Puntos de fuga en la cultura obrera

Por Miquel Amorós

Reflexión sobre el genocidio cultural del proletariado en la presentación del libro
“Los Incontrolados de 1937. memorias militantes de Los Amigos de Durruti”

 Por Miquel Amorós

Puntos de fuga en la cultura obrera

Para entender el peso de la Agrupación de los Amigos de Durruti en la guerra revolucionaria española hay que situarla en un contexto de contrarrevolución rampante que planteó una disyuntiva radical a diversos militantes anarcosindicalistas de dilatada experiencia y valor probado. O obedecer a los comités dirigentes de su organización, que ordenaban no responder a las agresiones, o enfrentarse abiertamente con las fuerzas contrarrevolucionarias. Partiendo de la determinación revolucionaria y de la calidad humana de aquellos luchadores proletarios, puede dilucidarse con facilidad la materia de la última revolución obrera, la que va del 19 de julio de 1936 al 8 de mayo de 1937. Nos hemos limitado a nueve biografías, a las que se podría añadir otras -las de Jaime Balius y Joaquín Pérez Navarro, ya publicadas- sin agotar el filón. La CNT y el anarquismo fueron una cantera inigualable de individualidades totalmente entregadas a la causa de la libertad y la justicia social –la causa del proletariado- a las que sus enemigos llamaron “incontrolados”. El sambenito fue un homenaje involuntario que la contrarrevolución rendía a aquellos revolucionarios fuera del control institucional burgués y estalinista. Si la historia se torció, no fue por su culpa. Todas las fuerzas antihistóricas conspiraron para que así fuera, desde el conglomerado fascista hasta la argamasa republicana. La burguesía jugó todas sus bazas para ganar in extremis. La publicación de este modesto libro demuestra que esa victoria no fue total.

En otros tiempos, creíamos que la revelación de la verdad oculta en las derrotas causaría suficiente impacto como para orientar la acción revolucionaria, apartando a sus agentes de los callejones sin salida de la historia. El pasado, suponíamos que contenía todas las enseñanzas necesarias para resolver las encrucijadas del presente. Ahora, la publicación de un libro dentro de una sociedad que vive en presente perpetuo tiene que resultar por fuerza algo anacrónico, fuera de lugar. El conocer la verdad del pasado no tiene ningún efecto en la acción cotidiana. No refuerza los valores de una comunidad potencialmente revolucionaria, ni incrementa la capacidad crítica de los lectores activos. En una sociedad sin conciencia del tiempo y sin memoria, el pasado no existe, y no resurge sino como objeto arqueológico o como efemérides espectacular tipo “octogésimo aniversario de la guerra civil”, siendo su lugar habitual la universidad, el museo o los suplementos culturales de la prensa oficial, espacios donde su poder subversivo, de conservarse, es inoperante. Estas biografías estarían destinadas a los herederos de los legendarios Amigos de Durruti, pero ¿tales herederos existen?

Las sociedades tradicionales trasmiten su legado oralmente de unas generaciones a otras. Los jóvenes aprenden de los mayores; no hay ruptura generacional. Son sociedades estáticas: el futuro de la juventud sigue los cauces del pasado y transita por el camino de la generación anterior. Los vínculos familiares y territoriales son muy fuertes. La memoria, de la que son depositarios los ancianos, juega un papel importante en la conservación de los hábitos sociales y la preservación de la identidad, y por lo tanto, es elemental en la reproducción continua de la sociedad. La aparición de las sociedades históricas, basadas en el cambio constante, la acumulación de conocimientos, el comercio y la escritura, introduce factores de disolución circunscritos en principio a las ciudades. Son sociedades dinámicas con vínculos debilitados e identidades lábiles, en las que la memoria desempeña un papel secundario frente a la novedad. El recuerdo resulta de poca utilidad, cuando la tiene. No obstante, la mayoría de la población permaneció al margen de aquel dinamismo nihilista, ya que vivió en el campo y mantuvo estilos tradicionales que no fueron eliminados hasta la consolidación del capitalismo en el mundo rural. En la sociedad plenamente capitalista los jóvenes aprenden de sí mismos siguiendo pautas universales consumistas transmitidas por los medios de comunicación de masas, no de sus progenitores: su futuro depende de un presente cortado de la experiencia de las generaciones pretéritas, mucho menos alteradas por las tecnologías, ya que se forjaron en gran parte al margen de los condicionantes capitalistas. La producción turbocapitalista ha impuesto un modo de vida industrializado, una nueva cultura narcisista con unos valores pragmáticos y hedonistas sin relación alguna con los que imperaban en los medios obreros antes de que el consumo generalizado los evangelizara.

En las primeras etapas del capitalismo, al disolverse las formas tradicionales de vida, se creó un mundo aparte con características propias, una sociedad dentro de otra constituida por los desheredados, los parias, los desarraigados expulsados del campo o de los talleres gremiales; en suma, por los trabajadores. El mundo proletario, basado en la célula familiar, cuyo único vinculo con la sociedad industrial que lo englobaba era el trabajo, desarrolló rasgos comunitarios que le confirieron una identidad particular, estable, una identidad de clase, una cultura específica. En cierto modo hubo una tradición obrera que articulaba la sociedad del trabajo y poseía valores propios permanentes: la necesidad de asociarse, la idea federativa, el afán por instruirse, la solidaridad, la dignidad del oficio, el porvenir de los hijos, el orgullo de clase, el internacionalismo, la revolución social… Las autobiografías militantes que se han escrito reflejan a la perfección esa mentalidad. Pensemos por ejemplo en las memorias y recuerdos de Pierre Joseph Proudhon, Gustave Lefrançais, James Guillaume, Anselmo Lorenzo, Nestor Makhno, Emma Goldman, Victor Serge, Manuel Pérez, José Peirats, etc., retratos valiosos de vidas rebeldes al servicio de la causa obrera.

La sociedad proletaria estaba en conflicto permanente con la sociedad burguesa, por lo que la experiencia de las luchas pasadas contaba mucho, y por consiguiente, quienes las habían protagonizado tenían en ella un peso considerable. Era una sociedad de estatus. El futuro de la clase se asentaba en la memoria de los combates del pasado y también en la de quienes se habían destacado en ellos, que eran populares y gozaban de gran autoridad moral. Puesta por escrito constituía la cultura obrera, una cultura de resistencia típicamente histórica, es decir, que encontraba su sentido y su ser en la historia, puesto que llevaba en sus entrañas la victoria final, pero también una cultura tradicional, asentada en unos valores colectivos bien arraigados, resistentes al paso del tiempo. Los hijos repetían a sus padres hasta en el vestido, sucediéndolos en un escenario social estable. Paradójicamente, su sentido y su ser también dependían de la costumbre invariable propia de la clase. La historia de los trabajadores, que es la historia de sus luchas, a pesar de ser la historia de un colectivo, tenía nombres y apellidos. Estos correspondían a personas que encarnaban la conducta y los valores que mejor podían representar a la clase, por lo que los trazos individuales no eran relevantes y se diluían con el tiempo. Tales fueron por ejemplo, en el estado español, Salvador Seguí, Francisco Maroto y Buenaventura Durruti, las tres últimas figuras míticas del proletariado ibérico (míticas no en el sentido soreliano). En ellas se reafirmaba la identidad obrera y se protegía del efecto corrosivo del devenir histórico determinado por el capitalismo.

El movimiento proletario y campesino español de influencia anarquista hizo mayor hincapié en el aspecto consuetudinario, puesto que no se oponía a un capitalismo desarrollado, sino a la existencia misma del capitalismo, todavía en pañales. La fe en el progreso no le afectó más que superficialmente, en forma de optimismo cientista, influencia burguesa de la que no supo librarse bien. Franz Borkenau señalaba en su libro “El Reñidero Español”, escrito durante la guerra civil española, que “lo que choca en la conciencia del movimiento obrero y campesino español no es la idea de un capitalismo que se perpetuaría indefinidamente, sino la aparición misma de ese capitalismo. Tal es para mí la clave de la posición privilegiada del anarquismo en España.” Las ideas de beneficio privado, cantidad, éxito, mecanización, utilitarismo, etc., propias de una civilización industrial, apenas habían penetrado en un medio autogobernado por principios como la solidaridad, la fraternidad, la amistad y la formación.

En las fases más avanzadas del capitalismo -aquellas en las que las derrotas seguidas de cambios incesantes, profundos, en su mayor parte tecnológicos, dinamitaron la sociedad obrera, integrándola en el mundo de la mercancía- el presente proletario rompe con su pasado, se separa, deja de identificarse con él. Con la familia obrera reducida a su mínima expresión nuclear, sentada ante la pantalla del televisor, el trabajador subsiste en tanto que individualidad consumidora, no como miembro del colectivo proletario. No extrae la norma del pasado, usurpado éste por burócratas sindicalistas y políticos, sino de la actualidad transmitida por la televisión, reproduciendo el proceder errático y consumista de sus modelos coetáneos de clase media, fieles a las consignas del espectáculo. La cultura obrera ha quedado disuelta en una cultura homogeneizada interclasista hecha a medida del capitalismo. Se ha producido un verdadero genocidio cultural, una erradicación de valores proletarios. La ruptura generacional tiene especiales consecuencias en una clase trabajadora en declive, ya que ésta acaba desconfigurada, vaciada, hecha un fantasma de sí misma. Es incapaz de resistir el menor embate, y aún menos, de asimilar los cambios sin salir perjudicada. Es clase en la superficie, pero su interior está desestructurado, licuado, colonizado. Sucede que los viejos proletarios no pueden trasmitir conocimientos y valores con los que afrontar la nueva situación en constante transformación, máxime si se dejaron llevar por el menor de los males y depositaron sus intereses en manos espurias. Su estilo de vida familiar, frugal, peatonal, austero y moralista, no es válido en un mundo de consumidores, utilitario, ansioso, entretenido, completamente motorizado, mercantilizado y masificado. Las reglas de la penuria no son las mismas que las de la abundancia de mercancías y espectáculos: lo que sirve contra el hambre, no sirve contra el hastío. Una cultura de clase compite en clara inferioridad de condiciones no contra una cultura burguesa, sino contra una industria cultural y una teatralización sindical y política omnipresentes. Así pues, la cultura obrera muere con la institucionalización de sus organizaciones y la generalización de la cultura de masas.

El pasado se extingue con el desvanecimiento de toda una generación de vencidos, porque los viejos obreros no pueden ofrecer modelos prácticos de comportamiento; hay que confeccionarlos partiendo de una realidad diferente, extremadamente móvil, sin anclajes. Las condiciones de los jóvenes asalariados de hoy son radicalmente distintas a las de las anteriores generaciones. Quienes educan a los hijos de los obreros son las instituciones públicas, no los padres, y aquellas trasmiten otro tipo de reglas desligado de la experiencia pasada y en consonancia con las necesidades reproductivas del capital determinadas por las nuevas tecnologías. La desconexión con el pasado empuja a buscar referencias de conducta en un presente colonizado por la mercancía y en condiciones de extremo aislamiento. El obrero jubilado es un extraño para el joven currante, y ambos no se toman en serio o incluso se miran mutuamente con desconfianza. El viejo no cuenta toda la verdad, lo que, en ausencia real de comunidad, exacerba todavía más la ruptura generacional, la pérdida de la memoria y, en consecuencia, la pérdida de identidad. Sin memoria ni pasado, no subsiste la conciencia de clase. El conflicto entre generaciones, el choque de mentalidades, impide un resurgir. La reafirmación abstracta y voluntarista de los viejos conceptos de la cultura obrera ya convertidos en tópicos, no resuelve la cuestión, sino que la ridiculiza.

Una característica típica de los movimientos sociales actuales es la escasa presencia de adultos y, por contra, la abundancia de adolescentes. Sería el ejemplo más palmario de la desvinculación con las luchas sociales anteriores, incluso con las relativamente recientes, pero también ejemplifican la tremenda sumisión y escepticismo de la gente entrada en años. Son guetos tolerados que suelen mantenerse dentro de los límites que les han sido asignados. Lo propio de estos movimientos es que partan de cero y que sucumban ante las burdas maniobras de siempre, puesto que por naturaleza carecen de experiencia y conocimientos históricos para verlas venir. Están vencidos de antemano, es más, a menudo su potencial de protesta es derivado directamente hacia la conservación renovada del sistema dominante, puesto que cuando abandonan su espacio característico y salen a la luz pública es para adoptar el punto de vista de la mayoría bovina y reproducir casi automáticamente sus valores, con tal de que modernicen su exterior. Las transformaciones sociales regresivas tienen su reflejo cultural, y las enseñanzas que extrae la juventud contestataria son fruto de la inmediatez y no van más allá del día a día. En su mayoría, no leen ni se informan. Ni aprenden, ni se quitan de encima la educación recibida: actúan sin pensar. En la etapa más tardía del capitalismo la cultura de masas se ha vuelto tan inestable que ni siquiera el presente es capaz de ofrecer modelos de conducta pasablemente duraderos. Las mudanzas se han acelerado tanto que la ruptura acontece dentro de una misma generación. El joven de hoy envejece en pocos años, el tiempo que tardan en cambiar sus convicciones. Sus historias pierden interés a pasos agigantados, al ritmo de las modas. Diez años son un abismo. Pasado, presente y futuro se concentran en un sólo instante. A partir de ahí no es que la experiencia sea intransmisible, es que no hay experiencia. Ni ruptura propiamente dicha (todas las generaciones son una), ni tampoco futuro, sólo objetivos a corto plazo. Así pues, la conducta se hace conformista y la política institucional, puesta de patitas en la calle, entra por la ventana. En este mundo no cabe más utopía que la capitalista.

La sociedad de consumo ha creado un entorno cada vez más extraño y hostil para las viejas generaciones; sin embargo, para las nuevas es el suyo y se sienten cómodas en él. Se parecen más a su época que a sus padres. No es que las generaciones predecesoras ya no sirvan de guías, es que, al ser el pasado incomunicable, no hay posibilidad de guía. No solamente las distintas generaciones siguen códigos diferentes y hablan lenguajes literalmente distintos, sino que así lo hacen los estratos de una misma generación. Los recién venidos no saben más que los demás, pero lo que aquellos saben no les interesa, porque ese saber no da la respuesta esperada a sus escasísimas preguntas. La experiencia no sirve, puesto que se ha forjado en circunstancias muy diferentes, antes del reinado absoluto de la mercancía y el establecimiento completo de su normativa cultural. Y entonces ¿para qué la memoria?. Pero esto tiene consecuencias: la desmemoria implica la desaparición del concepto de verdad. Al desligarse de la historia lo verdadero se relativiza; no está fundamentado en ninguna causa sólida ni determinado férreamente por una necesidad histórica, sino que depende exclusivamente de una opinión contingente, arbitraria y variable, deudora de las condiciones inmediatas del individuo que la expresa. Fin de las ideologías que legitimaban las grandes causas colectivas y dominio absoluto del individualismo pragmático, de la vida privada y del compromiso efímero. Y paradójicamente, reunificación generacional en el aislamiento neurótico y la ignorancia satisfecha. Los jóvenes son viejos sin quererlo; los viejos son impelidos a comportarse como jóvenes. Curiosamente, se produce una inversión de perspectiva: los jóvenes sirven de modelo a los adultos, menos duchos en los cambios. Esta situación no tiene parangón con ninguna otra; es enteramente nueva. Algunos la han llamado “modernidad líquida” y otros, “posmodernidad”. En un contexto posmoderno el pensamiento no ata, más bien se amontona en los bordes del camino vital asfaltado por la tecnología. Acompaña como decorado, no explica nada, es autorreferencial y por encima de todo, no influye. Más que líquida, la reflexión se vuelve gaseosa, como la realidad tremendamente fluida a la que se acopla. Su función no radica en su poder de captación de la época, en su capacidad de verdad, sino más bien en el poder de hacer ambas ininteligibles.

La eternización del presente no sólo desvaloriza la lucha pasada, sino que conlleva la volatilidad de los grupos sociales, fácilmente reducibles a montones de individuos agregados, cuyo único nexo es la imagen. Otro tanto ocurre con el sentimiento comunitario, sustituido por un enjambre de identidades desesperadas, verdaderamente patológicas en grado diverso, incapaces de contrarrestar de otra forma la sensación general de desarraigo. Sin embargo, el sistema no supera sus contradicciones más que para sumergirse en otras mayores. Con la supresión de la memoria y la enajenación del yo, la sociedad no sale más reforzada, sino que se vuelve cada vez más impredecible. El conflicto no cesa de producirse, posibilitando incluso la creación de comunidades de lucha, todavía frágiles, pero puede que en algún momento crítico, forzadas por la necesidad de supervivencia, sean capaces de encontrarse con la historia y de forjar un proyecto de sociedad radicalmente igualitaria y justa. No se tratará ni de volver al pasado, ni de recrearlo, sino de restablecer el contacto con él y aprender. No es pues una vuelta nostálgica hacia tradiciones perdidas, sino un impulso hacia la formación de una tradición nueva de lucha –una nueva cultura- mediante una reapropiación no doctrinaria del pasado y una resistencia al cambio enloquecido del desarrollo económico. En ese sentido los libros como el que presentamos pueden resultar instructivos puesto que contribuyen a dicha cultura. Si así sucede Los Amigos de Durruti podrán tener por fin herederos.

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