La restauración capitalista en China

Por Alejandro Iturbe

La economía de China está pasando por momentos difíciles. La expresión más importante han sido las recientes y sucesivas caídas de las principales Bolsas del país (Shangai y Shenzhen). Anteriormente, se había manifestado en una crisis en el sector inmobiliario (con varios proyectos inacabados y otros ya terminados que no encuentran compradores) y en un fuerte crecimiento de los impagos en las deudas por créditos de empresas constructoras y municipios.

Por Alejandro Iturbe

 

La economía china es actualmente la segunda del mundo, con más del 11% del PIB mundial (solo superada por la de EE.UU.). Además, tiene un gran peso en el comercio internacional ya que es el segundo país en volumen de exportaciones y el tercero en importaciones.

A pesar de la crisis económica mundial iniciada en 2007-2008, durante varios años, esta economía mantuvo niveles altos de crecimiento y en ese período actuó como un “motor secundario” que amortiguó la profundización de esa crisis.

Pero esa situación parece estar acabando: este año se prevé un crecimiento por debajo del 7% (una cifra muy alta para cualquier país pero que, por las características específicas de la economía china, ya significa “crisis”).

Una realidad que, como no podía ser de otra manera, impacta fuertemente en la economía mundial en su conjunto. De modo inmediato, en caídas en las Bolsas más importantes del mundo. De modo más profundo, en una caída acentuada de los precios de los alimentos y materias primas que importa en abundancia y, con ello, la entrada en recesión de los países exportadores (como Brasil y Argentina).

Finalmente, tiene un fuerte impacto en la situación económica mundial en su conjunto, cuando todavía estamos bajo la influencia de la “onda expansiva” de la crisis iniciada em 2007-2008. En el informe que el Fondo Monetario Internacional presentó a los ministros de Finanzas y jefes de los bancos centrales del G-20 (publicado por el Wall Street Journal) se “evalúa que la situación en China, sumada a otras condiciones negativas del contexto internacional, pueden llevar a una perspectiva mucho más débil’ de la economía global”.        

Es muy importante, entonces, analizar más profundamente las características específicas del modelo capitalista chino, la génesis de la actual situación y, al mismo tiempo, abrir algunas hipótesis sobre las perspectivas económicas y políticas. En la medida de lo posible, intentaré evitar sobrecargar el texto con cifras y estadísticas, centrándome en las descripciones y conceptos.

De semicolonia atrasada a estado obrero burocratizado

Antes de la revolución encabezada por Mao Tsé Tung en 1949, China era un país semicolonial muy atrasado, de base económica esencialmente agraria, cuyo territorio siempre fue “botín de rapiña” para las potencias imperialistas que se lo disputaban para saquearlo (fundamentalmente Gran Bretaña y Japón). Estas potencias, incluso, se apropiaron de enclaves costeros, como Hong Kong (Gran Bretaña) y Macao (Portugal). Para tener una idea del nivel de atraso y pobreza del país, digamos que la gran consigna lanzada por Mao para la revolución fue que cada chino pudiese comer un plato de arroz diario.

Después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de la derrota y la expulsión de las tropas invasoras japonesas, los dos componentes de las fuerzas que habían logrado la liberación del país se enfrentaron entre sí: por un lado, el sector burgués del partido Kuomitang (encabezado por el general Chiang Kai Shek); por el otro, el Ejército Popular de base campesina, dirigido por el Partido Comunista y Mao.

La guerra terminó con el triunfo de las fuerzas maoístas: Chiang y la burguesía china huyeron a la isla de Taiwán. En ella, con fuerte apoyo del imperialismo estadounidense, instalaron la República de China (capitalista). Mientras que una vez tomado el poder en el resto del territorio del país, el PC constituyó la República Popular de China que, al expropiar a la burguesía y al imperialismo, se transformó en nuevo estado obrero en el país más poblado de la Tierra.

Desde el inicio, fue un estado obrero burocratizado, dominado por el régimen dictatorial del Partido Comunista y su cúpula. Dentro de él, Mao jugaba el papel de “árbitro supremo” entre las distintas fracciones del partido. Era un régimen político sin ninguna libertad democrática real para los trabajadores. Durante quince años, el maoísmo fue parte del aparato estalinista mundial, hegemonizado por la burocracia de la URSS. Pero en la década de 1960, se produce una ruptura entre ambos partidos y el maoísmo (manteniendo su matriz estalinista) pasó a construir su propio aparato político mundial.

A pesar del carácter burocrático y dictatorial del estado, la economía planificada centralmente dio frutos muy importantes. Los más importantes son, sin dudas, haber acabado con el hambre y, también, con las enfermedades fruto de la pobreza crónica. Hubo también avances muy grandes en educación y en la eliminación de los rasgos más retrógradas de la opresión femenina (como la costumbre de obligar a las niñas a vendar sus pies para evitar que crecieran). Al mismo tiempo, la infraestructura de servicios y comunicaciones mejoró notablemente y también se inició un proceso incipiente de industrialización.

Pero estos avances partían de una base atrasadísima (que seguía siendo esencialmente agraria) y, al mismo tiempo, chocaban con dos obstáculos que les ponían límites infranqueables.

En primer lugar, la concepción estalinista (adoptada por el maoísmo) de que era posible construír el “socialismo en un solo país”. Un idea que ya Marx (en el siglo XIX) había combatido y que, en un país tan atrasado como China, resultaba aún más imposible.

El segundo obstáculo era que la economía era planificada centralmente pero de modo totalmente burocrático y arbitrario por la cúpula del PC que, en muchas ocasiones, alcanzaba niveles delirantes. Así ocurrió durante el llamado Gran Salto Adelante (1958-1961) donde se impulsó la creación de un millón de “mini-acerías” en las granjas campesinas. El metal obtenido era de pésima calidad y prácticamente inservible, lo que significó una gran pérdida de esfuerzo, trabajo y materiales. O con la “colectivización forzada” del campo (realizada en esos mismos años, según el modelo estalinista ruso de los años 30) que provocó millones de muertes por hambre.

Como consecuencia de estas profundas contradicciones, la economía planificada sufría grandes oscilaciones, y el aparato burocrático chino y su cúpula fueron siempre muy inestables, con choques y desplazamientos permanentes entre las distintas fracciones que lo componían (por ejemplo, durante la llamada Revolución Cultural).

La restauración del capitalismo

A finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970, la economía del país estaba en una situación de estancamiento. Con este marco de fondo, y el debate sobre cómo enfrentar esta situación, Mao muere en 1976 y se acentúa al extremo la lucha entre las fracciones. Finalmente, en 1978, triunfa el sector de Deng Xiao Ping que fusila a los principales líderes de sus oponentes (conocidos como la Banda de los Cuatro).

Deng expresaba la fracción más de derecha de la burocracia e inicia el proceso de restauración capitalista en el país, asociado al imperialismo estadounidense (en 1979, Deng realiza el primer viaje de un líder comunista chino a EEUU y se entrevista con el entonces presidente Jimmy Carter). Un hecho simbólico de la restauración fue que, ya a finales de 1978, la Coca Cola anuncia su proyecto de instalar una planta de producción en Shangai.

Deng aplicó dos medidas centrales. La primera fue la eliminación de las comunas agrarias de producción que fueron reemplazadas por el llamado “sistema de responsabilidad familiar” que autorizaba a las familias a vender directamente las cosechas y lucrar con ellas. Los sectores más dinámicos y favorecidos comenzaron a acumular pequeños capitales, a procurar nuevas explotaciones agrarias (a partir de la aprobación del derecho de arrendamiento por 30 años y de la autorización de transferencia de estos derechos) y también a invertir en pequeñas empresas comerciales e industriales, originando así una incipiente burguesía rural.

Al mismo tiempo, a lo largo de dos décadas, esto significó la expulsión de millones de campesinos que perdían su base de sustento y alimentación, y debían emigrar a las grandes ciudades para buscar empleos como asalariados. Se calcula que este proceso afectó a más de cien millones de personas (que se sumaron a una migración preexistente, consecuencia de la colectivización forzada). Se formó así un inmenso y dócil “ejército industrial de reserva” que aceptaba bajísimos salarios y fue la base social que permitió las grandes inversiones y la rápida industrialización.

La segunda medida fue la creación de cuatro “zonas francas” para inversiones en ciudades de la costa sur con el objetivo inicial de fabricar productos baratos (textiles y vestido, radios y metalurgia pequeña) destinados al mercado interno. Pero rápidamente esa producción comenzó a exportarse y a competir con la de los llamados “tigres de Asia”.

Una combinación histórica inédita

La restauración capitalista en China tiene un rasgo común y uno diferenciado con el proceso que se dio en la URSS y en el Este de Europa. El elemento común es que la restauración es llevada adelante por el propio Partido Comunista (en el caso ruso, fue dirigida por Mikhail Gorbachev). El elemento diferente es que en la URSS y en los países del este europeo, poco después, la movilización de masas derribó al aparato estalinista restaurador (el símbolo de este proceso fue la caída del Muro de Berlín). En China, ese proceso de masas triunfante pos-restauración no se dio (dicho sea de paso, tampoco se ha dado en Cuba).

Se produce así una combinación histórica inédita: el propio aparato estalinista que había dirigido la revolución y la construcción del estado obrero burocratizado no sólo restaura el capitalismo sino que continúa en el poder después de haberlo hecho. Sólo que ahora ya no defiende las bases económico-sociales del estado obrero sino que está al servicio del capitalismo imperialista.

Desde el punto de vista formal y de su funcionamiento, el régimen y su aparato continúan siendo los mismos: burocráticos y dictatoriales, disfrazados detrás de las banderas rojas y el lenguaje “socialista”. Pero su contenido social ahora es totalmente diferente. Bastaría ver, por ejemplo, la cantidad de cuadros importantes y miembros de la dirección del PCCh que son burgueses o pertenecen a familias burguesas.

En China se da entonces lo que los brasileños llaman “el peor de los mundos”: una sangrienta dictadura “roja” junto con una de las expresiones más feroces y explotadoras del capitalismo actual.

 

La restauración capitalista en China

1 Comentario
  1. En China como en el resto del mundo dominan el Capital y el Estado (rojo, negro o blanco) y por eso siguen las guerras, las masacres, Al Qaeda y Daesh…
    El sistema capitalista y los Estados viven de ello y con ello evitan que los trabajadores se unan en el mundo contra sus verdaderos enemigos: el Capital y el Poder (político o religioso)

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