Una república suspendida que duró 6 segundos (cast/cat)

Por Jordi Martí Font

Que justo empezar la nueva república -o no empezarla- se salten la primera norma que posibilitaba la participación de todas y todos es una buena muestra de qué proceso constituyente quieren que tengamos.

Jordi Martí Font

Este 10 de octubre fuimos a Barcelona para #ver en persona la proclamación de la República Catalana. Es lo que tocaba según el calendario y las acciones que habíamos protagonizado en los últimos tiempos en esta autonomía española que se llama Cataluña. Hace años (décadas) que esperábamos un momento parecido, a pesar de que nunca lo hubiéramos pensado así. Hace años que veíamos como el independentismo crecía y mutaba en espacios donde nunca antes había estado. Y hace semanas que experimentamos como la reapropiación de la vida por parte de amplias capas de la sociedad convirtió el referéndum de autodeterminación del pasado 1 de octubre en un punto y aparte en el porvenir social de Cataluña.

Al llegar, el espacio y el lugar se me hicieron extraños. Poca gente (30.000 personas) en relación con otros momentos de este «proceso» teniendo en cuenta el momento que era (la proclamación de la independencia que no sabíamos que no sería); el Parc de la Ciutadella, cerrado a la gente y en el exterior unas pantallas gigantes que permitían seguir la sesión del Parlamento y los comentarios de Tv3 a un volumen alto. Me vinieron a la cabeza las palabras del Giacomo en la presentación de «Visca la terra i visca l’anarquia» en el Ateneo Llibertari Alomà sobre quién y como controlaba el relato a partir de las imágenes y la necesidad imperiosa que tenían de hacer desaparecer la gente. Una gente que, donde estábamos, dejábamos automáticamente de protagonizar nada que no fuera hacer de telespectadores. Los amos y la institución era lo único importante. El ruido era silencio.

Y pasó que la República Catalana duró seis segundos. Los mismos seis segundos que Puigdemont tardó en decir que, una vez proclamada, la suspendía para intentar un diálogo con el Estado español durante un tiempo indefinido, indefinido porque no lo definió. Las apelaciones al diálogo eran mayúsculas porque había «mediadores muy importantes a nivel mundial» que nos lo solucionarían. Lo que tenían que solucionar no sabemos qué es pero está claro que nada de lo que votamos domingo, nada de lo que reivindicamos martes, nada de lo que hemos querido decidir siempre y nada de lo que queramos elegir cuando toque decidirlo todo.

Después de la euforia primera de sentir la proclamación de la República, vino la frustración absoluta. Hicieron falta unos minutos para entender qué había pasado y unos cuántos más para entender por qué el Parc de la Ciutadella estaba cerrado y rodeado de policías no importaba de qué cuerpo. Nadie iría a decir increpar a quien nos había tomado el pelo… por la tele. Resucitaba la ‘puta i la Ramoneta’, resucitaba el cadáver de quien dio un paso a un lado a pesar de que se intuía como mano negra desde la sombra, resucitaba la tos de Pujol que Puigdemont utilizaba cómo si fuera una cita en la presentación de su discurso, y resucitaba la tomadura de pelo de los amos de siempre anunciada de forma clara y contundente por Salvador Seguí en el Ateneo de Madrid el 1919.

La Ley del referéndum de autodeterminación era una de las primeras leyes que nos otorgábamos soberanamente, sin el Estado vigilante dictando las palabras y por eso precisamente fue suspendida por el Tribunal Inquisitorial a pesar de que conserva toda su legitimidad. Y según ella, pasado el referéndum y con los resultados obtenidos, ahora tocaba independencia. Que justo empezar la nueva república -o no empezarla- se salten esta primera norma que posibilitaba la participación de todas y todos es una buena muestra de qué proceso constituyente quieren que tengamos.

La CUP no fue informada de esta maniobra hasta pocos minutos antes del pleno y el intento de paralizarla fue lo que hizo atrasarlo una hora. A pesar de los discursos mentirosos de ICV y su entorno, sólo en un tema el Gobierno y la CUP han ido a una y este no es otro que la independencia. Fue al entrar en este proceso a partir del chantaje de aprobar unos presupuestos neoliberales contra las personas que hizo que algunas nos diéramos de baja de la afiliación. Esta deslealtad del Gobierno hacia la CUP, pero sobre todo hacia todas las personas que pasamos semanas casi sin dormir, que recibieron golpes y agresiones para participar en un referéndum los resultados del cual llevarían directamente a la independencia, ha sido deshonesta y es, lo vuelvo a decir, una auténtica tomadura de pelo.

Esta parte del «proceso» resucitado es tan parecida al «proceso» que matamos el 1 de octubre que da miedo. Hacer las cosas así muestra donde nos quieren llevar a algunos. Está claro que no quieren el pueblo en la calle y menos movilizado y menos autoorganizado. Nos quieren de figurantes pero no activos y menos propositivos, porque su voluntad va encaminada a utilizar a la gente como figurantes pero que nunca decida nada lo que no ha sido elegido, pactado o “mierdeado” en un despacho.

Después del paso atrás de Puigdemont, las redes se llenaron con frases calcadas, opiniones de «recorta y engancha» y pudimos leer justificaciones de un solo color gris que hablaban de «alta política», de «una gran estrategia» o de «dejar con un palmo de narices el Estado». Y quien no se conforma es porque no quiere. La enredada continuaba y se volvía la única norma y posibilidad. Vergüenza!

El texto que los parlamentarios de Junts pel Sí y de la CUP firmaron después del pleno acabó de dar un aire de orden, de ordenar y mandar, a todo ello. Se trataba de una supuesta declaración de independencia firmada en el edificio del Parlament pero fuera de sede parlamentaria, por lo tanto no válido jurídicamente hablando. No hacía falta que fuera un texto cargado de épica, que no lleva en ninguna parte; no hacía falta una redacción anticapitalista, que no hubieran aceptado; no hacía falta un texto de izquierdas, que tampoco; pero tampoco hacía falta esta alabanza continuada a las instituciones como columna vertebral de la historia de Cataluña. Entre otras cosas, no hacía falta porque es mentira. Sí que hacía falta un texto esperanzador, un texto que pusiera al pueblo en el centro de todo, que aclarase el papel central de las luchas populares en la historia de esta porción de mundo, que explicara las resistencias que nos han llevado hasta donde estamos y que dejara claro que la opereta no ha sido sólo una loa de los amos…

A pesar de todo, no nos echaremos atrás. A pesar de todo, el proceso lo remataremos. A pesar de todo, la República ya la tenemos y no tiene nada que ver con esta declaración del Parlament invernada. A pesar de todo, continuaremos combatiendo la dominación. A pesar de todo, no aceptaremos sus cadenas vayan pintadas del color que sean. A pesar de todo, el pueblo ya declaró su independencia el 1 de octubre. A pesar de todo, los Països Catalans continúan siendo nuestra nación. A pesar de todo, los intereses de las trabajadoras y los trabajadores continúan como primer objetivo. Y, a pesar de todo, el Noi del Sucre hace 98 años continúa teniendo razón: «Afortunadamente la Cataluña vejada, injuriada, privada de su libertad nacional, conoce bien a sus detractores y sabe de qué lado están sus verdaderos amigos y defensores.»

 


 

Una república suspesa que va durar sis segons

Aquest 10 d’octubre vam anar a Barcelona per veure en persona la proclamació de la República Catalana. És el que tocava segons el calendari i les accions que havíem protagonitzat en els darrers temps en aquesta autonomia espanyola que es diu Catalunya. Fa anys (dècades) que esperàvem un moment semblant, tot i que mai l’haguéssim pensat així. Fa anys que vèiem com l’independentisme creixia i mutava en espais on mai abans no havia estat. I fa setmanes que experimentem com la reapropiació de la vida per part d’àmplies capes de la societat va convertir el referèndum d’autodeterminació del passat 1 d’octubre en un punt i a banda en l’avenir social de Catalunya.

En arribar, l’espai i el lloc se’m van fer estranys. Poca gent (30.000 persones) en relació a altres moments d’aquest «procés» tenint en compte el moment que era (la proclamació de la independència que suposem que no sabíem que no seria); el Parc de la Ciutadella, tancat a la gent i a l’exterior unes pantalles gegantines que permetien seguir la sessió del Parlament i els comentaris de TV3 a un elevat volum. Em van venir al cap les paraules del Giacomo a la presentació de «Visca la terra i visca l’anarquia» a l’Ateneu Llibertari Alomà sobre qui i com controlava el relat a partir de les imatges i la necessitat imperiosa que tenien de fer-hi desaparèixer la gent. Una gent que, on érem, deixàvem automàticament de protagonitzar res que no fos fer de teleespectadors. Els amos i la institució esdevenien l’únic important. El soroll era silenci.

I va passar que la República Catalana va durar sis segons. Els mateixos sis segons que Puigdemont va tardar a dir que, un cop proclamada, la suspenia per intentar un diàleg amb l’Estat espanyol durant un temps indefinit, indefinit perquè no el va definir. Les apel·lacions al diàleg esdevenien majúscules perquè hi havia «mediadors molt importants a nivell mundial» que ens ho solucionarien. El que havien de solucionar no sabem què és però és clar que res del que vam votar diumenge, res del que vam reivindicar dimarts, res del que hem volgut decidir sempre i res del que vulguem triar quan toqui decidir-ho tot.

Després de l’eufòria primera de sentir la proclamació de la República, va venir la frustració absoluta. Vam caldre uns minuts per entendre què havia passat i uns quants més per entendre per què el Parc de la Ciutadella estava tancat i envoltat de policies no importava de quin cos. Ningú aniria a dir el nom del porc a qui ens havia pres el pèl… per la tele. Ressuscitava la puta i la Ramoneta, ressuscitava el cadàver del que va fer un pas al costat tot i que s’intuïa com a mà negra des de l’ombra, ressuscitava la tos de Pujol que Puigdemont utilitzava com si fos una cita en la presentació del seu discurs, i ressuscitava la presa de pèl dels amos de sempre anunciada de forma clara i contundent per Salvador Seguí a l’Ateneo de Madrid el 1919.

La Llei del referèndum d’autodeterminació era una de les primeres lleis que ens atorgàvem sobiranament, sense l’Estat vigilant dictant-ne les paraules i per això precisament va ser suspesa pel Tribunal Inquisitorial malgrat conservi tota la seva legitimitat. I segons ella, passat el referèndum i amb els resultats obtinguts, ara tocava independència. Que just començar la nova república -o no començar-la- se saltin aquesta primera norma que possibilitava la participació de totes i tots és una bona mostra de quin procés constituent volen que tinguem.

La CUP no va ser informada d’aquesta maniobra fins pocs minuts abans del ple i intentar aturar-la va ser el que va fer endarrerir-lo una hora. Malgrat els discursos mentiders d’ICV i voltants, només en un tema el Govern i la CUP han anat a una i aquest no és altre que la independència. Va ser entrar en aquest procés a partir del xantatge d’aprovar-los uns pressupostos neoliberals contra les persones que va fer que algunes ens donéssim de baixa de l’afiliació. Aquesta deslleialtat del Govern cap a la CUP, però sobretot cap a totes les persones que vam passar setmanes gairebé sense dormir, que van rebre cops i agressions per participar en un referèndum els resultats del qual portaven directament a la independència, ha estat deshonesta i és, ho torno a dir, una autèntica presa de pèl.

Aquesta part del «procés» ressuscitat és tan semblant al «procés» que vam matar l’1 d’octubre que fa por. Fer les coses així mostra a on ens volen portar alguns. És clar que no volen el poble al carrer i menys mobilitzat i menys autoorganitzat. Ens volen figurants però no actius i menys propositius, perquè la seva voluntat va encaminada a utilitzar la gent com a figurants però que mai no decideixi res que no estigui triat, pactat o merdejat en un despatx.

Després de la tirada enrere de Puigdemont, les xarxes es van omplir amb frases calcades, opinions de «retalla i enganxa» i vam poder llegir justificacions d’un sol color gris que parlaven d’«alta política», d’«una gran estratègia» o de «deixar amb un pam de nas l’Estat». I qui no es conforma és perquè no vol. L’enredada continuava i esdevenia norma i única possibilitat. Vergonya!

El text que els parlamentaris de Junts pel Sí i la CUP van signar després del ple va acabar de donar un aire d’ordre, d’ordenar i manar, a tot plegat. Es tractava d’una suposada declaració d’independència signada a l’edifici del Parlament però fora de seu parlamentària, per tant no vàlid jurídicament parlant. No calia que fos un text carregat d’èpica, que no porta enlloc; no calia una redacció anticapitalista, que no haguessin acceptat; no calia un text d’esquerres, que tampoc; però tampoc calia aquesta lloança continuada a les institucions com a columna vertebral de la història de Catalunya. Entre altres coses, no calia perquè és mentida. Sí que calia un text esperançador, un text que posés el poble en el centre de tot, que aclarís el paper central de les lluites populars en la història d’aquest tros de món, que expliqués les resistències que ens han portat on som i que deixés clar que l’opereta no ha estat només una lloa dels amos…
Malgrat tot, no tirarem enrere. Malgrat tot, el procés el rematarem. Malgrat tot, la República ja la tenim i no té res a veure amb aquesta declaració del Parlament hivernada. Malgrat tot, continuarem combatent la dominació. Malgrat tot, no acceptarem les seves cadenes vagin pintades del color que sigui. Malgrat tot, el poble ja va declarar la seva independència l’1 d’octubre. Malgrat tot, els Països Catalans continuen essent la nostra nació. Malgrat tot, els interessos de les treballadores i els treballadors continuen com a primer objectiu. I, malgrat tot, el Noi del Sucre fa 98 anys continua tenint raó: «Sortosament la Catalunya vexada, injuriada, privada de la seva llibertat nacional, coneix bé els seus detractors i sap de quin cantó estan els seus veritables amics i defensors.»

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