Publicado en: 11 octubre, 2018

Los Leopardos, pioneros del fascismo en Colombia

Por Horacio Duque

El siguiente texto, el segundo, quiere mostrar cuales son los orígenes del fascismo en Colombia; el cual empezó su proceso de estructuración en la segunda década del siglo XX

Hay un auge asombroso del fascismo por todo el planeta y la alta votación de Bolsonaro en Brasil, el candidato de la ultraderecha, es otra grave manifestación de dicha tendencia. Son las consecuencias de la aguda terrible crisis económica y financiera que sacude al capitalismo globalizado desde la quiebra del 2008, la cual se ha complicado en los últimos 120 meses, presentando diversos ciclos y fenómenos de destrucción de la producción, de la democracia, de las libertades civiles y del planeta.

Las elites del capitalismo global utilizan a fondo los medios de comunicación y las redes sociales para asustar a millones de seres humanos, especialmente a las clases medias, y de esa manera poder promover las formas violentas del totalitarismo y el despotismo político.

El siguiente texto, el segundo, quiere mostrar cuales son los orígenes del fascismo en Colombia; el cual empezó su proceso de estructuración en la segunda década del siglo XX, con la constitución y presencia pública del grupo los Leopardos. Ese núcleo pionero lo integraron Silvio Villegas, Eliseo Arango, Joaquín Fidalgo Hermida, Jose Camacho Carreño y Augusto Ramírez Moreno. Posteriormente darían continuidad a su discurso y a su práctica política Gilberto Alzate Avendaño (El Duce de Manizales), Joaquín Estrada Monsalve y Fernando Londoño, el padre del otro Fernando Londoño que hoy hace parte de la guardia pretoriana de Uribe Vélez.

Laureano Gómez, que fue muy activo en los años 20, 30, 40 y 50 del siglo XX, es el promotor del Falangismo y el corporativismo en Colombia. A el dedicaremos un análisis especifico.

En este estudio sobre el fascismo en Colombia nuestro enfoque es multidisciplinario y en él se incluyen elementos históricos, sociológicos, politológicos, filosóficos y antropológicos.

La constitución de los Leopardos. Sus integrantes e influencias ideológicas.

En la segunda década del Siglo XX, merced al influjo de las ideas fascistas, en el país surgieron grupos políticos de extrema derecha que copiaron ciertos postulados de dicha concepción política, pero, cayeron en lo accidental, en lo superficial y en lo evidente de la teoría sin explorar las columnas y los soportes estructurales de la ideologia fascista (Arias Trujillo, 2007).

Peor aún, fue el hecho de haber traído las experiencias europeas sin haberlas pasado primero por el tamiz de la realidad colombiana para adaptarlas finalmente al medio particular de un país con otra cultura (Ruiz Vasquez, 2004).

Grupos fascistas.

Entre 1924 y 1945, afirma Ruiz Vasquez (2004) surgieron muchos grupos fascistas en Colombia como el Haz Godo, Cruz de Fuego, Acción Nacional Derechista, el Centro Primo de Rivera, el Centro Derechista, Extrema Derecha, Alianza Fe, Centro Lealtad, Cruz de Malta, Haz de Juventudes Godas, Haz Derechista Femenino de Antioquia, Comando del Fascio Colombiano, Punto de Apoyo, Legión Cóndor, Legión Colombia; en Boyacá se constituyó la Falange Nacionalista, el Centro Derechista en Sopo, la Legión de Extrema Derecha en Bucaramanga.

Periódicos y publicaciones.

Según Arias Trujillo (2007), también proliferaban, a la par, semanarios, periódicos y publicaciones de signo derechista como la Patria de Manizales, Nueva de Cartagena, Clarín de Antioquia, Derechas, que salía a la calle todos los jueves, dirigido por Guillermo Camacho Montoya; El Fascista, dirigido por Simón Pérez Soto y en el que colaboraban entre otros Silvio Villegas y Abel Naranjo Villegas que dirigía otra publicación de carácter derechista: La Tradición; Camisas Negras, que era el órgano de «La Legión de Extrema Derecha de Bucaramanga», entre otros.

En esta amalgama de grupos y agrupaciones de signo fascista, había los que abogaban por seguir en estrecha colaboración con el Partido conservador, y dentro de él, hacerle adoptar los postulados derechistas, como es el caso de Gómez y El Colombiano de Medellín (Arias Trujillo, 2007).

La vida de la mayoría de estos grupos transcurrió sin pena ni gloria en el proceso político nacional.

En Colombia, a principios del siglo XX, los planteamientos de los pensadores fascistas parecieron encontrar eco en las juventudes de clase media y particularmente en los departamentos de Caldas, Antioquia, Santander y Bogotá (Ruiz Vasquez, 2004).

Silvio Villegas fue el difusor de la ideas de Maurras; Laureano en las páginas de El Siglo se hizo portavoz de las ideas “Imperiales” del franquismo, pero como dice Pecaut, siempre fue receloso del fascismo italiano y del nacional socialismo alemán (Pecaut, 1988).

Los Leopardos.

Tan sólo el movimiento de Los Leopardos se abrió paso en la vida pública gracias a los éxitos políticos que consiguieron sus miembros por la acción identificada con el nacionalismo y la tradición. Se constituyeron con el tiempo en una opción contestataria de los gobiernos liberales y de otras facciones del conservatismo.

Los primeros Pasos.

En 1922, cinco jóvenes universitarios, todos de provincia, tuvieron la idea romántica de conformar un grupo de discusión de las ideas de derecha. Ellos eran Silvio Villegas, Elíseo Arango, Augusto Ramírez Moreno, José Camacho Carreño y Joaquín Fidalgo Hermida (Ruiz Vasquez, 2004).

Los dos primeros se conocieron en Manizales, en 1917, cuando cursaban los últimos años de bachillerato. Allí se dieron a la tarea de estudiar a diversos pensadores del siglo XIX, de Marx hasta Nietzsche, pasando por obras de variada índole que versaban sobre el ideario de San Francisco de Asís, San Pablo y San Agustín o las polémicas de Jaurés (Arias Trujillo, 2007).

Como siempre ha sucedido en la historia de los pueblos, aquellos jóvenes veían en su generación una expresión diferente a todas las anteriores y, por tal razón, consideraban que ellos eran los llamados a trascender en el tiempo gracias a su espíritu pendenciero y mosqueteril (Pérez Silva, 2009).

En el seno del diario conservador La República hicieron contacto con Ramírez Moreno, Fidalgo Hermida y Camacho Carreño.

Los cinco estudiantes conservadores comenzaron a reunirse en un céntrico apartamento de Bogotá para debatir con mucho entusiasmo diferentes temas tanto literarios como políticos. El sitio de reunión, que fue llamado posteriormente por Villegas en un artículo, “La cueva de Los Leopardos”, no pasaba de ser un cuartucho donde sobresalían un busto de Rafael Núñez y los retratos de la virgen María y Guillermo Valencia, símbolos, por lo demás, de su concepción primigenia de tradición, patria, religión y conservadurismo (Ruiz Vasquez, 2004).

Ramírez Moreno acogió el nombre de Los Leopardos para darle alguna distinción al grupo que reflejara ese espíritu agresivo y combativo cuya fórmula, nada original, era: “En política lo fundamental es la ofensiva la defensa es un accidente” (Arias Trujillo, 2007).

Por esa época pasaba por Bogotá un circo que tenía entre sus atracciones especiales unos leopardos feroces y esto le dio la idea a Ramírez para bautizar el grupo.

Los Leopardos fue un nombre adoptado por Augusto Ramírez debido al ímpetu con que los jóvenes integrantes del grupo pretendían defender las doctrinas conservadoras de un liberalismo que se les antojaba nocivo (Pérez Silva, 2009). En virtud del anhelo de defender un orden estético y literario que estaría en peligro frente a los influjos del romanticismo –sinónimo de desafuero e indisciplina, de avanzada liberal como lo argumenta Villegas, sus ideales y aspiraciones literarias suelen confundirse con las doctrinas que fortalecen su adhesión al Conservatismo, uno de cuyos inspiradores habría sido Bolívar a través de sus tesis monárquicas, de orden y enemigo de las acciones anarquistas.

El apelativo de Leopardo era, además altamente conveniente ya que en 1920 Mussolini había llamado a sus fascistas “verdaderos Leopardos”, afirma Ruiz Vasquez (2004).

Ramírez Moreno (1973) le otorgo el nombre al grupo “Mis hijitos, ustedes se tienen que bautizar. Deben adoptar un nombre de guerra, algo que dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero como los leopardos”, aunque otras versiones aseguran que Germán Arciniegas fue el que le otorgo el nombre al grupo en referencia a un circo que tenía en exhibición a unos leopardos (Pérez Silva, 2009).

El nombre de «Leopardos» responde al acrónimo de: Legión Organizada para la Restauración del Orden Social.

Silvio Villegas comenzó a surgir en la escena pública, en 1923, gracias a los artículos que escribía en La República. Con sus compañeros de tertulia, protagonizó fuertes polémicas como la suscitada contra el joven liberal German Arciniegas en la reunión de la Asamblea Estudiantil de la Universidad Nacional. En otras ocasiones, Los Leopardos asistían, dóciles y apacibles, a las barras del Congreso (Arias Trujillo, 2007).

Los Leopardos asumieron, entonces, el papel de renovadores del avejentado Partido conservador.

Los Leopardos, afirma Ruiz Vasquez (2004), fueron un movimiento intelectual y político de carácter fascista que actuó como disidencia principal del partido conservador; representaron a su vez un amplio legado que llego a influir en otros miembros del partido tales como Gilberto Alzate Avendaño, admiradores del fascismo con propuestas corporativistas que se ven resumidas en la siguiente frase de Silvio Villegas, “Tesis: Capitalismo, Antítesis: Socialismo, Síntesis: Corporativismo.”

Compuesto principalmente por cinco jóvenes de clase media que se estaban adentrando a la política desde el Partido conservador, el grupo de los Leopardos terminó por representar la principal incisión dentro de los conservadores, en contra de los líderes históricos del partido.

El grupo por tanto expresaba principalmente una inconformidad inter generacional, por lo que llegó a tener diversas posiciones divergentes.

Fue la primera expresión de fascismo que se dio en suelo colombiano, constituyéndose con el tiempo en una opción contestataria de los gobiernos liberales y de otras facciones del conservatismo.

Los Leopardos, afirmaba Silvio Villegas, citado por Ruiz Vasquez (2004), tratamos de renovar el viejo programa conservador, la oratoria política y la literatura nacional. Por primera vez, en muchos años de historia patria, un grupo juvenil reclamaba su jerarquía intelectual, política, quebrantando la costumbre de que únicamente los primates, el coro de los ancianos, podrían dirigirse con autoridad a su partido y a la nación, recalcaba Villegas.

En el atardecer de su vida, Eliseo Arango, citado por Arias Trujillo (2007) hizo esta recordación: “Lo que nos animó en grupo fue el prejuicio, muy difundido en la universidad, de que las ideas conservadores eran atrasadas, mandadas a recoger. Queríamos, entonces, darle una fisonomía intelectual al Partido Conservador presentándolo como amigo del progreso, de la cultura, de la civilización. Como grupo, fuimos muy solidarios, indudablemente. Eso no significa que tuviéramos todos los mismos conceptos sobre los hombres, los hechos, las ideas. Teníamos nuestras diferencias, pero sabíamos zanjarlas”.

A su vez, Camacho Carreño hace esta definición: “Cinco mozos locuaces, de ambición, que leíamos pensamiento tradicionalista, católico y reaccionario. Los padres de la Iglesia y los mantenedores de la monarquía eran los predilectos. Fuimos así labrando un concepto autocrítico y fuerte de la política”, citado por Arias Trujillo (2007).

Dicho grupo hizo proselitismo político en el Congreso y defendió una tendencia fascista, propia de un sector radical, preocupado por la penetración de las ideas de izquierda y la agitación social en un país rural y católico, en el que solía discutirse, como lo hicieran Jiménez López (Nuestras razas decaen, 1920) y López de Mesa (El factor étnico, 1927) el asunto de la ”raza” y las ideas del nacionalismo, a propósito de lo que se avizoraba en Italia y luego en la España de Franco.

Una breve biografía de los Leopardos nos permite tener una semblanza de los mismos.

Eliseo Arango.

Nació en Bagadó (Chocó) en abril de 1900 y murió en Bogotá, el 17 de diciembre de 1977. Cursó el bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas, en Manizales. Fue compañero de Silvio Villegas y juntos continuaron los estudios de derecho en la Universidad Nacional. Viajó a Francia y en la Sorbona se especializó en ciencias económicas y sociales. Lector incansable conoce diversas literaturas y se pasea por varios escenarios de la cultura (Pérez Silva, 2009).

Fue catedrático, parlamentario, ministro de estado, diplomático y, en plena juventud, secretario del maestro Guillermo Valencia, durante la segunda campaña presidencial, en 1930.

Eliseo Arango fue la inteligencia temperada de su grupo político. Sutil y agudo, su actividad predilecta ha sido la de explorar las tesis y las doctrinas que ha encontrado en sus lecturas innumerables. Escucharle en una de sus exposiciones sobre temas que le han apasionado es asistir a un espectáculo fascinante. Arango sabe descomponer las imágenes y describir el contorno de las ideas en forma tal que el interlocutor pueda apreciarlas como si las viera a través de un caleidoscopio encantado. Letrado hasta los tuétanos su capacidad para juzgar un autor, un libro, un discurso, era asombrosa. Fue un orador impecable. Sobrio, sereno, razonador, elegante. No obstante todas estas cualidades, Eliseo Arango no dejó escrita la obra propia de sus talentos y conocimientos (Pérez Silva, 2009).

José Camacho Carreño.

De Bucaramanga, nacido el 18 de marzo de 1903, y muerto en Puerto Colombia, 2 de junio de 1940, dio comienzo a sus estudios en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Luego los continuó en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en donde recibió el diploma de bachiller. En la Universidad Nacional optó el título de doctor en derecho y ciencias políticas, y fue su presidente de tesis (Un ensayo sobre las pasiones y la premeditación) Miguel Abadía Méndez, Presidente de la República, quien pidió al jurado calificador la aclamación para el graduando (Pérez Silva, 2009).

Desde muy temprana edad, Camacho Carreño enriqueció su precoz inteligencia con la lectura de los clásicos castellanos. El lenguaje cervantino le fue familiar al rayar las primeras lumbres de su adolescencia y desde entonces hizo gala de un prodigioso don de vocalización. Para asombro de maestros y escolares, las dotes del consumado orador y del castizo escritor se anunciaban con rasgos inconfundibles. En sonado concurso celebrado en el Gimnasio Moderno, con motivo del tercer centenario de la muerte de Cervantes en 1916, ganó el primer premio entre los alumnos de su clase, con una página que fue calificada de extraordinaria (Pérez Silva, 2009).

Desde 1924 colaboró en El Nuevo Tiempo, al lado de las plumas de Marco Fidel Suárez, Guillermo Valencia, José Restrepo y tantas otras que fueron honra y prestigio del periodismo colombiano. Más tarde fue asiduo colaborador de El Tiempo. Sus mejores ensayos, escritos polémicos y discursos, ocuparon sus columnas. Don Marco Fidel, con toda su autoridad, no tuvo a menos cruzar sus aceros con Los Leopardos, a quienes amonestó y corrigió pero concedió altísima beligerancia. Entre ellos, el predilecto entre los del grupo fue Camacho Carreño. Quién lo creyera, este inquieto estudiante de jurisprudencia en los claustros de Santa Clara, fue el inspirador de los Sueños de Luciano Pulgar: “Él fue quien me animó a que escribiera, a lo cual asentí, movido por las reflexiones que supo hacerme. Aunque no ha terminado sus estudios, noté desde luego en el joven Camacho Carreño precocidad de buen juicio y discreción, pues me habló desde nuestra primera entrevista como hombre hecho y formado…” Así lo reconoce el llamado “Presidente paria” (Arias Trujillo, 2007).

Elegido diputado y representante al Congreso para el bienio de 1929 a 1931, asiste primero a la Asamblea de Santander y luego ingresa a la Cámara de Representantes, de la que fue dos veces presidente. En su seno desplegó una actividad preponderante y terció en duelos oratorios de inolvidable memoria. Famosos entre todos ellos fueron los librados con Antonio José Restrepo y los que tuvieron lugar con motivo de la acusación al Ministro de Guerra, general Ignacio Rengifo (Pérez Silva, 2009).

En 1932 fue designado por el presidente Olaya Herrera como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de nuestra patria ante los gobiernos de la Argentina y el Uruguay. Al año siguiente acude a Montevideo como delegado nuestro a la VII Conferencia Internacional Americana, inaugurada por el presidente Roosevelt, de lo Estados Unidos. En aquel histórico acontecimiento, la elocuencia del Leopardo se dejó escuchar, apreciar y admirar. En las postreras deliberaciones, habiéndose erigido a Lima como sede de la próxima conferencia y por razones de los hechos allí ocurridos en ofensa y agravio de Colombia, su figura se irguió ensoberbecida para sentar su protesta. Se refiere que un día Camacho Carreño fue invitado a dictar una conferencia en el paraninfo de la Universidad de Montevideo y que, al terminar su discurso, los estudiantes, fuera de sí, se abalanzaron sobre la tribuna, se apoderaron del orador y lo sacaron en hombros por la populosa avenida 18 de Julio, arteria principal de esa metrópoli (Ruiz Vasquez, 2004).

En fin, todos cuantos conocieron y escucharon a este verdadero coloso de la elocuencia afirman al unísono que fue el primer orador de su tiempo y de muchos otros tiempos. Se ha dicho, así mismo, que Camacho Carreño resumió entre nosotros las más perfectas virtudes del auténtico tribuno; el gesto, la arrogancia, el ímpetu, la idea, la palabra, la voz, la acción, la estampa humana. En fin, todos cuantos han escrito con autoridad sobre este iluminado del verbo están acordes en destacarlo como una de las más grandes figuras de la oratoria. Mejor dicho, el príncipe de la elocuencia colombiana (Arias Trujillo, 2007).

Del escritor quedan sus libros El último Leopardo y Bocetos y paisajes. En Buenos Aires, rescató y publicó con un magnífico prólogo: las Memorias de Florentino González. Y en Bruselas, donde desempeñó la secretaría de la Embajada colombiana, para obtener la licenciatura en ciencias económicas, publicó la que fue su tesis de grado: Reflexiones económicas (1929).

Augusto Ramírez Moreno.

Nació en Santo Domingo, Antioquia, el 23 de noviembre de 1900 y murió en Bogotá 19 de febrero de 1974. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de San Bartolomé y profesionales en la Universidad Nacional de Bogotá, donde obtuvo el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales. Desde sus días de estudiante irrumpió en la actividad política y dio muestras de una singular elocuencia (Pérez Silva, 2009).

Orador de muy peculiares cualidades, Ramírez Moreno sobresalió por la fogosidad de su verbo y por la fuerza de sus convicciones. Fue político y parlamentario de larga trayectoria. Fue, así mismo, miembro del Directorio Nacional Conservador, Ministro de Gobierno y diplomático (Gil Montoya, 2010).

Gonzalo Canal Ramírez, citado por Arias Trujillo (2007) resalta el supremo atributo de que hizo gala Ramírez Moreno y nos coloca frente de quien un día tuvo el coraje de hablar en la Cámara de Representantes en defensa de Laureano Gómez, ante las pistolas tendidas de sus enfurecidos adversarios. Augusto, ante todo, era un “Leopardo”. Ninguno de los de su grupo le ganó en felinidad. Ni Silvio Villegas con la lírica y el oro puro de su prosa, ni Eliseo Arango con la cristalinidad de su raciocinio, ni siquiera ese emperador de la elocuencia que fue José Camacho Carreño. Augusto era felino y rampante por derecho propio hasta en sus gestos, sus pestañas, su nariz, el ademán de sus manos, el brillo de su mirada, su personalísimo estilo de tigre de Bengala en acecho y el altanero cascabeleo de su altanería y altivez que jamás podrá confundirse con lo que quienes no lo conocieron le señalaban de vanidoso.

El orador que despertó estas admiraciones y creó una verdadera mística en las multitudes, un día reclamó con razón en el seno de una convención conservadora su derecho a dirigir la colectividad con el estandarte de la locura. Era ciertamente el político y el tribuno que tuvo a Disraeli como su modelo predilecto.

Ramírez Moreno nos legó varios libros: Episodios, El político, Los Leopardos, Una política triunfante, El libro de las arengas y Biografía de un contrapunto, entre otros (Ramírez Moreno, 1995).

Silvio Villegas.

Nació el 19 de marzo de 1902 en Manizales y falleció el 12 de septiembre de 1972 en Bogotá. Desde muy joven enfiló sus pasos al campo de la política, actividad que mantuvo con entusiasmo y combatividad durante la mayor parte de su vida. Fue miembro del Concejo de Manizales, diputado a la Asamblea de Caldas, representante a la Cámara y senador de la República en diversos períodos. En alguna ocasión formó parte de la suprema directiva del partido conservador, colectividad en la que militó y desempeñó papel preponderante (Pérez Silva, 2009), principalmente como tribuno popular y orador parlamentario (Arias Trujillo, 2007).

Lector infatigable desde la adolescencia, casi desde su niñez. Homero, Esquilo, Sófocles, Platón, Cicerón, Virgilio, Horacio, Ovidio y los clásicos españoles fueron, entre otras, sus lecturas predilectas. Y sus autores favoritos de la literatura francesa: Hipólito, Taine, Renán, Bourget, Gourment, Barrés, Daudet, Maurras y los poetas simbolistas y decadentes. Sin embargo, Goethe constituyó su mayor admiración humana y su máxima predilección. Su devoción se revela en las páginas de La imitación de Goethe, libro llamado con acierto el breviario de sus elaciones estéticas.

En la formación política del Leopardo, Nietzsche tuvo una decisiva influencia. Cada uno de los signos mágicos de Zaratustra -dice- era una invitación a volar sobre las más altas cimas, un exigente deseo de perfeccionamiento, un estímulo permanente a la voluntad de dominio (Pérez Silva, 2009).

Ciertamente, poseedor de una brillante inteligencia y de una vasta cultura, Villegas sobresalió como escritor fecundo, erudito y afortunado. Fue, además, dueño de una prosa artística y muy rica en imágenes, tonos y matices. La canción del caminante es una de aquellas obras que persuaden la inteligencia, cautivan el espíritu y seducen el corazón (Arias Trujillo, 2007).

Este Leopardo se distinguió, así mismo, como periodista de pluma ágil, combativa e infatigable. En este ámbito dirigió con vocación y consagración La Patria de Manizales, en los albores de su juventud; El País de Cali y El Debate y La República de Bogotá.

Recordemos los libros de su autoría: Imperialismo económico, De Ginebra a Rio de Janeiro y No hay enemigos a la derecha. El Hada Melusina, Cartas de amor y pasión fue su obra póstuma.

En realidad, lo que esparce Villegas como credo político y principios de vida va más allá de una retórica referencial y arrolladora; los usos de la violencia verbal y los mecanismos de un lenguaje incendiario se acumulan en sus fuentes, devienen propuesta y estilo de una forma de hacer literatura que se reduce a la citación del dato erudito, a la evocación de unos ideales griegos y romanos, a la defensa de unas doctrinas monárquicas francesas, a la exaltación del amor y los afectos como virtudes de espíritus elevados. Todo ello en connivencia con la apología que propone de una noción de patria, donde el centralismo debilitaría la urgente ”unidad nacional” y donde sería vital, para lograr esa unidad, defender la existencia de las provincias, por encima de las ciudades, que le resultan decadentes, como ámbitos sólo apropiados para el consumo. He aquí una de sus tantas paradojas; mientras Villegas observa en la monarquía el espacio apropiado para que los artistas e intelectuales, como conductores de las masas, encuentren su nicho y el sistema político mismo garantice su mecenazgo, impulsa la autonomía de los departamentos y las provincias, al tiempo que observa en los fenómenos de la colonización, en especial la del Quindío, una de las grandes epopeyas de la energía humana del continente. Desde esta perspectiva, la colonización sería el símbolo de lo heroico y puro, de lo ancestral y de los valores contrarios a los profesados por el liberalismo.

Otro de los hechos paradójicos en el pensamiento de Villegas, como ideólogo de los Leopardos, es su defensa del mestizaje, que escribe entre comillas como el ”derecho de la sangre”; sin embargo, sostiene que el país debe seguir cuidándose de recibir a grupos migratorios. En su pensamiento político Villegas profesa toda oposición a la ”inmigración extranjera”, puesto que la mezcla racial y cultural, como se observa en Argentina y Brasil, va en detrimento del ”genio nacional”, de la lengua y del espíritu, posiciones ideológicas muy contrarias al sentido mismo con que Villegas se asume intelectual universal, cosmopolita y afrancesado.

Por otra parte, Villegas también respalda la violencia física –si ésta fuese necesaria–, para frenar a quienes cataloga de izquierdistas, en tanto visibilización del materialismo histórico. Puesto que en Colombia no han funcionado los ”métodos democráticos”, argumenta Villegas, están las derechas obligadas a dirigir las masas y si las izquierdas responden con la violencia, a ella se le opondría la violencia de las derechas.

En tal sentido, el responsable de Ejercicios espirituales (1929) justifica el intervencionismo italiano y alemán en la España ”amenazada por el comunismo”. Y Villegas presume que cualquier manifestación de estas doctrinas de izquierda va en contra de la ”cultura humana” y de lo que ella encarna en materia de ciencia, arte y pensamiento en occidente, al tener como núcleo a la familia y a la patria como un ideal de sociedades civilizadas. Defender a la ”cultura humana” es, para Villegas, inclinarse por las derechas, asumirse en una religión –la católica– y en unos postulados idealistas y espirituales que buscan el orden que a su vez fortalezca lo político. Lo contrario es el caos, la anarquía.

Villegas recordará que su primer contacto con el chocoano Eliseo Arango fue en 1917, cuando ambos coincidieron en las aulas del Instituto Universitario de Caldas, ya que Manizales era una ciudad que dejaba sentir un clima adecuado para las faenas de la inteligencia (Arias Trujillo, 2007). Dos años después, ambos conocerían en Bogotá a Ramírez Moreno, Fidalgo Hermida y Camacho Carreño. Decidieron entonces avanzar en la construcción de una plataforma ideológica que les permitiera vincular una visión de mundo compartida y en la que era difícil, como se advierte en sus escritos y arengas, separar la acción política del ejercicio intelectual, o de lo que Silvio Villegas, señala con frecuencia como ”el culto del idioma, el amor a las letras”. Se comprende así su nexo con Ramírez Moreno, el político pragmático y su reino de artificio, quien se declaraba un hombre público, sin intimidad, excéntrico y nada recatado para subrayar un ‘desdén absoluto por la literatura y un narcisismo que lo llevó a confesar que era muy poco lo que leía –salvo a Dumas y las memorias del marqués de Bradomín–, pues, cuando quiero leer un bello libro, lo escribo, afirmaba. Fue Ramírez Moreno quien después de llevar a sus amigos a una asamblea de estudiantes donde se enfrentaron con ”elocuencia” a políticos liberales, observó la necesidad de crear un grupo con ”nombre de guerra, algo que dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero como ‘los Leopardos. Y lograron así llamar la atención en Bogotá y volverse tema en la pluma de Germán Arciniegas, Juan Lozano y Abelardo Forero Benavides; en los dibujos y caricaturas de Ricardo Rendón y Alejandro Gómez Leal, de Rincón y Luis Ignacio Andrade, de Roldán y Díaz en la revista Fantoches de 1930 y 1931.

La ideología de los Leopardos.

Ruiz Vasquez (2004) señala que los Leopardos de ideales conservadores e inspirados por una voluntad política opuesta al liberalismo que tomó el poder con Olaya Herrera (1930 – 1934), promulgaban una serie de prescripciones ideológicas y partidistas en virtud de su acendrado nacionalismo, cuyos integrantes lograron representación en los escenarios del Congreso, luego de afinar sus ideas y consignas en los periódicos de carácter conservador como El Siglo, El Nuevo Tiempo, El Colombiano, La Tradición, El Deber, La Patria y otros. Algunos de sus miembros vieron en la España de la Guerra civil un signo alentador, la posibilidad del orden que asegurara la permanencia de unas doctrinas que el propio Silvio Villegas traslucía en sus escritos de los años treinta, como una práctica discursiva que el grupo inauguró al hacer público ”El manifiesto nacionalista” )Ruiz Vasquez, 2004). A los hombres jóvenes del conservatismo del año 24, firmado por José Camacho Carreño, Silvio Villegas y Eliseo Arango, seguido, seis años más tarde, por el Manifiesto ”Después de la derrota al conservatismo joven”, suscrito por los tres miembros arriba citados, más Augusto Ramírez Moreno y Joaquín Fidalgo Hermida. El último de los Manifiestos publicado por el grupo data de 1932 y es firmado sólo por Silvio Villegas y Ramírez Moreno.

Abordemos tales manifiestos en sus sentidos y alcances.

El Manifiesto nacionalista de 1924.

Los Leopardos usaron las páginas de los periódicos y fue en uno de ellos, El Nuevo Tiempo de Alfonso Villegas Restrepo en Bogota, donde en 1924 los jóvenes felinos, cuyas edades oscilaban entre los veintiuno y veinticuatro años, publicaron su primer Manifiesto nacionalista.

La existencia de este manifiesto, sugiere Arias Trujillo (2007) corrobora un espíritu de época, el del vanguardismo y enmarca a su vez el clima cultural que se vivía en Colombia durante las primeras décadas del siglo XX.

El país se mostraba distante a la proclama de manifiestos estéticos y literarios lanzados por sus artistas, poetas o escritores.

¿Qué se lee en este primer Manifiesto de los Leopardos? Ante todo, como lo anuncia el editorial del periódico El Nuevo Tiempo de mayo de 1924, una serie de aspectos doctrinarios con relación al Partido Conservador, en momentos en que esa colectividad parecía atravesar una crisis frente a la dispersión de sus miembros, al debilitamiento ideológico de su carta programática durante el gobierno de Pedro Nel Ospina (1922–1926), como anticipo a la pérdida de la hegemonía conservadora –que ya sumaba cuarenta y cinco años–, cuando llegó a la Presidencia de la República el liberal Enrique Olaya Herrera, al derrotar en las urnas a un conservatismo dividido entre dos candidatos: el poeta Guillermo Valencia y el general Alfredo Vásquez Cobo (Ruiz Vasquez, 2004).

En cuanto a su carta de navegación, los Leopardos insisten en avivar las ideas de nacionalidad y patria, en las que cualquier expresión de liberalismo o de inclinaciones por ideas socialistas y comunistas se convierte para ellos en un peligro que bien puede detenerse con la marcha ”hacia un orden social católico”. Observan con preocupación la intervención extranjera y las pugnas entre las provincias por intereses de distribución económica, que podrían socavar una de sus ambiciones: la unidad nacional. Para afrontar la crisis, los Leopardos oponen al Republicanismo y al avance del Liberalismo –léase individualismo dañino–, la creación de un ”Bloque Nacionalista”, a través del cual sean defendibles los principios de autoridad y propiedad, de familia y patria, sobre la base de una ”Unidad religiosa” que descansaría en la Iglesia Católica, ”vaso espiritual que guarda los tesoros de la raza” –escriben–, como garante a su vez de los valores morales y salvaguarda del ”pensamiento humano, de la civilización y del arte”. De ahí que en el Manifiesto se lean expresiones como ”caridad cristiana” y ”la mirra de la parábola de la Montaña” (Arias Trujillo, 2007).

Toda declaración política extranjera es, para los Leopardos, expresión de lo anárquico. Puesto que el país es eminentemente agrícola, los jóvenes conservadores del Manifiesto interponen, como defensa frente a lo foráneo, la tradición que subyace en las ”clases campesinas, que son el espíritu de la tierra”; y a la tierra –se apoyan en Maurrás–, debe imprimírsele una ”personalidad ética”. Ahora bien, para conseguir estos ideales e instaurar un nuevo orden que apela al nacionalismo, es necesario erigir sobre los pilares de la tradición romana, tal como El manifiesto nacionalista. A los hombres jóvenes del conservatismo lo indica: ”Edifiquemos el porvenir sobre la tierra y los muertos, que ellos, como la tumba de Agamenón en la tragedia de Esquilo, templarán nuestros ánimos y su sombra proyectada en nosotros anunciará los amaneceres nuevos” .

Los Leopardos deciden cerrar el texto inaugural de su pensamiento y visión de mundo con estas imágenes que parecen encerrar una honda metáfora, con una clara referencia, no a la tradición romana a la que invocarán en diversos momentos de su vida pública, pero sí a la griega, para realzar el sentido político, un tanto pragmático y doctrinal del Manifiesto. Ambas tradiciones suelen confundirse en una sola, cuando se hace referencia a la tradición greco-latina. No es gratuito que algunos de estos felinos luego sean señalados de pertenecer a una especie de escuela o tendencia literaria: el Grecolatinismo, o en su expresión más despectiva, el Grecoquimbayismo (Angel Hernandez, 2006). Acaso ya en este primer Manifiesto se encuentren figuras, alusiones y proposiciones que abonarán a un estilo que envuelve, por lo menos en la superficie, a buena parte de la literatura colombiana del siglo XX; si son atendidas las miradas de críticos, intelectuales, artistas y académicos que han utilizado los términos Grecolatino o Grecoquimbaya como adjetivos cargados de sarcasmo para calificar manifestaciones, aparentemente estéticas y literarias, caras a la breve tradición de una literatura que entonces se vería, por estas voces de autoridad, anquilosada y anacrónica.

A lo sarcástico habría que sumar lo paradójico; en su Vocación literaria, Silvio Villegas considera un honor inmerecido que se le señale como el padre de un ”movimiento literario” que surge en Manizales. Después de aludir a un ensayo en el que Rafael Maya se ocupó del Grecolatinismo ”con cierto olímpico desdén”, Villegas confiesa que desconoce totalmente el griego, y que sólo tiene ligeras nociones de latín, y enfatiza de inmediato en que lo que entendemos por cultura nos viene de Grecia y Roma; lo contrario, dice, es la barbarie. Para dar peso a sus ideas, Villegas acudirá a Valery y Maurras, dos de sus autores dilectos, cuando éstos dicen encontrar en lo griego y romano la síntesis del pensamiento y la perfección de lo humano y civilizatorio. Unas líneas más adelante Villegas destaca que su conocimiento de lo greco-latino, aunque escaso, se lo debe a sus lecturas juveniles y a Popayán (Arias Trujillo, 2007). A la implícita mención a Valencia, Silvio Villegas hará más paradójico su comentario al decir que si hay alguien ”bastante más greco-latino que yo, para perdurable gloria de su nombre”, ese es el payanés Rafael Maya, dueño de ”una sólida cultura nutrida de la savia clásica”. Así, se entiende que para Villegas lo Grecolatino sí es un movimiento literario y que no hay ironía en el calificativo. Por principio toda cultura es greco-latina, como toda mención a ella, sería el equivalente de refinamiento, cultura letrada y sapiencia.

El Manifiesto de 1924 señalaba al nacionalismo como la piedra angular de cualquier acción política. Los pilares de ese nacionalismo eran la propiedad, la familia y la patria; conceptos todos ellos apuntalados por la autoridad y la unidad. Los preceptos fundamentales del ideario estaban enfocados a eliminar «los egoísmos regionalistas (…) y las codicias comarcanas (que) se vuelven contra la república disolviendo el espíritu patrio».

En el Manifiesto de Los Leopardos se planteaba además la oposición al «individualismo que disuelve el genio social (…) y al comunismo que destruye la integridad humana». Alternativamente, se aportaba como respuesta a esos males una decidida Acción Católica. A pesar de sus alusiones al liberalismo y al comunismo, el primer Manifiesto de Los Leopardos no tomaba una postura radical ni violenta; las palabras expresadas a ese respecto tan sólo llegaban a ser, en apariencia, un simple desacuerdo político sin confrontaciones directas. Para la fecha en que se firmó el Manifiesto, la organización política socialista no existía y el Partido Liberal veía lejana sus posibilidades de acceder al poder ante la fuerte hegemonía conservadora (Tirado Mejía, 1995). No obstante, con el surgimiento del Partido comunista (Medina, 1980) y con la llegada a la presidencia del liberal Enrique Olaya Herrera en 1930, Los Leopardos se hicieron más radicales en sus planteamientos. Si en 1924, propugnaban por un nacionalismo casi infantil influidos por las ideas de la Acción Francesa de Maurras; en la década de los 30, con la paulatina pérdida de poder del Partido conservador, el grupo se inclinó cada vez más por una postura fascista (Ayala, 2007) .

Después de firmado el Manifiesto de 1924, cada uno de Los Leopardos tomó un rumbo diferente. Ramírez Moreno, Eliseo Arango y Camacho Carreño viajaron a adelantar estudios en Europa y a desempeñar cargos menores en las embajadas de Paris y Bélgica. Tan sólo Silvia Villegas continuó su camino de nacionalista incansable en el periódico manizaleño La Patria. Desde aquella tribuna expuso las principales ideas que lo oponían al liberalismo y a la democracia, señalando la inherente debilidad de ambos frente a enemigos mortales como el socialismo. Al cabo de algunos años, el joven Villegas llegó a ser congresista por Caldas mientras sus contertulios saboreaban, aún, las mieles de Viejo Continente. Con mucho éxito, en 1928, Villegas se había aliado con Gaitán acerca del debate suscitado en las Cámaras contra el gobierno por la llamada «Matanza de las Bananeras», la masacre perpetrada por el ejército contra los trabajadores de la United Fruit Company cuando luchaban por mejoras laborales (Ruiz Vasquez, 2004).

En 1929, Los Leopardos se volvieron a reunir en Bogotá -con excepción de Ramírez Moreno- para atacar nuevamente como ocho años atrás, lanza en ristre, a la administración conservadora. Paralelamente apoyaron la candidatura presidencial de Guillermo Valencia para el periodo que comenzaría en 1930. Contrariamente, una porción importante del conservatismo señaló su preferencia por el otro candidato Alfredo Vásquez Cobo. Los Vasquistas tenían una incontable fuerza en el Partido conservador entre otras cosa porque la Iglesia, que por aquella época era juez y señalaba a dedo la línea de sucesión presidencial, ya había establecido que Vásquez sería el nuevo presidente de Colombia. Los lazos entre el partido conservador y la Iglesia eran tan cercanos, que esta última decidía quiénes debían ocupar la silla presidencial. El acto electoral, bajo estas circunstancias, servía para constatar ante toda la población un hecho ya establecido.

En 1925, el Arzobispo de Bogotá, Herrera Restrepo, les había comunicado a Abadía Méndez y Vásquez Cobo que ellos eran los llamados a ser presidentes en 1926 y 1930, respectivamente. Abadía resultó ganador de la contienda electoral, pero lo que presagiaba como una tranquila sucesión en la cabeza de Vásquez comenzó a tener innumerables inconvenientes (Ruiz Vasquez, 2004).

En primer lugar, el Presidente Miguel Abadía manipuló la conformación de las listas al Congreso excluyendo los seguidores de Vásquez, lo que le dio un fuerte apoyo en Cámara y Senado al también conservador Guillermo Valencia. En segundo lugar, el Arzobispo de Bogotá murió en 1928 y su sucesor, Ismael Perdomo, aunque conocía lo estipulado, dudó en el momento de la escogencia, entre otras cosas, porque la Iglesia también se hallaba dividida al respecto. El Arzobispo de Medellín, Manuel José Caycedo, por ejemplo, seguido por los obispos de Garzón y Santa Rosa de Osos, mostró su preferencia por Valencia. La Santa Sede en vista de la división en el seno de la Iglesia colombiana, recomendó que se escogiera al candidato que tuviera las mayorías del Congreso, en este caso Valencia.

Así lo hizo Perdomo e instruyó a los prelados para que mantuvieran esta postura a lo largo de los comicios. La indecisión y las vacilaciones de Perdomo, sin embargo, no hicieron más que agravar la división del partido conservador. El general Vásquez Cobo, por su parte, parecía aglutinar a sectores liberales que no tenían candidato presidencial. Los Leopardos, Valencistas furibundos, decidieron jugar temerariamente alentando la candidatura del entonces embajador en Washington, el liberal Enrique Olaya Herrera. La maquinación de Los Leopardos tenía una lógica maquiavélica precisa; por un lado, buscaba restarle a Vásquez Cobo los votos liberales que muy seguramente pasarían a manos de Olaya Herrera; y, por el otro, los conservadores se unirían en torno a la figura de Valencia ante la eventualidad de una candidatura liberal (Ruiz Vasquez, 2004).

Tanto los presupuestos de Los Leopardos como los señalamientos de la Iglesia, resultaron ser, en gran medida, la causa de la debacle electoral para los conservadores. Olaya ganó las elecciones con 369.934 votos, seguido por Valencia con 314.S83 votos y en tercer lugar Vásquez Cobo con 240.360 (Tirado Mejía, 1995). A raíz de la derrota electoral, Monseñor Perdomo se ganó el apelativo de «Monseñor Perdimos» y Los Leopardos tuvieron una vergonzosa decepción. El grupo, en un comienzo pareció disgregarse. Camacho Carreño apoyó al nuevo gobierno liberal y llegó a enfrentarse con Silvio Villegas acerca de las concesiones petroleras que suscitaron enconados debates en el Congreso. Fidalgo Hermida hacía varios años había dejado de existir como actor político, si es que alguna vez tuvo importancia como tal (Ruiz Vasquez, 2004).

Elíseo Arango osciló entre la extrema derecha nacionalista y el conservatismo moderado colaborando con Olaya. En 1933, Arango fue nombrado secretario de la delegación colombiana para el arreglo del diferendo fronterizo luego de la guerra con el Perú. Igualmente, fue uno de los signatarios del Protocolo de Río que tanto escozor produciría en el Congreso, entre las filas conservadoras.

Sólo Villegas y Ramírez siguieron firmes en sus principios doctrinarios. La verdad sea dicha aquellos jóvenes belicosos, a partir del nuevo gobierno liberal, comenzaron a tener un protagonismo inusitado en la vida pública. Al comenzar la década de los 30, Villegas y Ramírez publicaron diversos manifiestos exponiendo sus ideas nacionalistas. Alternativamente, realizaron giras por el Viejo Caldas pronunciando venenosos discursos que generalmente terminaron con la muerte de algunos espectadores tras las pasiones encendidas que despertaban estos jóvenes oradores.

El Movimiento Derechista languideció en los años 40 y los Leopardos, después del triunfo Aliado en la Segunda Guerra Mundial, fueron reincorporándose poco a poco en el partido Conservador del que habían salido, que nunca les cerró las puertas del todo (Pérez Silva, 2009).

Se podría decir que el movimiento nacionalista conservador desapareció engullido por los partidos conservadores tradicionales en toda Latinoamérica y en especial en la República de Colombia, sin que posteriormente se dieran movimientos de singular índole, exceptuando los casos de movimientos de extrema derecha relacionados con dictaduras de tipo militar que tanto proliferaron en Sur América en los años 50, 60 y 70 (Ruiz Vasquez, 2004).

Segundo Manifiesto.

Ahora bien, en respuesta a la derrota electoral que el partido conservador sufriera en 1929, los Leopardos publicarán su segundo Manifiesto (Ruiz Vasquez, 2004) con el encabezado ”Después de la derrota al conservatismo joven de Colombia”. Es claro que el grupo persiste en dirigirse a la juventud de su partido, a la ”inteligencia” renovadora de ”pulcro linaje intelectual”, sin dejar de nombrar a sus maestros de la Regeneración: Núñez, Caro, Suárez, Concha, Ospina, al tiempo que señalan cómo debe ser su actuación política, su ”aporte administrativo” frente al ”nuevo régimen”, donde deberían actuar como colectividad, ya que la suya es la ”armadura de la república”, en aras de lograr el máximo propósito de toda humanidad: ”hacer patria”. En su proclama convocan a la unidad interna para defender los postulados de un nacionalismo, vinculado con la necesidad de apoyar un ”programa de administración pública” que se ocupe de los problemas económicos, de la educación pública y del desarrollo industrial y agrícola. Al referirse al papel de la Iglesia Católica, los Leopardos expresan abiertamente que esta institución debe actuar en política cuando se trata de cerrar el paso a partidos rechazados por ella y que animan ”errores filosóficos”. En cuanto al suyo, el conservador, la actuación sólo debe ser de orden moral y religioso, para lo cual apelan a las ideas de León XIII y a las de San Agustín , para quien el Estado gobierna a una comunidad en particular, mientras la Iglesia ”gobierna el universo”, en virtud de su inamovilidad y en tanto autoridad moral que domina la vida interior de los hombres.

En este segundo Manifiesto los jóvenes Leopardos aluden, tácitamente, a la crisis del periodo de entreguerras y por eso hablan del ”azaroso trance histórico en que vivimos”. Observan con recelo el avance del capitalismo, los peligros que encierra su influjo, a propósito de la crisis de la Depresión generada en los Estados Unidos, con repercusiones en las economías dependientes latinoamericanas y el eco de doctrinas políticas que no dudan en señalar de comunistas y anárquicas, lo que podría conducirnos, según sus palabras, a la ”paganización del mundo” y a un individualismo peligroso, contraproducente a cualquier expresión nacional. De ahí que para estos entusiastas ideólogos sea necesario avivar la vida agrícola, evitar el desplazamiento de los campesinos a las ciudades donde podrían contaminarse de cosmopolitismo. Los hombres del campo, o mejor, los ”trabajadores rústicos”, serían los garantes de la tradición, la religión, la sumisión a las buenas costumbres y el respeto a la ideología conservadora.

En el segundo manifiesto, después de la derrota al conservatismo joven, lo plantean del siguiente modo: ”Medio siglo de dominación conservadora se explica, entre otros hechos capitales, por el instinto tradicionalista de las clases rústicas.

En este texto se reconoce una derrota electoral, se enumeran las debilidades del partido conservador, las acciones a seguir para lograr su unidad y así retomar el poder. Así mismo, recuerdan a sus miembros a qué doctrina filosófica y política se deben, en su intención de convertir al país en una nación ordenada, fiel a los dogmas del catolicismo y alerta a combatir cualquier ideología foránea.

Tercer Manifiesto.

De acuerdo con Ruiz Vasquez (2004) estos mismos presupuestos impulsarán a Silvio Villegas y Augusto Ramírez Moreno a escribir en 1932 el tercer ”Manifiesto político”, como una suerte de invocación a las ”derechas nacionalistas”, al sentirse relegados y maltratados frente al gobierno liberal. Le critican su política exterior, de endeudamiento y sus nexos con el gobierno norteamericano, sinónimo de capitalismo salvaje y de una época deshumanizante –léase maquinismo–, propia, según lo expresan, de un materialismo histórico, independientemente de que sea socialista o capitalista.

Si bien este Manifiesto despliega una seria crítica al Estado por la tributación de nuevos impuestos y frente a unas políticas externas de dependencia, la pareja leoparda seguirá insistiendo en que el remedio a todos los males será la nacionalización de las instituciones y de los partidos, más la defensa de unos principios religiosos y morales que serían la base para hacer perdurar a la familia y a la nación. Al mismo tiempo deberá frenarse cualquier brote de movimiento obrero y cualquier otro tipo de manifestación de izquierda o de capitalismo, puesto que basta con los principios conservadores de ”justicia social”, ”tolerancia” y ”fraternidad”, para lograr un orden justo, sobre todo el que propala el conservador, que siempre ha estado ”con los humildes”, marchando por las rutas interminables del espíritu. Por eso para enfrentar los tiempos anárquicos de los albores de la década del treinta, sostienen que podría crearse una ”pequeña burguesía campesina” que trabaje por la humanización de la tierra y haga patria desde las provincias.

Si el primer Manifiesto de los Leopardos se cierra con la alusión a un pasaje de la tragedia griega que invoca el culto a los muertos, al pasado grecolatino como base de la civilización en Occidente, el último Manifiesto de los jóvenes conservadores se cierra con una declaración de principios en cuanto a lo que implica, en términos morales, ser un conservador ”ascético, limpio y estoico”, en aras de convertirse en la ”reserva moral de la patria”. Por eso el único camino a seguir es la pureza como una virtud y un dogma (Arias Trujillo, 2007).

Aunque los Manifiestos suscritos por los Leopardos se corresponden con las señales metafóricas de una época proclive a anunciar los deseos de cambio y las variadas reacciones a unas formas expresivas y artísticas a través de documentos reveladores, que algunos poetas denominaron la nueva sensibilidad, es posible leer en ellos lo elusivo, el sobreentendido, esto es, la ausencia de una manifestación vanguardista para el país en las décadas iniciales del siglo XX. Las antinomias, a falta de límites en el ejercicio intelectual dentro de los campos de la literatura y la política, son el efecto de una serie de generalidades en torno a la cultura, en una época de una fuerte polémica cultural en Latinoamérica, entre ”nacionalismo” y ”cosmopolitismo”, a propósito de las tempranas discusiones planteadas por Borges, Mariátegui, Mario de Andrade y Vallejo (Angel Hernandez, 2006).

Es difícil ubicar a los Leopardos en una o en otra corriente cuando se interpretan sus Manifiestos y sus textos posteriores a la luz de la época. Al parecer, los jóvenes felinos declaran su resistencia al ”cosmopolitismo” y sin embargo, para avivar su pensamiento político, se sustentan en las doctrinas de ideólogos franceses. Revelan su erudición invocando la autoridad griega y romana, defienden la religión Católica como una suma de alta espiritualidad y la responsable del humanismo en Occidente y proclaman unas virtudes para el colectivo que comprueban en el estilo literario y filosófico de escritores y poetas europeos (Arias Trujillo, 2007). No obstante, en el momento de declararse ”nacionalistas”, los Leopardos adhieren al color local o al regionalismo, aseguran que en las provincias está el sustrato de lo nacional y patrio, y que en la rusticidad, sinónimo de ignorancia y analfabetismo, está la fuerza para lograr la unidad de la nación; que en los procesos de colonización anida el espíritu romántico y que en el dique a lo foráneo y extranjero, está la posibilidad de evitar influjos que inoculen ideas contrarias a las que enarbola el esteticismo católico (Gil Montoya, 2010).

Las expresiones de vanguardia obedecieron más al individualismo artístico, a la aventura personal, que a las aspiraciones de grupo o de partido; de ahí quizá el carácter efímero y deleznable de tales expresiones, la facilidad con que otras las opacaban, pues en ello se daba lo novedoso, la contra respuesta a lo que se pretendía perenne. Para los Leopardos individualismo es acepción de anarquía y espíritu egoísta. Los aires de vanguardia provienen de las grandes ciudades europeas (Gil Montoya, 2010).

Los Leopardos entienden el cosmopolitismo como expresión del imperialismo, y por lo tanto, opuesto a los ideales de una tradición que se apoya en el pasado clásico y en la religión católica: ”Nosotros hacemos un llamamiento a la unión de la patria –se lee en el tercer Manifiesto– para resistir al cosmopolitismo de la riqueza y a la penetración extranjera. Ya en el Manifiesto Futurista de Marinetti (1909) se planteaba el rechazo por lo antiguo y clásico, mientras se cantaba a los nuevos tiempos inspirados por la máquina.

Tanto los Futuristas como los jóvenes conservadores colombianos apelan a figuras de animales indómitos para dibujar una fiereza que descansa en figuras verbales hiperbólicas, de tono agresivo. Marinetti se refiere a ”tres fieras resoplantes”, a ”jóvenes leones” que deciden rendir culto a la época de la máquina, de la ciudad industrial y por eso sus metáforas advierten una nueva ecología donde es factible pescar un automóvil – ”parecido a un tiburón varado”–, con ”enormes redes de hierro”. Sólo que en esta nueva ecología no hay lugar para el culto del pasado y mucho menos para el Museo como institución de permanencia; en tal sentido, se valora más un vehículo a motor que la Victoria de Samotracia: ”¿Queréis malgastar todas vuestras mejores fuerzas en esta eterna e inútil admiración del pasado, de la cual salís fatalmente exhaustos, disminuidos y pisoteados?”, interroga Marinetti desde Italia, el país que guarda, para los Leopardos, la síntesis de la civilización (Arias Trujillo, 2007).

Sin embargo, los jóvenes felinos colombianos recogerán del Futurismo cierto aire guerrerista y un arrebato verbal que lo sumarán a sus gestos tribunicios: ”¡Vengan, pues, los alegres incendiarios de dedos carbonizados! ¡Aquí están! ¡Aquí están!… ¡Vamos!”, gritan los Futuristas. Se entiende que la Avangarde pretende la demolición de lo tradicional, la crítica a cualquier discurso que insista en preservar valores o en hacer de la moral un catálogo de virtudes, contrario a lo que los Leopardos expresan enfáticamente, cuando entienden el conservadurismo como una forma de ética y de vida, como una expresión política en la que un grupo de seres superiores, cultos, inteligentes, decide el destino de los ”humildes” o de los ”trabajadores rústicos”, que son ”el depósito de las reservas patrias”, mientras los Futuristas idealizan las ciudades como los espacios donde las ”muchedumbres” o los obreros podrían, con el liderazgo intelectual de los nuevos artistas, revolucionar, transformar, echar abajo cualquier certeza en tiempos de secularización.

En síntesis, afirma Arias Trujillo (2007) los Manifiestos de los Leopardos caracterizan el espíritu de una época para el ámbito colombiano, en momentos en que no existía aún claridad del papel que desempeñaba el artista en su sociedad, cuando eran aún muy visibles los vínculos políticos que éste defendía en la esfera de lo público, –lo cual nos remite a gran parte de la historia del país–, la repetida confrontación ideológica y armada de intereses de clase, de los miembros de número de dos partidos en pugna por el poder del Estado. ¿Qué noción se tenía entonces de la Literatura como un corpus ligado a la tradición, como la memoria de una suma de estilos y propuestas? Quizá en la réplica a este interrogante se dilucide el valor, el alcance de unos procesos literarios enmarcados por el suicidio de su primer poeta modernista y el luto decretado por el gobierno central, frente a la muerte de su mayor poeta afecto a las oraciones fúnebres, como antesala a la expedición del documento oficial que, a la altura de la segunda mitad del siglo XX, proclamaba al país salvaguardia del Sagrado Corazón de Jesús. Era el signo que faltaba, acaso, para hacer más notorio lo que se lee en los Manifiestos de los Leopardos como un credo: el aspecto estético del catolicismo (Arias Trujillo, 2007).

No hay enemigos a la derecha.

El libro de Silvio Villegas publicado en 1937, No hay Enemigos a la Derecha , se asemejaba sorprendentemente a los escritos más prominentes del fascismo europeo: A Mi Lucha y La Doctrina del Fascismo.

Villegas en No Hay Enemigos a Derecha pregonaba el corporativismo como un instrumento fundamental para revitalizar al partido conservador que no contaba con una respuesta social programática contrapuesta al comunismo. Enseguida, sustentaba su posición haciendo alusión a las experiencias de Italia, Alemania y Portugal; y exponía profusamente las encíclicas papales de León XIII y Pío XI (Ruiz Vasquez, 2004).

En esa medida, atacaba al liberalismo por ser el germen del individualismo que llevaba a los hombres a una ambición desenfrenada de poder y de riqueza a costa de toda la sociedad. El socialismo, a su vez, era a los ojos de Villegas un engendro maligno del liberalismo para prohijar al ateísmo. Para el político caldense lo fundamental era una adecuada Acción Católica que matizara las injustas condiciones de vida propias del capitalismo rapaz y la era industrial. En su concepción lo esencial era reinstaurar un orden tras las circunstancias anárquicas que había traído consigo el capitalismo. Por ello, en el libro pululaban expresiones de admiración por Hitler y Mussolini quienes habían logrado restaurar la tranquilidad en Europa ante la amenaza de los «bolcheviques».

Referente a las ideas liberales, Mussolini ya había dicho en 1931: «el fascismo está en absoluta oposición a ellas en el campo de la política y en el de la economía porque los pueblos sienten que su agnosticismo en economía, su indiferentismo en política y en moral, conduciría, como ha conducido ya, a una segura ruina de los Estados». Más adelante finalizaba diciendo el liberalismo niega al Estado en interés del individuo.

Mussolini, como Villegas, enfrentaba a los marxistas y se oponía a la lucha de clases que irremediablemente – contraponía unos hombres con otros en perjuicio de la unidad: «… el fascismo se opone al socialismo que entorpece el movimiento histórico con la lucha de clases y desconoce la unidad estatal que funde las clases en una sola realidad económica y moral» (Ruiz Vasquez, 2004).

Tanto Mussolini como Villegas encontraban a la democracia perjudicial para el normal desarrollo de la nación y el orden. Villegas decía: «La democracia es el gobierno de todos y de ninguno, es decir, el régimen de la irresponsabilidad y de la incompetencia. Sus principales instrumentos de acción de un organizador capaz de formar secciones de asalto en todo el país (Ruiz Vasquez, 2004).

Mussolini en La Doctrina del Fascismo había rechazado toda ideología democrática ya que «la Democracia es un régimen sin rey pero con muchísimos reyes, a veces más exclusivos, más tiranos y ruinosos que un sólo rey que sea tirano (…); el fascismo niega que el número por el simple hecho de ser número pueda dirigir la sociedad humana. (…). El fascismo rechaza, en la democracia, la absurda mentira que las derechas tienen que infundirles a las masas un estado de alma prócer si aspiran a tener vigencia histórica. Es más, sólo les queda éste dilema: o manejar los sistemas políticos de lucha moderna mejor que sus adversarios o perecer. A la violencia de las izquierdas hay que oponerle la violencia de las derechas.

Nuestras mayorías son siempre impotentes; las otras siempre dañinas, decía Mussolini.

Hay que darles incremento a los equipos de ataque de los partidos conservadores.( …) No es posible presentarse a la irresponsabilidad colectiva, …». La incertidumbre de que el adversario hará uso de la fuerza. La convencional del igualitarismo político, el hábito de un plebiscito político con un electorado inerme, cuando se tiene.

A Renglón seguido, Mussolini proponía una solución a los quiebres sociales y económicos: «… en la órbita del estado ordenador, el fascismo ha reconocido las reales exigencias, y las hace valer en el sistema corporativo de los intereses conciliados en la unidad del Estado», citado por Ruiz Vasquez (2004).

Finalmente, el Leopardo proponía como táctica a seguir la misma violencia que había sido utilizada en Europa por los partidos fascistas para amedrentar a los oponentes. Al respecto Villegas señalaba: “yo no condeno la violencia. Al contrario creo que es el único camino que nos queda ante la insensibilidad moral del régimen

Aunque en esencia mucho de los puntos expuestos en 1924 seguían vigentes trece años después; No hay enemigos a la derecha presentaba un acercamiento más radical a las posturas fascistas. Incluso, la exposición y la lógica discursiva de Mussolini y su Doctrina del Fascismo eran seguidas de cerca por Villegas, plantea Ruiz Vasquez (2004).

Ante una carta de un jefe tradicional del conservatismo y antiguo colaborador de dicho periódico en la que se oponía a los nacionalistas y pedía que no se les diese cabida en sus columnas a jóvenes derechistas, Villegas escribió un editorial con el título “No hay enemigos a la derecha”, en el que rechazó la petición. Más adelante publicará un libro con el mismo título, en el que concretaría sus doctrinas.

El texto de Villegas es quizá la expresión más recalcitrante de las ideas de extrema derecha en el siglo XX colombiano. Reconoce a Charles Maurrás la influencia intelectual más fuerte de su juventud y lo considera incuestionablemente como la primera figura literaria de Europa, por haber dado las razones más eficaces para sustentar el antisemitismo, lo que lo lleva a afirmar que Hitler no hizo otra cosa que apropiarse de una doctrina francesa, que Mussolini le debe íntegramente la doctrina medular del fascismo, que Oliveira Salazar lo reconoce como su maestro, en los Balcanes se le sigue con pasión, igual el nacionalismo español (Ruiz Vasquez, 2004).

Hay, de acuerdo con Ruiz Vasquez (2004) unas categorías que son centrales en la ideología de los Leopardos.

Ellas son.

Nacionalismo: la nación es una sucesión de generaciones con fines propios y definidos en el concierto de los pueblos hermanos; buscamos su grandeza imperial, el robustecimiento de su ejército y el cumplimiento de su destino histórico.

Corporativismo: armonía de intereses patronales y obreros.

Sindicalización. Estamos contra los abusos del capitalismo y las demasías proletarias. La propiedad tiene una función social. El trabajo es una actividad espiritual y física al servicio de los intereses comunes.

Jerarquía Nacional: pedimos un ejecutivo fuerte y justo; un parlamento de tipo técnico y gremial. Restricción del sufragio. Los servicios públicos racionalizados. Eliminación de los partidos políticos.

Bolivarismo: restauración de las doctrinas políticas del Libertador.

Sensibilidad heroica. Estamos contra la vida cómoda. Cruz y Brazo en Alto: la cruz simboliza la tradición católica. En cada uno de sus leños enclavamos uno de los principios de nuestro credo: dogma, colombianidad, cooperación económica y jerarquía nacional. Nuestro pecho se cubre de negro porque la muerte material de un derechista responderá a la eternidad de los principios bolivarianos. El brazo en alto por Bolívar, hoy, mañana, siempre.

Villegas también fue el abanderado del nacionalismo, vía en la cual propuso durante la realización de un congreso sindical, la instauración de un régimen corporativo para hacer frente a lo que denominó “el sindicalismo revolucionario”. Sostuvo que la lucha de clases debería desaparecer por medio de una acción enérgica del Estado: “… Colombia necesita un credo semejante al alemán. Como nacionalistas no permitiremos que industrias extranjeras vengan a competir con las nuestras; cerraríamos las aduanas para los artículos que estemos en capacidad de producir; prohibiremos la inmigración de trabajadores que le disputen el salario al nuestro; como nacionalistas expulsaríamos a los extranjeros que se han apoderado del Ministerio de Educación.

La causa de los nacionales españoles había despertado desde su comienzo simpatías entre los cuadros conservadores colombianos, en donde fue prolija la conformación de grupos, centros, asociaciones y publicaciones falangistas que posteriormente recibieron el apoyo de la delegación diplomática española y que tuvieron funciones propagandistas antidemocráticas y antinorteamericanas.

Las doctrinas del fascismo y del nacionalsocialismo y sus líderes ejercieron una particular fascinación en los jóvenes dirigentes colombianos de derecha. Villegas sostenía que antes del advenimiento de Mussolini, Italia era el arrabal de Europa, una encrucijada de hampones y anarquistas sin influencia en los destinos mundiales, pero que durante los 15 años de la acción incansable de su líder habían incrementado su población y doblado su territorio hasta convertirla en uno de los barrios esenciales de la civilización, que Mussolini tuvo que ir hacia el fascismo impulsado por el “estado de necesidad” en que habían colocado a Italia la anarquía liberal y comunista.

Los anteriores eran las bases ideológicas de los Leopardos.

La acción política de los Leopardos.

La acción politica de los Leopardos se inicia en 1923, cuando demostraron su dinamismo al lanzar en el periódico conservador El Nuevo Tiempo, una serie de editoriales espurios contra el Ministro de Educación del gobierno de Pedro Nel Ospina, Antonio Diaz. Ante la arremetida del Nuncio y de Los Leopardos, el Ministro renunció para cederle supuesto a Leandro Medina quien corrió igual suerte a manos de los jóvenes conservadores. El hecho resultó bastante pernicioso para la administración Ospina que vio desgastado así su poder de congregación del Partido conservador mientras el gabinete mostraba fisuras difíciles de cubrir. Los Leopardos ganaron como grupo político de presión y asumieron, desde ese momento, un rol protagónico en la vida política del país.

Los Leopardos brillaron con luz propia en el ámbito de la inteligencia; arremetieron con lenguas de fuego contra el régimen conservador en su decadencia y contra el gobierno de Olaya Herrera y la República Liberal del presidente López Pumarejo; derrocaron ministros; libraron recias batallas en el Congreso de la República y en las asambleas departamentales; lanzaron rayos y centellas contra Laureano Gómez y su “disciplina para perros”, sobresalieron en sonadas justas académicas, en la diplomacia, en el foro y en la tribuna pública; llamaron la atención de la opinión y fueron ovacionados hasta el delirio por las muchedumbres.

En uno de sus libros, No hay enemigos a la derecha, Silvio Villegas defendía el carácter doctrinario de la Acción Francesa que divulgaba Carlos Maurrás , sobre la base de la imposición de la monarquía como camino para llegar al nacionalismo y de la práctica de la religión católica como forma expedita para conservar la tradición latina, el orden social, el vigor intelectual y el individualismo, lo que daría solidez a la doctrina fascista empleada por Mussolini, que atraía a Villegas por su parecido al nazismo alemán. Para Villegas, en la actividad intelectual y política de Maurrás, en tanto garante del ”nacionalismo integral” –en oposición a la ”internacional roja” de Marx–, se apoyan los movimientos contra–revolucionarios, se ataca lo anárquico y no se da espacio a los guetos o apátridas que, como lo lee Maurrás en su estudio sobre una familia protestante judía, consiguen apoderarse de la educación, la economía y la política. Villegas concluye a la luz de su maestro, que esto daría pie al surgimiento de estados aislados que desvirtuarían el ”elemento nacional”.

Villegas plantea en su libro que la generación de la que hace parte es ”excesivamente literaria” y surge en un clima de ”anarquía intelectual” y en una agitación política compleja (Arias Trujillo, 2007). Así mismo, plantea que la única manera de enfrentar ese presente es a través del ejercicio del espíritu, de la voluntad de perfección, del desarrollo de la personalidad como el resultado de lo que él vagamente denomina la ”raza”, del sentido moral, de la noción de familia por encima de la de individuo y del respeto por las instituciones, en particular las que defiende la Iglesia Católica, a quien se debe la preservación de la cultura que habría evitado la caída de Europa en la ”anarquía mongólica”. Villegas confiesa que apuntalado en uno de sus grandes maestros, Mauricio Barrés , se sintió atraído por el ”aspecto estético del catolicismo” y que en él habría hallado los fundamentos del nacionalismo: ”la solidaridad en el tiempo y en el espacio, el culto al pasado, la tierra y los muertos”. El escritor caldense hará énfasis en la formación intelectual y humanística de los integrantes del Partido Nacional Colombiano (Conservatismo), al tiempo que remarca las diferencias con otros grupos sociales abanderados por las ideas e ideologías de esa élite letrada y culta.

La acción política en los años 30.

Para entender las dimensiones de la acción politica de los Leopardos en los años 30 del siglo XX es necesario considerar los cambios políticos que se dieron en aquel momento.

En las elecciones de 1934, a las cuales no concurrió el Partido Conservador, llega al Gobierno Alfonso López Pumarejo, un hombre de la clase dirigente Colombiana, de familia de financieros (Tirado Mejía, 1995).

Alfonso López, plantea Tirado Mejía (1995) intentará una serie de reformas de tipo social conocidas como La Revolución en Marcha. Esto le granjeó las simpatías cuando no el apoyo pleno del Partido Comunista, pero también la animadversión de no pocos dirigentes de su propio partido, y el odio declarado del partido conservador de Laureano Gómez.

Laureano Gómez fue acusado y es acusado aún hoy de fascista, acusación un tanto exagerada que sólo se explica por el sectarismo político. Laureano Gómez en 1934 ejercía el cargo del jefe del partido Conservador.

Los leopardos y los gobiernos liberales.

Camacho Carreño apoyó al nuevo gobierno liberal y llegó a enfrentarse con Silvio Villegas acerca de las concesiones petroleras que suscitaron enconados debates en el Congreso (Ruiz Vasquez, 2004).

Elíseo Arango osciló entre la extrema derecha nacionalista y el conservatismo moderado colaborando con Olaya. En 1933, Arango fue nombrado secretario de la delegación colombiana para el arreglo del diferendo fronterizo luego de la guerra con el Perú. Igualmente, fue uno de los signatarios del Protocolo de Río que tanto escozor produciría en el Congreso, entre las filas conservadoras.

Sólo Villegas y Ramírez siguieron firmes en sus principios doctrinarios. La verdad sea dicha aquellos jóvenes revoltosos, a partir del nuevo gobierno liberal, comenzaron a tener un protagonismo inusitado en la vida pública. Al comenzar la década de los 30, Villegas y Ramírez publicaron diversos manifiestos exponiendo sus ideas nacionalistas. Alternativamente, realizaron giras por el Viejo Caldas pronunciando venenosos discursos que generalmente terminaron con la muerte de algunos espectadores tras las pasiones encendidas que despertaban estos jóvenes oradores (Ruiz Vasquez, 2004).

Varios debates y acusaciones se suscitaron por parte de los conservadores, en el Senado y en la Cámara con respecto a temas variados y dispersos sobre el manejo gubernamental de la administración Olaya. Tanto Laureano Gómez como Los Leopardos fustigaron las acciones del Presidente como el Protocolo de Río, las concesiones petroleras y esmeraldíferas, la compra de armas y con otros temas (Tirado Mejía 1995).

Las denuncias de la oposición se martillaban una y otra vez para que calaran profundamente en la opinión pública. Villegas, desde su tribuna en el periódico La Patria de Manizales y Ramírez Moreno en la Cámara, desplegaron una oposición monolítica contra los gobiernos liberales. Los otros Leopardos fueron calificados de traidores por haber abandonado aquella lejana causa «mosqueteril» (Ruiz Vasquez, 2004).

Sin embargo, no existía un fuerte consenso al interior del Partido conservador al respecto de la oposición a Olaya. El sector conservador de Román Gómez, por ejemplo, colaborador del gobierno liberal, defendía en el Parlamento todo lo referente a la administración liberal. Además, los Leopardos y Laureano Gómez no mantenían buenas relaciones desde que los primeros habían defendido las acciones del presidente Suárez (1924) ante los ataques del segundo. El año de 1934 dejaba entrever dos fuertes centros de oposición: Laureanistas y Leopardistas. Empero, no había una figura qué sobresaliera como jefe indiscutible del partido conservador y lograra unir las diferentes vertientes al interior de la colectividad (Tirado Mejía, 1995).

El afán por hacerse al poder, llevó al enfrentamiento de estos dos sectores inclinados a las ideas fascistas. Laureano Gómez, en su carrera ascendente, buscó definir prioritariamente la jefatura de su partido. Para tal efecto, atacó a los colaboradores conservadores del gobierno de Olaya, entre ellos, Román Gómez, en memorables debates en el Senado. Ramírez Moreno también atacó a los Romanistas para no quedar atrás en la disputa por la supremacía al interior del Partido.

La oposición conservadora consiguió su más alto grado de obstrucción a las iniciativas gubernamentales en esta constante disputa entre Laureano Gómez y Ramírez Moreno. Si Laureano Gómez, en el Senado, atacaba los planes presupuestales del Ejecutivo; Ramírez hacía otro tanto en la Cámara, desarrollando una obstrucción al proyecto fiscal. Si el segundo criticaba las medidas sobre educación dictadas por el Gobierno; el primero encontraba perjudicial la representación de los estudiantes en los consejos de las facultades.

Convención Conservadora de Enero de 1937: la adopción de los preceptos fascistas.

El 31 de enero de 1937, en la Convención Nacional Conservadora, surgió la figura del Gilberto Alzate Avendaño apodado el Duce por su enorme parecido físico con Mussolini y sus insistentes simpatías hacia el fascismo. Alzate era un abogado caldense recién egresado, colaborador del matutino La Patria de Manizales. Con sus escritos se dio a conocer en los corrillos políticos. Su ideario señalaba a la Patria, la Religión y la Familia como los soportes inestimables de la política nacional. El joven Alzate irrumpió fulgurante en la vida política alinderándose con el sector «nacionalista» de Los Leopardos en la Convención Conservadora, frente al ala «civilista» dirigida por Laureano Gómez (Ayala Diago, 2007).

No obstante, dice Ayala (2007), Alzate ya era conocido en los sectores conservadores al haber guiado en 1936 un grupo falangista llamado la Acción Nacionalista Popular junto con Silvio Villegas, Fernando Londoño, Joaquín Estrada Monsalve y Eduardo Carranza entre otros. La idea de Alzate se venía cristalizando desde 1936; sin embargo, dado que la Acción Nacionalista Popular logró una magra curul en elecciones parlamentarias, se fue disgregando a pesar de los intentos de Alzate por mantener un partido fascista en Colombia (Ayala Diago, 2007).

Aunque Alzate apoyaba a los “nacionalistas” en la Convención, esta no pareció mostrar mayores enfrentamientos y el directorio conformado por Laureano Gómez como jefe supremo, y dos Leopardos, Ramírez Moreno y Eliseo Arango como miembros principales, reflejaron, en apariencia, una cohesión interna (Ayala Diago, 2007).

La verdad sea dicha, la postulación de Laureano Gómez como jefe indiscutible de la colectividad obedecía a un pacto con Los Leopardos que, en contraprestación, pedían la aceptación por parte del conservatismo de los postulados de extrema derecha como cuerpo doctrinario único del partido. Fue la primera vez, y quizás la única, en la historia política colombiana, que uno de los partidos tradicionales acogió una ideología precisa y tangible dejando de girar ambiguamente sobre postulados que eran, a la larga, también reivindicaciones perseguidas por los adversarios del otro partido, afirma Ayala Diago (2007).

Diversos autores han señalado la falta de ideologías concretas en el seno de los partidos tradicionales, desde el siglo XIX hasta nuestros días. Según Christopher Abel la única diferencia entre el liberalismo y el conservatismo era que el segundo tenía un apoyo irrestricto de la iglesia. Mario Latorre, por ejemplo, decía: «Los negros de Mosquera son conservadores cuando Mosquera es conservador y liberales cuando Mosquera se voltea y se vuelve liberal (Ayala Diago, 2007). De tanto hacer política y meterse en tantas guerras con sus trabucos y machetes, esas facciones se consolidan en partidos y ahí se quedan y se quedaban (…) y que no se venga con 1850 y los artesanos liberales con los bochinches de sus Democráticos porque al poco trecho con otros artesanos iguales, los conservadores les enfrentaron los Populares. Los colombianos se dividieron en dos partidos por regiones, por familias, por cuestiones religiosas, por burocracia y así siguieron, tercos, de generación en generación. Las clases no contaron para nada, afirma Mario Latorre, citado por Ayala Diago (2007).

Así vista, la intención de Los Leopardos junto con Alzate, en la convención de enero de 1937, la misma se constituía en un gran intento por ideologizar al Partido conservador dándole un proyecto que lo diferenciara cabalmente del partido liberal. La Convención aceptó la tesis de Silvio Villegas: «no hay enemigos a la derecha». En otras palabras, se estimaba que todo lo que fuera extrema derecha y en este caso fascismo debía aceptarse como un sano aporte a la causa conservadora. La premisa de Villegas, por si misma, no representaba una aproximación a la ideología fascista. Era la historia que traía tras de sí la frase de «no hay enemigos a la derecha» la que señalaba la radicalización del partido conservador hacia opciones totalitarias (Ruiz Vasquez, 2004).

Dos meses atrás, un amigo de Villegas, Rafael Lema Echeverry, había escrito en las páginas de La Patria:

«Europa necesita un brazo de hierro que frene el ímpetu destructor. Y ese formidable brazo férreo será Adolfo Hitler. ¡Hurra, rector de los destinos europeos», citado por Ruiz Vasquez (2004). Ante tales posiciones, se levantaron diversos sectores. El reconocido líder conservador de la región, Aquilino Villegas -pariente de Silvio­ condenaba la tendencia fascista que había adoptado el diario La Patria. El viejo político exigía que todos esos escritores antidemocráticos salieran del periódico. En vista de este reclamo, Silvio Villegas respondió con un editorial que llevaba por título «No hay enemigos a la derecha». En el escrito el Leopardo señalaba la necesidad de abandonar las prácticas democráticas para utilizar brigadas de choque. Según Villegas, Laureano Gómez ya había aceptado la táctica insurreccional fascista como única respuesta al régimen liberal. En efecto, el pueblo conservador debido a la persecución estatal no quería sino la violencia. A la vez, proponía seguir las ideas de Bolívar y la doctrina social de la Iglesia (Ruiz Vasquez, 2004).

Renglón seguido, comparaba como iguales al partido conservador colombiano con el nacionalsocialista alemán, el fascismo italiano y el integralismo portugués. Para Villegas, el totalitarismo europeo era un mal menor con tal de que se combatiera la amenaza comunista. En el escrito pululaban frases de alabanza para el Führer y el Duce. «Hitler no solamente salvó a Alemania sino a toda la civilización occidental. El fascismo y el nacionalsocialismo constituyen hoy los contrafuertes de la cultura europea contra la barbarie asiática. (…).El doctor (Aquilino) Villegas dice que una dictadura blanca es tan dictadura como la roja. Deploramos no compartir sus opiniones. No hay que confundir a los incendiarios con el cuerpo de bomberos, ni la gangrena con la cirugía» (Ruiz Vasquez, 2004).

Además señalaba al liberalismo como el principal enemigo a combatir: «El derechismo constituye la fagocitosis de la sociedad. A medida que perdieran el ala izquierda del liberalismo y las fuerzas comunistas, está bien que prospere el ala derecha de nuestro partido, para que en la hora definitiva la sociedad no esté desguarnecida, afirmaba, citado por Arias Trujillo (2007).

El papel de la prensa conservadora.

La posición de extrema derecha había sido difundida en la prensa por los dos exponentes más insignes del sector «Nacionalista» del partido conservador. Silvio Villegas en las páginas de La Patria de Manizales y Fernando Gómez Martínez por intermedio de El Colombiano de Medellín, se esmeraron por fortalecer las ideas fascistas al interior del partido (Ruiz Vasquez, 2004).

El acuerdo de la Convención Conservadora de 1937 significó, de un lado, la aceptación del poder político de Laureano Gómez y, del otro, la imposición de los postulados ideológicos fascistas. Finalizada la Convención Conservadora, los asistentes se levantaron de sus asientos e hicieron el saludo fascista (Ayala Diago, 2007).

Los Leopardos exageraron sus alusiones a Hitler y Mussolini en su afán por experimentar el poder de movilización de los preceptos fascistas sobre la población colombiana. Los Leopardos, por ejemplo, decían de Mussolini: «Italia, antes del advenimiento de Mussolini era el arrabal de Europa, encrucijada de hampones y anarquistas, sin influencia en los destinos mundiales. En quince años de acción incansable Mussolini ha acrecentado su población y doblado su territorio, llevando nuevamente victoriosos los antiguos Fascios a las comarcas sojuzgadas por los Cónsules. La nueva Italia es hoy uno de los barrios de la civilización (…) quince años de gobierno representan el engrandecimiento de Italia al esfuerzo de varios siglos (Ruiz Vasquez, 2004).

Con respecto a Hitler expresaban: «Es un tribuno de estirpe imperial, cuya fuerza más poderosa reside en las modulaciones magníficas de su garganta, en sus frases cortantes que vuelan implacables y certeras como la metralla. Leyendo sus discursos es posible comprender su magnetismo. En la oratoria entran aspectos indefinibles del alma. Hitler ha realizado en cinco años de gobierno la tarea de colocar nuevamente a Alemania, despedazada antes por el socialismo, a la cabeza de la cultura de occidente, realizando un proceso de aceleración de la historia donde las semanas valen por años y los años por siglos (Ruiz Vasquez, 2004).

Aunque Silvio Villegas y Gilberto Alzate Avendaño habían monopolizado el poder en el Directorio Departamental de Caldas, las elecciones para ellos fueron una derrota contundente. Tan sólo 6.666 votos alcanzaron los «nacionalistas» frente a los 27.980 de los conservadores. Villegas a duras penas logró una curul en la Cámara, mientras que Alzate debió ceder en sus intenciones por ser senador de la República.

El fracaso de las ideas fascistas en el Viejo Caldas: elites reaccionarias y campesinado individualista.

En las regiones cafeteras del Viejo Caldas, los censos mostraron que una porción considerable de las propiedades, el 87%, no pasaba de los 5.000 arbustos de café lo que para efectos de la tabulación eran consideradas como «pequeñas fincas». Por el contrario, las grandes haciendas tan sólo representaban el 2%. Entre 1932 y 1939, los censos cafeteros señalaron un aumento sustancial de las pequeñas propiedades y la extensión de los minifundios. Tan solo, en el censo de 1945, se logró determinar la forma de tenencia de la tierra ya fuera por arrendamiento, aparcería, administración, etc. Los guarismos determinaron una vasta concentración de pequeños productores y propietarios en la zona cafetera (Ruiz Vasquez, 2004).

Una de las formas principales de explotación era desarrollada por el arrendatario a los que se les daba, para su uso, pequeñas parcelas en contraprestación por un trabajo obligatorio en la hacienda cafetera. La pequeña posesión servía para cultivos de pan coger y la construcción de una modesta casa donde vivían hacinados los miembros de la familia de estancieros (Ruiz Vasquez, 2004).

Este campesinado era altamente susceptible a los llamados conservaduristas por cuanto le cabía la posibilidad e incluso la ilusión de llegar a ser propietario de la tierra que poseía. Esta contingencia mantenía al arrendatario fiel a las estructuras oligárquicas del agro y contrario a cualquier cambio que pudiera alterar la posibilidad de ver cumplidos sus sueños.

Como ya se vio anteriormente, el ascenso del fascismo europeo tuvo una base política sólida en aquellos campesinos que alimentaban sus esperanzas de ser propietarios; lo que Poutlanzas esquematizó como «campesino pobre» (pequeños propietarios y arrendatarios, colonos, aparceros con derecho a la posesión). Sobre este campesino, el más conservador y reaccionario, influyó grandemente el fascismo en Europa. En nuestro país, esta clase de campesinos pululaba en la cordillera central donde se hacía extensivo el cultivo del café y donde surgió el primer grupo fascista (Ruiz Vasquez, 2004).

Tal como ya se describió, dentro de los campesinos pobres se encontraban los «colonos», término utilizado también por Poutlanzas y que, en Colombia, tuvo gran difusión en la historiografía para publicitar la llamada colonización del occidente antioqueño mostrando la panacea del trabajo, el igualitarismo, las oportunidades económicas y una consecuente distribución de la tierra. El colono firmaba un contrato con el hacendatario, donde el primero se comprometía a sembrar los cafetales y renunciaba a la tierra en el momento en el que se daba la primera cosecha. El latifundista, a su vez, compraba los arbustos de café y pagaba por las mejoras hechas a la tierra.

En el Viejo Caldas, también surgieron, dice Ruiz Vasquez (2004) lo que Poutlanzas denominó los «obreros rurales» que se podían identificar en la gran hacienda con la figura del jornalero, es decir un trabajador asalariado que recogía el grano a destajo en tiempos de cosecha, en abril y mayo. Sin embargo, dado el desarraigo de este proletario del campo y lo temporal de su trabajo jamás logró constituir una amenaza revolucionaria. El jornalero debido a su movilidad nunca llegó a asociarse o identificarse con sus compañeros. Unas cuantas semanas de trabajo al año recogiendo la cosecha de café impedían que se generara una conciencia de clase o al menos una empatía con los otros trabajadores.

A simple vista el campesino del Viejo Caldas presentaba las características propicias para el asentamiento de partidos de extrema derecha. Sin embargo, el fenómeno fascista jamás representó en la región un movimiento de masas, constituyéndose, tan sólo, en la expresión política de una reducida porción de la oligarquía rural (Ruiz Vasquez, 2004).

El campesino pobre, el principal componente de la estructura social de las zonas cafeteras, tenía por meta, durante toda su vida, conseguir la propiedad de la tierra que trabajaba. Esta lucha incesante y despiadada era emprendida con atrevimiento a brazo partido. «Los trabajadores cafeteros sin tierra adquirían y acrecentaban una propiedad con métodos diversos. Podían colonizar tierras nuevas y hacerse a los títulos a través de procedimientos oficiales; organizarse para obligar a los grandes terratenientes a dividir sus haciendas y a vender, o comprar tierras en el mercado. Esta última estrategia era la más común (Ruiz Vasquez, 2004).

En este desesperado esfuerzo por comprar la tierra, el campesino pobre no sólo debía trabajar con tesón sino que tenía que adscribirse al terrateniente quien decidía si vendía o despojaba a los habitantes de su parcela. En esa medida, era imprescindible fomentar una amplia gama de relaciones interpersonales y paternalistas con jefes políticos, gamonales, hacendatarios, prestamistas, comerciantes y curas. Incluso, el matrimonio, los padrinos, los compadres y los amigos eran determinantes en esta carrera loca por hacerse a un pedazo de tierra (Ruiz Vasquez, 2004).

El individualismo referido por autores como Berguist y Guillén, parece explicar en parte ciertas actitudes de la población colombiana que cercenaron, por ejemplo, movimientos revolucionarios y contestatarios de gran envergadura o movimientos de masas de extrema derecha. De hecho, el concepto de «mimetización» acuñado por Guillén, afirma Ruiz Vasquez (2004) trata de identificar el fenómeno por el cual los individuos en vez de aliarse para oponerse al establecimiento que lo oprime busca insertarse en los canales tradicionales de ascenso social que en una sociedad como la colombiana estaban dados por la solidaridad interpersonal jerarquizada. Dicha solidaridad nació y se consolidó con el sistema de la encomienda y de la hacienda, en donde el poder del propietario no residía necesariamente en la riqueza o el tributo sino en la obediencia de los trabajadores y los lazos de poder político. «El régimen de la encomienda funciona así como una asociación generadora de poder político cuyos elementos activos son los brazos indios pero cuya dirección y manipulación se organizan alrededor de valores paternalistas individualistas…. Progresivamente, los blancos pobres (pequeños funcionarios, mayordomos, poseedores de tierras sin título, doctrineros), los mestizos, los caciques indios y en último término los indios mismos (ladinos y fugitivos) van ascendiendo en la escala social merced a su complicidad funcional con el encomendero y a la adopción de las actitudes y valores que surgen de la tendencia a gobernar a otros gratuitamente y a obligar a los gobernados a suministrar bienes económicos necesarios para dar soporte a la propia ‘grandeza’ …», afirma Guillen citado por Ruiz Vasquez (2004).

Más adelante Fernando Guillen señala: «La efectiva participación del individuo, en las decisiones colectivas depende en este ámbito, no de su propia iniciativa o de su personal contribución volitiva, sino de su complicidad con el máximo poder y con el máximo poderoso. Una cadena jerarquizada de lealtades incondicionales que vincula todos los estratos sociales y solamente a través de ella es posible la injerencia individual en la formación de la voluntad colectiva» (Ruiz Vasquez, 2004).

El «mimetismo» estaría dado, entonces, no tan sólo por una lealtad personal sino por la apropiación, por parte del individuo, de valores legales, religiosos o morales como símbolos de poder. En una palabra: la imitación.

En las regiones cafeteras caldenses, el equilibrio entre el éxito y el fracaso era difícil de establecer para los campesinos arrendatarios y colonos. Una mala cosecha o la caída de los precios del café podían dar al traste con todas las ilusiones de la familia para toda la vida. Igualmente, una enemistad política o el descontento del terrateniente podían significarle al campesino la imposibilidad de acceder a las fuentes de agua o los bosques, en el mejor de los casos; o ser desposeído en el peor de ellos.

Cualquier escollo podía representar la desgracia para la familia campesina para toda su vida, afirma Ruiz Vasquez (2004). Por esta razón, el campesino acudió también a actitudes deshonestas que le brindaran la posibilidad de subsistir en esta selección natural; alterando, por ejemplo, los linderos o robando las cosechas.

Por medio de la fidelidad a uno u otro de los grandes partidos o a sus facciones, los trabajadores del café se aseguraban un conjunto de aliados estratégicamente situados en la lucha por acumular capital y conseguir un pedazo de tierra.

La neutralidad política no reportaba ningún dividendo y sí, muchas dificultades cuando por alguna circunstancia el campesino necesitaba alguna dádiva o prebenda de algún político local y del bipartidismo tradicional. Los censos de 1935 demostraron a la postre, que el esfuerzo de los campesinos, en las zonas cafeteras, se vio gratificado y muchos de ellos lograron ser propietarios. No obstante, al morir el dueño de parcela sobrevenía el problema de posesión cuando la tierra era repartida entre los herederos. De nuevo, los hijos debían proseguir en una nueva lucha por obtener nuevas tierras por cuanto la pequeña propiedad no llegaba a satisfacer los requerimientos de tantos herederos. De esa manera, los vínculos clientelistas volvían a repetirse en un círculo vicioso. Posteriormente, la violencia habría de juntarse con la explosión demográfica para acabar con los avances obtenidos entre 1930 y 1950 en lo que tiene que ver con la tenencia de la tierra (Ruiz Vasquez, 2004).

Aunque muchos campesinos obtuvieron la propiedad de su tierra, otros no lograron alcanzar esa quimera tan preciada. En 1932, por ejemplo, el 60% de la población agrícola carecía de título legal dejando a un amplio sector de la población campesina en el rango de arrendatario y por ende, subordinado de por vida a sus expectativas individuales de ascenso social.

En resumen, si Los Leopardos no tuvieron éxito en la movilización popular se debió, en parte, a que el cultivo del café y la estructura hacendataria heredada de la Colonia habían creado unas condiciones especiales en el campo en donde sólo era posible que subsistieran y se desarrollaran expresiones individuales como un mecanismo de supervivencia social. Un movimiento de masas reñía inexorablemente con una actitud individualista, concluye Ruiz Vasquez (2004). El pequeño caficultor no contemplaba la posibilidad de unirse con los demás campesinos como una forma de reivindicar sus necesidades más apremiantes o preservar su status. Todo lo contrario, este campesino utilizaba las reglas de juego establecidas por el terrateniente sobre la base del arrendamiento y el consiguiente trabajo obligatorio en la gran hacienda.

Desde el punto de vista de Los Leopardos, afirma Ruiz Vasquez (2004) la lógica obedecía a un interés de la clase oligárquica rural por mantener las estructuras hacendatarias como un sistema agrario represivo de mano de obra. En efecto, prosigue, el surgimiento de las ideas fascistas en el Viejo Caldas coincidió con una merma sustancial del trabajo campesino en las haciendas cuyos empleados eran reclutados por la naciente industria de las ciudades. En el fondo, afirma, la actitud de Los Leopardos buscaba defender las viejas bases del sistema hacendatario; ahora erosionadas con la urbanización, por medio de una política autoritaria inspirada en el fascismo. Sin embargo, la misma estructura agraria que buscaban defender se convertía en el peor obstáculo para la consolidación de su proyecto, por cuanto el sistema hacendatario había educado al campesino para insertarse en los canales del mercado, arraigando su individualismo. Este individualismo buscaba, entonces, otras formas de expresión, como los lazos clientelistas y la Violencia que eran los medios más apropiados para hacer jugar sus intereses particulares. He aquí la gran paradoja que impidió que Los Leopardos consolidaran su poder como un partido de masas (Ruiz Vasquez, 2004).

Sumado a lo anterior, el grupo intentó acoger el fascismo en el campo tal como lo habían hecho los junkers alemanes (aristocracia terrateniente), sin haber observado que las corrientes fascistas en Europa, a pesar de haber tenido seguidores en el sector rural, tenían su máxima expresión como movimientos eminentemente urbanos. Esta imprevisión hizo que el partido fascista colombiano comenzara a cojear al no poder llevar a cabo una movilización de gran escala.

Las expresiones fascistas en el Viejo Caldas.

Tales expresiones fascistas obedecieron al temor de la clase hacendataria de la región frente al surgimiento de algunas organizaciones agrarias de izquierda, afirma Ruiz Vasquez (2004). Aunque estos movimientos agrarios nunca representaron una amenaza al orden establecido, su avance suscitó la creación de la Asociación Patriótica Económica Nacional, APEN, en 1934. Esta organización nació como respuesta a las posibles huelgas cafeteras y fue apoyada por los gremios y los grandes cafeteros temerosos de la “Revolución en Marcha” del Presidente López Pumarejo y sus inclinaciones por una reforma agraria. Las posturas de la APEN fueron lideradas por Juan Lozano y Lozano desde La Razón y se ajustó a toda la ola antiliberal conservadora que señalaba por la época a la administración López Pumarejo como abanderada del comunismo bolchevique en Colombia (Medina, 1980). En definitiva, la región cafetera fue él epicentro de las primeras expresiones de extrema derecha que surgieron más por el temor a una posible organización campesina reformista, que por un verdadero desarrollo de un movimiento de masas sindicalizadas que podrían poner en entredicho el poder de los terratenientes cafeteros, concluye Ruiz Vasquez (2004).

El regreso de Los Leopardos al conservatismo oficial.

Luego de la derrota electoral, Los Leopardos volvieron al redil del partido conservador y su tono desmesurado se calmó. Uno de los pretextos más utilizados por Los Leopardos para entrar al seno del conservatismo fue, según ellos, el pacto de no agresión firmado entre Hitler y Stalin, que era, en su más íntimo parecer, La victoria de Rusia (sic) sobre el mundo entero. Los Leopardos percibieron que su disidencia por fuera del partido les reportaba más enemistades que seguidores. Incluso, Monseñor González Arbeláez, el representante de las ideas fascistas en la Iglesia, le retiró su apoyo al grupo caldense a principios de 1939 (Arias Trujillo, 2007). El prelado prohibió la práctica habitual de encabezar todos los pronunciamientos y comunicados de los Leopardos con su imagen. A finales de ese año, Villegas renegó de los principales postulados del movimiento, dándole una sepultura de tercera categoría a la disidencia más importante que ha tenido el partido conservador en su historia (Ruiz Vasquez, 2004).

Todas estas derrotas, no significaron, ni mucho menos, la desaparición de Villegas y sus compañeros del escenario político. Tal como había sucedido tras la derrota 1930, Los Leopardos volvieron con más brío a desarrollar su actividad proselitista. En 1940, Villegas era elegido vicepresidente de la Cámara en representación de conservatismo oficial.

Alzate Avendaño reingresó al partido en 1943, para iniciar una maratónica carrera en pos de la jefatura del conservatismo colombiano (Ayala Diago, 2007). Los Leopardos, aunque disciplinados nuevamente, seguían teniendo fuertes simpatías por los nazis en los tiempos de guerra. Alzate, por ejemplo, defendió con enérgico empeño al espía alemán Heriberto Schwartau. El congresista caldense tocó, según Ayala Diago (2010) todas las puertas de la justicia colombiana, desde el juzgado 4° Superior de Bogotá hasta la misma Corte Suprema de Justicia en un intento desesperado por evitarla expulsión del espía. Alzate Avendaño basó la defensa sobre la posible nacionalidad colombiana del implicado, desvirtuando su procedencia alemana. A pesar de los ingentes esfuerzos del abogado Alzate, Schwartau fue llevado a los Estados Unidos en julio de 1943 donde delataría la intrincada red de espías alemanes en toda América Latina. El caso Schwartau fue criticado agriamente por diferentes sectores conservadores alegando la defensa de la soberanía y la nacionalidad (Ayala Diago, 2010).

Silvio Villegas por su parte, acusó en el Congreso al Gobierno de los Estados Unidos por la elaboración de la lista negra que señalaba los simpatizantes en Colombia de la acciones del Eje en la Guerra Mundial. En 1942, Villegas era mencionado por los informes del FBI como miembro de un grupo falangista clandestino con relaciones en España y Alemania. El mismo servicio de inteligencia tenía fuertes indicios sobre la participación de Villegas en una sublevación contra el gobierno de López. Villegas hacía parte de un grupo llamado Acción Nacional Militar Católica que había planeado un levantamiento militar para julio de 1943, en Barranquilla, seguido por un golpe de facto en todas las guarniciones de todo el país. Silvio Villegas comandaba la actividad política para establecer, en Bogotá, un nuevo gobierno autoritario. No obstante, el intento de golpe, similar al que dirigieran los generales Mola y Franco en España fue desvertebrado por el gobierno de López y los principales militares sospechosos se diseminaron en diferentes cuarteles (Tirado Mejía, 1995). La llamada Acción Nacional Militar Católica dio nacimiento al partido nazi Legión Colombiana cuyos preceptos más relevantes eran el antisemitismo, la religión católica y el nacionalismo.

A finales de la década del 40, el partido conservador dio a luz un nuevo grupo que propugnaba por la revolución nacional basada en la eliminación de la democracia por un régimen Salazarista o Franquista. El jefe del nuevo grupo, Eduardo Kronfly, había surgido como figura política por sus acciones al interior del grupo de choque de Alzate Avendaño llamado Legión Azul (Ayala Diago, 2010). Sus actividades políticas las desarrolló como editor en el pasquín La Nación. Kronfly dirigió 50 comandos que se tomaron el Directorio Municipal de Bogotá como protesta violenta al despido de algunos trabajadores municipales. Si en Alemania el intento de golpe de Hitler en 1923 tenía como argumento la ocupación de tropas extranjeras; este Putsch a la colombiana protestaba por los manejos burocráticos. Sin embargo, el grupo de corte falangista, cayó en desgracia al querer expulsar de su seno a algunos miembros de la clase alta. A partir de este momento, la intención de Kronfly de conformar un grupo de extrema derecha que aglutinara las masas se vio frenada por otros sectores conservadores que observaban en el intento un movimiento «socialista» parecido al Gaitanismo. Kronfly desapareció, entonces, de la vida pública igual de rápido como había surgido (Ayala Diago, 2010).

En palabras de Abel, citado por Ayala Diago (2020) esta era la situación que presentaba el partido Conservador en la Convención de 1950 en donde Alzate se erigió como el jefe de la colectividad. El viraje del partido conservador hacia la derecha se evidenció en la Convención de 1950. Una beligerante proclamación falangista de fe, reemplazó un compromiso general con las encíclicas papales que databa de 1948.

Nuevamente, como diez años atrás, hubo choques ideológicos entre elementos radicales y tradicionales. Alzate fue incapaz de limar esas asperezas. La diferencia que presentó la Convención de 1950 fue el hecho de que los antiguos «civilistas» se habían radicalizado mostrando abiertamente sus simpatías por el franquismo (Ayala Diago, 2010).

Las zancadillas políticas a los gobiernos de turno fueron una constante en la actividad política de Los Leopardos. Laureano Gómez, durante su presidencia (1950-1953) sufrió un colapso mientras viajaba por el río Magdalena. Inmediatamente, dada la gravedad de su estado de salud se decidió elegir al designado que lo reemplazaría. Gilberto Alzate Avendaño quien contaba con las mayorías en el parlamento dio posesión, muy a su pesar, a Roberto Urdaneta como presidente provisional. La escogencia del designado había sido planteada por el hijo del presidente, Álvaro Gómez Hurtado, al afirmar que su padre, desde el lecho de enfermo, había señalado trémulamente a Urdaneta como su reemplazo. Este episodio desalentó a Alzate y a Ospina Pérez quienes se distanciaron de Laureano Gómez por cuanto el nuevo designado no respondía a las expectativas políticas y a la cuota de poder dentro del partido conservador. El Presidente perdió aquél día la salud y el apoyo político (Ayala Diago, 2010).

Cuando el 13 de junio de 1953, el General Gustavo Rojas Pinilla tomó el poder, entre tantos uniformes militares que vivaban y aplaudían su proclama, se encontraban dos civiles no menos entusiastas Mariano Ospina Pérez y Gilberto Alzate Avendaño, relata Ayala Diago (2010).

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