La película Gernika o la imposible equidistancia

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Gernika (Koldo Serra, 2015), sobre la que se ha podido afirmar que única verdad histórica, que encierra es que la ciudad sagrada de los vascos fue destruida por el bombardeo de la Legión Cóndor.

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Durante décadas, la guerra por la verdad sobre Gernika se plasmaba en la pintura de Pablo Picasso convertido en el “póster” más famoso de todos los tiempos junto con el Che de Korda, así como en los ámbitos de la bibliografía, un espacio donde el franquismo quedó reducido a su verdad armada. En el cine se produjo ya en 1937 Gernika una producción del Socorro Rojo Internacional, que fue ilustrada con imágenes simbólicas y con una voz en off que leía el poema de Miguel Hernández sobre la destrucción de la ciudad por la aviación alemana; también el gobierno de Euzkadi encargó otro que fue montado en Barcelona,  Gernika en el que utiliza el contraste de cómo era la población antes de la guerra y cómo quedó después. Mayor celebridad logró un Guernica (1949) producido por el Museum of Modern Art of New York realizado por Robert y David Flaherty…hubo otros, pero el cine de ficción permaneció ajeno a una evento que situado en la estela de Auschwitz y de Hiroshima.

De ahí las expectativas creada por una producción de ciertos vuelos, Gernika (Koldo Serra, 2015),  sobre l que se ha podido afirmar que única verdad histórica, que encierra es que la ciudad sagrada de los vascos fue destruida por el bombardeo de la Legión Cóndor. Es verdad que eso no es poco, dado el olvido generalizado fuera de Euzkadi y dado  que se ha hecho aquí mismo. Lo demás resulta una reelaboración de la que su director se hace portavoz militante desde el momento en que en sus declaraciones sobre la barbarie echa mano a la presencia de los malditos rojos –de aquí o de allá- en el hecho de la destrucción de Gernika: el soviético Vasyl como jefe y factotum de la censura en la oficina del Gobierno Vasco, el ruso sin entrañas con checa incluida. El “comunista” se presenta en contraposición al arquetipo del periodista americano, Henry, que no cree en la propaganda ni de uno ni de otros.

Los responsables del film omiten deliberadamente y tergiversan gravemente la historia del bombardeo de Gernika, quizá porque es inoportuna para sus objetivos económicos o publicitarios, pero sabiendo que modifican la historia para que, de ese modo, coincida con sus intenciones  de permanecer más allá de cualquier compromiso, sobre todo con la verdad. Su ficción histórica deviene una corrección conscientemente tergiversada de los hechos, una manifestación ostensible del cinismo de profesionales a los que no resulta abusiva acusar de utilizar la magnitud de la tragedia en función de un proyecto fílmico “políticamente correcto”, en un producto aceptable para una industria que rehúye el conflicto con los poderes establecidos. A la indignación que articuló el cuadro de Picasso, se una la verosímil sospecha de que los autores de la película no han querido perturbar a aquellos que desde aquel 26 de abril de 1937. han tratado de desconectar el 18 de julio de la Alemania nazi.

Este hilo de la equidistancia nos remite al debate sobre La vaquilla (España, 1936),  la más ilustra expresión de la óptica de la equidistancia. Obra de un Berlanga ebn decadencia. Sí bien todavía la trilogía compuesta por La escopeta nacional (1978), Patrimonio nacional (1980) y Nacional III (1982), conforman un cierto fresco de vocación esperpéntico sobre la continuidad del franquismo en la Transición, no resisten la comparación con sus grandes obras.

Lo mismo sucede con Todos a la cárcel (1993), por más que da de pleno en el continuismo de las tradiciones corruptas sí bien con el trazo todavía más grueso y con una suma de personajes chillones que apuntan pero que no hieren a nadie. Ya aquí el maestro se extravía con un ejercicio de equidistancia estableciendo una descabellada simetría entre un preso comunista y un hedillista  sin la menor gracia, pero sobre todo sin la más mínima veracidad. Fue desde este punto de vista que realizó La vaquilla (1986), un proyecto que ya trató de llevar a cabo en vida de Franco quien, por cierto, después de ver El verdugo declaró que su autor no era comunista sino algo mucho peor: era un mal español…No todo el mundo ha merecido semejante distinción. La vaquilla adopta un registro desencantando y cínico desconocido hasta entonces, nada que ver con los cánones de las sátiras antifascistas Como no podía ser menos, la película tiene buenos momentos. Quien tuvo retuvo y Berlanga demuestra algunas  su capacidad de hilar con talento la  entrada y salida de los más diversos personajes de una historia cuyo parecido con la realidad era mera coincidencia. Lo contrario de lo que se puede decir de otra película sobre la guerra rodada el mismo año, Dragon Rapide (Jaime Camino&Roman Gubern) que las autoridades felipista no pudieron evitar pero a la que no le dieron un duro. Una película que no cuenta con la capacidad berlangiana de hilar la historias pero en la que todo, absolutamente todo, resulta cierto.

Mientras que en Berlanga se pueden encontrar ráfagas del antifranquista, Gernika parece una película norteamericana que planea entre unos y otros tratando de quitar hierro a una de las atrocidades más emblemáticas del siglo XX. Cierto algo queda: la reconstrucción de los bombardeos que alcanzan un notable grado de verosimilitud.

Nota. La vaquilla resulta uno de los referentes de la superficialidad de la memoria popular en el programa “La Tuerka”, sobre la que tanto Pablo como Monedero regresan una y otra vez, en el segundo normalmente en contraposición a Novecento: mientras que en Italia hicieron…Creo que no está de más añadir que la película de Bertolucci marcó una culminación de un ciclo que comienza como Roma, cittá aperta. Luego ya nada será igual, el retroceso es generalizado. Sin embargo, aquí se han ido haciendo cada vez más cosas. No sabría establecer paralelismos, pero sí que desde el punto de vista del cine “nacional popular”, las cosas no son tan claras.

 

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