Publicado en: 17 septiembre, 2015

Los ludditas, los primeros rebeldes de la era industrial

Por Iñaki Urdanibia

Excelente retrato de este movimiento resistente y emnacipador.

Por: Iñaki Urdanibia

 

La Revolución Industrial no fue una fiesta. Bajo la óptica de quienes se centran en el avance que supuso con respecto a los tiempos anteriores, y vertebran su mirada en la idea de progreso, tanto relacionándola con « el sentido de la historia» que conduce a mejor a la humanidad, como identificando progreso con desarrollo tecnológico, tal convulso tiempo fue un gran paso adelante , en el que se dieron luminosos descubrimientos y en el que la producción se disparó debido precisamente a los inventos científicos y técnicos. No todo fueron luces en aquellos tiempos sino que las sombras fueron amplias y su huella perdura hasta nuestros días, en los que el afán por producir como polo esencial del quehacer humano, ha ido revistiendo diferentes rostros en la « construcción del socialismo», como en la actualidad de la producción a destajo en la China continental, por no hablar de las «deslocalizaciones» que hacen que algunos países, del llamado Tercer Mundo, se hayan convertido en el vivo reflejo de la situación que padeció la clase obrera inglesa, e irlandesa, en la incipiente sociedad industrial.

El escenario que se nos ofrece es de unos seres malnutridos y hacinados en verdaderos tugurios en los que habitaban hacinados, quienes no lo hacían en las dependencias adjuntas de los telares. Los horarios de trabajo eran , cuando eran contratados ya que dependía de la cantidad de trabajo que hubiese, infernales con breves pausas para desayunar( es un decir), comer( es otro decir), para posteriormente marchar a casa a compartir la miseria con la familia, que muchas veces también se veían implicada en las labores de la producción y a precios más ventajosos para los insaciables patronos( los niños desde los cinco años vigilados por capataces que no se privaban a la hora de utilizar el látigo ante cualquier negligencia; también las mujeres, sin obviar a numerosa gente venida de otros lugares, del campo irlandés muy en especial, huyendo de la miseria y en busca de menos hambre). De las condiciones higiénicas mejor no hablar, si bien a veces las autoridades en comandita con los pastores( metodistas y anglicanos) dictaban ciertas prohibiciones so capa de la salud de los trabajadores: cierre de los bares en los días festivos para evitar que « las clases peligrosas » se gastasen el mísero sueldo en alcohol y otros vicios propios de la plebe; hasta las reducciones de los ya reducidos salarios se justificaban por parte de la voraz patronal por el bien de los trabajadores que no sabrían cómo gastar el dinero o lo harían de mala manera lo cual perjudicaría su salud y, en consecuencia, la producción. El hambre o la mala alimentación estaban al orden del día: pan, algo de avena y alguna untada de tocino de vez en cuando, eran todo los que podían, cuando podían, llevarse a la boca los tejedores y sus familias, esto provocaba los llamados « motines del hambre » que conducían a la gente a hacerse con provisiones de los comerciantes y mercaderes o bien para entregarlo a quienes carecían de medios , o bien para venderlos a un precio más ajustado y no al disparado al que acostumbraban los comerciantes que se aprovechaban de la situación impuesta por los patronos ayudados en cuerpo y alma( también en armas, soplones, provocadores…)por las autoridades gubernativas ( torys y wigs…tanto monta, o casi) .

Quienes se rebelaban contra el injusto orden de cosas eran considerados por las autoridades seguidores de los temidos « jacobinos» franceses o de algunas fuerzas papistas que intentaban desestabilizar la pax britannica. Las primeras formas de resistencia fueron las de los conocidos como luddistas, supuestos seguidores de Ned Ludd, joven que estando hasta el gorro del maltrato que recibía de su patrón decidió romper las máquinas, convirtiéndose en fugitivo y en la imagen de los mecanoclastas; en trono a tal personaje corrieron leyendas, poemas y canciones que alababan las gestas liberadoras que iban creciendo reivindicando su nombre. Las acciones en las que los cabreados obreros atacaban las máquinas iban creciendo y las cartas y proclamas en las que se anunciaban las condiciones que debían seguir los propietarios si querían evitar la furia destructora se multiplicaban bajo diferentes firmas, la mayor parte relacionadas al « general Ludd» ( al que se otorgaban diferentes graduaciones o del que se hablaba en su nombre), y muchas enviadas desde el mítico bosque de Shewoord…la sombra de Robin Hood perduraba como leyenda, y la de fantasmática de Ludd crecía provocando un respeto y admiración entre los ciudadanos de la zona, que no cesaban de alabar a los insurrectos y atacar con sorna a los patrones y a las autoridades (disfraces incluidos como puede verse en la ilustración que acompaña a este artículo) . Obviamente no sucedía lo mismo entre los patrones y sus lacayos políticos, eclesiásticos y periodísticos que clamaban al cielo ante la ola de « bandidismo» y ante la amenaza de la revolución. Las medidas policiales brutales, las leyes promovidas con el fin de castigar duramente a los culpables de los ataques al « progreso» se endurecían, el prestigio de los seguidores de Ludd también , al tiempo que se extendían a otras localidades textiles, desde Nottigham, Leicestershide, Rótterdam, Manchester…que en sus inicios centraban su ataques en las máquinas ( no por mero anti-maquinismo sino ya que éstas provocaban el despido de obreros y la conversión de muchos de ellos en medros apéndices de la máquina-Moloch ) más tarde las amenazas también se dirigieron contra los dueños y sus propiedades; la furia destructora no era más que una de las caras del espíritu de reacción que los ludditas tenían contra el capitalismo salvaje que se iba imponiendo a máquina limpia y a tiro sucio; . La represión era feroz y el número de militares movilizados increíble ( treinta mil que dan cuenta de la desproporción si se tiene en cuenta que fueron cuarenta y cinco mil los movilizados por Wellington en su campaña hispana), las leyes represivas contemplaban la pena de muerte( judiciales y extra-judiciales) o los destierros a Tasmania, Australia.

La lucha de clases era palpable y encarnizada y las clandestinas organizaciones, los comités secretos y su coordinación que más tarde darían lugar al nacimiento de los trade-unions y las organizaciones sindicales) estaban al orden del día.

La poesía romántica, a su modo y con sus titubeos, se unía al combate: ahí están las voces de lord Byron, los Shelley, Woordstock o William Blake, por citar algunos.

Realmente cualquiera que pretenda enterarse de estas primeras formas, ignoradas y marginadas, de resistencia a las imposiciones del Capital tiene una soberbia ocasión con el exhaustivo libro de Julius Van Daal, editado por Pepitas de calabaza: « La cólera de Ludd. La lucha de clases en Inglaterra al alba de la Revolución Industrial ». La obra es clarificadora donde las haya, y ello además de ser meritorio per se, lo es más, si cabe ( y sí cabe) teniendo en cuenta lo ignorados, perseguidos, prohibidos( de ahí que hallar textos que pertenezcan a ellos, pues las condiciones de estricta clandestinidad les obligaba a cuidar por no dejar pistas)despreciados o desdibujados-hasta a niveles del mismo diccionario- que han sido los luddistas, y sus seguidores o aquellos que se han reivindicado de su nombre; Van Daal ha hurgado en los archivos, y en textos que han estudiado dicho fenómeno y ha logrado dar una imagen del movimiento en sus ramificaciones y en su amplitud, sin obviar la magistral contextualización económico-política y social, como anteriormente ya nos había ilustrado acerca del que puede considerarse el primer alzamiento proletario que se dio en el viejo continente en su « Bello como una prisión en llamas », editado por la misma editorial riojana , y del que di cumplida cuenta en las ondas de Info 7 irratia» Propuesta literaria – #706997          .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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