Publicado en: 18 Junio, 2017

“Perros que duermen”, un monumento ético a la dignidad

Por Rafael Calero Palma

Los numerosos lectores de Juan Madrid estamos estos días de enhorabuena ya que el escritor malagueño, afincado desde hace unos años en la localidad granadina de Salobreña, acaba de publicar su nueva novela: Perros que duermen.

Por Rafael Calero Palma

Juan Madrid nació en Málaga, allá por 1947, cuando en este país se pasaba mucha hambre y se fusilaba a la gente en las tapias de los cementerios y se les enterraba de mala manera en las cunetas. Siendo un niño, su familia se va a vivir a Madrid y la influencia de la gran urbe dejará en el futuro novelista una huella indeleble, rastreable en todos y cada uno de sus libros. Realiza estudios de Historia Contemporánea en la Universidad de Salamanca, y durante unos años se dedica a la docencia, pero el poder magnético de las calles de un país en ebullición (no olvidemos que Franco estaba a punto de morir de viejo en su cama) lo absorben irremediablemente, empezando a trabajar como reportero en distintos medios periodísticos.

Entretanto, muere el Dictador y comienza lo que se ha dado en llamar la Transición, período de cambios, de ilusiones, de sueños, de esperanzas, para la mayoría de los españoles; pérdida de privilegios, para la pequeña minoría que había gobernado con mano de hierro durante cuarenta años. En esta encrucijada histórica se empieza a hablar de la Nueva Novela Policíaca Española (Paco Ignacio Taibo II dixit), esto es, un grupo de jóvenes narradores que, partiendo de la vieja novela tradicional, pero aplicando nuevos parámetros estilísticos —sobre todo, efectos cinematográficos y literarios procedentes de la novela estadounidense y francesa— va a combatir el tedio y el estancamiento al que había llegado la literatura de vanguardia, perdida en un callejón sin salida. En este contexto, aparece Un beso de amigo, la primera novela de Juan Madrid, cuyo protagonista, Antonio Carpintero, alias Toni Romano, se convertirá en uno de los personajes de ficción más importantes de la novela negra escrita en castellano. Toni Romano es un ex policía, duro, descreído, que no duda en usar la violencia cuando hace falta, y preocupado, ante todo, por su propia supervivencia, un habitante más de esa avenida de los sueños marchitos en la que tan bien se desenvuelve el escritor malagueño.

La obra de Juan Madrid se nutre, principalmente, del realismo social americano (Steinbeck, Doss Pasos, Hemingway, Crane, etc.) y de los pesos pesados del género negro, de Hammett a Chandler, de Himes a Cain, de Thompson a Spillane. Pero no hay que olvidar la gran influencia de la tradición literaria hispana. Y es que para Juan Madrid la influencia de escritores como Baroja (sobre todo el de la trilogía de Las Ciudades o La lucha por la vida) o el Aldecoa de Young Sánchez o Con el viento solano, es de suma importancia. A lo largo de una extensa bibliografía que abarca 50 títulos, el autor de Días contados (uno de sus momentos cumbres) ha ido modelando un estilo francamente personal, un estilo “seco, cortante, exacto y medido” (Paco Ignacio Taibo II), “donde violencia y ternura se cruzan por las esquinas a ritmo vertiginoso” (Rafael Conte), que “se sustenta en una inteligente compaginación de invención y realidad, una especial capacidad para recrear esos mundos oscuros del delito” (Luis Mateo Díez), y es que, como escribió hace unos años Javier Goñi en el desaparecido Diario 16, “Juan Madrid tiene un oído especial para pasar al lector historias escuchadas al desgaire de sucios bares de mostradores pringosos, donde nunca se pasa suficientemente la gamuza.”

Cuento todo esto para que nadie olvide que nos encontramos ante uno de los narradores más importantes de su generación, como demuestra su obra más reciente, Perros que duermen. Más de 3 años ha dedicado Juan a poner en pie este libro. Y después de terminar de leerlo no me sorprende en absoluto. Y es que detrás de las 428 páginas de Perros que duermen hay una labor de investigación, preparación, documentación y escritura compleja y minuciosa, comparable, intuyo, a un fino trabajo de orfebrería, pues en eso es lo que me ha hecho pensar esta novela, en el trabajo de un orfebre en el cual cada pequeña pieza debe encajar a la perfección en el todo, que al fin y al cabo, es lo que realmente importa.

Empecemos por la documentación: Al final del libro, el autor, como si de una obra de no ficción se tratase, nos proporciona una lista de obras de referencia, la mayoría de ellas ensayos sobre la Guerra Civil y la interminable posguerra, lo que nos sitúa en el mismísimo centro geométrico de la verdad histórica. Y es que Perros que duermenes, ante todo, una obra de ficción, cómo no podía ser de otra manera, pero tan imbuida de verdad, tan pegada a los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en aquellos aciagos días, que en muchos aspectos, es casi un libro de historia, aunque eso sí, narrado con toda la maestría que atesora el autor, que, como todos nosotros ya sabemos, no es poca.

¿Qué van a encontrar los lectores que se aproximen a esta obra? En primer lugar, una historia compleja. Que nadie busque en las páginas de este libro la simplicidad narrativa y formal de otros autores contemporáneos. Porque, aviso a navegantes, no la va a encontrar. Juan ha escrito una obra muy alejada de esa simplicidad que, por desgracia, parece ser la marca distintiva de la más reciente literatura española. Para empezar, la historia que se cuenta en este libro, o mejor dicho, las historias que se cuentan en este libro, ocurren en diferentes momentos históricos y además, en diferentes lugares. La narración temporal de la novela parte desde el presente. El punto de partida es la muerte de Dimas Prado, policía franquista, falangista de corazón, defensor a ultranza del fascismo, quien a través de su albacea, que no es otro que su hermano de padre, Guillermo Borsa, deja en herencia al periodista Juan Delforo unas memorias que narran acontecimientos que tuvieron lugar durante el año 1938, en la ciudad de Burgos, convertida en la capital de la España fascista, por obra y gracia de Franco. Por otra parte, el autor nos hace partícipes de la propia historia del padre de Delforo, Juan Delforo Farrel, quien, en primera persona y a través de un diario, nos hará partícipes de sus vivencias en el frente como militar republicano y en la cárcel como preso político. También los escenarios geográficos van cambiando: Burgos, Madrid, Málaga, Puerto de Santa María o Mohedas de la Jara, en Toledo, son algunos de los lugares donde se desarrollan los distintos acontecimientos narrados en la novela.

Por otra parte, Perros que duermen también huye de la equidistancia ideológica. Me explico. Juan Madrid no engaña a nadie y nos deja muy claro con que bando están sus preferencias. Muy al contrario que otros escritores que han tratado el tema de la Guerra Civil española en sus obras más recientes, y estoy pensando en autores como Pérez Reverte o Eslava Galán, por poner sólo algunos ejemplos, Juan Madrid huye de las medias tintas, y se posiciona desde el primer minuto. En este país existía un régimen democrático, legalmente constituido y nacido de la voluntad popular y un golpe militar fascista, primero, y una larga guerra, después, acabó con él, llevándose, de paso, las vidas y las esperanzas de millones de hombres y mujeres, y sumiendo al país, en un larguísimo período de oscuridad y barbarie, que, por mucho que nos lo hayan intentado vender, no acabó con la muerte del dictador y con la tan cacareada Transición. El propio Delforo, al final del libro, da sus razones para que exista una novela como esta:

“Pero nunca lo hizo. Nunca escribió ninguna novela sobre aquellos años. La escribiría él, su hijo, siguiendo su designio. Lo haría para que no se olvidara de lo que fue capaz de hacer el fascismo. Contaría el oprobio, la humillación y la terrible represión, y la lucha que continuaron después de la derrota aquellos milicianos republicanos que nunca se dieron por vencidos. La larga lucha contra el dictador durante cuarenta años es el monumento ético más importante del siglo XX europeo.

Y a partir de aquí, como ocurre en la vida real, todo está interrelacionado. Y es que al final, la literatura, como la vida misma, no es más que una gran tela de araña, en la que las tramas, las vivencias, las pasiones, las esperanzas, el dolor, la traición, o la fidelidad, se entrecruzan, se cortan, se empapan unas de otras, se insuflan vida.

No voy a profundizar en los aspectos argumentales de la novela, pues no quiero cometer el pecado mortal de desvelar ningún detalle que estropee la lectura de este fantástico trabajo. Supongo que el lector avezado ya se habrá dado cuenta de que Juan Delforo es, obviamente, uno de los distintos alter egos utilizado por Juan Madrid a lo largo de su carrera como escritor. De la misma manera, los lectores sagaces recordarán a este personaje porque ya aparecía en alguna de las novelas de la serie protagonizada por Tony Romano. No obstante, sí voy a comentar algunos pormenores que me han parecido bastante acertados. Por ejemplo, un detalle que me ha encantado ha sido la aparición –si estuviésemos hablando de una película, hablaríamos de cameos- de tres escritores, que además, me encantan: Ramón J. Sender, Arturo Barea y Ernest Hemngway. Los 3 comprometidos con la República, los 3 profundamente humanos y los 3, me consta, muy del gusto de Juan. Imagino que por ello, ha querido rendirles su pequeño homenaje a cada uno de ellos.

Perros que duermen es una historia dura y amarga, como suelen serlo todas las historias de dolor y de muerte, de guerra, de traiciones, de perdedores. Y es aún más dura y más amarga si nos detenemos a pensar que detrás de los personajes de ficción de la novela, Juan Delforo Farrel y Carmen Muñoz, subyace la historia real del padre y la madre del propio escritor, luchadores antifascistas durante toda su vida. Todo ello hace que Perros que duermen sea una historia necesaria, como suelen serlo, por otras razones distintas, las historias de dolor y de muerte, de guerra, de traiciones, de perdedores. Me alegro profundamente de que Juan haya escrito este libro. Me alegro de que un escritor de la calidad, de la personalidad, del prestigio internacional de Juan Madrid se haya atrevido a escribir esta novela, para poner las cosas en su sitio, para rendir cuentas con el pasado, que es manipulador y tiene muy mala memoria, para recordarnos quiénes fueron los malos y quienes fueron los buenos, con sus luces y sus sombras, con sus errores, que no fueron pocos, con sus anhelos y sus esperanzas, pero los buenos, al fin y al cabo.

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