La verdad sobre Maati

Por Jose Luis Merino

Una historia humana y algo de arte contemporáneo. En la imagen, “Monumento a la Tercera Internacional”, de Vladimir Tatlin

En este mismo espacio bloguero se publicó el relato sobre un inmigrante nigeriano, titulado El ajedrez y los pájaros. La idea de escribirlo surgió hace cuatro años al escuchar a un latero –como se llaman entre ellos–, vocear su mercancía de refrescos, en la playa de La Malagueta. Media docena de lateros recorren la playa sin pausa, soportando solazos implacables. Cada uno vocea lo que lleva en sus bolsas de hielo, desde agua, cervezas, sangrías, mojitos, coca-colas, etc. Pero aquel del que hablaré en esta historia canta su mercancía con un tono que nada tiene que ver con el del resto. Su Cerveza Coca-Cola Fanta sonaba seco y persuasivo, como un interminable golpe de timbal.

Este año el encargado de los toldos me informó que el latero por el que preguntaba era marroquí. Me dio su nombre. En una de las pasadas del latero, le conté que había escrito un relato digital, donde aparecía él como inspiración. Al saber que no era nigeriano, como le atribuí, sino marroquí, le confidencié mi error. Cuando volviera a mi casa lo rectificaría. Comprendió. Sonrió (su sonrisa iluminaba su rostro curtido por el sol). Apunté los datos para poder redactar la historia tal como era. En una de sus vueltas, le regaló a mi nieta uno de sus refrescos. Le dije que no se molestara. Recordó que él tenía cuatro hijos.

El último día de las vacaciones nos despedimos de Maati, ese es su nombre. Él seguiría trabajando hasta finales de mes. Luego iría a su país y volvería en abril, a falta de mejor suerte, al trabajo de la playa. Mientras nos estrechábamos las manos a modo de despedida, Maati no dejaba de sonreír. Para mi nieta y para mí, él era el mejor latero de Málaga y alrededores. Al escucharlo, su sonrisa se convirtió en una ola de conmovido regocijo.

[Málaga no es solo una de las ciudades más bellas y prósperas del Mar de Homero; va camino de transformarse en la ciudad del arte contemporáneo. Este verano se mostraba en el Museo Picasso una soberbia exposición de Andy Warhol, tan buena como la celebrada en el Guggenheim de Bilbao, diecinueve años antes (escribí un comentario crítico para El País, fechado el 18 de octubre de 1999). No es la primera vez que esto ocurre. El año pasado, en ese espacio picassiano, la exposición de Francis Bacon superaba a otra del mismo Bacon, llevada a cabo en el Guggenheim bilbaíno tres meses antes. En el Museo Thyssen lucían este año unos buenos grabados de Picasso. El Centro Pompidou exhibía una excelente muestra de Jean Dubuffet, además del recambio de la colección permanente. Si en los años anteriores brillaban las obras de los Brancusi-Giacometti-Chirico-Segal-Julio González-Miró, entre otros muchos, en este 2018, destacaban la columna sin fin de Tatlin, Monumento a la Tercera Internacional, la singular pieza órfica de Robert Delaunay, un contenido Kandinsky, un óleo sorprendente de Picasso, un curioso cuadro figurativo de Malevich, un lienzo de alta calidad de Chagall, un relieve de grandes dimensiones de Frank Stellae (una estallante fiesta de formas y colores; en su caso, la agudeza multicolor iba por delante de la forma, creándola), y un largo etcétera.

No quiero olvidarme de la exposición de la escultora francesa Louise Bourgeois, exhibida tres años atrás en el Museo Picasso, bajo el abisal enunciado autobiográfico: He estado en el Infierno y he vuelto.]

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