 años de gobierno en el Reino de España, de los 37 cumplidos desde la aprobación de la Constitución del 78, su corrosión por aluminosis político-ideológica tiene es evidente.

El grupo de Albert Rivera es sin duda el gran gatillazo de estas elecciones, aunque moderado por los óptimos resultados sacados en Catalunya el 27-S en un entorno complicado. Compensación a la que debe sumarse haberse convertido en el báculo del PP en Madrid y del PSOE en Andalucía para gestionar sus respectivas autonomías.

Comodín de todas las salsas, Ciudadanos ha prosperado a ritmo lento sin involucrarse en las políticas de esos gobiernos, como hizo con más voluntad que entendimiento Izquierda Unida de Despeñaperros para abajo.

La remontada de Podemos es harina de otro costal, porque utiliza doble contabilidad. Tiene una caja A y otra B, según se presente con su propia marca o compute con las confluencias populares que ha establecido con otras formaciones en determinadas autonomías. De todas formas, Iglesias ha crecido solapando sus expectativas programáticas y evitar durante la campaña referirse a sus socios internacionales en Grecia y Venezuela, convertidos hoy en apestados sociales sin las virtudes redentoras que Podemos les atribuía. En estas generales Podemos ha metabolizado un baño de realismo que le catapulta dentro del ómnibus partidocrático. Este repliegue estratégico sobre antiguas posiciones le ha permitido recomponerse en los márgenes autonómicos con perjuicio de los nacionalismos históricos.

“En Marea”, “En Comú Podem” o “Compromis-Podemos”, las presuntas extensiones de Podemos en Galiza, Catalunya y Valencia, no son en stricto sensu Podemos (su marca sola sacó menos votos que Ciudadanos: el 12,54% frente al 13,8%). Todas estas candidaturas, ampliamente recompensadas en estos comicios, son de estirpe ciudadanista y polifónicas, curiosamente surgidas tras descartar los gurús de Podemos la democracia de proximidad del ámbito local para concentrarse en la bien retribuida primera división estatal. El ejemplo más evidente de esta singularidad está en la pretensión de fagocitar como propio el éxito de la plataforma animada por Ada Colau (volcada en favor del “pablismo”, ahora sí, para parar a Ciudadanos) donde solo dos meses antes fracasó estrepitosamente Catalunya Sí que es Pot, franquicia de Podemos. La neolengua de Iglesias también despunta en la aceptación del referéndum donde antes afirmó que él votaría en contra. Por no hablar del transfuguismo sui generis de un secretario general que deja el escaño en la eurocámara para presentarse como cabeza de lista a las generales, sin excusas ni perdón.

Nada nuevo que decir sobre Izquierda Unida y su realismo socialista, otro ejemplo paradigmático de enunciado falso. Estas han sido las elecciones en que la izquierda político-social ha concurrido más desunida que nunca debido al conflicto de protagonismo de sus líderes. Alberto Garzón, igual que Pablo Iglesias en su campo, contribuyó a debilitar izquierda alternativa al parasitar a la quincemayista Ahora en Común en beneficio propio y de sus cuestionadas siglas. Razón por lo cual tuvo que presentarse con la rúbrica Izquierda Unida-Unidad Popular. Es decir, ni unida, ni popular.

Aquellos vientos trajeron esta segunda Transición: nuevo rey, bipartidismo de mínimos y la misma vieja política tramposamente representativa de siempre. Begin de begin, pero con nuevos ídolos y púlpitos. Adiós ruptura democrática; adiós proceso constituyente; adiós refutación de la deuda odiosa, adiós derogación artículo 135 de la C.E.; adiós renta básica universal; adiós revisión alianzas militares, etc., etc., etc. Con mucho, tendremos que contentarnos con volver a la casilla de salida de 2008 y contemplar la realiniación hacia los poderes entrantes de los media que ocultaron la crisis. O sea, la misma política tóxica que genera gases de efecto invernadero en las mentes más gregarias. Si con el 15-M las redes sociales eran un medio para fomentar una paideia deliberativa en calles y plazas, tras el 20-D lo que se nos viene encima es la democracia Matrix.

(Adagio catalán. El fallo del 20-D también tiene una lectura en clave del conflicto soberanista en Catalunya. Por un lado está el caso de Convergencia, el partido-bastión de Junts pel Sí, que ha concurrido a las urnas como Democrácia i Libertat decepcionando sus aspiraciones de representación estatista frente al sorpasso de su socio ERC. Lo que en sustancia se puede interpretar como una “desconexión pasiva” impuesta desde Madrid a la formación de Artur Mas.

Por el otro está la independentista CUP, que lejos de concursar a las generales aprovechó la circunstancia para hacer campaña por la abstención, visibilizando la coherencia de su tradicional apuesta por la “desconexión activa” del Estado español. Datos todos ellos que gravitaran sobre la aún pendiente investidura del presidente de la Generalitat).

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