Publicado en: 13 marzo, 2018

Una fábula

Por Jose Luis Merino

En el corazón del niño se encuentra lo mejor de la especie humana

Por Jose Luis Merino

Tres años, seis meses y nueve días cumplía la criatura. Y su abuelo cumplía con la gratificante costumbre de leerle todas las noches un cuento. El más solicitado llevaba por título El hombrecillo y el pájaro. La historia narraba el encuentro entre ambos protagonistas, en medio del asfalto de una gran ciudad. Se hicieron muy amigos. Vivieron en la casa del primero. Mirándolo bien, pensó el abuelo, sería un poco difícil que fuera en la del segundo. A menudo se les oía reír y cantar. Eran felices. Mas esta felicidad llegó a incomodar a los vecinos. Encontraban extraña y hasta sospechosa la amistad entre un hombre y un pájaro. Ese reproche lo dejaron expuesto por escrito en un pasquín a la vista de la vecindad.

El hombrecillo tomó la decisión de dar por concluida la relación. Fue en el extrarradio donde se despidió del pájaro, tras darle un conmovido beso, redondo como una lágrima. El pájaro se perdió en vuelo a través de la dilatada noche. Por rara casualidad, no había siquiera una sola estrella en el cielo.

Ni se sabe cuántas veces llegó a contarle el abuelo ese cuento. La niña siempre se dejaba envolver por el sortilegio de lo contado. A ella le hubiera gustado vivir en la misma casa de los dos estupendos amigos.

Una noche, cuando el abuelo iba a leerle el pasaje de la despedida del pájaro, la niña le pidió que cambiara el final. Prefería que no se despidieran sino que volvieran juntos del extrarradio a la casa, para vivir siempre uno al lado del otro…

En el corazón del niño –fábula amorosa– se encuentra lo mejor de la especie humana.

Aún sin saber quién lo había dicho, ni cuándo ni dónde, el abuelo estaba de acuerdo con cuanto vaticinaba la fábula. Seguido, llevó en brazos a la pequeña hasta la cama. Le dio un beso de mermelada y se despidieron hasta el día siguiente. No más salía de la habitación, volvió la cabeza, y ya la niña dormía su sueño indescifrable. A continuación, acodándose en el antepecho de la ventana, miró hacia lo alto. El cielo aparecía inundado de estrellas. Por un momento creyó estar ante la primera noche de la creación del mundo. “Se lo contaré mañana”, dijo en voz alta.

[Como la madre de Albert Camus, también la doctora I. U. L. acaricia los libros]

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