Publicado en: 26 Julio, 2015

“Sin izquierda, ¿qué nos queda?”: Pues ese lugar “antaño llamado izquierda”

Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado

“Sin izquierda, ¿qué nos queda?”, se pregunta el profesor Marcos Roitman Rosenmann en un artículo publicado recientemente en el diario mexicano La Jornada. Como se puede suponer, el texto es una dura crítica contra esas nuevas estrategias políticas, impulsadas desde nuevos partidos políticos como PODEMOS, que tratan de evitar a toda costa ser catalogadas como “izquierda”. “El triunfo […]

“Sin izquierda, ¿qué nos queda?”, se pregunta el profesor Marcos Roitman Rosenmann en un artículo publicado recientemente en el diario mexicano La Jornada. Como se puede suponer, el texto es una dura crítica contra esas nuevas estrategias políticas, impulsadas desde nuevos partidos políticos como PODEMOS, que tratan de evitar a toda costa ser catalogadas como “izquierda”. “El triunfo cultural del neoliberalismo consiste en defenestrar a la izquierda en pro de un vacío ideológico que no cuestione la economía de mercado. Los partidos emergentes son sus mejores representantes“, afirma el profesor, tras previamente haberse preguntado y, en el propio artículo, respondido, “¿Cómo hemos llegado a tal nivel de mediocridad teórica y analítica?“.

El planteamiento del profesor para explicar tal hecho es, en global, no obstante, acertado: el neoliberalismo se ha impuesto en el mundo como sistema político-económico dominante y como sistema de pensamiento. Con ello la izquierda quedó arrinconada y emergieron las voces que, en el mejor de los casos, la niegan como ideología que las representa, y, en el peor, la dan por muerta y por enterrada en la historia. Todo muy lúcido y correcto a lo largo de prácticamente todo el artículo y sus argumentos, salvo por un detalle: que habla de la izquierda y de la realidad actual de una izquierda a la que se está dejando morir entre todos, pero se olvida de aquellos y aquellas a los que la izquierda tiene que convencer para que la izquierda siga siendo algo en la historia: el pueblo, la gente, las clases populares, las clases trabajadoras, las clases subalternas, el proletariado, o como se le quiera llamar.

El discurso del profesor Roitman Rosenmann, eso no se puede negar, es un discurso excelente para reafirmar a los ya convencidos previamente en sus ideas de izquierdas, esto es, un discurso y un razonamiento excelente para un público de consumo interno, motivador en sus formas, argumentos y conclusiones para quienes ya vemos y vivimos el mundo desde los valores y las prácticas tradicionales de la izquierda, desde la militancia de izquierdas en el sentido tradicional, todo un subidón de moral para quienes nos seguimos emocionando con los símbolos y la fraseología de la izquierda revolucionaria tradicional. Un excelente artículo para llamar a “filas” a todos esos y esas que decimos orgullosamente “somos de izquierdas”, pero ¿lo es también para convencer más allá de ese espacio?. Lo dudo mucho.

Si lo que el artículo nos quiere hacer ver es que el capitalismo tiene entre sus objetivos centrales derrotar y desmontar ideológicamente a la izquierda, creo que llega demasiado tarde: a) es una verdad innegable aunque sobradamente conocida ya por cualquier persona de izquierdas, que poco o nada aporta al pensamiento de la izquierda actual, y b) aunque nos cueste aceptarlo, la realidad es que, de facto, ya lo ha conseguido en casi la totalidad del mundo (a excepción de muchos países de América Latina y algunas zonas de Asia). Por lo que si quiere acusar de complicidad con esa estrategia a esos “nuevos partidos emergentes” de los que habla, solo desde el desconocimiento del mundo en el que vivimos se podría sostener tal argumento. La izquierda ya estaba así de acosada y derrotada antes de que ellos emergieran en el escenario político e, incluso, es precisamente por ello, por ese acoso y esa derrota sufrida en las últimas décadas, que han tenido la posibilidad de emerger tales nuevos partidos, ante el vacío que la izquierda clásica había dejado socialmente y la activación de nuevas demandas sociales en la órbita social de proximidad, histórica y tradicional, a esa izquierda clásica en retroceso y derrotada.

Más que preguntarnos, pues, eso de “sin izquierda, ¿qué nos queda?“, deberíamos mejor preguntarnos, viendo cómo está el panorama político e ideológico actual y siendo honestos con nosotros mismos, algo así como ¿en la izquierda qué nos queda? o ¿a la izquierda qué le queda? Porque la verdad es que en la izquierda nos queda ya poco apoyo social  -y mucha menos militancia, que es lo peor- y a la izquierda, en general, casi que ya solo le queda hablar de sí misma y para sí misma recordándose continuamente lo maravillosa que es, las muchas batallas que ha sido capaz de dar -e incluso de ganar- en el pasado al capitalismo y, por supuesto, lo muy altamente necesaria que se hace su existencia en la vida política y social actual, porque más de eso parece que es incapaz de hacer sin ser consumida por su propia realidad en el intento. O, todavía mejor, preguntarnos ¿qué lugar ocupa la izquierda hoy en la realidad ideológica del mundo y, sobre todo, en el pensamiento de las personas que viven en el mundo capitalista?

Lo dice el propio artículo. “La razón neoliberal impuso su narrativa, su lenguaje, sus íconos y sus mitos (…) Las mentes se acoplaron a los nuevos retos del neoliberalismo. El individuo exaltado y elevado a la condición de dios no tendrá límites, su poder es ahora infinito. Para ello debe sentirse dueño de sí mismo: en una palabra, empoderarse. Pero, no para configurar un proyecto colectivo como lo entendía Paulo Freire, tomar conciencia de la pedagogía del oprimido“. Esto es, el consumismo y el neoliberalismo han conquistado el mundo, y, más importante, han colonizado las mentes de las personas. ¿Alguien se atrevería a negarlo? Estoy tan de acuerdo con ese razonamiento que, por pura lógica, solo me cabe preguntar: ¿es realmente posible creer que tal realidad no tenga ninguna consecuencia política e ideológica para la izquierda en su manera de concebirse a sí misma? Porque tiene poco sentido elaborar un diagnóstico tan certero del mundo actual y luego pensar que podrán ser las mismas recetas clásicas de la izquierda, a las que ese mundo se ha llevado por delante, las que podrán hacer variar la situación.

La mayoría de las personas que forman parte de las clases oprimidas de la sociedad, para salir de su situación actual -en muchos casos marcada por el desempleo, el hambre, la pobreza, la falta de expectativas de futuro, etc.), no sueña con la revolución, como era propio del pensamiento de izquierdas, sueña con que le toque la lotería, con que le salga un hijo futbolista que lo haga millonario o con ganar Gran Hermano y hacerse famoso/a para ser lo más rico posible, esa es la realidad, mal que nos pese. Los valores sociales dominantes, aquellos por los que la mayoría de personas mueven sus vidas, son un espacio vetado para la izquierda tradicional. Lo que promueve el capitalismo, y la gente ha convertido, a través de sí mismos, en una forma de vida, es justamente lo contrario que define a la izquierda en sus valores y su razón de ser: el individualismo frente a lo comunitario, el egoísmo frente a la solidaridad, la competencia social como “deporte” de masas frente a la cooperación mutua, el triunfo de la estética moral frente a la ética, la lógica de las apariencias frente a la integridad de la persona por el simple hecho de ser persona, el triunfo del “tener” frente a la puesta en valor del “ser”, etc. No digo nada nuevo que no conozcamos de sobra ya entre quienes nos consideramos de izquierdas ¿verdad?. ¿Cabe pensar, entonces, que la izquierda puede luchar contra todo ello, para convertirse en un proyecto político de masas, sin reinventarse a sí misma?, ¿sin tener la capacidad de adaptarse y/o reiniciarse ideológicamente, incluso negándose a sí misma, si es necesario, como San Pedro negó a Jesucristo, en ese escenario tan propio de nuestras sociedades capitalistas y consumistas europeas?, ¿realmente es posible?

La privatización de la existencia que es hoy en día santo y seña de nuestras sociedades, según la definición que de tal concepto nos da Castoriadis, es decir, el repliegue de las personas a su ámbito privado y su olvido de lo público, la vida entendida como defensa de los intereses particulares de cada cual en relación a los valores que son propios del sistema dominante y desprendida de la lucha por la defensa de los valores comunes en el espacio de la res-pública, no solo ha conseguido hegemonizar el dominio político y económico del capitalismo, sino, de forma necesariamente colateral, ha derrotado a la izquierda y su pensamiento clásico. Es imposible que el pensamiento de la izquierda tradicional pueda germinar sobre un terreno así, tan fértil para el capitalismo y tan inerte para los valores tradicionales de la izquierda. No podemos sembrar patatas en el desierto y esperar, con un plato en la mano y saliva en la boca a causa de estar imaginando tales patatas en tal plato, a que crezcan para comerlas. No crecerán y nos matará el hambre. Por más veces que lo intentemos, no crecerán.

Si queremos, pues, recuperar esa izquierda a la que muchos estamos orgullosos de pertenecer, no podemos obviar tal situación. La izquierda revolucionaria clásica no tiene espacio en la cabeza de la inmensa mayoría de la gente “común”, ni del trabajador común, eso es un hecho, se podrá negar, pero es un hecho. Simplemente ha sido derrotada y hay que reconstruirla para poder empezar una nueva “batalla de las ideas” que nos devuelva la esperanza de la victoria, pero eso no se hará, en ningún caso, mediante la negación de lo obvio: que hemos perdido la capacidad de convencer y de seducir, que nos han expulsado más allá de los márgenes de lo “aceptable”, que estamos condenados a fracasar una y mil veces si no somos capaces de salir de aquel espacio socio-cultural e ideológico en el que el sistema nos ha ubicado.

La izquierda clásica, con su discurso clásico, sus símbolos clásicos y su lenguaje clásico, ha sido expulsada “más allá de los márgenes” del sistema, del “sentido común” de la gente y choca de manera radical con la forma mayoritaria que los trabajadores/as de hoy tienen de ver la realidad social, el mundo y sus propias vidas. No es que se haya perdido la “conciencia de clase”, es que la única conciencia que las clases populares son capaces de reconocer como “normalizada”, como portadora de la defensa de sus intereses individuales, es la “conciencia del enemigo”, la “conciencia burguesa”. Eso no lo vamos a cambiar solo con decirnos a nosotros mismos que los trabajadores/trabajadoras han sido engañados y que debemos despertarlos de su engaño, que puede ser verdad en parte, sino, en todo caso, asumiendo que el problema principal que se deriva de ello es que sobre la base de ese “engaño” han construido toda su vida y eso ha arrasado al pensamiento de izquierdas y lo ha arrastrado hacia una marginalidad ideológica que nos limita y nos condiciona en nuestra capacidad para poder llegar, precisamente, a la mente de esas personas y “sacarlas de su engaño”, creando en ellas conciencia de clase o como se le quiera llamar. Es, sencillamente, la hegemonía cultural del capitalismo llevada a su máxima expresión como camino de sentido para la vida de las personas. Un duro rival con el que luchar, sobre todo cuando dentro de ese “sentido” la izquierda revolucionaria es vista como un enemigo “natural”. El capitalismo se ha convertido para las mayorías sociales de la sociedad en la que vivimos en una religión de masas y la izquierda revolucionaria, en consecuencia, en una perversa herejía que crea pavor en la mente y la vida de las personas solo con oírla citar como mera posibilidad de alternativa al sistema actual.

Es nuestro deber, no obstante, seguir haciendo política y análisis políticos desde fuera de esos márgenes ideológicos y materiales que el propio sistema capitalista ha impuesto, para cerrarse sobre sí mismo, como “norma de sentido” para la vida de las personas y como tablero de “juego político”, pero si lo hacemos solo para lo que está igualmente fuera de esos márgenes (es decir, para nosotros y los que ya piensan como nosotros), sencillamente estaremos confirmando nuestra derrota histórica definitiva, aunque creamos que hacemos lo contrario. Nos ha tocado vivir un periodo jodido de la historia para la izquierda, sobre todo en Europa, y es lo que hay. Tenemos la opción de aceptarlo o no, libres somos, pero eso no cambiará la realidad: la izquierda clásica no tiene un espacio revolucionario real en una sociedad consumista-capitalista como la nuestra, todo lo más un espacio residual perfectamente asimilado y asumido por el sistema. La izquierda no es una moda que se “lleve” o “no se lleve”, es una realidad política capaz de emocionar y movilizar a las mayorías sociales, o al menos de tener perspectivas reales de hacerlo, o no lo es. Y ahora mismo, por desgracia, en Europa, no lo es, siquiera como perspectiva.

Si se quiere llegar al gobierno por las urnas, sobre la base del voto de esas mayorías sociales cuya forma de ver el mundo es, por definición, anti izquierda clásica, no nos queda otra que asumir que a la inmensa mayoría de la gente que nos rodea y a la que necesitamos para ser mayoría social, no la vas a convencer con el mismo discurso, los mismos símbolos y las mismas estrategias políticas que han aprendido a ver, que le han enseñado a ver desde los medios de comunicación y demás elementos de socialización de masas del sistema, como contrarias a sus propios intereses personales. Bien sabemos que llegar al gobierno no es llegar al poder, pero también es evidente que sin llegar al gobierno no hay manera posible de avanzar en la conquista de los objetivos políticos de la izquierda. Así que si queremos avanzar hacia esos objetivos es necesario convencer a esas mayorías sociales -que tienen la “costumbre” de votar cada cuatro años y creer que es así como participan y toman sus propias decisiones políticas-, y eso no se hará apelando al discurso, los símbolos y las proclamas anti-capitalistas propias de la izquierda tradicional.

Y que no se me malentienda: ¿eso implica renunciar a los valores, las ideas, y los principios básicos de la izquierda?, ¿al anti-capitalismo? ¡No! Eso implica tener la capacidad de que todos esos valores, que son, han sido y serán propios de la izquierda, puedan abrirse paso entre las mayorías sociales, valores que son, por definición, anticapitalistas -pues sobre la base de la generalización de tales valores es imposible el funcionamiento normal del capitalismo y sería imposible su mantenimiento durante mucho tiempo-,  y esa posibilidad tiene que ver con la práctica política y la coherencia, con los hechos políticos consumados y con la capacidad de convencer, movilizar y emocionar a través de ellos, no con las etiquetas ni con los símbolos ni con las banderas históricas de la izquierda.

El problema, pues, no es que haya quien no se quiera llamar de izquierdas, el problema es que los que se llaman de izquierdas, o aquellos a los que la gente identifica, de una manera o de otra, con la izquierda, no estén a la altura de lo que de ellos se pueda esperar políticamente, precisamente por su relación con los valores que son, han sido y serán propios de la izquierda. Como siempre, el problema no son las etiquetas ni los símbolos, son las prácticas. No es la teoría, es la praxis. Y ahí da igual si uno se dice de izquierdas o no, si se da más o menos golpes en el pecho diciendo más o menos alto si es mucho de izquierdas, poco de izquierdas o nada de izquierdas, porque, en el fondo, en nuestros respectivos estados capitalistas-consumistas, tampoco hablamos de hacer la revolución armada y tomar al asalto el Palacio de Invierno al caer las primeras horas de la mañana, sino de ganar elecciones y, simultáneamente, de construir movimientos sociales y populares, amplios y fuertes, capaces de, llegado el caso, sostener a sus gobiernos en el poder frente a los desafíos de las derechas (como en América Latina).

Por tanto, volvamos al principio y a la pregunta del profesor Roitman Rosenmann: “sin la izquierda ¿qué nos queda?” Y respondamos: nos queda ese lugar al que muy acertadamente Juan Carlos Monedero está definiendo como “antaño llamado izquierda“, lugar desde el que debemos partir necesariamente, de sus valores y sus luchas, de su memoria histórica y sus utopías, de sus logros históricos y sus derrotas históricas, de la sangre derramada en su nombre para poder conquistar muchos de los logros que hoy tenemos y que el capitalismo nos quiere arrebatar de nuevo, de sus organizaciones entendidas como organizaciones de masas capaces a lo largo del último siglo y medio de movilizar pueblos y de sus bases sociales ya presentes -y las que puedan surgir-, para ser capaces de reconstruirlo, con inteligencia, generosidad y, sobre todo, prácticas políticas coherentes y acordes a tales valores y tales luchas históricas, hasta que ese nuevo espacio, guiado por nuestras propias acciones y prácticas políticas y sociales, pueda ser capaz de ocupar, en el nuevo escenario post-1989, exactamente el mismo espacio (o uno asimilable), y tener exactamente las mismas pretensiones de cambio social, que antaño ha tenido la izquierda clásica.

Aglutinar en torno a él, sobre él, las diversas demandas y reivindicaciones, vinculadas con la justicia social, la democratización de la economía y la defensa de los servicios públicos y los intereses comunes de las clases no dirigentes, que se están haciendo presentes desde diversos ámbitos en la sociedad consumista/capitalista actual. Hacer de ello partícipe a todo y toda aquel/la que se sienta identificado/a con algunas de tales premisas políticas e ideológicas, convertirlo/a en partícipe del cambio, demostrarle con hechos, y no con las inertes palabras ya enterradas por la historia sucia de la política, que hay un espacio para que puedan ser actores/actrices directos/as del cambio. Construir desde tales espacios proyectos colectivos, capaces de poner en común los problemas y dolores de la gente, que aglutinen personas y no ideologías predeterminadas que sabemos que las mayorías rechazan de manera acrítica e irracional, que muevan ilusiones, deseos y anhelos de cambio y no enfrentamientos partidistas ni disputas por el poder y los sillones para interés particular, que más que sumar multipliquen voluntades de cambio, que hagan posible, realmente, que ese lugar antaño llamado izquierda se convierta en un verdadero lugar de encuentro para los “de abajo” (proletarios, desempleados, precarios, estudiantes, amas de casa, inmigrantes sin papeles, funcionarios, profesionales liberales, hijos e hijas de los obreros que residen en los barrios marginales de nuestras ciudades, jornaleros de los campos, y todo aquel que sienta en carne las nefastas consecuencias del capitalismo), capaz de constituirse, con ello, en un espacio para impulsar el cambio social; no solo para ensanchar los márgenes del sistema y caber dentro de él, sino para cambiar el sistema por otro más justo, solidario y humanitario. Para que eso sea posible en algún momento es necesaria contar con el apoyo de las mayorías sociales, no hay más.

No se lo pongamos, pues, tan fácil al “enemigo”, volviendo una y otra vez a reivindicar lo que ya ha sido derrotado por tal enemigo y que se muestra ante nuestros ojos, cada día, como derrotado. No seamos suicidas, nos estamos jugando el futuro varias generaciones y puede que el futuro mismo del planeta. Juguemos con sus reglas (no nos queda más remedio), juguemos en sus campos y en sus tableros, pero no juguemos a su juego en el cual ya estamos derrotados antes de empezar el juego. Gramsci-Lenin-Gramsci, que diría García Linera. Asumamos que el “sentido común” está en manos del “enemigo”, luchemos por modificarlo o, cuando menos, llevarlo hacia posiciones más favorables a nuestros intereses políticos, tratar igualmente de convertir eso, en cuanto se pueda, en fuerza electoral y, con tal fuerza, golpear hasta derrotar en las urnas al “enemigo” y sacarlo del gobierno, para volver entonces, desde ese escenario, a construir hegemonía cultural que nos permita revalorizar lo que tal enemigo había derrotado en el pasado: los valores tradicionales de la izquierda y su influencia masiva en la vida de las personas. 

Debemos tener capacidad táctica para analizar la situación presente, planificar los movimientos a seguir con la vista puesta no el siguiente movimiento sino en el conjunto de la partida, saber detectar así las contradicciones vivientes del adversario y aprovecharlas para debilitarlo, pero con capacidad también de golpear con fuerza cuando sea necesario y, sobre todo, saber poner en marcha una estrategia capaz de maximizar nuestras ganancias políticas dado el conocimiento que ya tenemos de las estrategias políticas que ponen en liza los otros actores políticos a los que debemos enfrentarnos (y las que creamos que pueda usar en un futuro). Ese es el modelo a seguir, el modelo que han usado en América Latina desde el “Caracazo” en adelante. Una suma de ajedrez, boxeo y teoría de juegos.

A este sistema criminal, desde nuestra actual situación de evidente debilidad y falta de apoyos sociales masivos, no podremos golpearlo si primero no hemos movido correctamente nuestras piezas para posicionarlas correctamente de cara al futuro y las próximas batallas, políticas e ideológicas, que están por venir, y, a su vez, de nada servirá hacer pequeños buenos movimientos en ese sentido si no nos sirven luego para poder golpearlo en algún momento por no haber elaborado una correcta estrategia de largo plazo sobre la base de las propias estrategias conocidas que el sistema pone en juego cotidianamente. Y el sistema ha puesto en juego, nos guste más o nos guste menos, su carta de la derrota de la izquierda, es decir, el saber que la mayoría de la gente sitúa fuera de la “normalidad democrática” todo lo que tenga que ver con la izquierda revolucionaria clásica, y que en sus propias formas de vida los valores de la izquierda apenas tienen cabida. Respondamos, pues, sabiendo que el enemigo maneja esa carta entre sus manos y adelantémonos a los movimientos que sobre la misma hará para atacarnos y para defenderse.

Sin olvidar nunca, claro está, que esto de la “izquierda” va de hacer política, de poner en jaque al adversario político y de arrinconar al sistema en cuanto se pueda con una u otra forma de acción revolucionaria constante y sostenida en el tiempo, capaz de adaptarse a los desafíos del sistema, es decir, de cambiar la sociedad, no de darnos golpes en el pecho jurando y perjurado que somos de izquierdas, más de izquierdas que nadie, mientras el capitalismo nos pasa por encima sin la menor compasión y nos deja hasta sin un futuro para la izquierda. Que es precisamente lo está pasando desde hacer varias décadas en Europa y nosotros hemos apenas ahora empezado a enterarnos.

1 Comentario
  1. Redminder dice:

    Qué manía con confundir crisis del PCE-IU con crisis de la izquierda… ¿Solución? Marxismo-leninismo. El revisionismo ha demostrado su total incapacidad de llevar al pueblo al socialismo.

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