Publicado en: 16 abril, 2018

La Izquierda brasileña en la Era Pos-lula

Por Sebastián Ronderos y Lucas Augusto da Silva

Basta saber si esta vez el PT estará dispuesto a abandonar su modelo de gobierno para disputar el poder, o continuará alimentando los anticuerpos que atacan su propio tejido.

Desde el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff, existe una constante oscilación en la posición ideológica de los precandidatos especulados para las elecciones presidenciales. Basta una noticia, una entrevista, un evento (o incluso una omisión) asociado al nombre del candidato y, el campo político se reestructura.

Ciertas veces basta la explícita opinión de un adversario para que uno u otro candidato sea arrojado a un espacio ideológico abstracto (afín o opuesto a la opinión deflagrada). Jair Bolsonaro es uno de esos casos emblemáticos: la propia existencia de un candidato que coquetea con la dictadura militar, que impone un discurso de asco a las demandas identitarias de las minorías y destila ofensas contra los parlamentarios progresistas, genera una cierta afinidad entre los demás candidatos que declaran oposición al neofascismo. La existencia de Bolsonaro aproxima relativamente a Marina Silva y Guillerme Boulos, por ejemplo, en la lucha contra el ascenso de un sugestivo totalitarismo de extrema derecha.

No han sido pocos los sucesos que han desplazado con relevancia las piezas en esta especie de gráfico dinámico de orientación política e identificación popular: los escándalos de corrupción contra miembros del alto escalón del PMDB, la campaña de Michel Temer por la aprobación de la reforma pensional, la intervención militar en Río de Janeiro y, más recientemente, la ejecución de Marielle Franco. El suceso más relevante para esta reorganización ideológica, no obstante, ocurrió el pasado viernes 6 de abril.

El decreto de prisión expedido contra el ex-presidente Lula remodeló la matriz ocupada por las candidaturas de izquierda e influenció en la adaptación de sus discursos. Ausente del debate central (y del palco en el cual el líder petista se pronunció), Ciro Gomes, casi como en un suicidio político, reafirmó su indiferencia al levantamiento organizado en favor de la elegibilidad de Lula, lo que no sorprendió a buena parte de los cuadros de izquierda. El candidato del PDT, al mantenerse silente, parece repisar su estrategia de ocupación de un espacio de hecho vacío, carente de personificación (centro-progresista). Sin embargo, el encuentro de los demás candidatos de la izquierda en solidaridad a Lula, distancia a Ciro de la agenda progresista y lo acerca a las candidaturas que se empeñan en la conquista de aquellos votantes que intentan huir de la polarización política. El Ciro ausente no es el mismo que gritaba: “¡ha sido golpe!”.

Mientras Ciro parece apartarse de la izquierda y aproximarse a otros candidatos que mantienen una posición más flexible referente al encarcelamiento de Lula, así como la alianza formada por Marina Silva y Joaquim Barbosa, la fotografía simbólica en el palco del sindicato, en la que constan las tres candidaturas exponentes de la izquierda, preanuncian un aliento providencial contra la feroz alianza entre los principales medios de comunicación, el Legislativo, el Judicial, y élites tradicionales que, juntos, orquestaron el aprisionamiento de Lula y desarrollan un programa regresivo que amenaza las conquistas democráticas de los últimos años. Travestidos en un discurso anticorrupción, buscan fortalecer y reproducir las bases que permiten que el sistema clientelar y oligárquico continúe en marcha.

Esta especie de cartografía decantada tras el arbitrario encarcelamiento de Lula permite emprender un análisis más sobrio sobre las estrategias en juego y nos lleva a ofrecer algunas tesis sobre el momento actual y el futuro de la izquierda brasileña.

Los Límites del Consenso

Una condición central se sumerge en aquello que consideramos es el agotamiento de un determinado modelo de poder basado en la agregación y el ensamblaje, por medio de una capacidad privilegiada de negociación. Esta estrategia, desarrollada a lo largo de la historia del Partido de los Trabajadores, a través de la conducción incuestionable de Lula, la relacionamos con lo que aquí denominamos el ‘Modelo Sindical de Poder’ (MSP). Lula se ha destacado a través de su historia como un líder carismático, con una capacidad admirable de articulación y una singular inventiva estadista, en el diseño de políticas públicas, en la reestructuración y profesionalización diplomática, y en la redistribución de renda y democratización al acceso de educación y demás servicios públicos. Ceñido a la conciliación, estructuró con astucia una cooperación de los sectores estratégicos para conformar su modelo de gobierno, alcanzando con éxito transformaciones demográficas históricas.

Tal agenda se mostró perfectamente armonizada con los propios procesos históricos que conformaron grandes pactos nacionales, desde la independencia a Portugal -decretada y alcanzada primordialmente por un sistema de concesiones entre oprimidos y opresores- hasta el derrocamiento de la dictadura militar –la que, hasta el día, no ha resultado en un plan de ajuste de cuentas por las élites militares. En vez de relevantes rupturas protagonizadas por los sectores subalternos como impulso para las transformaciones sociales, lo que se observa en la historia política de Brasil son constantes reajustes de pactos que blindan los intereses de los actores dominantes y, en contrapartida, ofrecen concesiones puntuales a las clases explotadas.

Las conquistas obtenidas por el modelo aplicado son indiscutibles: Brasil dejó el mapa de la pobreza, las minorías raciales accedieron a espacios anteriormente exclusivos y el país volvió a ser un relevante protagonista en las instancias de actuación internacional. Acto continuo, el golpe institucional de 2016 y la inelegibilidad de Lula en 2018 son los reflejos evidentes del agotamiento de esta estrategia de coalición. Al ascender al espacio de gobierno, el petismointentó neutralizar los antagonismos inherentes a la propia disputa política, cerrando los ojos hacia las relaciones de poder que extrapolan las ocupaciones efímeras de las instituciones formales. La conformación de las estructuras de poder, centralizadas en las élites históricas y que posibilitó la promiscuidad entre los poderes institucionales para atacar ferozmente al PT, no fueron ocupadas de forma adversa a la gestión petista, sino fortalecidas por su MSP.

Lejos de establecer la construcción de una contra-hegemonía, propiciando nuevos espacios de poder que consiguieran sostener una nueva correlación de fuerzas ante las necesarias reformas estructurales, el PT pareció intentar incluir a sus representados y electores en el racional de la propia estructura hegemónica imperante, esculpida desde antaño por sus verdugos. Cualquiera de las partes de este acuerdo podría haber reconocido los límites orgánicos de esta coalición. En el momento decisivo, los enemigos estaban más atentos y atacaron. El MSP, al presentar cierta inconveniencia a los intereses de acumulación y concentración del capital, así como un tímido avance en el rediseño de las fronteras constitutivas de las clases sociales, la elite política, respaldada por el apoyo de las capas medias brasileñas que “miraban para al frente y veían a los ricos alejarse; miraban hacia atrás y veían a los pobres acercarse” (palabras del ex alcalde de San Pablo, Fernando Haddad), olvidaron los acuerdos a los que se habían adherido y dieron inició la demonización su antiguo y más ilustre (ex)aliado.

Lula: De Significante Maestro a Significante en Disputa

Tras el triunfo de la Revolución cubana, Fidel Castro pide a Regis Debray que recorra América Latina y haga un análisis sobre la repercusión del proceso cubano en la región. Debray desarrolla un informe en el que reconoce que las élites latinoamericanas y los Estados Unidos comprendieron con mayor rapidez que la propia izquierda la importancia de dicha Revolución. Esta característica parece repetirse en la actual coyuntura política en Brasil.

El período en que sucedió el impeachment de Rousseff exigió de la militancia de la izquierda brasileña la construcción de una narrativa anclada en dos significantes simbólicos importantes: el “golpe” y el “Fuera Temer”. Vale señalar que buena parte de las disputas integradas por la oposición a Michel Temer durante este período, como el combate a la reforma a la pensión, se fundó en esta construcción discursiva. Sin embargo, existe un evidente limite en las articulaciones de estas piezas. Hoy el impeachment se establece como golpe dentro del idilio de la izquierda nacional y con reverberaciones internacionales, pero Michel Temer debe concluir su mandato sin mayores trastornos.

Con la prisión de Lula, sin embargo, lo que avisamos, distantes de la lectura mainstream que enfatiza un inminente (y obvio) retroceso democrático, es la germinación de un interregno que indica la necesidad de una transición estratégica de la izquierda a través del refuerzo de los antagonismos sociales después de ‘ Junio de 2013’. Una oportunidad única de aprovechar los avances y las bases hasta ahora cementadas, comprendiendo la era lulista no como error táctico, sino como fundamento en la configuración estratégica de una transición estructural, que reclama un proceso de autocrítica y renovación en la configuración organizativa de la izquierda. Las élites, a su vez, parecen haber avistado ese interregno con mayor avidez, reestructurándose con el cambio de ciclo económico y articulándose más rápidamente en la guerra de posiciones.

La inelegibilidad (práctica) y el encarcelamiento (simbólico) del ex presidente se presentan como revelación de las cartas guardadas en la manga por la oligarquía político-económica durante los mandatos petistas, y que ahora se han abierto y están transparentes en el tablero ideológico. Lejos de negar el evidente retroceso, cabe, en paralelo, analizar este acontecimiento como una ventana de oportunidad para el contraataque progresista.

Al exclamar “no soy más un humano; soy una idea”, Lula reconoce su capacidad impar de pautar el debate ideológico y ofrece su nombre (y legado) como significante a ser apropiado, además de percibir implícitamente los límites que su modelo de poder y que el corto futuro de su carrera política (considerando su edad) le imponen. Es en esta vacante, en este espacio a ser ocupado que identificamos la oportunidad sin precedentes de la construcción de un proyecto de robustecimiento de la izquierda: no desvinculado del Lulismo, pero conscientemente reformulado a partir de su potencial discursivo y de la inevitable crítica a las bases metodológicas del MSP.

De la Razón Sindical al Bloque Histórico

En la entrevista que Lula concedió a Félix Guattari en 1982, cuando se le preguntó sobre el programa económico de su partido (aunque orientado por una macro-propuesta de estatización de empresas privadas) el líder sindical pondera que “hay que estar con los pies en el suelo y saber que los procesos de transformación no se dan porque queremos, sino en virtud de las fuerzas políticas sobre las que se apoyan. (…) No queremos huir con el balde. Queremos es matar nuestra sed”. Ante otra pregunta, Lula asegura que “el PT acercó a las personas; creó nuevas relaciones de fraternidad y allí las personas se sienten más iguales”.

Al obedecer las fuerzas políticas operantes en los procesos de transformación y a la capacidad de conciliación entre contrarios como emblemas de su proyecto de poder, el liderazgo petista crea características auto-explicativas de lo que aquí llamamos MSP. Más que esto, sostenemos que las potencialidades del MSP establecidas mientras el partido aún no había accedido al Ejecutivo federal fueron las mismas causas del debilitamiento de los mandatos Lula-Dilma y, actualmente, del agotamiento del propio modelo, como en una especie de enfermedad autoinmune.

No en vano el arquitecto del golpe fue el propio vicepresidente que compuso alianza con Dilma Rousseff en 2014; no en vano cinco de los seis votos contrarios al habeas corpus de Lula fueron anunciados por ministros indicados por los ex-presidentes petistas; no en vano fueron los directores de las contratistas privados de mayores ingresos en la era Lula quienes ofrecieron el dossier probatorio en el que se sostuvieron todos los procesos incoados contra el ex-presidente. La estrategia de mando político del PT, al integrar a aquellos que parecían ser el sistema inmunológico perfecto contra las amenazas de la oposición, ofreció consecuentemente el ambiente más adecuado para el ataque desenfrenado de los anticuerpos contra las propias células de su tejido estructural.

Todo este proceso se inserta en una disputa política a campo abierto, pautada, desde 2008, por una nueva crisis del capitalismo financiero y de la democracia representativa a nivel internacional. En determinadas ocasiones, y cada vez con mayor fuerza, suele ser la extrema derecha la que se conecta sin medias tintas con esa insatisfacción genuina frente al límite de los marcos liberales, aunque proponiendo mecanismos que elevan la precarización de los derechos económicos, civiles y políticos a una condición crónica.

Si las instituciones tradicionales de la democracia liberal carecen de empatía representativa en el actual contexto político de las sociedades occidentales, la reproducción de las narraciones germinadas al interior de los mandatos petistas tampoco presentan una alternativa satisfactoria. Es necesario comprender que no solo la extrema derecha se presenta como amenaza a esta oportunidad de recomposición de las estructuras democráticas, sino que el propio mantenimiento de un proyecto conciliador y neutralizador de las identidades antagónicas, con disponibilidad para el diálogo con las ortodoxas y experimentados elites políticas brasileñas, también pone en riesgo la construcción de una posible contra-hegemonía.

Agotado el modelo, sobrevive el legado y una oportunidad histórica se revela.

Una vez enfriada la potencia de una racionalidad sindical como modelo de gobierno, una alternativa que puede confluir las demandas sociales dispersas sin vaciar el significante del lulismo sería la composición de lo que vinculamos con aquello que Antonio Gramsci llamó ‘Bloque Histórico’. Este concepto supone un conjunto complejo de relaciones sociales, potenciando estratégicamente fuerzas tanto materiales como simbólicas. Establece una conjunción de formas jurídicas, periodísticas, artísticas, filosóficas y religiosas al servicio de la conciencia del momento histórico, emprendiendo luchas populares sintonizadas que superan las formas tradicionales de resistencia y retaguardia, cavando trincheras creativas en un movimiento de avance. Entiende la centralidad del Estado, aunque comprende también la necesidad de la creación y ocupación de espacios informales que cultivan la memoria social sensible, constituida primordialmente por expresiones culturales.

¿Y por qué es ésta una oportunidad única para el desarrollo de ese embrión?

Porque la propia complejidad del momento llevó a una convocatoria espontánea de un cuadro que extrapola las fragmentaciones partidistas, proponiendo casi de forma inadvertida la unión precisa para una estrategia victoriosa, pues conecta con demandas contemporáneas y accede a espacios por donde la izquierda tradicionalmente tiene dificultad para caminar. Además, se apropia del alcance que el significante “Lula” tiene para desbordar los límites convencionales, superando las propias trampas que la izquierda construyó discursiva e internamente, al estructurar pautas transversales que alcanzan la sensibilidad del ciudadano común, pero, esta vez, revelando los antagonismos que la propia polarización política exige.

El ocaso del MSP llevó a una interseccionalidad de agentes, propiciando la ocupación de este discurso, y el símbolo mayor de este “bloque histórico” fue el palco constituido en el Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo: la aglutinación de líderes políticos y sociales, artísticos y religiosas, unidos en pro de una radicalización democrática, representa una resignificación necesaria del devenir del “lulismo”.

Más que mostrar los dientes, el momento exige saber dónde y cómo morder. Exige repensar las alianzas basadas en las entrañas de los antagonismos sociales y conectar con los insumos de insatisfacción, concentrando la diana en aquellas reservas subjetivas y colectivas expresadas en la carencia de representación, que continúan dispersas y huérfanas desde 2013.

Este proyecto no se confunde con la unificación de las estrategias electorales, ni con la proposición (equivocada) de una candidatura única para los próximos comicios electorales. Por el contrario, busca englobarlas: la candidatura formada por Guillermo Boulos (líder social consolidado) y Sonia Guajajara (exponente en las luchas de los pueblos indígenas) sumada a la candidatura de Manuela D’Ávila (que empuña con maestría el discurso feminista) y las figuras de Celso Amorim (voz resonante en las relaciones internacionalidades), João Pedro Stédile (líder del Movimiento Sin Tierra), Osmar Prado (representando a la clase artística) y piezas clave de la Iglesia Católica, elevan la interseccionalidad a un nivel de diálogo con la sociedad civil providencial para el proyecto de radicalización del discurso de la izquierda.

Basta saber si esta vez el PT estará dispuesto a abandonar su modelo de gobierno para disputar el poder, o continuará alimentando los anticuerpos que atacan su propio tejido.

*Por Sebastián Ronderos y Lucas Augusto da Silva

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