Tres viejas ideas para comprender la libertad de expresión hoy: El Marx de la Gaceta Renana (1842-1843)

Por David Guerrero

Entre enero de 1842 y marzo de 1843, cuando Karl Marx apenas dejaba de ser un romántico estudiante de filosofía de veinticuatro años, asomó su pluma al periodismo político. Lo hizo en la Gaceta Renana, de la que acabaría convirtiéndose jefe de redacción hasta su dimisión (la cual fue un último intento –fallido– de evitar la censura […]

Entre enero de 1842 y marzo de 1843, cuando Karl Marx apenas dejaba de ser un romántico estudiante de filosofía de veinticuatro años, asomó su pluma al periodismo político. Lo hizo en la Gaceta Renana, de la que acabaría convirtiéndose jefe de redacción hasta su dimisión (la cual fue un último intento –fallido– de evitar la censura definitiva del diario). La defensa de la libertad de prensa en estas piezas de Marx se desarrolla a través de la crítica al contenido de la legislación prusiana, del comentario de los debates de la Dieta Renana y mediante polémicas con otros periódicos. Algunas ideas relevantes son expuestas también en los artículos sobre la crisis de los viticultores del Mosela. La intención de este texto es doble: por un lado, recuperar tres viejas ideas para entender por qué y cómo preocuparse por la libertad de expresión; por otro lado, mostrar cómo esas viejas ideas de este joven Marx nos permiten situarlo como un heredero intelectual de la Ilustración y del republicanismo democrático. Intereses intelectuales aparte, al lector le resultará siniestro constatar la desgraciada vigencia que todavía hoy tienen estas viejas ideas.

I

La primera idea que recuperamos es la más rabiosamente actual. Marx se sorprende por cómo una Instrucción prusiana de 1841 recupera y actualiza el Edicto de censura de 1819 (al parecer, levemente aplicado hasta entonces). La novedad es que ahora se anima a los censores a interesarse también por la “tendencia” de las publicaciones, no sólo por su contenido. Es decir, según el texto de la Instrucción, el censor ha de vigilar “la forma y el tono utilizado (…), su apasionamiento, su violencia y su presunción”. El joven Marx, aquí intrépido ilustrado, se escandaliza:

El escritor es entregado así al terrorismo más terrible, a la jurisdicción de la sospecha.  Leyes sobre tendencias, leyes que no dan normas objetivas. (…) Leyes que toman como criterio fundamental, no la acción en cuanto tal sino las convicciones de quien la realiza. (…) Mi existencia es sospechosa, mi esencia más íntima, mi individualidad es considerada mala, y por esa opinión soy castigado. La ley me castiga no por la injusticia que hago sino por la injusticia que no hago.

Aquí Marx entronca con la opinión del republicano Spinoza –al que leyó con intensidad durante 1841– y que en su Tratado teológico-político sintetizó una de las grandes aspiraciones del derecho público ilustrado: “que el Estado estableciera por ley que sólo se persiguieran los actos y que las palabras fueran impunes”. En otros términos, esta intuición jurídica la podemos entender como la pretensión de que el derecho haga siempre un ejercicio de humildad y cautela epistemológicas ante lo que se conoce, en la jerga de las ciencias humanas, como el “problema de la intencionalidad”. Marx comprende que el mundo de las intenciones (ya ni siquiera de la intención tras una acción material, sino de la intención tras una expresión) es esencialmente opaco para cualquier discusión que se pretenda objetiva. Suponer lo contrario sería confiar ciegamente en las capacidades del policía o juez censor:

Exigís modestia y partís de la enorme inmodestia de nombrar a determinados servidores del Estado espías del corazón, omniscientes, filósofos, teólogos, políticos y Apolos délficos. (…) La auténtica inmodestia consiste en atribuir a determinados individuos [los censores] la perfección de la especie.

La implicación lógica de abrir al Estado la veda de juzgar las intenciones y no los actos es una que, desgraciadamente, conocemos bien en la jurisprudencia patria (el Estado español), aderezada con elementos que podemos rastrear desde los inicios de la lucha contra la “apología” del terrorismo hasta la reforma de 2015 del Código Penal. El resultado es una rendija que ha sido ensanchada por derecha e izquierda. Tirando cada una para su lado, lo único que se ha conseguido es aumentar la discrecionalidad de un poder judicial siempre conservador, que cada vez juzga más sobre asuntos que son por definición indisputables. Las sentencias que argumentan basándose en las intenciones (o en los motivos “indirectos”, como dice el CP) que hay tras una expresión o un acto simbólico, dependen en gran medida de un elemento inaceptablemente arbitrario e incontestable mediante argumentos racionales: la sensibilidad del juez para interpretar cuestiones harto nebulosas, o, como dirá Marx, el “temperamento” del magistrado en cuestión.

Hasta uno de los propios oradores de la Dieta a favor de la censura acepta esta deducción: que la censura implica parcialidad y arbitrariedad, pero que no hay más remedio. El discurso de este conservador es tenebrosamente premonitorio, pues hace una defensa de la imposibilidad de establecer leyes generales, es decir, que acepta explícitamente la “arbitrariedad” en el derecho, “si se entiende por ella el actuar de acuerdo a una concepción individual”. Ese miembro de la Dieta adelanta, decía, lo que en esa misma Alemania ocurrirá un siglo después, primero con la crítica de Carl Schmitt a la generalidad del derecho, después con el llamado “derecho penal volitivo” –en el que el juez dictaminaba sobre las intenciones y no los actos del acusado– y, finalmente, con la funesta y nazi “Escuela de Kiel” de “derecho fenomenológico” –donde ya ni las intenciones importaban, la sensibilidad del juez resolvía el caso desvelando la esencia de los reos–.

II

La segunda idea que aquí recuperamos del de Tréveris –que, a su vez, él conscientemente rescata de otros– tiene que ver con la función política de las libertades de prensa y expresión. Una de las cuestiones que debatió la sexta Dieta Renana durante el verano de 1841 fue si las propias actas de las sesiones (cerradas al público) debían ser publicadas y comentadas por la prensa. El orador del estamento de los nobles, tras haber defendido el secretismo de las sesiones por mor de “la libertad de palabra y la naturalidad del discurso” de los parlamentarios, atacó después la libertad de prensa:

resulta errónea la opinión también muy difundida de que la verdad y la luz habrían de surgir de la lucha entre la buena y la mala prensa y de que cabría esperar de ese modo una difusión mayor y más efectiva (…) [El hombre] por su propia naturaleza es imperfecto e irresponsable y necesita de la educación mientras dure su evolución, que sólo termina con su muerte. (…) es inseparable de aquella imperfección humana el que el canto de las sirenas de la maldad tenga una influencia poderosa sobre las masas y se enfrente a la voz sencilla y sobria de la verdad.

Marx contraargumenta: “La censura no elimina la lucha [entre verdad y falsedad o buena y mala prensa], la hace unilateral, convierte una lucha abierta en una lucha oculta, convierte una lucha de principios en una lucha entre el principio sin poder y el poder sin principios”. Marx, de hecho, está convencido de lo contrario que el orador de la Dieta. Él, en estos textos, es un completo optimista epistémico: cuando la verdad y la falsedad luchan en iguales condiciones, la verdad acaba triunfando.

Por ejemplo, meses atrás, iniciaba su crítica a la Instrucción prusiana sobre la censura precisamente con la siguiente tesis fuerte: “la verdad es tan poco modesta como la luz, y ¿ante quién habría de serlo? (…) Verum index sui et falsi [La verdad es criterio de sí misma y de la falsedad]”. (Vemos de nuevo al lector de Spinoza). Lo verdaderamente interesante, empero, es el resultado político, en términos de libertad de expresión, que implica esta postura de optimismo epistémico; resultado que creo Marx comprende, compartiendo aquí, de nuevo, una vieja intuición política que va desde John Milton a Noam Chomsky. Vuelve a aparecer aquí el Marx republicano, que es el mismo que, como Kant y Madison, opinó que “si falta la libertad de prensa todas las demás libertades son ilusorias”.

III

De este optimismo acerca del poder de la verdad para luchar contra la falsedad, uno podría deducir que la libertad de expresión consiste, precisamente, en que el Estado no interfiera de ningún modo en ese combate, porque no hace falta. De la firme oposición de Marx a la opinión del orador del estamento de los nobles que se citó más arriba, podría pensarse que está defendiendo una idea de libertad de prensa “negativa”. Sin embargo, con mucha más profundidad, Marx comprende el sentido y la función básica que a la libertad de prensa le corresponde: el control del poder político constituido, ser un nexo crítico entre las instituciones y la población. Por eso piensa que “La prensa libre es el ojo siempre abierto del espíritu del pueblo (…), el lazo parlante que une a los individuos con el Estado y el mundo”; o, en otro texto, que la prensa transforma “la esencia misteriosa y sacerdotal del Estado en una entidad laica, clara, accesible y perteneciente a todos”. Habla de la libertad de prensa, no sólo reivindicando la ausencia de censura (como podría hacer cualquier liberal serio) sino reivindicando la necesidad de esta libertad más allá de si hay censura o no. Esto queda meridianamente claro cuando escribe, en enero de 1843, sobre la crisis de los viticultores del Mosela:

La administración y los administrados necesitan, pues, por igual, un tercer elemento, que sea político sin ser oficial, es decir que no parta de supuestos burocráticos, que sea asimismo civil sin estar comprometido inmediatamente con los intereses privados y sus necesidades. Este elemento complementario de la cabeza cívico-estatal y el corazón civil es la prensa libre. En el ámbito de la prensa la administración y los administrados pueden criticar por igual sus principios y exigencias, pero no ya dentro de una relación de subordinación sino con la misma validez cívico-política (…) La prensa libre lleva la necesidad popular con su figura propia, sin pasar por ningún medio burocrático, hasta los umbrales del trono, hasta un poder frente al cual desaparece la diferencia entre administración y administrados y sólo hay ciudadanos más cercanos o más alejados.

Y es que, además, esta posición es defendida tras haber constatado, en un artículo del día anterior, algo imposible para una sensibilidad “liberal-burguesa” o de “libertad negativa” (véase nota 14), a saber, que no todos los viticultores tienen la misma capacidad para expresar públicamente sus intereses materiales e interactuar con el Estado:

Que el viñador que es a ojos vista pobre, no posee ni tiempo ni cultura para describir su propia situación, es decir, que el viñador pobre no puede hablar (…) Pero si incluso al viñador culto se le reprocha la falta de inteligencia oficial, ¿cómo habría de salir airoso ante ella el viñador pobre?

Es decir, que el ejercicio del derecho a la libertad de expresión no sólo depende de la ausencia de censura; que la libertad de prensa no se produce naturalmente mediante la no intervención del Estado, se necesita una ley de prensa que constituya esa libertad. El año anterior ya había escrito lo siguiente:

Muy lejos, pues, de que la ley de prensa sea una medida represiva contra la libertad de prensa (…) tendría que considerarse por contrario que la falta de una legislación de prensa es una exclusión de la libertad de prensa de la libertad jurídica, pues la libertad reconocida jurídicamente existe en el Estado en forma de ley. Las leyes no son medidas represivas contra la libertadUn código de leyes es la Biblia de la libertad de un pueblo. La ley de prensa es por lo tanto el reconocimiento legal de la libertad de prensa.

La tercera idea que hemos tratado de rescatar nos debe remitir a preguntarnos por cómo se materializa el sentido constitucional de nuestros derechos a la libre expresión y a la información. Aunque sean concebidos como “derechos civiles”, resulta excesivamente reduccionista pensarlos como “libertades negativas”, como simples espacios de no intervención del Estado. Nuestro interés por la libertad de expresión debe ir más allá de la crítica de la jurisprudencia censora. Poder rapear contra la monarquía y hacer chistes sin miedo es igual de importante para la libertad de expresión que una distribución equilibrada, no oligopólica, de las frecuencias de televisión y radio, o que un control público de la fibra óptica y las antenas que nos dan acceso a internet. Las leyes de prensa son imprescindibles para constituir la posibilidad de una prensa libre. Este joven Marx pudo saber que las amenazas a la libertad de expresión no solo provienen del Estado –de las leyes de censura prusianas, o de una Audiencia Nacional retrógrada–:

La prensa francesa no es demasiado libre, sino que no es suficientemente libre. No está sometida a ninguna censura espiritual, pero sí a una censura material: las grandes fianzas monetarias. (…) La prensa francesa se concentra por ello en pocos puntos, y si la fuerza material tiene un efecto demoníaco cuando se concentra en pocos puntos, ¿cómo no habría de ocurrir lo mismo con la espiritual?

Nuestras libertades de expresión e información no sólo se la juegan ante el Código Penal; se la juegan también ante Google, cuando este mediatiza todo nuestro acceso a internet con sus algoritmos de búsqueda inescrutables; ante Facebook, cuando nuestra expresión es convertida en granjas de datos para comprar y vender y corromper procesos electorales; ante Twitter, cuando su modelo de negocio se basa en aprovechar la polarización social explotando sesgos cognitivos; ante las grandes proveedoras de internet, cuando cabildean por la mercantilización de infraestructuras básicas (el fin de lo que en EE.UU. se ha llamado la “neutralidad de la red”). Necesitamos, en definitiva, leyes de “libertad de prensa” que actualicen las intuiciones de este polímata bicentenario al que este año celebramos, y que las traigan a nuestro universo económico que, a pesar haber revolucionado la manera en la que nos expresamos, no ha podido cambiar las razones por las cuales aún lo queremos seguir haciendo.

Este texto es una versión castellana y parcialmente modificada de un artículo publicado por su autor en la revista Nous Horitzons, nº 218, que conmemora el bicentenario del nacimiento de Karl Marx.

Fuente: www.sinpermiso.info, 16-9-18

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