1917… 1905, el “ensayo general”

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Antes de la de  Febrero y de la de Octubre el 17 hubo otra revolución en Rusia: la de 1905. Una revolución democrática que reafirmó la propiedad, instauró el parlamento, la nación-Estado, etc, la revolución socialista “planteada” en el siglo XX, se apoyó en los consejos obreros, en los sindicatos, en la alianza obrera-campesina, en el internacionalismo…Fue una revolución que comenzó en Rusia, en 1905, y se prolongó a lo largo de todo el siglo atravesándolo…

Mientras que durante todo el siglo XIX, la revolución resulta indisociable del 1789 con la toma de la Bastilla, el derrocamiento de la Monarquía, y la instauración de unos parámetros por el que medir el avance o el atraso del mundo, la revolución rusa de 1917 será su equivalente en el siglo XX. Como es sabido, Octubre no puede entenderse sin su “ensayo general”, la revolución de 1905 que “planteó” todos los problemas de un país cuyo potencial económico y humano estaba en abierta contradicción con un sistema político despótico y corrupto. Esto que estuvo claro hasta para cualquier liberal con un poco de sentido crítico y de la historia, ha sido cuestionado por los parámetros reaccionarios impuesto por la restauración neoliberal.

Por su parte, el criterio revolucionario venía fundamentado por el peso de unos hechos que dictaminaban sin lugar dudas que el zarismo era la quintaesencia de una estructura social en la que los obreros y los campesinos carecían de los derechos más elementales, de un orden basado en el atraso cultural (el analfabetismo era apabullante), y un despotismo ilimitado, el revisionismo actual se fundamenta en una banalización extrema, la misma que convierten a Anastasia en la “protagonista” histórica más mimada e idealizada por el cine y la televisión, y a Rasputin en el autor intelectual de la revolución según se desprende un filme de dibujos animados hecho a mayor gloria de la (presunta) superviviente de una familia real ahora entronizada a los altares. Sólo un piso más arriba de esta trivialización nos encontramos con una influyente historiografía neoliberal movilizada en apoyo de una tesis indefendible, a saber: que el zarismo –por propia lógica- habría evolucionado hacia una monarquía constitucional. Significativamente, este esquema ha presidido buena parte de las evocaciones fílmicas del tipo Nicolas y Alejandra (USA, 1971), y para ello ha convertido en un agente de la democracia al mismísimo conde Witte con el rostro de Laurence Olivier. Witte, un tecnócrata inteligente y sin demasiados escrúpulos, distaba mucho de ser un liberal. En realidad, era tan partidario de la auto­cracia como los propios círculos cortesanos. Pero aceptó el papel de apagafue­gos de la revolución y se entregó a él con la seguridad que le daba la confianza del em­perador.

Esta revisión es puramente “idealista”, carece de rigor y de base, pero es lo suficientemente influyente como para que, por ejemplo, presida la mayor parte de documentales producido sobre la revolución rusa, y en los que se ofrece una constante enunciado por el título de uno de ellos: Lenin tuvo la culpa…Aquí el concepto de “reduccionismo” puede aspirar a figurar con toda garantía en el Libro Guinnes ya que, como diría Trotsky, la revolución llega cuando no hay otro camino.

Reducir al “cerebro” de Lenin un proceso histórico que condensa un tiempo y una historia que hace insuficiente la palabra inconmensurable es, entre otras cosas, arrancar las páginas de más de un siglo de inteligencia crítica, presente ya en Alexandr Puskhin,y que alcanza en autores como Anton Chejov fallecido solo meses antes del “Domingo Rojo” y cuya obra aparentemente apolítica “anuncia” la descomposición de la autocracia, o la propia evolución del gran patriarca de Yasnaia Polaina, Tolstoy, aristócrata con pretensiones anarco-populistas que veía venir la creciente degradación de régimen zarista, y que a pesar de su rechazo de la ruptura revolucionaria traslució en sus escritos, con los que alimentó empero todas las oposiciones. Igualmente ilustrativa del gran rechazo que provocaba el zarismo fue Máximo Gorki, símbolo del escritor proletario, que por cierto, fue espectador de los hechos del domingo rojo, y autor de una violenta proclama antizarista que le llevó a ser encerrado en la Bastilla rusa, la fortaleza de Pedro y Pablo, de la que salió por la presión inter­nacional camino del exilio (que compartió en parte con Lenin). En 1905 tuvo su mayor expresión poética en la obra de Boris Pasternak, que veinte años más tarde regresó aquellos aconteci­mientos que describió como el “ensayo general” de lo que ocurriría doce años más tarde en aquella otra revolución que, quiera que no, todavía conmueve el mundo.

Fue la revolución la que hizo a los revolucionarios, y no al revés.

  1. Todo comenzó con plegarias al zar. Más que por cualquier otra persona, la puesta en escena de la manifestación del domingo 9 de enero de 1905 en la ciudad de Petersburgo, fue obra de alguno de misa diaria, el atormentado pope Gapón que había organizado desde los primeros años del siglo unos sindicatos oficialistas para que actuasen como compensación de los extremistas formados en la clandestinidad de acuerdo con la policía, la tristemente célebre Oljrana que, a pesar de su rigor represivo y de toda su red de confidentes, no encontró ningún motivo de preocupación cuando Gapón, convertido en líder de una deno­minada Asamblea de trabajadores rusos de fá­bricas y talleres, tomó parte en la or­ganización de una huelga en las importantes fábricas Putilov, y tomó la decisión de encabezar la manifestación de petición directa al Zar

Era pues un agente de la policía el autor de un texto en el que ni tan siquiera el Zar podía encontrar la más lejana expresión revolucionar­ia. Los obreros acudían a él “con nuestras mujeres, nuestros hijos y nuestros: padres, ancianos e inválidos, a implorar de verdad y tu ayuda. Vivimos en la miseria, oprimen, nos abruman con un trabajo agobiante, se mofan de nosotros, no nos tratan como a hombres, Lo hemos sufrido todo con paciencia, pero cada día nos empujan más al borde de la miseria, de la esclavitud y de la ignorancia; el despotismo y la tiranía nos ahogan…Nuestra paciencia se ha agotado. Hemos llegado a ese terrible momento en que se prefiere morir a seguir soportando tormentos irresistibles”. Eso sí, se hablaba lo que predicaban los liberales, o sea de una asamblea constituyente,y claro está, se reclamaban mejoras para el pueblo trabajador representado por más de doscientas mil personas. La comitiva avanzaba de forma convergente por las cinco grandes avenidas que confluyen en el Palacio de Invierno, y en sus estandartes llevaban iconos y retratos del emperador, y sus canciones eran religiosas. También entonaban el “Dios salve al zar”, y así llegaron hasta muy cerca del palacio, del cual se había ausentado la víspera la familia imperial, advertida de la manifestación. O sea que el zar estaba al tanto.

La respuesta fue muy propia del orden establecido, no solamente en Rusia ya que era así como se solventaba la revuelta obrera en todas partes. Tal como se ha visto en películas como El Doctor Zhivago, primeramente un destacamento de caballería atacó las primeras filas. Luego entró en la escena fuerzas de Infantería: que dispararon de forma indiscriminada, sin importarles la presencia de niños, anciano o mujeres. Los cadáveres quedaron amontonados sobre la nieve, y la historiografía ha establecido una cifra que evalúa los muertos en un millar y los heridos en un número superior a los dos millares.Aquí también se puede hablar del “Dios que cayó”, y así se lo explicó el joven Trotsky al pueblo en una octavilla dl Soviet de Petrogrado:

“¿Qué hizo el zar? ¿Cómo les contestó a los trabajadores de Petersburgo? Escuchad, escuchad, campesinos…

Así habló el zar con su pueblo…

Todas las tropas de Petersburgo fueron puestas en pie de guerra… Así se preparó el zar para hablar con sus súbditos…

‘200.000 trabajadores marcharon al palacio.

Vestían sus mejores ropas de domingo. los viejos de cabellos blancos y los jóvenes; y las mujeres acompañaban a sus maridos. Los padres y las madres llevaban a sus niños de la mano. Así acudió el pueblo ante el zar…Escuchad. Escuchad, campesinos.

Que cada palabra se grabe en vuestros corazones…

Todas las calles y todas las plazas  por donde habrían de marchar los trabajadores fueron ocupadas por las tropas.

–¡Dejadnos llegar hasta el zar!, suplicaban los trabajadores.

Los viejos se hincaron de rodillas.

–Las mujeres suplicaban y los niños suplicaban.

¡Dejadnos llegar hasta el zar!, suplicaban los trabajadores.

¡Y entonces sucedió!

Los fusiles tronaron… La nieve se enrojeció con la sangre de los trabajadores. .

¡Id y decid a todos en qué forma el zar ha tratado a los trabajadores de Petersburgo! . Recordad  campesinos rusos. cómo cada zar de Rusia ha repetido con orgullo «En mi país. Yo soy el primer cortesano y el primer terrateniente»…Los zares de Rusia han convertido a los campesinos en una clase de siervos; han hecho de ellos. como si fueran perros, regalos para sus fieles servidores.

Campesinos: en vuestras reuniones decidles a los soldados. hijos del pueblo que viven del dinero del pueblo que no se atrevan a disparar contra el pueblo”.

Se ha dicho que el célebre “Domingo rojo”, pudo haberse impedido si algunos sectores de la administración y la policía hubiesen impedido la formación de los iniciales grupos de manifes­tantes, pero lo cierto es que el zar no mostró la menor piedad con las víctimas, y que su única obsesión fue mantener el respeto absoluto a su persona. El caso fue que la lógica represiva –la misma que se volvería a mostrar en la matanza de mineros en 1912-, puso en evidencia a los sectores moderados y de clase media que se habían acercado a la comitiva que con los ruegos y las plegarias no se iba a ninguna parte. Para numerosos historiadores, aquí comienza la cuenta atrás hacia la revolución, fin lógico tras la manifiesta incapacidad del régimen para reac­cionar de forma inteligente a cualquier plantea­miento que supusiera la más mínima disminución de su poder absoluto, para una burguesía liberal que mostró más temor al pueblo que a la oligarquía.

  1. Los soviets y la insurrección. Antes que cualquier otra cosa, 1905 señala, por vez primera en la historia rusa, la muestra de actuación directa del proletariado militante en una insurrección social y una huelga que se erigieron en las manifestaciones más ilustradoras y determinantes de este complejo período.

Fue además en este momento cuando la presencia del elemento campesino en acción de protesta contundente adquirió su más alto significado. La población agraria, en directa solicitud de restauración antiguo e igualitario derecho campesino, se sublevaron pidiendo la socialización de la tierra adscripción de la misma a quien la trabajase. Zonas enteras del Imperio se mantuvieron bajo el determinación de la acción combinada de los efec­tos de la huelga obrera y la protesta campesina. Los asaltos de los trabajadores agrarios a los cuarteles de la policía y los centros de recauda­ción de impuestos se convirtieron en hechos co­munes. Paralelamente, los ataques contra las propiedades y aun las personas de los ha­cendados acomodados alcanzaron máxima gra­vedad, especialmente en la cuenca del Volga y en Georgia. Por otra parte, la huelga apoderó de los centros industriales del país como respuesta a la permanente negativa del régimen a permitir cualquier grado de apertura y consideración ob­jetiva de los hechos. Otra acción luminosa fue la insurrección la protagonizada por el acora­zado Potemkin sobre las aguas del mar Negro. El día 14 de junio, la tripulación del buque inició la sublevación, eliminando a la oficialidad y con­duciéndolo hasta Odesa, escenario de violentos enfrentamientos entre los huelguistas y las fuer­zas del orden.

Este célebre acontecimiento no fue, empero, más que uno entre los millares de actos de desobediencia civil que jalonaron por entonces la práctica totalidad del suelo ruso. El anterior mes de mayo, el número simultáneo de huelgas había ascendido a una cifra superior a las 220.000, y a esto habría que añadir, en el plano de la degradación general del orden, los sucesivos desastres bélicos sufridos por las fuerzas rusas en su enfrentamiento bélico con Japón en el Extremo Oriente asiático, con toda su carga simbólica: el zarismo era un coloso con los pies de barro. Se puede decir que lapráctica totalidad de las instituciones rusas se manifestaron en contra de la actitud del Gobierno. Una detrás de la otra se fueron pronunciando democráticamente: Academias, universidades, sociedades corpora­tivas, etcétera. Todas reclamaban la pacifica­ción y normalización del país me­diante la implantación de suficientes vías legales de libre expresión.

En este contexto los sindicatos obreros mostraron su capacidad de movilización, en particular los ferroviarios seguido por el de impresores, aunque aún así dicha capacidad resultó insuficiente para unificar el movimiento huelguístico en un país que era como un continente. Esto hizo que el movimiento sindical perdiera fuerza, y que su lugar fuera ocupado por los soviets creados a partir del 1 de octubre. Se trataba de un nuevo arquetipo asambleario capaz de unificar y canalizar todos los elementos en protesta.En otoño de ese año, el vacío de poder existente en toda Rusia posibilitó la inmediata organización de soviets obreros en todas las ciudades que contaban con suficientes tra­bajadores Aunque se suele señalar el formado en la capital como modelo de todos los demás, la ciudad industrial de Ivanovo-Voznesensk re­clama con toda justicia el honor de haber consti­tuido el primero de la serie.

El soviet de Petersburgo, autocalificado al principio comité unificado de huelga, terminó convirtiéndose en una nueva forma de poder revolucionario A lo largo de 50 jornadas, este arquetípico consejo consiguió una significativa proporción de voluntades de apoyo. Como muestra de su capacidad de iniciativa, la pobla­ción trabajadora eligió soviets de diputados obreros como válidos sustitutos de unos poderes absolutamente inermes. El soviet alcanzó así, en sus momentos de mayor auge, la representación de 550 delegados como cuer­po compromisario de actuación en nombre de una cifra total de elementos obreros que supera­ba el cuarto de millón…Se trata por lo demás de una situación agudiza­da tras la inmediata derrota militar rusaante Japón en la lejana guerra asiática.

En los acontecimientos que siguen, la clase obrera se mostrará ante todos, incluso ante sí mismo, como una fuerza con la que habrá que contar plenamente. Durante los meses siguientes, primero agitación económica y, más adelante, la política, van a arrastrar a centenares de miles de obreros que, hasta aquel momento, estaban resignados o se mantenían en completa pasividad, a todo tipo de huelgas.

Frente a esta extraordinaria ebullición, el zar intenta romper frente único de las fuerzas sociales que se enfrentan a su poder hasta entonces ilimitado; y publica entonces un Manifiesto octubrista que satisface las reivindicacion­es políticas esenciales de la burguesía, pero para desde el órgano del Soviet de Petrogrado, Iveztía, Trotsky rechazó el pro­grama de Witte, que le parecía una simple ma­niobra para ganar tiempo. “Se nos da a Witte, pero Trépov permanece; se nos da una Constitución, pero el absolutismo permanece. Se nos da todo, pero, en realidad, no se nos da nada”.

El 18 de octubre, el comité ejecutivo del soviet de la capital aprobó una resolución que com­pendiaba el punto de vista socialdemócrata res­pecto a la reforma política: “El proletariado revolu­cionario no puede deponer sus armas antes de que los derechos políticos del pueblo ruso no descansen sobre sólidos principios, antes de que no se erija una república democrática que suponga el mejor camino para la continuación de la lucha del proletariado por el socialismo”.Entre los más duros críticos del programa oc­tubrista del zarismo se encontraba Lenin, partidario del boi­cot a las elecciones, quien llegó a escribir el 17 de octubre no ha abierto la perspectiva de una pacífica Constitución -ésta es paraél una mera patraña libe­ral-, sino la de una guerra civil.

El proceso no obstante, se agota. El protagonismo pasa a los trabajadores de Moscú luchan solos desde el 17 de diciembre, pero nada pueden contra un ejército de mayoría campesina, en el que ya se ha eliminado todo brote revolucionario; el campesino que viste uniforme realiza sin desmayo la misión represiva que le asigna la autocracia. El movimiento revolucionario va a ser liquidado sector tras sector, las organizaciones obreras son objeto de una severa represión. Sin em­bargo, la derrota rebosa de enseñanzas, ya que el desarrollo de los acontecimientos ha servido para revitalizar todos los problemas que los socialistas deben resolver en la medida en que el problema de la revolución se había puesto al orden del día.

  1. Mencheviques y bolcheviques En medio de tantos acontecimientos apenas previsible, la socialdemocracia aparece dividida. De un lado se encuentra el sector llamado menchevique liderado por Martov y el veterano Plejanov, que creen que están ante una situación histórica muy similar al 1789 francés, y creen que le corresponden al “Tercer Estado” tomar la iniciativa y asumir la responsabilidad de imponer la democracia y las reformas. Por su propia concepción “abierta”, los mencheviques de base tienden a adaptarse al curso de los acontecimientos, y en las ciudades más avanzadas, apoyan los soviets. Este sector sufrirá después una división entre los que mantienen que la insurrección era necesaria (Martov), y los que, como Plejanov, piensan que no había que haber tomado las armas, y que no había que sobrepasar de ninguna manera los límites impuestos por la burguesía liberal.

De otro se encuentran los bolcheviques que abogan por un partido para la revolución, delimitado de los sectores moderados,pero que, sorprendidos por el desbordamiento de masas, se fueron adaptando con bastan­te lentitud a las nuevas condiciones revolucionarias. Los conspiradores de ayer no saben de un día para otro convertirse en oradores y en guías de una multitud que exige alternativas concretas e inmediatas. Por encima de todo, les sorprende la aparición de los primeros consejos obreros o soviets, elegi­dos primero en las fábricas y más adelante en los barrios, que se extienden durante el verano a todas las grandes ciudades, animando desde allí el movimiento revolucionario en con­junto. En realidad, los bolcheviques comprenden demasiado tarde el papel que pueden desempeñar en ellos, el interés que poseen a la hora de aumen­tar su influencia y luchar desde ellos para darle un sentido a la marcha de los movimientos.

En esta fase, el bolchevismo inicia una rápida transformación; el aparato clandestino permanece, pero la propaganda se intensifica y las adhesiones van siendo cada vez más numerosas. La estructura se modifica; se inicia la elección de responsables. Por otra parte, los nuevos miembros no comprenden la importancia de los desacuerdos anteriores. Numerosos comités bolcheviques y mencheviques se unifican sin esperar la decisión del centro que todo el mundo exige, pero en general, la realidad había sobrepasado todos los esquemas. Ni bolcheviques ni mencheviques consiguieron afian­zar posiciones efectivas durante los meses revo­lucionarios, tanto en los movimientos de índole campesina como en los de signo obrero. Como escribe el historiador británico Edward H Carr, la ineficacia práctica, la tónica general de la actua­ción de cada una de las dos fracciones enfrenta­das. Incluso actuaciones determinadas por una voluntad unificadora quedaron anuladas por una división que se presentaba imparable.

En realidad, el único social-demócrata destacado que desempeña un papel central en la primera revolución soviética es el joven Bron­stein, llamado Trotsky, que anteriormente fue designado, gracias a la insistencia de Lenin, para formar parte del comité de redacción dc Iskra, pero que, en el II Congreso, se puso de parte de los mencheviques, criticando duramente las concepcio­nes “jacobinas” de Lenin acerca de lo que él llama “la dicta­dura sobre el proletariado”, una crítica que la separará de Lenin hasta 1917. Trotsky se encuentra en desacuerdo con los men­cheviques emigrados, pero gracias a su influencia sobre el grupo menchevique de San Petersburgo y las excepcionales capacidades personales para la revolución (en particular la oratoria), pasa a ser el líder incuestionadode la ciudad que está a la cabeza del movimiento, de Petrogrado, donde no tardará en convertirse en vice-presidente y más ade­lante en presidente del Soviet en el que se miran todos los demás soviets. Es conocido con el nombre de Yanovsky (el hombre de Yanovsk), y consigue “milagrosamente” congregar a revolucionarios y moderados con un comportamiento en el que expresa la opción de la extrema democracia. Su actitud ante los jueces que lo condenan le confieren un incal­culable prestigio, y de hecho, los bolcheviques de Petrogrado,San Peters­burgo, dirigidos por Krasin, quedan eclipsados.

Bajo la singular dirección de este intelectual revolucio­nario, el soviet de la capital actuó en el plano legislativo de forma práctica. Instauró las liberta­des de prensa y asociación, la obligatoriedad de la jornada de ocho horas, el control directo de las Imprentas existentes, las comunicaciones y los transportes Finalmente, montó su propio órgano de prensa, el diario Izvestia, como ele­mento imprescindible de contacto y comunica­ción de posiciones no siempre acordes entre sí debido a la realidad impuesta

  1. La hora de la contrarrevolución. Muy pronto, el poder efectivo en el interior de todos los soviets quedó en manos de los respecti­vos comités ejecutivos, dominados en la mayoría de los casos por una de las dos fracciones en que se dividía la escindida socialdemocracia. El propio Trotsky, en sus inapreciables consideraciones de es­tos hechos (o sea en 1905, de la que existen ediciones en Planeta y Ruedo Ibérico) plasmó de la mejor forma posible todas las realizaciones y también las carencias y fracasos de la organización soviética. Las autoridades en ningún momento dejaron de perseguir elementos Izquierdistas Sin embargo, permitieron cierta liber­tad a los vertebradores del poder obrero

Si la insurrección y la huelga actuaban por do­quier, los movimientos que se registraban en las comunidades no rusas del Imperio terminaron por causar mayor inquietud a las desbordadas autori­dades. Georgianos, ucranianos, polacos, judíos, bálticos, etcétera, aportaron sus aspiraciones par­ticularistas a la general situación de desorden y reivindicación. Al final, el movimiento se agotó, entonces el inteligente Witte se esforzó en mantener el apoyo de los liberales cumpliendo el programa de octubre La base de tal programa era la convocatoria de una Du­ma constituyente elegida por sufragio universal, que convertiría a Rusia en una monarquía cons­titucional, pero tal como habían criticado los socialistas, el liberalismo se estrelló contra el propósito del zar de no traspasar a su pueblo ni la más peque­ña parte de la soberanía. Una vez pasado el peligro, Nicolás II no veía en ello ninguna ventaja, y a la larga, la apertura se agotó por sí misma. En mayo de 1906, el Zar cerró el proceso promulgando unas Leyes Fundamentales en las que se evitaba en todo momento la palabra Constitución. El texto se de­finía ya en su primer artículo El Emperador de todas las Rusias tiene el supremo poder autocrá­tico. El mismo Dios ordena que su autoridad debe ser respetada no sólo por temor sino por auténtico sentido del deber

Concluyó así el último acto de una tentativa de reforma política “evolucionista”, y al poco tiempo todo pareció volver a la normalidad opresiva de siempre y la autarquía, olvidada la humillación militatante los nipones, se dispuso a retomar sin fisuras su papel en la política mundial nacional e internacional. Pero aunque durante unos años, la reacción llegó a parecer eterna, y el exilio socialista llegó a desesperar –los bolcheviques por ejemplo se quedaron organizativamente “en los huesos” hasta 1912-, en realidad todo había cambiado. El zarismo había vencido, pero se había se había divorciado definitivamente del pueblo ruso y sin saberlo, había comenzado a suicidarse, y con el zarismo, una clase burguesa que había renunciando a luchar por las libertades.

 

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