19 mexicanos

"Una botella al mar", libro publicado en México 48 años después de haber sido escrito

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Presenté el libro de entrevistas con creadores mexicanos, Una botella al mar, en la Sociedad Bilbaína de mi ciudad. Antes fui introducido por el poeta José Ramón Blanco, secretario de la Entidad.

Puse nombre a los 19 entrevistados: nueve narradores (Agustín Yáñez-Juan Rulfo-Juan José Arreola-Carlos Fuentes-Vicente Leñero-Salvador Elizondo-Gustavo Sainz-José Agustín-Juan Tovar), tres poetas (Carlos Pellicer-José Emilio Pacheco-Eduardo Lizalde), tres artistas plásticos (David Alfaro Siqueiros-José Luis Cuevas-Brian Nissen), un autor de teatro (Emilio Carballido), un arquitecto (Fernando González Gortázar), un compositor (Manuel Enríquez) y un director de cine (Felipe Cazals). Señalé las ausencias de Octavio Paz y Luis Buñuel, con quienes no pude contactar, por encontrarse ambos fuera de México en aquel tiempo entrevistador.

Tras breves apuntes sobre la nómina de entrevistados, dediqué la máxima atención a tres de ellos. Dos narradores y un arquitecto.

El primero, Juan Rulfo, autor del libro de relatos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo. Sobre Rulfo, dejó escrito Jorge Luis Borges: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas escritas en lengua hispánica, y aún de la Literatura”. Las veces que Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura, se encontraba con Juan Rulfo, le confesaba que Pedro Páramo era la novela que a él le hubiera era gustado escribir. Un tercer escritor americano, como Gabriel García Márquez, asimismo Nobel de Literatura, llegó a asegurar saberse de memoria páginas enteras de Pedro Páramo.

Hago una pausa para dar cuenta de un lamentable olvido. Esto es. Nomás le fue concedido el Nobel de Literatura a García Márquez, éste declaró ser deudor de sus admirados William Faulkner, en especial, Ernest Hemingway, Virginia Woolf y Graham Green. Ni una sola mención a Juan Rulfo. Perdió de golpe la memoria. Como si Cien años de soledad no debiera nada a Pedro Páramo. Mísera miseria. Mas, vean a Hesíodo, desde la Antigua Grecia, poniendo frente al espejo a quienes cultivaren olvidos y desprecios: El vecino no solo desprecia y olvida a su vecino: lo envidia. Como el carpintero al carpintero y el cantor al cantor…

Sigo. Una vez concluida la entrevista con Juan Rulfo, él se ofreció para llevarme a mi hotel. Invirtió una hora de volante. Fue una hora de silencio. El tiempo parecía mirarnos, a la espera de saber quién de los dos rompería el silencio. Me guardé de hacerlo, por respeto al hombre de mayor edad a la mía. Él no lo haría (pensé), porque lo suyo era el silencio. Lo había sido desde muchos años antes de aquel momento único y, como se supo más tarde, porque el silencio literario lo alargó hasta el 7 de enero de 1986, fecha de su fallecimiento. Luego, en el instante mismo de despedirme de aquel hombre, triste como una pared de adobe, sentí que con él iba el desgarrón de una estrella. Dije no saber si las estrellas padecen de desgarrones. Sé que lo sentí desde lo más profundo.

Seguido hablé del escritor Juan José Arreola, autor de la obra Confabulario. Ante el magnetófono, probamos las voces. No tuve tiempo de formular pregunta alguna. Arreola dio rienda suelta a un monólogo ininterrumpido, de una hora larga de duración. Encadenaba ideas de todo tipo y pelaje, sin solución de continuidad. Era un discurso denso, disperso y sabio, revestido de inteligente comicidad. Valió la pena dejarse traspasar por aquella inesperada orgía del habla. En este punto no podía dejar de recordar el encuentro que mantuvieron Jorge Luis Borges y el propio Arreola. Le preguntaron al argentino qué tal le fue. “Muy bien, conseguí introducir algunos sabios silencios”.

El arquitecto Fernando González Gortázar, autor del libro Arquitectura: pensamiento y creación, fue una de las primeras personas que conocí nada más llegar a México. Él exponía en el Palacio de Bellas Artes sus proyectos arquitectónicos, bajo el título Fracasos Monumentales. Visité su muestra en varias ocasiones. Hablamos de arte, de arquitectura, más literatura, filosofía, música… Compartíamos parecidas afinidades, tanto estéticas, como éticas e ideológicas. Llegamos a fabricar una relación continuada en el decurso del tiempo. Han pasado más de cincuenta años y seguimos cruzándonos pareceres, nuevas afinidades, siempre como dos apasionados adeptos a la pedagogía del entusiasmo. En 1999 vino a Bilbao. Quería conocer el Museo Guggenheim. Le habían encargado la elección y analítica de los diez edificios más singulares del mundo, según su criterio. Debería determinar si el museo bilbaíno encajaba en ese rol, junto a los previstos la Casa de la Cascada (Pensilvania), el Pabellón de Deportes (Tokio), el Museo Judío (Berlín), entre otros. Aproveché nuestro reencuentro, entrevistándole para el diario El País, con el título tomado de una de sus respuestas: Hay que establecer entre ciudad y ciudadano un vínculo de amor.

Pasaron los años. Un día, 48 años después de aquellas entrevistas, Fernando me preguntó si aún las conservaba. Siguen en mustias carpetas, contesté. Me pidió que se las enviara. Se las envié. Tres meses después tenía en mi domicilio un contrato con la editorial Fondo de Cultura Económica.

El resto ya se sabe. Eso es todo. Muchas gracias por su presencia.

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