Terry Eagleton, topógrafo del ámbito cultural

Por Iñaki Urdanibia

El pensador británico continua estableciendo su singular cartografía del continente-cultura.

Por Iñaki Urdanibia

No pocas veces se usa la palabra “cultura” como sinónimo de cosa positiva per se, escapando de que hay culturas y culturas, unas positivas y otras negativas, y las más, todavía, uniendo aspectos de ambos polos valorativos; no parece baladí aquella afirmación de Walter Benjamin, en sus Tesis sobre la historia, de que todo documento de cultura es al tiempo un documento de barbarie ( « ¡ Cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las “cosas buenas “ ¡» exclamaba Nietzsche ). No puedo evitar, por siempre asociación de memoria, recordar algunas sagaces puntualizaciones al respecto del bilbaíno Jesús Mosterín tanto en un libro dedicado específicamente a la cuestión ( Filosofía de la cultura, Alianza, 1994; más tarde ha vuelto sobre el tema en otros libros) como en su cerrada, y acertada, defensa de los toros, y contra su matanza espectacular, allá deja meridianamente claro que hay tradiciones y culturas que no por ser tales son dignas de aplauso: es decir, hay algunas que sí y otras que no.

Pues bien, el profesor británico , crítico literario y brillante ensayista Terry Eagleton (http://2014.kaosenlared.net/kaos-tv/26824-terry-eagleton-marxismo-y-cristianismo# ) se acerca en su último libro publicado por acá a la cuestión, y cerca la cuestión por todas las esquinas, como llevando el tema abordado contra las cuerdas. Su « Cultura » ( Taurus, 2017) se inicia con un capítulo en el que el ensayista se dedica a delimitar conceptualmente el término que le ocupa, poniéndolo en contraste , y oposición, con el de naturaleza , el de civilización y el de barbarie. En su rastreo deriva por las diferentes acepciones que se otorgan a la cultura: corpus de obras intelectuales y artísticas, proceso de desarrollo espiritual e intelectual, valores, costumbres y prácticas simbólicas en las que se desenvuelves los humanos, o una forma de vida en su conjunto; mostrando las insuficiencias y los aciertos de cada una de estas aproximaciones. Diferencia igualmente el carácter descriptivo y normativo de los términos en cuestión apoyándose para ello en Burke, Herder, Eliot y su admirado Raymond Williams, lo que supone que –como antes apuntaba- no se da per se un valoración al usar el término, ya que pueden darse casos en los que seres francamente cultivados sean una verdadera ruina en el terreno de la moral. Sino que en cantidad de ocasiones la palabra no sirve más que para describir / designar unas costumbres o formas de vida determinadas.

El siguiente paso que da Eagleton es un severo ajuste de cuentas con el denominado, con meridiana imprecisión, posmodernismo, del que despelleja algunos de los conceptos por este reivindicado(diversidad, pluralidad, hibridez e inclusividad) para unir el combate con una decidida lucha contra el relativismo cultural. He de señalar que en este caso, Eagleton usa , a mi modo de ver, de manera excesiva y simplificadora las caricaturas y las posiciones llevadas al límite, haciendo de ese modo que sus demostraciones resulten más satisfactorias como no podían ser de otro modo teniendo en cuenta el uso de los mecanismos recién nombrados; ciertos pensadores a los que incluye bajo tal etiqueta no pueden desde luego ser tachados de conformistas y menos mercantilistas e insolidarios ( por ejemplo quienes se centran en lo cultural studies , y afines, que son descalificados – identificándolos con lo political correctness tal cual- con argumentaciones falaces y amalgamadoras ad nauseam que ignorar los matices y las diferencias, precisamente) . Los ejemplos traídos a colación y las posturas con las que él retrata a los criticados, haciendo que pasen por suyas, son algo extremas, y, me atrevería a decir, hasta tramposas en su obviedad ( por ejemplo , la unanimidad y el consenso que se han de mantener ante ciertos comportamientos aberrantes) que hacen olfatear ciertos aromas habermasianos ( frente a los diferendos defendidos por los Lyotard y hasta por el último franfortiano: Axel Honnet), ya que si se retrata a los criticados con un abarcante todo-vale, como es normal es fácil lograr el acuerdo con las críticas que el plantea; mas en este como en otros muchos terrenos, por no decir en todos los del mundo mundial, los matices son importantes y simplificar viene a suponer mentir; es claro que la diversidad y la multiplicidad no son valores en sí mismos, lo cual no quiere decir que no hayan de respetarse – y si es caso defenderse- los derechos de la diferencia. Cierto es que hay casos de relativismo excesivo que conducen a los lares de la indistinción, más también hay ciertas posturas que postulan cierto relativismo -como antídoto al etnocentrismo ambiente- al que podríamos calificar, como al clave de Bach, de bien temperado; del mismo modo que él se muestra ordenancista bien temperado frente a los discursos filosóficos y artísticos que se mueven en el caos, o cerca.

Tras unas variaciones sobre la cultura entendida como inconsciente social, y después de un encendido elogio de la visión sobre estos asuntos del apóstol de la cultura, Oscar Wilde, que transformaba, estetizando, el arte en la construcción de uno mismo ( resuenan algunos aires de familia, por mera asociación, con el helenismo o su recuperación foucaultiana), pasa a criticar con dureza la banalización y mercantilización de la cultura que se da en estos tiempos en los que se tienen claras tendencias a considerar que todo es cultura lo cual conduce directamente a su contrario a nada es cultura, o cualquier expresión que se presente bajo tal rótulo es válido [ se mueve Eagleton por la vía de en medio, ya que hace poco criticaba con fuerza la postura elitista del ilustre Mario Vargas Llosa expuesta en una obra reciente…obra que continua la senda que hace unos añitos ya abriese Alain Finkielkraut con su Derrota del pensamiento].

Si líneas más arriba nombraba algunos de los autores que sirven de ayuda al ensayista para su exploración, me quedo corto, ya que las referencias y nombres propios asoman por doquier( además del motivo irlandés –Swift, Burke y Wilde- , Mill , Schiller, Ruskin, Morris, Lawrence,Marx, Rousseau, Kant, Freud, Wittgenstein, o su amigo Zizek y muchos más, que se codean con/en los certeros ejemplos teñidos de afilados toques de humor que rebosan en la clara prosa del británico [ dicho sea al pasar que los encuentros entre Eagleton y su el esloveno tienen que ser a carcajada limpia ya que ambos adornan su exposición de ideas con ocurrente ocurrencias]. Otras de las marcas de la casa son el entrecruzamiento de fuentes literarias, filosóficas, antropológicas, que se introducen con una apabullante normalidad y sencillez alejada de cualquier forma de engolamiento académico.

No se mueve , no obstante, Eagleton por pagos lejanos a la actualidad, sino que sus apreciaciones están absolutamente contextualizadas con lo que el tema estudiado queda netamente ubicado en su relación con aspectos como el colonialismo, el nacionalismo y la decadencia de la religión ( será eso lo que le conduce a penetrar en la exploración del nebuloso mundo de la teología; no lo hace, conste, en esta ocasión).

Es indudable y no es nuevo , ahí están sus obras anteriores, publicadas por aquí el año pasado: « Cómo leer literatura» ( Península) y « Esperanza sin optimismo » ( Taurus), que el profesor enseñe deleitando, ofreciendo verdaderas guías para moverse por el archipiélago cultural por sus diferentes islotes que lo componen; mostrando numerosos caminos para la reflexión y , si es caso, para la profundización. Lo dicho es así, aunque no se esté de acuerdo con todos y cada uno de los argumentos que emplea, lo que hace que su lectura siempre resulte de interés al suministrar – reitero- pistas e ideas que han de ser tenidas en cuenta para cualquier interesado en estos temas del quehacer humano y que conserve cierto interés en defender la cultura, cierta, como una arma cargada de futuro de emancipación.

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