15M: La puta equidistancia

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El día de las brutales cargas policiales de la Plaça de Catalunya la megafonía de Acampada Sol dio noticia de los hechos -de los que aún no se sabía nada más que lo que los protagonistas reportaban en directo- y tras condenarlo, avisó de la posibilidad de que el desalojo se repitiese en Madrid. “Recordad que somos pacíficos, parece que a algunos compas de Barcelona se les ha ido la mano también”. Recuerdo haber sentido bastante rabia por la coletilla (sabíamos ya del trato que les estaban dando) y haber estado a punto ir a hacérselo ver a quien lo hubiera dicho. “En fin, son cosillas que salen así”, pensé.

A partir de ese momento he recabado un buen número de opiniones de miembros o simpatizantes del movimiento que bien podrían encuadrarse en el mismo capítulo que la anterior para, si no justificar, si como mínimo explicar actuaciones policiales irregulares : es que le había insultado; hay que decirlo todo, algún descerebrado tiró una botella de agua; alguien le quitó la gorra al guardia civil; condenamos esto y lo otro por igual…Y así muchas otras.

Es bien conocido el empeño pertinaz del movimiento 15M en recalcar en todo momento la necesidad de ejercer el respeto y la noviolencia. Es una de sus señas de identidad más evidentes y parte de la receta de su éxito. Sin embargo hay una fina línea entre la ecuanimidad y la equidistancia, y cuando los lados no son simétricos la equidistancia acostumbra a convertirse en cómplice del desmán.

Los insultos o los lanzamientos de botellas de PVC, lejos de parecernos actitudes edificantes, los rechazamos como lo peor de nosotros mismos: queremos exorcizarlos de nuestros cuerpos en situaciones de tensión, en segundo lugar como estrategia (nos desarman), y en primero porque sencillamente NO LOS QUEREMOS. Sin embargo, pensar que situaciones como esta, realmente anecdóticas, no se van a producir en el Madrid del estado de sitio y las JMJ, donde todos los habitantes de la ciudad nos sentimos como se debieron sentir las putas en Barcelona 92, y sobre todo, pensar que estas acciones aisladas y -francamente- bastante inanes, nos expulsan de las fronteras de la noviolencia, es sencillamente insultante.

Los cuerpos de Seguridad del Estado deberían trabajar para garantizar la seguridad de la ciudadanía, y entre sus obligaciones, para las que deberían estar adiestrados, están las de manejar la fuerza sólo como última opción. Que un ciudadano traspase la línea de lo legal autoriza a un policía a detenerle, no a pegarle, y estos días no hablamos de la comisión de delitos (ni faltas) sino del uso de derechos fundamentales que teníamos olvidados en las alacenas del conformismo.

Autocrítica no es decir que a veces somos nosotras quienes provocamos por llevar los vaqueros muy ajustados, o que se nos escapó una patada en la espinilla después de que nos tocaran tres veces el culo. Eso es constatar que somos humanos.