Noticia de Mª Luisa Berneri y de su obra Viaje a través de la utopía

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Presentación, textos y prólogos de Lewis Mumford y George Woodcock de la edición en Hacer, Barcelona, 1983

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Consecuente con su voluntad de ir contra la corriente, la Editorial Hacer publicó a lo largo de los años ochenta, una colección de textos utópicos, algunos de ellos bastante conocidos —al menos, por los especialistas e interesados— como son los Eduard Bellamy (Año 2000), William Morris (Noticias de ninguna parte)  o Robert Owen (Nueva visión del mundo), y otros prácticamente desconocidos como los reunidos por Emile Armand (Historias de experiencias de vida en común sin Estado ni autoridad) y la obra del poeta socialista y homosexual militante británico Edward Carpenter (Crítica a la civilización), etcétera. La razón de esta pequeña utopía editorial fue básicamente militante. Se iniciaba un tiempo de crisis de identidades, de «desencanto», y parecía importante volver los ojos hacia atrás y contemplar en qué punto había partido el ideal socialista y en qué sentido podía hablarse de su actualidad. La historia es conocida.

Las grandes derrotas obreras —la más importante sin duda sería la de Alemania en 1933, pero habría que incluir otra mucho más decisiva, la de los bolcheviques en manos de la burocracia estalinista en los años veinte y definitivamente en la mitad de los treinta—, la deformación grosera del comunismo doblegado por el estalinismo, la profunda derechización de la socialdemocracia, habían creado un clima de desaliento, una crisis de los valores socialistas más sólidos, y con ello, una oleada en la que la crítica a todos estos aspectos se confundía en Orwell, Zamiatin, Huxley, con un rechazo de la utopía. Rechazo que explicaban muy bien Nicolás Berdiaev con esta frase: «Las utopías cada vez aparecen como más realizables. Y en la actualidad nos encontramos ante una cuestión angustiosa: ¿Cómo evitar su realización definitiva?», por Ciorán en esta otra: «Lo que para la utopía es perfección, para nosotros es tara: sus quimeras son nuestras desgracias». Pero los editores como Serrat,  preferíamos la revolución a las pesadillas.

El empeño utópico provenía del editor, el peculiar José Ricou Barceló, antiguo militante de Acción Comunista que, pro estas fechas, se había integrado en el PSC-PSOE por razones que nunca acabé de entender del todo, aunque, básicamente, él se lo planteaba como un juego de intereses que le permitía mantener el tinglado editorial desde el que, con muchas dificultades y más erratas de las debidas, se mantuvo mal que bien hasta fechas recientes actuando como plataforma de diversos proyectos de indudable interés cultural y político, tales como las ediciones de la Monthly Review en castellano, tarea que Hacer desarrolló en dos etapas, una primera en los años ochenta, otra en coordinación con Mon-3, siempre bajo la actuación personal de Carlos Aguilar más Arcadi Oliveras y Carlos Zellr.

El caso es que la colección funcionó, reeditó un cierto número de autores clásicos, e incluso estuvo en un tris de hacerlo con la biografía que E. P. Thompson dedicó a William Morris, lo que no se acabó hacer por el alto costo de una buena traducción de la que, finalmente, se haría cargo la Universitat de Valéncia.

Estas ediciones respondían a un interés cultural socialista y no a una defensa incondicional de tales o cuales utopías, a veces tan perfectas, tan cuadriculadas, con sus universos cerrados, que resultan irrealizables aunque permitieron soñar a muchos trabajadores que imaginaban otros mundos. La mayor parte de los títulos publicados formaban parte de la prehistoria socialista y no tienen nada que ver con lo que ha sucedido en la Unión Soviética donde la utopía ahora significa una nueva revolución que imponga el socialismo, o sea, como decía Engels, el reino de la libertad, o como decía Rosa Luxemburgo, la libertad ilimitada.

Con el tiempo y la decadencia aclarada del egoísmo capitalista, la utopía se ha hecho más necesaria que nunca («¡Utopía o muerte!» decía Rene Dumont), porque la antiutopía significa el holocausto final, la agravación del cisma entre países ricos y países empobrecidos, la extensión de las dictaduras militaristas, de la amenaza dictatorial en las democracias, el paro, el embrutecimiento… Podemos decir en palabras de Marcuse: «Ahí están todas las fuerzas materiales e intelectuales que es posible aplicar a la realización de una sociedad libre. El que no se apliquen a ello ha de atribuirse exclusivamente a la movilización total de la sociedad existente contra su propia posibilidad de liberación.» Aquí está el drama final de la humanidad, cuando la utopía es más necesaria y posible que nunca, las fuerzas políticas que encarnaron en distintos  momentos de la historia, el sueño de libertad, se encuentran encadenadas un sistema que ha pasado de la decadencia a la putrefacción.

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En este espacio se insertó la obra de María Luisa Berneri, escritora y propagandista libertaria, nació en 1918 en Italia y murió, prematuramente, en Londres en 1949. Formaba parte de prestigiosa familia en la que sobresalió su padre, Camilo Berneri, uno de los anarquistas más insignes del siglo XX y que fue asesinado en Barcelona en 1937, presumiblemente por agentes estalinistas ya que había denunciado el asesinato de Nin sobre el que había dicho que “olía a Noscke”.

Su abuela, Adalgisa Focchi, fue profesora normalista y escritora de literatura juvenil. Sobrevivió a su hijo Camilo y escribió sobre él dos libros vindicativos: Con te figlio mió!, Parma, 1948 y En difesa di Camilo Berneri, Forli, 1951. Su madre, Giovanna Caleffi, fue compañera de estudios de Camilo y luchó junto con él como publicista hasta el momento de su muerte, luego siguió su tarea hasta su fallecimiento, ocurrido en 1965. Camilo y Giovanna tuvieron, aparte de María Luisa, otra hija, Gyliane, que ejerce la medicina en París. Por su parte, María Luisa fue una militante anarquista destacada y era muy conocida en Inglaterra donde se instaló a vivir. En 1936 fue una de las animadoras de la .revista ácrata Spain and the World y en 1939 de Revolt, que ejercieron una poderosa influencia sobre la extrema izquierda intelectual británica. Escribió, aparte de éste, otros libros y ensayos. Su compañero Vernon Richard, era ingeniero y escritor también anarquista, su padre fue amigo de Malatesta (sobre él, Vernon escribió un importante trabajo editado en España por Tusquets), y que fue el autor de una de las obras más autocríticas del anarquismo sobre la guerra civil española, Lecciones de la revolución española (Ed. Campo Abierto, Madrid, 1977)

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En esta obra, Viaje a través de la utopía,  escrita en 1948, María Luisa Berneri desarrolla una crítica sistemática al lado cuadriculado de las utopías clásicas y plantea nuevas interrogantes y nuevas alternativas. Su edición nos parecía importante, creemos que se trata de un auténtico «clásico» y por ello merece su lugar en las librerías

Uno de los títulos más actuales de los publicados fue el de Mª Luisa Berneri,  Viaje a través de la utopía (Barcelona, 1983) tomando como base la edición anterior de la estupenda editorial argentina Proyección que dejó de funcionar obviamente durante la época del general Videla. Actualmente esta edición está descatalogada, pero se puede encontrar en edición pdf (biblio3.url.edu.gt/Libros/comte/viaje.pdf) que toma el texto de Proyección de Bunos Aires.

En recuerdo  esta edición añadimos tres textos que creemos del interés y puede servir de elemento introductoria para la lectura de la edición virtual:

  1. Lewis Mumford, Prólogo a la edición en inglés;
  2. George Woodcock. Introducción;
  3. Mª Luisa Berneri Bibliografía

 

  1. Lewis Mumford

Prólogo a la edición en inglés

 

En viaje a través de utopía, María Luisa Berneri se propuso realizar la descripción y la demarcación crítica de los textos utópicos más importantes (lo cual no debe tomarse, necesariamente, como sinónimo de los más famosos, según verá el lector más adelante), a partir del momento en que Platón, con La república, dio forma literaria a los dueños de una Edad de Oro y en una sociedad ideal que el hombre, sin duda, había acariciado desde que empezó a tener conciencia de los problemas sociales.

Se imponen, a mi juicio, algunas palabras de evocación para explicar la forma que ha adoptado el libro. A principio de 1948, cuando se le propuso la recopilación de extractos de las utopías célebres, María Luisa Berneri convino en ello, pero manifestó que el plan elaborado inicialmente no era adecuado, ya que las utopías célebres estaban al alcance de quienes desearan leerlas, y que por lo tanto lo que se necesitaba no era un simple compendio, sino un trabajo que combinara la información y el comentario. La obra habría de presentar extensas citas ilustrativas, pero, al mismo tiempo, debería discutirlas y vincularlas de manera tal que la evolución del pensamiento utópico, así como el sitio que le cabe en la historia de los hechos y las ideas sociales, quedaran claramente establecidos. La sugerencia fue aceptada con leves modificaciones y la autora, con su característica minuciosidad, se dio a la tarea de rastrear tanto las utopías ignoradas como las más difundidas. Bastará una breve ojeada al libro y a la biografía para comprobar cuán cabalmente cumplió su propósito; y se verá que algunas de las utopías que rescató del olvido -como por ejemplo la de Gabriel de Foigny-, a la par que revisten interés desde el punto de vista literario, tiene importancia como reflejos de las tendencias sociales de la época. En algunos casos no había versiones inglesas, y María Luisa Berneri debió hacer sus propias traducción del francés o del italiano; así sucedió con Supplement to Bougainville`s Voyage, de Diderot, y el Viaje a Icaria de Cabet, mientras que para La Ciudad del Sol, de Campanella, preparó una nueva traducción basada en una versión italiana del original, la cual precedió en algunos años a la latina, empleada por el anterior traductor inglés.

En lo que me ha sido dado ver, de las obras generales que hasta ahora se han publicado sobre las utopías ninguna ha sido de alcances tan amplios como ésta ni ha logrado exponer el tema de manera tan fresca e incitante.

En su estudio de las utopías, María Luisa Berneri pone de relieve el carácter intolerante y autoritario de casi todas estas visiones, de las cuales son excepciones contadísimas obras como las de Morris, Diderot y Foigny. También señala el hecho de que, aunque los marxistas siempre se han definido como socialistas “científicos” -término que contrapone a utópico-, en el terreno de la experiencia social práctica tendieron a adoptar la rígida estructura de las utopías, así como muchos de sus rasgos institucionales.

Afortunadamente, los hombres de nuestro tiempo -ya se trate de obreros o de intelectuales- no han echado en saco roto las lecciones de este proceso. Las visiones de un futuro ideal donde todos los actos están cuidadosamente dispuesto y reglados por un Estado modelo -como en el esquema de Cabet o Bellamy-, ya no gozan de popularidad, y ni siquiera es dable suponer que libros tales alcancen hoy la fama que rodeó a En el año 2000, de Bellamy, en las postrimerías del siglo pasado. Hecho doblemente significativo: en la actualidad, los escritores que tienen conciencia de los males sociales contemporáneos escriben anti-utopías, para advertir a los pueblos de los peligros de la regimentación, y se granjean con sus obras el mismo favor popular que antes de 1914 obtuvieron las idílicas visiones de un paraíso socialista.

Posteriormente a la terminación de Viaje a través de utopía aparecieron dos importantes libros de este género, que María Luisa Berneri seguramente habría mencionado, de encontrase con vida. Uno es Mono y Esencia, de Aldous Huxley, macabra imagen de un futuro ulterior a la guerra atómica, en que los habitantes de California, convertidos en adoradores de Belial, organizan una sociedad fundada sobre el mal y el odio. En este libro, estrictamente enmarcado en la tradición utópica, el autor dirige su admonición a la humanidad moderna con mucha más ferocidad que en su anterior antiutopía Un Mundo Feliz. El segundo de dichos libros, 1984, de George Orwell, presenta, en forma aún más elocuente, la visión de un mundo aplastado bajo el peso de la autoridad, configurando algo así como la prolongación, hasta sus conclusiones lógicas, de La República, de Platón, y todas las utopías hostiles a la individualidad humana. En la Pista de Aterrizaje Uno, de Orwell, se ha aniquilado todo asomo de personalidad, y hasta el pensamiento mismo está sometido como no lo imaginaron los utopistas autoritarios del pasado. Podemos figurarnos el placer con que éstos hubieran acogido la creación de una técnica de uniformación mental, ya que tales cosas, por las remotas, eran a la sazón meras ensoñaciones de gabinete. Hoy la pesadilla no tiene cercados, las utopías pretéritas corporízanse ante nosotros y comprendemos, al fin, que hasta el más cautivante de esos proyectos se convierte por fuerza en una prisión espantosa, a menos que esté firme y sólidamente basado en la libertad individual, como ocurre con Noticias de Ninguna Parte, esa brillante excepción.

El libro de María Luisa Berneri no sólo reviste interés por su manifiesta erudición; es algo más que mera recopilación y análisis de las utopías, pues muestras, con notable claridad, la relación entre el pensamiento utópico y la realidad social. Se ubica, así entre los libros importantes que en estos últimos años han venido alertándonos sobre el destino que aguarda a quienes son tan incautos como para confiar en un mundo regimentado.

 

  1. George Woodcock. Introducción

 

La nuestra es época de concesiones, de medidas a medias, del mal menor. Los visionarios son objeto de mofa o de desprecio, y los “hombres prácticos” rigen nuestras vidas. Ya no buscamos soluciones radicales, sino meras reformas, a los males de la sociedad; ya no tratamos de eliminar la guerra, sino de evitarla durante algunos años; ya no tratamos de eliminar el delito, sino que nos contentamos con reformas judiciales; ya no tratamos de extirpar el hambre crónica, sino de crear instituciones mundiales de caridad. En una época en que el hombre están tan preocupado por lo práctico lo pasible de realización inmediata, constituiría saludable ejercicio volver la mirada hacia quienes soñaron utopía y rechazaron todo lo que no satisficiera su ideal de perfección.

Leyendo la descripción de esas ciudades y de esas repúblicas ideales, más de una vez nos sentiremos humildes, pues comprenderemos la modestia de nuestra exigencia, la pobreza de nuestra visión. Zenón Postulaba el internacionalismo, Platón reconocía la igualdad entre los sexos, Thomas More percibió claramente la relación entre la miseria y el delito, cosa que aún hoy es negada por muchos. A principios del siglo XVII, Campanella puso una jornada laboral de cuatro horas, y el erudito alemán Andreae habló del trabajo atrayente, formulando asimismo un sistema educativo que podría servir de modelo en la actualidad.

Veremos que se condena la propiedad privada, que se considera inmoral o irracional la existencia del dinero y del salariado, que la solidaridad humana se admite como hecho obvio. Todas estas teorías, tan audaces a nuestros ojos, fueron expuestas con una confianza indicativa de que, aunque no gozaran de general aceptación, se la comprendía rápidamente. Afines del siglo XVII, y a todo lo largo del XVIII, encontramos conceptos aún más osados y sorprendentes en el tocante a la familia, las relaciones sexuales, la Naturaleza del gobierno y la ley. Acostumbrados, como lo estamos, a pesar que los movimientos progresistas nacen con el siglo XIX, nos asombrará comprobar que precisamente entonces comienza la decadencia del pensamiento utópico. De ahí en adelante las utopías empiezan a volverse tímidas: a menudo se juzgan necesario el dinero y la propiedad privada; los hombres pueden darse por felices si trabajan ocho horas; la mujer queda bajo la tutela del marido y el niño bajo la del padre. Pero antes de que la contaminara el espíritu “realista” de nuestro tiempo, las utopías florecieron con una riqueza y variedad que bien puede hacerse flaquear nuestra convicción de haber alcanzado cierto progreso social.

Ello no significa que todas hayan sido revolucionarias: la mayoría lo han sido, pero pocas integralmente. Los escritos utópicos fueron revolucionarios por haber proclamado la comunidad de bienes en un época en que la propiedad privada se miraba como cosa sagrada; por haber sostenido el derecho de todo hombre a su pan en tiempos en que se ahorcaba a mendigos; por haber postulado la igualdad entre las mujeres cuando a éstas apenas si se las consideraba un poco superiores a los esclavos; por haber exaltado la dignidad del trabajo manual cuando se veía en él algo degradante; por haber afirmado el derecho de todos los niños a un infancia feliz y a una educación esmerada cuando ésta estaba restringida a los hijos de los nobles y de los ricos. Todo ello contribuyó a hacer de la palabra “utopía” sinónimo de sociedad dichosa y deseable. La utopía, en este sentido, representaba la aspiración humana a la felicidad, su secreto anhelo la Edad de Oro, o, para otros, la añoranza de su Paraíso perdido.

Pero este sueño a menudo tuvo sus manchas de sombra. Había esclavos en La República de Platón; había matanzas de ilotas en la Esparta de Licurgo; y las guerras, ejecuciones, la disciplina rígida, la intolerancia religiosa aparecen junto a las instituciones más esclarecidas. Estos aspectos, que frecuentemente pasan por alto los apologistas de las utopías, derivan de la concepción autoritaria en que se basaban muchas de ellas, y están ausentes en las que tienen como objetivo la libertad integral.

Dos tendencias principales se manifiestan en el pensamiento utópico a través de los siglos. Uno busca la felicidad humana mediante el bienestar material, la inmersión del individuo en el grupo y la grandeza del Estado. La otra, aunque exigiendo también cierta medida de bienestar material, entiende que la felicidad es el resultado de la libre expresión de la personalidad, y que está no debe ser sacrificada a un código moral arbitrario ni a los intereses del Estado. Ambas corrientes responden a diferentes concepciones del progreso. Para los utopistas autoritarios, éste se mide, como para Herbert Read: …por el grado de diferenciación existente en el seno de la sociedad. Si el individuo es una unidad dentro de la masa social, su vida no sólo se embrutece y abrevia, sino que también tornase opaca y mecánica. Si el individuo es una unidad en sí, con espacio y potencialidad para la acción propia, puede que esté más sujeto azares y accidentes, pero por lo menos está en condiciones de expandirse y expresarse. Puede desarrollarse -desarrollarse en el único sentido real de la palabra- en conciencia de su fuerza, vitalidad y alegría.

Pero como también señala Herbert Read, ésta no ha sido siempre la definición del progreso: Mucha gente encuentra la seguridad en los números, la dicha en el anonimato y la dignidad en la rutina. Sólo piden ser ovejas bajo el mando del pastor, soldado bajo el mando de un capitán, esclavos bajo el mando de un tirano. Los pocos que han de expandir su personalidad se convierten en los pastores, los capitanes, los líderes de estos voluntarios secuaces.

Las utopías autoritarias procuran dar al pueblo pastores, capitanes y tiranos, sea con el nombre de guardianes, filarcas o samurais. Estas utopías eran progresistas en la medida que deseaban abolir las desigualdades económicas, pero reemplazaban la vieja esclavitud económica por una nueva: los hombres dejaban de ser siervos de sus amos o empleadores para convertirse en esclavos de la Nación y del Estado. El poder estatal se basa a veces en el poder moral y militar, como en La República, de Platón, o en la religión, como en la Christianapolis, de Andreae, o en la propiedad de los medios de producción y distribución, como en la mayor parte de las utopías del siglo XIX. Pero el resultado es siempre el mismo: el individuo es obligado a obedecer un código de leyes o de conducta moral artificialmente creado para él.

La contradicción inherente a la mayoría de las utopías proceden de un enfoque autoritario. Los constructores de repúblicas ideales querían dar la libertad al pueblo, más la libertad dada deja de ser libertad. Diderot fue uno de los pocos escritores utópicos que se negaron a sí mismo el derecho de decretar que “cada uno haga lo que quiera”; pero la generalidad de ellos estaban decididos a erigirse en amos de sus sociedades imaginarias. Mientras dicen dar la libertad, formulan un detallado plan que ha de ser obedecido estrictamente. Son los legisladores, los reyes, los magistrados, los sacerdotes, los presidentes de las asambleas nacionales de sus utopías; y sin embargo, después de haber decretado y codificado, después de haber ordenado matrimonios, encarcelaciones y ejecuciones, proclaman que el pueblo es libre de hacer lo que se le antoje. Es evidente que Campanella se veía como el Gran Metafísico, de su Ciudad del Sol, Bacon como el padre de su Casa de Salomón y Cabet como el legislador de Icaria. Cuando tienen el ingenio de Thomas More son capaces de expresar con mucha gracia su secreto anhelo “No se imaginan -escribía More a su amigo Erasmo- cuánto he aumentado mi estatura y cuán alta llevo la cabeza; pues constantemente me figuro en el papel del soberano de Utopía; y tanto, que me veo entre un séquito de amarrotes, vestido con el hábito franciscano, ceñida mis sienes la corona de espigas y en la mano, a guisa de cetro, un haz también de espigas”. A veces son los extraños quienes deben mostrar al soñador la incongruencia de sus sueño, como cuando González, en La Tempestad, describe a sus compañeros la sociedad ideal que desearía fundar en la isla:

González: en mi república todo sería al revés de lo que existe. No admitiría comercio alguno, ninguna dignidad ni magistratura. No se conocerían las letras; nada de servidores, de pobreza ni de riqueza; nada de límites entre los cultivos. No habría dinero, trigo, vino ni aceite. No más trabajo: nada harían hombres ni mujeres, y éstas serían castas y puras. Nada de soberanía

Sebastián: Y, sin embargo, él sería el rey.

Antonio: El fin de su república olvida su principio.

Otra contradicción de las utopías autoritarias consiste en afirmar que sus leyes siguen el orden de la Naturaleza, cuando en realidad esos códigos han sido artificialmente instituidos. Los escritores utópicos, en vez de tratar de descubrir las leyes de la Naturaleza, prefirieron inventarlas, o bien las descubrieron en los “archivos de la sabiduría antigua”. Para algunos como Mably o Morelli, el código de la Naturaleza era el de Esparta, y en vez de fundar sus utopías sobre las sociedades vivientes o sobre los hombres tal como los conocían, las erigieron entre sobre concepciones abstractas. De ahí la atmósfera artificial predominante en casi todas las visiones utópicas: los hombres son en ellas criaturas uniformes, con idénticas necesidades y reacciones, carentes de emociones y pasiones, pues éstas serían la expresión de la individualidad. Tal uniformidad se refleja en todos los aspectos de la vida utópica, desde la ropa a los horarios, desde la conducta moral a los intereses intelectuales. Como expresó H. G. Wellls, “en casi todas las utopías -con la excepción, quizá, de Noticias de Ninguna Parte, de William Morris- vemos edificios bellos pero sin carácter, campos simétrica y perfectamente cultivados, y una multitud de gente sana, feliz, hermosamente ataviada, pero sin ningún rasgo distintivo. Muy a menudo la perspectiva recuerda esos grandes cuadros de coronaciones, bodas reales, sesiones parlamentarias, conferencias y reuniones de la época victoriana, en los que cada figura, a modo de rostro, tiene un óvalo con su número escrito en caracteres claramente legibles”.

El contorno geográfico de la utopía es igualmente artificial. A la nación uniformada debe corresponder una campiña o una ciudad uniforme. El amor autoritario por la simetría lleva a los utopistas a suprimir ríos y montañas, y hasta imaginar islas perfectamente redondas y ríos perfectamente rectos. Dice Lewis Mumford:

En la utopía del Estado nacional no hay regiones naturales; y el también natural agrupamiento de los hombres en pueblos, aldeas y ciudades, que, como dice Aristóteles, configura tal vez la principal distinción entre el hombre y los demás animales, sólo se tolera merced a la ficción de que el Estado cede a esos grupos una porción de su autoridad omnipotente -o “soberanía”, como suele llamársela- y les permite practicar una vida colectiva. Por desgracia para este hermoso mito, las ciudades existieron mucho antes que los Estado -hubo en Roma a las orillas del Tíber mucho antes de haber un Imperio Romano- y la graciosa concesión del Estado no es más que renuente sanción del hecho consumado…

En vez de reconocer las regiones naturales y los agrupamientos humanos naturales, la utopía del nacionalismo, con el teodolito del agrimensor, fija los límites de una región denominada territorio nacional y convierte a los habitantes de dicho territorio en un grupo único e indivisible: la nación, a la que se supone superior a todos los otros grupos en derechos y potestades. Ésta es la única formación reconocida oficialmente dentro de la utopía nacional. Se considera que lo común a todos los habitantes de tal territorio reviste mucha mayor importancia que cualquiera de las cosas que unen a los hombres en los grupos cívicos e industriales particulares.

Esta uniformidad se mantiene por obra de un fuerte Estado nacional. En utopía la propiedad privada es abolida, no simplemente con objeto de eliminar su influencia corruptora o establecer la igualdad entre los ciudadanos, sino porque representa un peligro para la unidad del Estado. La actitud hacia la familia también está determinada por el deseo de mantener un Estado unificado. Muchas utopías siguen la tradición platónica y eliminan la familia, mientras que las inspiradas en Thomas More abogan por la familia patriarcal, el matrimonio monógamo y la educación de los niños en el seno del hogar. Un tercer grupo logra un término medio conservando la tradición familiar pero confiando al Estado la educación de los niños.

La razón de que las utopías quieran destruir la familia es la misma por la cual quieren abolir la propiedad. Se juzga que la familia estimula los instintos egoístas y que, en consecuencia, ejerce una influencia desintegradota sobre la sociedad. Por otro lado, los partidarios de la familia ven en ella la base de un Estado sólido, la célula indispensable, el campo adiestrado de las virtudes de obediencia y de lealtad requeridas por aquél. Creen, con razón, que la familia autoritaria, lejos de inculcar a los niños peligrosas tendencias individualistas, los acostumbra a respetar la autoridad del padre; más tarde obedecerán las órdenes de los jefes.

Un Estado fuerte necesita una clase o casta de gobernante con poder sobre el resto de la sociedad; y aunque los constructores de repúblicas ideales velan por que la propiedad no corrompa ni desuna a dicha clase gobernante, casi nunca advierte el peligro de que el amor al poder produzca en ella idénticos efectos y al propio tiempo la llave a oprimir al pueblo. Platón fue el principal culpable a este respecto: ponía en manos de sus guardianes todo el poder de la ciudad; y Plutarco, pese a comprender los abusos que podían cometer los espartanos, no ofrecía remedio para evitarlos. Thomas More propuso una concepción nueva: la de que el Estado representaba a todos los ciudadanos, excepto una pequeña minoría de esclavos. Su régimen era lo que llamaríamos democrático; es decir, que los representantes del pueblo ejercían el poder. Pero el poder de tales representantes consistía en aplicar las leyes más que en elaborarlas, ya que las principales habían sido dadas al país por un legislador. El Estado, en consecuencia, administraba un código que la sociedad no había hecho. Además, dada la Naturaleza centralizada del Estado, las leyes son las mismas para todos los ciudadanos y para todos los sectores de la sociedad, y no toman en cuenta los variables factores personales. Por ello algunos utopistas, como Gerrad Winstanley, se oponían a que la colectividad delegara los poderes en un organismo central, temiendo que aquélla perdiese así su libertad, y deseaban que conservara su gobierno autónomo. Gabriel de Foigny y Diderot fueron aún más lejos, eliminando por completo el gobierno.

La existencia del Estado ha menester, asimismo, de dos códigos de conducta moral, pues aquél no sólo divide al pueblo en dos clases, sino también a la humanidad en naciones. La lealtad al Estado con frecuencia exige la negación de los sentimientos de solidaridad y ayuda mutua que espontáneamente se dan entre los hombres. El Estado impone determinado código para el gobierno de las relaciones. De las relaciones de los ciudadanos entre sí y otro para el gobierno de las relaciones de los ciudadanos con los esclavos o los “bárbaros”. Todo lo que está prohibido hacer entre iguales está permitido hacerlo a los seres tenidos por inferiores. El ciudadano de Utopía es gentil y cortés con sus pares, pero cruel con sus esclavos; ama la paz dentro de su patria, pero desata las guerras más despiadadas fuera de las fronteras. Todos los utopistas que siguen la huella de Platón admiten esta dualidad en el hombre. Que tal dualidad existe en el seno de la sociedad que conocemos, es cosa indudable; pero resulta curioso que no se la haya eliminado en una “sociedad perfecta”. La idea universalista de Zenón, que en su República proclama la fraternidad entre los hombres de todas las naciones, ha sido adoptada por muy poco escritores utópicos. La mayoría de ellos aceptan la guerra como parte inevitable de sus sistemas; y, en verdad, así tiene que ser, pues la existencia de un Estado nacional siempre origina guerras.

El Estado utópico autoritario no tolera ninguna personalidad lo bastante fuerte como para concebir la posibilidad de un cambio o de una rebelión. El Estado utópico es esencialmente estático y no permite a sus súbditos luchar por una utopía mejor, ni imaginársela siquiera.

Tal aniquilación de la personalidad a menudo cobra un carácter verdaderamente totalitario. Es el legislador o el gobierno quien traza el plano de las ciudades; y este plano, aunque se prepara de acuerdo con los principios más racionales y los mejores conocimientos técnicos, no es expresión orgánica de la colectividad. Una casa, al igual que una ciudad, puede construirse con materiales inanimados, pero debe encarnar el espíritu de quienes la edifican. De la misma manera, los uniformes utópicos podrán se más cómodos y vistosos que la ropa corriente, pero no permiten la expresión de la individualidad de quienes los visten.

El Estado utópico se muestra aún más feroz en la supresión de la personalidad del artista. El poeta, pintor, el escultor deben convertirse en servidores y agentes de propaganda del Estado. Se les prohíbe la expresión individual tanto en lo estético como en lo moral, pero el verdadero objetivo de ello es anular toda manifestación de libertad. La mayoría de las utopías fracasarían en la “prueba del arte” sugerida por Herbert Read:

Platón, como recuerda con frecuencia y complacencia excesivas, expulsaba al poeta de su República. Más esa República era un engañoso modelo de perfección. Podría ser realizado por algún dictador, pero sólo podría funcionar como una máquina: mecánicamente. Y si las máquinas funcionan mecánicamente es porque están hechas con materia inorgánica, muerta. Para señalar la diferencia entre una sociedad orgánica y progresiva y un régimen estático y totalitario, basta una palabra: arte. Sólo con la condición de que se permita al artista obrar libremente, puede la sociedad encarnar esos ideales de libertad y desarrollo intelectual que a mucho nos parecen la única justificación de la vida.

Las utopías triunfantes de esta prueba son las que oponen a la concepción del Estado centralizado la de una federación de comunidades libres, donde el individuo puede expresar su personalidad sin someterse a la censura de un código artificial; donde la libertad no sea una palabra abstracta, sino que se manifieste concretamente en el trabajo, sea éste el del pintor o el del albañil. Tales utopías no prestan atención a la obra muerta de la organización social, sino a los ideales sobre los cuales puede construirse una sociedad nueva. Las utopías antiautoritarias son menos frecuentes y ejercieron menos influencia que las otras, porque no intentaban presentar un plan prefabricado, sino ideas audaces y heterodoxas; porque exigían de cada hombre que fuese “único” y no uno entre muchos.

Cuando la utopía propone un nivel sin hacer de él un plan -esto es, una máquina muerta aplicada a la materia viviente-, se convierte a la realización del progreso.

 

 

  1. 3. Mª Luisa Berneri Bibliografía

 

La finalidad de este libro ha sido presentar un panorama general del pensamiento utópico, desde la Grecia antigua hasta el presente; y un estudio tal tiene que incluir aquellas utopías que han gozado de mayor popularidad o que han ejercido gravitación sobre el pensamiento utópico, con exclusión de muchas que, pese a su interés, son poco conocidas. La siguiente bibliografía permitirá obtener una visión del inmenso y no totalmente explorado campo de las utopías.

Aunque en su elección me he ceñido a las líneas ortodoxas, tal vez el lector tenga la impresión de que algunas de las obras clasificadas como utopías no merecen tal nombre, en tanto que algunas de las aquí recogidas deberían haber sido descartadas. Al procederse a una clasificación, la dificultad surge siempre del hecho de que, aunque la generalidad de las definiciones sobre las utopías son coincidentes, el vocablo ha sido utilizado en relación con muy diversas formas de literatura. Según la Enciclopedia Británica, una utopía es “una república ideal cuyos habitantes llevan una existencia perfecta”. Esta definición se aplica a la Utopía de More, y en la selección precedente he tratado de presentar las obras que más se acerquen a ella. La república ideal puede hallarse en una isla o continente imaginario, en algún planeta distante, en el pasado o en el futuro. Pero también se ha definido la utopía como “concepción imaginaria del gobierno” (Dictionnaire de fa langue francaise). Esta definición -adoptada con menos frecuencia que la anterior sería más aplicable a los textos que describen constituciones ideales, como la Oceana de Harrington, o a los tratados teóricos sobre el gobierno, como el Aventures de Jacques Sadeur, de Foigny- ocupan más importante lugar que la relación de viajes y aventuras. En la bibliografía se han incluido sólo las obras -de este tipo.

He incluido también algunos escritos que podríamos considerar como precursores de las utopías; pero son muy pocos, ya que habría resultado imposible presentar una lista completa. El doctor J. O. Hertzler, en History of Utopian Thought, considera a los profetas hebreos como los padres del pensamiento utópico. A su juicio, el profeta Amos (mediados del siglo VIII a. C.) y todos los que le siguieron en los tres siglos posteriores, se igualan con Platón en cuanto críticos y constructores sociales. Aunque la influencia de Grecia sobre el pensamiento utópico fue importantísima, también otras culturas y literaturas desempeñaron relevante papel. He mencionado asimismo algunas obras que gravitaron sobre las utopías merced a su descripción de sociedades reales. La descripción del historiador Josefo sobre las comunidades judías de los Esenios, situadas en la costa occidental del Mar Muerto; la de Diodoro de Sicilia sobre las comunidades, más o menos míticas, de las islas mediterráneas; los relatos sobre la civilización incaica y las misiones jesuíticas, fundadas en la segunda mitad del siglo XVII y cuya existencia se prolongó durante un siglo, proporcionaron mal ria prima para la construcción de utopías.

Charles Gide, en su libro Communist and Cooperative Colonies, se preguntaba si no debían incluir a las utopías en un estudio de las comunidades, ya que alguna de aquéllas son más reales que los ensayos llevados a la práctica. No otro, a nuestra vez, podríamos preguntarnos si relatos obra dichas comunidades no merecen compararse con lo de las utopia. Las comunidades fundadas en el siglo XIX expresaban la voluntad de utopía o, mejor dicho, aspiraban a ser utopías en miniatura; de ahí que sus constituciones se asemejen muchísimo a las de las repúblicas ideales. En muchos casos, éstas inspiraron a los fundadores de comunidades y, a la vez, los resultados de tales experimentos sociales fueron incorporados en algunas de las utopías modernas.

La presente bibliografía incluye algunas de las obras de crítica sobre la literatura utópica que se han publicado en los últimos cien años. Aunque la mayoría de ellas la analizan desde el punto de vista marxista, otras más recientes, como The Story of Utopias, de Lewis Mumford, adoptan una actitud menos partidista y ofrecen interesantes apreciaciones. Finalmente, he incluido libros como Nacionalismo y Cultura, de Rudolf Rocker, El Apoyo Mutuo, de Kropotkin, y The Socialist Tradition, de Alexander Gray, los cuales, aunque no encaran en forma especial el tema de las utopías, contienen material de interés con respecto al .mismo: He tratado, en lo posible, de evitar las llamadas al pie de página, pero todas las fuentes a que recurrí se encuentran mencionadas en la bibliografía.

 

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