Palestina: Culpar a las víctimas

Por María Landi

A propósito de la última masacre israelí en Gaza.

Como suele hacer después de cada masacre periódica de palestinos/as, el Estado de Israel ha puesto en marcha su campaña mediática de autojustificación. En realidad la puso en marcha ya antes de cometer la masacre, para preparar a la opinión pública internacional y predisponerla a que aceptara sus razones. Se trata de una operación muy conocida (si sabremos quienes vivimos bajo dictaduras) por la cual el accionar del terrorismo de Estado se convierte en “medidas defensivas” para garantizar la “seguridad”. Palabra sacrosanta en el léxico sionista, que desde hace 70 años es utilizada para justificar arbitrariedades y violencia criminal contra la población palestina, así como violaciones sistemáticas del Derecho Internacional e incumplimiento de innumerables resoluciones de la ONU.

Esta vez el relato oficial sionista tiene dos “talking points” para justificar la masacre de 17 personas desarmadas e indefensas que participaban en una manifestación pacífica en Gaza (además de las casi 2000 que resultaron heridas o mutiladas, al menos 20 de ellas, de extrema gravedad):
1. La protesta fue organizada por Hamas (el cuco de turno, como antes lo fueron Arafat, la OLP, la Liga Árabe, etc. etc.);
2. Ningún Estado puede permitir una amenaza a su soberanía y fronteras.

Y la hasbara (propaganda) funciona. Estos días, hasta medios considerados de izquierda han repetido como loros que la protesta fue organizada por Hamas, y los manifestantes pretendían cruzar la valla y penetrar en territorio israelí.

Para creerse esa doble mentira, hay que estar mal informado o inclinado a aceptar la versión israelí de los hechos sin contrastarla con fuentes independientes. En Occidente, y en nuestro país muy especialmente, es preocupante la gran cantidad de personas y medios de comunicación dispuestos a replicar como verdades axiomáticas todo lo que Israel les diga sin siquiera cotejar mínimamente la información. Ni siquiera se molestan en hacer las pesquisas más elementales para poder afirmar algo con fundamento (ni hablemos ya de practicar un periodismo de investigación). Y la realidad, como de costumbre, contradice completamente el relato sionista. Veamos:

Viñeta de Ismail Al-Bozom


Uno

La acción del viernes 30 fue convocada, cuidadosamente organizada y explicada con anticipación por un conjunto amplio y plural de organizaciones sociales y políticas palestinas. El anuncio de la “Gran Marcha del Retorno” fue claro sobre los objetivos y características que tendría la acción no violenta: sería un campamento de seis semanas, entre el 30 de marzo (Día de la Tierra Palestina[1]) y el 15 de mayo, en que se cumplen 70 años de la Nakba (la limpieza étnica de Palestina[2]). El objetivo era exigir el cumplimiento —70 años después— de la Resolución 194 de la ONU que en 1948 afirmó el derecho de la población palestina de regresar a sus hogares y tierras de donde fue expulsada. La acción pacífica no incluiría cruce de fronteras, ni corte de alambradas de la valla limítrofe, ni se permitiría siquiera tirar piedras.

Los medios complacientes con el relato oficial sionista hablan de los “enfrentamientos” que tuvieron lugar y dejaron ese saldo sangriento. Pero ¿cuántos palestinos armados confrontaron a los cientos de francotiradores israelíes que les disparaban desde la valla? ¿Cuántos israelíes resultaron muertos o heridos por la violencia palestina? La respuesta a ambas preguntas es: cero. Ni un solo israelí, civil o militar, armado o desarmado, corrió el más mínimo peligro, pues se trató de una protesta pacífica dentro del territorio de Gaza. Pero un ejército patológicamente adicto a ejecutar personas desarmadas (niños, niñas, adolescentes, mujeres, hombres, jóvenes, ancianos) y a considerarlas amenazas por el solo hecho de ser palestinas, necesita obviamente elaborar justificaciones.

Y aun si hubiera sido una movilización convocada por Hamas, ¿es legítimo, legal o humano ordenar a un ejército armado a guerra que dispare contra una multitud desarmada, congregada a cielo abierto y al descampado, en su propia tierra? Esa multitud que manifestaba con banderas y pancartas fue tiroteada con munición letal por francotiradores y fue rociada profusamente con gas lacrimógeno lanzado por drones desde el aire. En los múltiples registros en video se les ve cayendo mientras rezaban de rodillas, mientras hacían ondear una bandera, mientras corrían huyendo de los disparos que a muchos les llegaron por la espalda. Las ambulancias no daban abasto para trasladar a los miles de heridos hacia hospitales gazatíes que están desabastecidos de medicamentos, equipamiento y energía eléctrica, en un sistema sanitario que a principios de año fue declarado en emergencia por causa del inhumano bloqueo que Israel impone sobre Gaza desde hace 11 años.

Como coreamos por estas tierras: “No hubo errores, no hubo excesos”. El tuit del ejército israelí inmediatamente después de la masacre es la mejor prueba de que la matanza fue deliberada y planificada: “Ayer avistamos a 30.000 personas. Llegamos preparados y con refuerzos precisos. Nada se hizo de manera descontrolada. Todo fue certero y medido, y sabemos dónde cayó cada bala”. El comunicado fue quitado de las redes cuando el Secretario General de la ONU reclamó una investigación independiente y transparente. A lo cual el Ministro de Defensa de Israel, Abigdor Lieberman, respondió que su país no realizará ninguna investigación y que a los soldados que mataron a los manifestantes “hay que darles una medalla”.

La pregunta ineludible es: ¿qué quiere Israel que hagan los dos millones de habitantes de Gaza, hacinados, bloqueados y sumidos en una crisis humanitaria que ha disparado todas las alarmas: sin electricidad, ni agua potable, ni saneamiento, ni medicamentos, ni trabajo, sin presente ni futuro? Si unos pocos expresan su desesperación lanzando cohetes caseros al territorio israelí, son condenados por terroristas y toda la población es bombardeada. Si organizan una manifestación pacífica para reclamar el cumplimiento de las resoluciones de la ONU, los masacran. ¿Acaso ha habido algún pueblo en la historia que, sometido a una opresión brutal y prolongada, no haya resistido para liberarse? ¿Era legítimo cavar túneles y resistir con armas en el gueto de Varsovia, pero no lo es en el gueto de Gaza?

Como dijo estos días la organización judío-árabe Tarabut-Hithabrut, la lógica detrás de esta masacre es la decisión política de matar; para convencer a la sociedad israelí (con la habitual complicidad de los medios) de que las manifestaciones no violentas palestinas también son una ‘amenaza existencial’, y sobre todo “para enseñarles a los palestinos una lección: el gobierno israelí prefiere la confrontación armada en la que siempre tiene superioridad a las manifestaciones masivas. ¿Martin Luther King? Aquí no.  Aquí les disparamos”. Y es que el único idioma que Israel conoce es el de la fuerza. En 2011 el Gral. Amos Gilad (poderoso jefe del Ministerio de Defensa) le confesó a diplomáticos estadounidenses: “No nos va muy bien con Gandhi”.


Dos

La valla con la que los israelíes han cercado (en 1994) y bloqueado a Gaza (desde 2007) no es una frontera oficial soberana reconocida internacionalmente. Es una de las tantas imposiciones unilaterales y arbitrarias con las que Israel separa y domina a la población palestina, al igual que el Muro construido no en el límite con Cisjordania, sino dentro del territorio palestino, y declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004. Israel es un Estado que no tiene Constitución y que no ha definido, en 70 años de vida, cuáles son sus fronteras; por la sencilla razón de que no le reconoce al pueblo palestino ningún tipo de soberanía territorial. En el proyecto sionista, “Eretz Israel” se extiende desde el Mediterráneo hasta el Jordán. Y quien quiera verificarlo, puede mirar los mapas oficiales de Israel, desde los escolares hasta los turísticos. O buscar dónde están ubicadas sus más de 200 colonias diseminadas por toda Cisjordania y en permanente expansión (todas ilegales, según la ONU y el Derecho Internacional), y luego evaluar si Israel tuvo alguna vez intención de permitir la soberanía palestina en ese territorio. La respuesta evidente es no.

Ya dijimos que las personas manifestantes fueron atacadas adentro del terreno de Gaza, no en la valla limítrofe. Para quienes no conocen la geografía de Gaza, se trata de una estrecha franja de tierra de 51 km de largo por 11 km de ancho. A lo largo de esos ya escasos 11 km, Israel ha impuesto (también ilegal y unilateralmente) una “zona de exclusión” de 1 km y medio (17% de la superficie de Gaza), afectando gravemente la subsistencia de los agricultores, que ya no pueden plantar en esa zona. Incluso cuando van a trabajar a sus tierras cercanas a la valla arriesgan ser heridos o asesinados por los francotiradores —como ocurre frecuentemente[3]—. Fue en esa zona de exclusión donde fueron baleados los manifestantes.

También es oportuno preguntarse: ¿con qué autoridad moral el Estado de Israel habla de defender su soberanía supuestamente amenazada cuando es el primero que viola sistemáticamente la soberanía de sus vecinos?, ya sean esas 200 colonias en Cisjordania y Jerusalén Este (donde residen ilegalmente 600.000 israelíes), o el espacio aéreo y marítimo de Gaza, o el Sinaí egipcio, ocupado hasta 1982, o el sur del Líbano, ocupado hasta el 2000, o los Altos del Golán, ocupados desde 1967 hasta hoy, u otras zonas del territorio sirio en las que actualmente Israel bombardea para derrocar al régimen de Assad y sus aliados iraníes y libaneses. ¿Será que según su jerarquía racista la soberanía es un atributo exclusivo del autodeclarado “Estado Judío”, pero no de sus despreciables vecinos árabes?

Y ya que hablamos de jerarquías de derechos entre distintos grupos de población, es importante ponerle contexto histórico a los hechos del viernes. El 75% de la población de Gaza es refugiada. Son parte de las 750.000 personas expulsadas entre 1947 y 1949 (o sus descendientes), cuando las milicias sionistas destruyeron más de 500 localidades palestinas para fundar sobre sus ruinas el Estado de Israel en 1948. En verdad, lo que en mayo de este año se celebra es el 70º aniversario del comienzo de la limpieza étnica de la tierra y el pueblo de Palestina; un proceso que continúa hasta el día de hoy mediante ocupación militar, colonización territorial y apartheid jurídico.

Esa población refugiada de Gaza, sumada a la que está en los campos de refugiados de Cisjordania y los países vecinos, o repartida por todo el mundo, constituyen unos siete millones de personas. Son tres o cuatro generaciones palestinas a las que Israel les prohíbe regresar, o incluso visitar la tierra de sus abuelos, por el solo hecho de no ser judías. En cambio, la Ley del Retorno israelí (1950) le permite a cualquier persona judía, nacida en cualquier parte del mundo, emigrar a Israel y convertirse automáticamente en ciudadana con todos los derechos. Porque el derecho al “retorno” se aplica con 2000 años de retroactividad si se es judío, pero no se aplica 70 años para atrás si se es árabe. Es una de las tantas facetas del apartheid israelí, que tan bien han analizado expertas/os como Virginia Tilley, Richard Falk, Ben White, John Dugard, Liliana Coconi[4]. No por casualidad hay quienes estos días han comparado lo ocurrido el 30 de marzo en Gaza con la masacre de Soweto el 16 de junio de 1976, cuando la policía sudafricana le disparó a una multitud de estudiantes negros que marchaban por su libertad, su dignidad y su tierra.

El 31 de marzo, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió de urgencia para analizar la masacre del día anterior, y, como es habitual, Estados Unidos utilizó una vez más su poder de veto para bloquear una resolución condenatoria a Israel. Cinco días antes de esta masacre, el Consejo de DD.HH. de la ONU volvió a llamar a los países miembros a aplicar un embargo militar a Israel. Es lo que desde hace años viene pidiendo el movimiento palestino y mundial que llama a aplicar medidas de boicot, desinversión y sanciones (BDS) a Israel hasta que acate las resoluciones de la ONU y respete el Derecho Internacional.

Quienes integramos ese movimiento no llamamos a la destrucción de ese país ni de sus habitantes —como la lucha antiapartheid no llamaba a la desaparición de Sudáfrica—. Sí luchamos para que ese régimen de ocupación colonial (la más larga de la época moderna), que afirma la supremacía de las personas judías sobre las no judías, y que condena a la mitad de la población que vive entre el Mediterráneo y el Jordán a vivir sin ningún derecho en pleno siglo XXI, se transforme en una democracia donde todas las personas que habitan en ese territorio tengan los mismos derechos ante la ley, independientemente de su origen étnico, nacional o religioso.

Israel y sus aliados nos seguirán acusando de antisemitas (a pesar de la gran cantidad de personas judías que integran el movimiento); los victimarios seguirán cacareando que tienen derecho a defenderse de sus víctimas, y vendiendo sus mentiras a quienes quieran comprárselas; nuestros gobiernos seguirán mirando hacia el costado y haciendo negocios con los criminales de guerra. Pero la lucha palestina por libertad, justicia e igualdad va a prevalecer finalmente. Porque la razón, la verdad y la legalidad internacional están de su lado. Y cuando llegue ese día, cada quien sabrá si se colocó del lado correcto de la Historia, o eligió la complicidad con los opresores.

Alejandra de Bittencourt – Comité Palestina Libre
Ana de León – Colectivo Contraimpunidad
Liliana Córdova-Kaczerginski – Red Internacional Judía Antisionista (IJAN)
María Landi – Palestina en el corazón

Ver aquí y aquí galerías de fotos de El País sobre la represión a la Gran Marcha del Retorno (nótese que el periódico español habla de “enfrentamientos”, siguiendo la narrativa dominante en los medios corporativos).

Culpar a las víctimas

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