Publicado en: 12 agosto, 2018

Un 12 de agosto de 1827 murió William Blake, flagelo de tiranos

Por Judy Cox

La revolución: El tema estrella de la época William Blake escribió algunos de los poemas más originales y populares, aún hoy, jamás escritos en inglés. Su poema “Jerusalén” fue musicado por Charles Parry en 1916, y pasó a ser conocido por este nombre cuando Parry lo dirigió en un concierto a favor de la campaña por […]

La revolución: El tema estrella de la época

William Blake escribió algunos de los poemas más originales y populares, aún hoy, jamás escritos en inglés. Su poema “Jerusalén” fue musicado por Charles Parry en 1916, y pasó a ser conocido por este nombre cuando Parry lo dirigió en un concierto a favor de la campaña por el derecho al voto de las mujeres. Posteriormente, se ha convertido en el himno nacional oficioso de Gran Bretaña. Lo cantan las respetables mujeres de la Inglaterra media y en el Instituto de la Mujer. El Partido Conservador lo lleva en el corazón, junto a “Tierra de esperanza y gloria”, y los laboristas lo consideran una alternativa políticamente aceptable a “Bandera Roja”, un canto demasiado subversivo. Sus poemas para niños, como “El Tigre”, siguen recitándose en las escuelas de primaria.

Así pues, ¿por qué debería interesarnos a las personas de izquierdas un poeta y artista visto con buenos ojos por estos pilares del establishment? Pues porque este artesano, obscuro y afligido por la pobreza, creó algunas de las imágenes más impactantes de energía revolucionaria y liberación humana jamás producidas. La suya fue la voz que habló por los esclavizados y los abandonados, y se alzó en acusación interminable contra un mundo injusto y explotador.

El arquetipo del Creador es una imagen familiar en el trabajo de Blake.

William Blake atrajo muy poca atención durante su vida, pero posteriormente se ha convertido en centro de muchos y muy buenos estudios literarios. No obstante, sigue siendo una figura desconocida, integrante de muchas tradiciones y a la vez original y único. Uno de sus biógrafos, E.P. Thompson, enumera las descripciones que de él recogen los libros eruditos, calificándole como “neoplatónico, masón e iluminado, profundo iniciado en el aprendizaje hermético, proto-marxista, eufemista, Druida”. No obstante, cuanto más retrocedemos, cuanto más nos acercamos al Blake de carne y hueso, más claramente aparece el William Blake real. Su primer biógrafo, Alexander Gilchrist, escribió en 1863 sobre su excentricidad, su genialidad y sus fuertes convicciones “jacobinas”.

Porque Blake fue un jacobino: tuvo muchas esperanzas en las posibilidades creadas por la Revolución Francesa –pero también buscó orientación en la Biblia. Absorbió e interpretó las tradiciones disidentes que heredó de la Revolución Inglesa de 1640, cuando la Cristiandad era el idioma del debate político. La posibilidad de derrocar a los tiranos, de acabar con los ricos y de crear el cielo en la tierra fueron ideas que formaron parte del paisaje mental de Blake. Su “Evangelio eterno” fue el evangelio de la rebelión contra el Dios tiránico del Antiguo Testamento, y contra todas las religiones y gobiernos estatales. Pero esta herencia era contradictoria, porque incorporaba una revolución que ponía el mundo patas arriba, pero también incluía la derrota de ver la restauración de la monarquía y el hundimiento de las masas de vuelta a su lugar de origen.

Pero no fueron sólo las revoluciones pasadas las que despertaron la imaginación de Blake. La revuelta enmarcó su vida y su arte. Entre 1760, justo después de su nacimiento, y 1815, justo antes de su muerte, Inglaterra vivió obsesionada por las revoluciones y las grandes convulsiones sociales que dieron luz al mundo moderno. Hubo revoluciones políticas e intentos de revolución en EEUU (1775-82), Ginebra (1782), Holanda (1794), Polonia (1794), Irlanda (1798) y Nápoles (1799), junto con la Gran Revolución Francesa, que empezó en 1789. La revolución, pues, fue la experiencia social central de esos años. La Revolución Francesa acabó con la idea de que la mejor forma de cambiar las cosas era constitucionalmente. Miles de ingleses empezaron a organizarse para reivindicar su derecho a la libertad y la igualdad. No es de extrañar que el proceso revolucionario aparezca directamente en muchas obras literarias de la época, como “América”, de William Blake; “Thalaba el destructor”, de Robert Southey; “El Corsario” de Lord Byron; “La revuelta del Islam”, de Shelley; o “Hyperion”, de John Keats. Las revoluciones chocaron con la guerra y el imperialismo. Las guerras contra Francia de 1793-1815 costaron más muertes a Gran Bretaña, en porcentaje, que la Primera Guerra Mundial. En protesta contra estas guerras, Blake escribió:

El peor veneno jamás conocido
provino de la corona de laureles de Julio César
nada puede deformar a la Raza Humana
tanto como el hierro de la Armadura.

El choque de los británicos con los ejércitos de Napoleón se convirtió en una “guerra mundial”. Estos dos países imperialistas se enfrentaron por el derecho a explotar el mundo no europeo. Al menos 50.000 vidas británicas se perdieron en la lucha por el control de las Antillas. Entre 1795 y 1805, se creó el Imperio Británico, con la anexión efectiva del subcontinente indio desde Ceilán al Himalaya. Estos cambios también encontraron su expresión artística en la obra de los poetas románticos: “Si hay un tema que une a William Blake (a quien sus contemporáneos apenas conocían) a Scott y Byron (que les deslumbraban), es el tema del imperio y su imaginario derribo, tan deseado como temido”.

Blake nació y vivió aquí hasta los 25 años.

Otra revolución, esta vez económica, estuvo íntimamente ligada a las revoluciones políticas. Antes de que naciera Blake, Inglaterra era un país cuyo comercio internacional se realizaba desde los pueblos. Durante la vida de Blake, la producción pasó a las fábricas. Esta Revolución Industrial transformó la forma en que los hombres y mujeres producían y reproducían sus vidas. También transformó cómo se veían a sí mismos y su mundo. Mientras los hombres estuvieron ligados a la tierra y viviendo en pueblos, creyeron que su trabajo era un regalo de un ser superior –ya fuera Dios o el señor feudal local. El paso a la producción fabril convirtió al trabajador de artesano cualificado que trabajaba con sus manos a trabajador asalariado sin más que ofrecer que sus manos. Las crisis económicas eran diferentes a las sequías o las inundaciones. El desempleo no lo provocaba ni Dios ni la naturaleza, sino el amo, el propietario de la fábrica, el jefe. La agitación de las revoluciones “obligó a los hombres, a largo plazo, a buscar su propio destino, y a encontrar su posición social no en la mano de Dios, sino en las suyas propias”. La gente estaba empezando a desprenderse de los poderes naturales y sobrenaturales y a enfrentarse a su destino. Este doloroso proceso es visible en la poesía de William Blake.

Durante la vida de Blake, estos levantamientos provocaron una explosión de esperanza en la capacidad de los hombres y mujeres para construir una sociedad basada en la igualdad universal. Esta esperanza llegó a todos los aspectos de la vida. Después de la Revolución Francesa, el filósofo Isaac D’Israeli escribió que “durante ese siglo se produjo una gran revolución en la mente humana. Los filósofos dejaron de estar aislados. Pero no fue hasta más tarde que se le enseñó a la gente a leer, y mucho después que aprendieron a pensar”. Todos los debates políticos de la época se libraron a través de la palabra escrita. En 1790, Edmund Burke escribió Reflexiones sobre la Revolución en Francia, dónde condenó a “la multitud estúpida”, las masas revolucionarias. Le rebatieron Mary Wollstonecraft, en Vindicación de los derechos del hombre (su Vindicación de los derechos de la mujer fue posterior) y Thomas Paine en sus famosos Derechos del Hombre. Tanto los radicales como los reaccionarios escribieron novelas para promover sus ideas políticas. El arte se convirtió en un arma tanto de la derecha como de la izquierda, y su lenguaje en un lenguaje político. Cuando el Estado británico tomó medidas drásticas contra los radicales, persiguió a escritores y editores, además de a agitadores y activistas.

En 1792, el gobierno de William Pitt desató un reino de terror contra los radicales británicos, aunque su guerra contra la gente normal y corriente duró mucho más. Más personas fueron ejecutadas por crímenes contra la propiedad en Inglaterra durante esos años que durante la época del Terror en Francia. Shelley calificó este periodo de “era de desesperación”, pero las ideas radicales jamás fueron totalmente reprimidas. Sobrevivieron en las organizaciones de la clase trabajadora, en las páginas de los Derechos del Hombre de Thomas Paine, de los que se vendieron un millón de copias, y sobrevivieron en la poesía que hablaba de la experiencia de la revolución y la contrarrevolución, como la de Blake.

La cabaña en Felpham donde Blake vivió desde 1800 hasta 1803

Entre todos los poetas, la perspectiva de Blake fue única. Él tenía sus raíces en la comunidad artesana de Londres, vivía en los talleres, no en los salones. No observó la agitación social de la época, sino que la vivió como artesano que luchaba contra la mecanización, como librepensador enfrentado a la estandarización del arte y como mente ferozmente independiente obligada a depender de los clientes ricos. La madre de Karl Marx, exasperada, le escribió una vez a su hijo: “Jamás un ha hombre escrito tanto sobre el Capital, teniendo tan poco.” Nadie entendía mejor que Blake el devastador impacto del libre mercado sobre los artesanos, pero tampoco nadie sufrió más que él debido a la falta de un mercado para su propio trabajo.

La clarividencia de Blake fue extraordinaria. Supo captar el universo y a una pulga, los grandes sistemas cósmicos y a un pequeño mendigo que viviera en una calle de Londres. Utilizó el lenguaje de la disidencia religiosa, pero describió las aspiraciones y derrotas de la era revolucionaria que vivió en carne propia. Construyó profecías míticas, pero también profetizó el desarrollo de fuerzas sociales que acabarían imponiéndose en los siglos XIX y XX. Como escribió Jacob Bronowski, “En todos sus poemas, resuenan los pasos de hierro de la era moderna: la guerra, la opresión, la máquina, la pobreza y la pérdida de personalidad. Este es el poder profético de Blake: que sintió los desastres venideros de la guerra, el imperio y la industria en su propia carne, mucho antes de que los políticos y los economistas temblaran ante su sombra”. La reputación de Blake ha ido aumentando década a década desde su muerte, porque sus premoniciones se han hecho realidad.

Blake quiso mostrar a través del arte “el pedazo de eternidad” que veía en su imaginación, y su gran logro fue desarrollar la capacidad técnica y artística necesaria para comunicar sus presentimientos. Pero el mundo visionario de Blake no existió de forma aislada de su mundo físico. Las innovaciones industriales de finales del siglo XVIII, la máquina de hilar spinning jenny, la quema del coque, la máquina de vapor… todas aparecen en los poemas de Blake. Las esperanzas políticas despertadas por las revoluciones americana y francesa brillan a lo largo de algunos de sus proféticos libros. Otra de las cuestiones planteadas durante la época, la de la identificación de la fuerza capaz de conseguir los derechos universales y liberar a las masas de la pobreza, aparece frecuentemente en el mundo místico de Blake. Sus personajes se esfuerzan por ser libres, pero son constantemente derrotados. No pueden racionalizar ni teorizar cómo alcanzar la libertad. Su situación es parecida a la de los intelectuales radicales, a los que les faltaban los medios para realizar sus ideales. A pesar de su misticismo y su complejidad, Blake se dirige a los que condenan la opresión que él tanto despreció y luchan por la liberación humana que él tanto deseó.

Fuente: Primeras páginas del capítulo 1º del libro de  Judy Cox William Blake. El flagelo de tiranos

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