Publicado en: 26 septiembre, 2017

La Fase Crepuscular

Por Miquel Amorós

Visión general del capitalismo en crisis partiendo de la obra de Jaime Semprun

Por Miquel Amorós

LA FASE CREPUSCULAR

”Si consideráis al mundo racionalmente,

él también os considerará racionalmente,

esto es una determinación recíproca.”

(Hegel, La Razón en la Historia)

En una época abierta a todas las posibilidades de cambio radical como la de los años sesenta y setenta del siglo pasado, la mayor preocupación de sus partidarios giraba en torno a las formas de su realización total. En multitud de países había llegado la hora de la acción revolucionaria y había que superar con actos subversivos las contradicciones que empujaban la vieja sociedad de clases a desaparecer. Típicos títulos salidos de la pluma de Jaime Semprun durante esos años: “La Guerra social en Portugal”, “Manuscrito encontrado en Vitoria”, “Consideraciones sobre el estado actual de Polonia.” Era el momento de la lucha, del movimiento inteligente de las fuerzas sociales desplegadas, y, por consiguiente, de la táctica y de la estrategia. Se pasaba de la teoría a la acción; de las armas de la crítica a la crítica de las armas. Los escritos que mejor se corresponden con el periodo son los de agitación y análisis panorámico, los que estudian la evolución de la coyuntura y calculan su potencial. La verdad, largo tiempo atrapada en la carcasa de lo viejo, pugnaba por salir a la luz y mostrarse con toda su amplitud y su esplendor, objetiva y subjetivamente. Se daba por supuesto que la verdad existía y que era revolucionaria. De pronto, todo se simplificaba y aclaraba. Los opuestos se reconciliaban dialécticamente, mientras que la fragmentación y el particularismo típicos de la época moribunda cedían ante la unificación y la universalidad de la etapa iconoclasta. Pero, ¿qué sucedió en los ochenta, cuando las fuerzas liberadas por la crisis social no lograron superar el profundo desgarro provocado por las contradicciones no resueltas?

O bien el sujeto revolucionario no fue lo bastante poderoso y fue derrotado, o bien retrocedió ante la inmensidad de sus tareas hasta desvanecerse. No hubo un nuevo amanecer al que saludar. La revolución dejó de estar a la orden del día. Incluso se la acusó de traer consigo el totalitarismo y, por consiguiente, de indeseable. El poder unificador del ciclo revolucionario desapareció y los términos de la contradicción se hicieron independientes unos de otros. Por un lado la economía, el Estado, la civilización, el campo, la clase dominante; por el otro, la sociedad, el individuo, la naturaleza, la urbe, las masas dominadas. Los vínculos que los conectaban se rompieron. La subjetividad y la objetividad, el ser y la nada, el cuerpo y el alma, los medios y los fines, la afirmación y la negación, se separaron abruptamente. Fin de la totalidad feliz de la revuelta y de la armonía colectiva de sus protagonistas. La recuperación, trabajando para la industria de la memoria, permitió mercantilizar sus fragmentos. Repercutió en la filosofía, el arte, la cultura, la crítica social, la literatura y la política, dando lugar a un sinfín de sucedáneos. “El Compendio de Recuperación” es un texto de combate contra ella. Se acabaron las utopías, los ideales, y en fin, la modernidad sólida. Triunfaron el individualismo masificado y el encierro amueblado en la vida privada. La libertad se convirtió en libertad de consumir y la sumisión a los imperativos del consumo se volvió algo habitual y cotidiano. El proyecto de comunidad universal devino yuxtaposición de átomos deshumanizados. La cultura popular se redujo drásticamente a lo utilitario. El lenguaje se empobreció, poblándose de neologismos técnicos y posestructuralistas. La realidad resultaba entonces ininteligible y se envolvía en un cúmulo de representaciones, todas ellas incompletas y arbitrarias, y, por lo tanto, quiméricas y falsas. Las fantasmagorías que la sustituyeron desde entonces no han hecho más que oscurecer las mentes y volver los seres humanos ajenos a la vida real, ya que no alcanzan a entender su racionalidad, pues su mirada no atraviesa la superficie de las cosas, no va mas allá de lo contingente y se queda en las apariencias exteriores, en el espectáculo.

La transformación del mundo según pautas libertarias fue abortada finalmente en los ochenta, quedando los revolucionarios forzados a un repliegue sobre sí mismos del que sólo los más conspicuos intentaron salir mediante la reflexión crítica. El pájaro de Minerva emprende el vuelo a la medianoche. La elaboración teórica nace pues de la constatación de un fracaso, el de la revolución social, al que no se consideró definitivo. Las perspectivas de cambio revolucionario se alejaban, pero la victoria de la dominación no había resuelto ninguna de las contradicciones esenciales; más bien las había agudizado. Las crisis eran por lo tanto inevitables. El movimiento antinuclear, la juventud de Tien an menh, el pueblo de Soweto, la Solidarnosc de los obreros polacos y la caída del muro de Berlín, por ejemplo, eran señales de un futuro saludable. El pensamiento crítico no pretendía más que tender puentes entre las revueltas pasadas y las futuras. Su tarea era pasajera: intentaba actualizar la condena universal del actual estado de cosas para salir de un laberinto cuyas vueltas se iban alargando demasiado. La teoría era la herramienta con la que el crítico no sólo intentaba explicar la época con el fin de sobrevivir a la miseria moral y al vacío que la caracterizaban, sino con la que aspiraba a reunir de nuevo las fuerzas latentes de la negación, aquellas que continuaban haciendo de la insatisfacción su causa. Es el objeto, por ejemplo, de libros como “La Nuclearización del Mundo” y de la revista “Enciclopedia de la Nocividad”. Así pues, la teorización no significó en modo alguno pasividad o retiro: la puerta siempre estuvo abierta para la acción por mínima que fuera la ocasión de practicarse. Teoría y práctica no se opusieron sino para fusionarse en una totalidad reconstruida, pero tal fusión no sucedió y hoy por hoy aún está lejos de concretarse. No se andaba desencaminado, pero se pecó de optimismo, se confió demasiado en el poder disolvente de la verdad y se valoró en exceso la negatividad de los conflictos: por un lado, la verdad se relativizaba y dejaba de tener efecto alguno en un mundo dominado por la falsedad; por el otro, la negación era incapaz de devenir pasión creadora. La crisis había alcanzado también al movimiento obrero y a sus ideales de emancipación. La sociedad capitalista sobrevivió y supo prevenirse contra los escándalos y las revoluciones volviendo superflua, gracias a las nuevas tecnologías, a una parte de la población obrera, la fuerza productiva central. No es que cada vez más trabajadores potenciales rechazaran ingresar en el mercado del trabajo, sino que dicho mercado rechazaba a un número creciente de trabajadores. La presión del paro y el temor a la exclusión causaron tantos estragos como la propaganda consumista, por lo que, ni una conciencia universal ni menos una voluntad popular pudieron cuajar, o dicho de otra manera, el sujeto revolucionario, las fuerzas de la negación y la afirmación, la nueva comunidad combatiente de individuos deseosos de organizar libremente su vida, no consiguió formarse. Las reglas de la mercancía y la ideología del progreso siguieron determinando las relaciones sociales tanto en la vida cotidiana, cada vez más colonizada, como en la vida pública, cada vez más profesionalizada. Al globalizarse el capitalismo y expandirse las nuevas técnicas de comunicación, el espectáculo penetró tan profundamente en el imaginario social que llegó a sustituir completamente la realidad. De resultas, la irracionalidad contaminó cualquier razonamiento. Y sin pensamiento racional no hay sujeto real.

El ser humano solamente puede realizarse en una sociedad libre, pero en la sociedad contemporánea la libertad se ofrece únicamente como espectáculo, el no-lugar de la resolución ficticia de las contradicciones sociales. Espectáculo también de la política, de la vida social, de la cultura y de la revolución si cabe. Espectáculo de la autorrealización, cada vez menos creíble, puesto que el grado de frustración ya es demasiado elevado para contrarrestarse con simulacros. Ante ello las seudomovidas “de izquierda” se emplean a fondo. Las ideologías izquierdistas son al espectáculo lo que el pensamiento crítico es a la revuelta. Constituyen el primer peldaño hacia la sumisión espectacular. Cumplen la función consoladora en otro tiempo encomendada primero a la religión y luego al consumo: hacer soportable la miseria personal y la sensación de fracaso. El izquierdismo actual intenta adoctrinar a los sectores desclasados, principalmente juveniles, para movilizarlos en nombre de abstracciones como por ejemplo la clase obrera, el pueblo o la ciudadania. No lo hace en pro de una sociedad en libertad, sin Mercado ni Estado, sino en pos de una renovación de la economia neoliberal que incluya mejoras del deteriorado estatus social de dichos sectores. A eso llaman “transición al postcapitalismo”. A pesar de la destrucción del medio obrero, de la proliferación de funcionarios y empleados, y de la automatización de la industria, una minoría vanguardista sigue asignando un papel redentor al proletariado industrial. Apenas cuentan en sus analisis el desclasamiento y la alienación, fáciles de comprobar en la generalización entre los asalariados de una mentalidad idéntica a la de la clase media. En un mundo sin sentido, cuando más absurdas sean las teorías mejor calado tienen. Sin embargo, la mayoria de izquierdistas si que han adaptado sus estrategias a la presencia estabilizadora de esa masa asalariada filistea a la que llaman “ciudadania”. La “ciudadanía” surgió como el sujeto imaginario del moderno cambio político, ocupando en el terreno institucional la centralidad que la clase obrera dejó vacante al perder su identidad y su ser. Ella se confirma por el hecho de votar, no por el de pensar y actuar. El principio regulador de su ser es el derecho al voto, no el derecho a la rebelión. En tanto que nueva clase universal no fundamenta su existencia en el escándalo de la desigualdad, la alienación y la opresión; más bien se apoya en su capacidad electoral y en el poder del Estado. Se comporta pues más como un grupo de presión que como una clase. Accede a la realidad gracias a las urnas, no a las protestas.

No se suele dar mucha importancia a la novedad clave de la civilización industrial posmoderna, a saber, la expulsión a los márgenes de la sociedad, sin medios materiales suficientes, de ingentes masas abandonadas a la degradación psicológica y a la miseria. En efecto, actualmente más de mil millones de pobres viven en las periferias metropolitanas del mundo. Hoy en día, sólo las víctimas inmediatas de la economía -los campesinos expulsados del campo, los excluidos del mercado laboral, los trabajadores temporales y precarios, los parados y marginados, los endeudados y desahuciados, los indocumentados y los sin techo, los refugiados y los desplazados, etc.- son susceptibles de reaccionar violentamente contra su situación material y espiritual inhumana, pero no están en condiciones de inventar actividades libres que les encaminen hacia la superación revolucionaria de su situación. La clase dirigente bien que lo sabe, puesto que, aunque no tema en absoluto que ese subproletariado se convierta en el “ejército de reserva” de una revolución inexistente y que casi nadie desea, aprovecha su violencia para legitimar la transformación del Estado “del bienestar” en un Estado penal, merced a un endurecimiento punitivo, una legislación restrictiva y una policía con amplios poderes y alto grado de impunidad. En definitiva, las auténticas capas desfavorecidas han dejado de desempeñar función alguna en las ideologías salvacionistas de la posmodernidad. La idea de concederles una “renta básica” o de embarcarlas en proyectos “cooperativos” subvencionados con el fin de reintegrarlas en el consumo, es de origen neoliberal. Los izquierdistas hace tiempo que se consagraron enteramente a las nuevas clases medias bajo amenaza de depauperación, de conducta más previsible y políticamente más rentable. El ciudadanismo representa la ideología del fin de la clase proletaria como referente doctrinal. Pero ¿qué ocurre con los desarraigados de la mundialización, con los habitantes de las zonas abandonadas por la economía, extraños en un mundo hostil y en descomposición, sin esperanza ni futuro?

El resultado del desclasamiento general, fenómeno que discurre en paralelo a la proletarización total, es una persona desubicada, ignorante, sin normas ni valores, indiferente al conocimiento y al saber, frustrada y rencorosa, enemiga de todo y de todos. Ya no estamos en una lucha de clase contra clase, sino en una especie de guerra de todos contra todos. Puede que a primera vista no sea tan evidente, pero a juzgar por el frenesí y la histeria que subyacen en los hechos cotidianos, los individuos parecen artefactos a punto de estallar. Sólo el miedo les retiene, pero no por completo. Los valores de clase -el respeto, la lealtad, la compasión, la generosidad, y, sobre todo, la solidaridad- han dejado de practicarse, de suerte que los motines de la desesperación sustituyen a las huelgas generales, pero sin efecto acumulativo alguno. En la periferia metropolitana, se siguen produciendo levantamientos desde 1981, año de la algarada de Brixton (desde agosto de 1965, si tenemos en cuenta los disturbios raciales de Watts). Los alborotos suburbanos son puramente destructivos, vandálicos; no reivindican ni se coordinan, no emiten consignas ni tienen portavoces, están despolitizados, desorganizados, sin objetivos. Una chispa de indignación los enciende y el cansancio o el aburrimiento los apagan. Revueltas sin conciencia sobradamente motivadas, pero que el Estado puede utilizar e incluso provocar si necesita coartada para reforzar los mecanismos autoritarios. Jaime ha sido el primero en hablar de esa posibilidad bien real de montaje provocador en “El Abismo se repuebla”. No faltará quien crea ver en tales movimientos, por supuesto desde lejos, el retorno del verdadero proletariado, y habrá quien considere positivamente sus monstruosas carencias, pero ello es debido a la fascinación que ejerce la nada, rebautizada como deseo permanente de insurrección, sobre los jóvenes urbanos intelectualizados, insumisos pero incapaces de una rebelión propia. Estos nuevos ideólogos no se inquietan ante la ignorancia y la sinrazón, enaltecen el egoismo, hacen tabla rasa de la cultura, ignoran la historia y estetizan la violencia, los rasgos típicos no sólo del desplazado suburbial, sino del individuo posmoderno, solipsista, normalmente integrado. Glorifican el enfrentamiento con las fuerzas del orden y los incendios en tanto que estadio supremo de la revuelta. Bueno, no es exactamente la revuelta, sino el espectáculo del caos, la “deconstrucción” total. Leyendo semejantes diatribas se tiene la impresión de que tratan de ocultar la crisis en lugar de explicarla. La retórica sofisticada y apocalíptica, a menudo salpicada con verdades de cajón, citas escogidas y alusiones históricas estilo “Comité Invisible”, no cambia la naturaleza oscura de las visiones tremendistas. Al suprimir con más o menos destreza el pasado, la memoria, la verdad objetiva y el mismo pensar, se suprime la contradicción, la tensión entre posturas antagónicas, el contenido de la vida real y el sentido de la lucha. Todo transcurre en una perspectiva lineal rigida que trata de dar sentido a la proliferacion de hechos violentos inconexos, artificialmente encadenados. La nada, como la muerte, es liberadora a su manera. Si la verdad no existe, la realidad tampoco: cualquier especulación está permitida, cuanto más catastrofista mejor. Como dice Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones.” Esta clase de razonamiento conviene tanto a la dominación, que es perfectamente legítimo preguntarse si acaso no es fruto de ella. El discurso del poder, léxico aparte, no es esencialmente diferente. Asi pues, el discurso de la revuelta no debe de apostar por la negatividad absoluta; esa es una enseñanza aprendida del pasado. Los días felices de la revolución nunca volverán a menos de que una masa considerable de gente decida vivir de otro modo y se sitúe negativa y positivamente –dialécticamente pues- al margen de lo establecido. Mas ¿es eso lo que pasa?

El capitalismo, en la fase tardía de la globalización, ha suprimido todo vínculo comunitario, cultura autónoma, sociabilidad, práctica colectiva, identidad de grupo, etc., despojando a los individuos de cualquier relación directa y profunda con sus semejantes y con su entorno, enfrentando a los unos con los otros. El homo posmoderno, privilegiado o marginado, es un indigente psicológico, un narcisista insensible con una carencia absoluta de empatía; cuando se desvanecen las apariencias y la función termina, ante sí no tiene realmente más que soledad y vacío. La experiencia social más verídica en el mundo tecnológico colonizado por la mercancía es la de la ausencia y la nada. Así es la alienación en la fase crepuscular. La mayoría tratará de huir, bien exigiendo seguridad para sumergirse aún más en una vida privada deplorable, en gran medida virtual y friki, bien recurriendo a identidades artificiosas y a causas ficticias, refugiándose como antaño en las ideologías o en las religiones. Los tiempos son propicios tanto para las evasiones militantes como para la esquizofrenia (hechos ya relacionados por Gabel), tanto para la falsa conciencia como para las reacciones psicopáticas contra una sociedad contemplada como entorno extraño y hostil. Quedan igual de abiertas la posibilidad de encerrarse en un caparazón bien acondicionado y la de arrojarse al precipicio. La OMS calcula que un 3 por ciento de la población mundial sufre psicopatías (Reich diría peste emocional), es decir, 160 millones de personas. Seguramente el porcentaje es mayor, el doble o incluso más. La frustración ha llegado tan lejos, que una considerable minoría rechaza acomodarse a una cotidianidad degradada y securizada y se lanza de cabeza hacia la muerte, llevándose por delante a los primeros que se le cruzan por el camino, figurantes involuntarios de sus hazañas. El pánico, la angustia y la depresión propician la sumisión incondicional, el cocooning y el suicidio silencioso, pero la rabia y el resentimiento desembocan en psicosis, violencia criminal e ideales de exterminio. No es algo exclusivo de una clase o subclase específica: la atracción del abismo es casi lo único de esta civilización en horas bajas que puede considerarse universal. Los frecuentes casos de jóvenes armados de familia pudiente que cuelgan sus cavilaciones patológicas en las redes sociales e incluso graban sus asesinatos en sus smart phones momentos antes de suicidarse o ser abatidos, son un buen ejemplo de hasta dónde puede llegar el revanchismo y la angustia existencial de los desequilibrados nihilistas cuando salen de la burbuja de la privacidad. Algo muy trivial, y sin embargo, muy corriente. En las condiciones actuales de enajenación, incluso resulta natural. El tejido social se deshilacha, se acaban los tiempos modernos y se repuebla el “abismo”, como dice Jaime Semprun, pero con gente de todas las clases. El extremismo suicida llama la atención al islamizarse, pero no nos engañemos, no es el Corán lo que alienta a los yihadistas de los guetos europeos, sino el desarraigo, el delirio, la sensación de poder y el fetichismo de las armas. Hechos similares vienen sucediéndose desde mucho antes. El mismo desprecio de la vida y el mismo culto a la muerte subyacen en la conducta del copiloto de Germanwings o del ultraderechista noruego responsable de la matanza en la isla de Utøya, en la de los autores de la masacre del Instituto Colombine (imitados en más de setenta ocasiones), o en los sicarios y las maras latinas.

La población bajo el capitalismo global ha perdido el rumbo y no dispone de líneas claras de conducta con las que orientarse: los modelos de la clase media satisfacen cada día menos. Las condiciones dominantes son pasablemente psicopáticas: bajo el complejo de Narciso, el enemigo siempre son los otros. No son pues los voluntarios lumpen del Estado Islámico un caso extremo de fundamentalismo mortífero que responsabiliza a todos los “infieles” de la opresión de un supuesto pueblo musulmán (otra abstracción), sino una de tantas apariciones de esa aberración tan laica típica de un capitalismo globalizado: el nihilismo. El Islam no tiene nada que ver, en cambio, internet sí. La cosa juega ya un rol demasiado importante para ser soslayado y ya podemos encontrar -por ejemplo, en Olivier Roy- estudios muy afinados. La crisis de la cultura ha sido el resultado de la eliminación completa de la subjetividad (del yo freudiano), los valores, la comunicación directa y la vida interior (eso que Derrida llama “metafisica”), consecuencia del dominio absoluto de la economía y de la apropiación unilateral del conocimiento científico y técnico por parte de sus ejecutivos. Paradójicamente, el progresismo de los dirigentes y el cientismo de los expertos han precipitado a la humanidad en la fosa del irracionalismo, acontecimiento celebrado como un triunfo filosófico por todos los pensadores posmodernos. Pero lo irracional no es real, el saber instrumental no es cultura y la ciencia no es la única forma de aprehensión de la realidad. Por otra parte, el progreso material termina acarreando fuertes retrocesos éticos. Ni el objetivismo tecnocientífico, ni la razón económica, determinan una manera humana de vivir, sino una supervivencia mecanizada. Cuando los saberes han sido desplazados de la vida real, o sea, de la cultura propiamente dicha -cuando el ser humano universal ha sido liquidado en provecho del individuo aislado, interseccionado y robotizado- nada tiene valor y todo da igual. El nihilismo impregna el modo de vida inhumano de los nuevos tiempos. Otros apuntarán a la sinrazón o la barbarie. Estamos no solamente inmersos en una crisis social global, sino en una crisis de la civilización, tanto en sus formas occidentales, como en las orientales. No hay choque entre culturas, hay disolución generalizada de todas ellas. En su punto culminante, la globalización, se han creado tales alteraciones en la vida cotidiana, tales desarreglos en las mentes de las personas, que la eticidad reguladora y moderadora de los comportamientos sociales ha desaparecido por doquier, de Norte a Sur y de Oriente a Occidente, convirtiéndose la sociedad global en una fabrica planetaria de perturbados, muchos de ellos fuera de control y con cargos dirigentes. Recordemos a propósito de esto último que, desde el acceso al poder de los militares argentinos y chilenos y la irrupción del narcotráfico a gran escala, la tortura, el asesinato y la desaparición se han convertido en una forma nada excepcional de gobierno.

La mundialización capitalista es el principal enemigo de sí misma. No teme ni a los conflictos ni a las crisis, siempre inevitables puesto que sus causas se multiplican, sino al carácter incontrolable del mal que ella misma fomenta (guerras incluidas), porque provoca fisuras en sus rangos y debilita sus fundamentos; por eso el catastrofismo está presente en su propaganda. La administración del desastre parte en busca de argumentos con que explicar sus malos resultados y justificar sus funestas decisiones. Y mira por dónde, al cubrirse una porción del nihilismo con el velo islámico, proporciona ésta el pretexto ideal para la construcción de un Estado mundial securitario, el instrumento con el que los dirigentes de este mundo absurdo tratan de evitar su hundimiento, aunque fuera al precio de sacrificar literalmente un amplio número de gobernados. Los cuerpos de seguridad ya encabezan los cortejos de manifestantes protestando contra el terrorismo. El control social generalizado y la aplicación del Derecho Penal del Enemigo se justifican de manera mucho más convincente con la proliferación de yihadistas espontáneos y solitarios –“terroristas”- que con el alarmismo de la descomposición social, basado hasta ahora en la delincuencia, el trafico de estupefacientes, la inmigración refractaria y los idealistas antisistema. Los “enemigos” son fundamentales para la estabilidad de una sociedad globalizada abierta a catástrofes imprevisibles. No obstante, repetimos, los verdaderos enemigos de la humanidad, los nihilistas de elite, irresponsables y dementes, ocupan ahora los puestos de mayor relevancia. Por desgracia, la insurrección queda todavía lejos; las escaramuzas anticapitalistas son demasiado débiles y minoritarias, cuentan con apoyos escasos y con no poco rechazo en la población mayormente conformista y temerosa. Encima, arrastran el peso muerto del reformismo ciudadanista y de las fórmulas convivenciales ilusorias tipo redes de consumo “responsable”, bancos de “tiempo” y monedas “sociales”. Como con el caos, hay que ser cruel con su valoración superlativa, que no obedece más que al autoengaño, al bluff activista y a la demagogia del ciudadanismo experimental. La mayoría de los que se embarcan en tales proyectos sienten pánico ante los males a los que arrastraría el derrumbe del edificio social, o ante la represión que podría desencadenar una acción demasiado radical, por lo que prefieren cerrar los ojos a lo evidente: el hecho de que ningún territorio significativo puede funcionar al margen de la norma capitalista y competir con el “sistema” sin que éste dé buena cuenta de él. A pesar de todo, por más victorias parciales que el sistema se apunte en su haber, por más pavor que inspire en la masa ciudadana su ruina, el capitalismo encierra contradicciones colosales que le condenan sin remisión. La carrera frenetica a favor del crecimiento economico ha desconyuntado irreversiblemente la sociedad, ha mundializado la corrupción, ha desencadenado guerras y engendrado dictaduras, y sin lugar a dudas acabará destruyendo el planeta.

Los revolucionarios de los sesenta y setenta subestimaron la capacidad de supervivencia del régimen capitalista, pero no se equivocaron en el diagnóstico. El que las minorías críticas no consigan hacerse oir por el momento, no impide que el grado de insatisfacción progrese y que la protesta lúcida pueda reaparecer y extenderse si una idea de vivir de otra manera –una cristalización de la consciencia histórica- logra prender en una masa de población numerosa donde estén bien representados los excluidos. El desabastecimiento y el hambre contribuyen a ello, pero no es lo determinante. Naturalmente, la supervivencia es lo primero, pero la imposibilidad de satisfacer las mínimas necesidades morales que dan forma al espíritu comunitario es el elemento de revuelta principal. Así sucedió en las revoluciones proletarias del pasado y así puede volver a suceder en las luchas en defensa del territorio, las únicas realmente llenas de contenido vital y con capacidad idealista. La reconstrucción de lazos comunitarios y la vuelta de la razón queda en el horizonte de la posibilidad, sin garantías, puesto que no se dispone de medios suficientes de autodefensa. Los resignados son por ahora mayoría y los arribistas, depredadores y enfermos mentales, numerosos, pero no cabe la menor duda de que la sociedad estatizada de mercado está destinada al desguace. Eso es lo único que realmente puede darse por seguro. Desde luego, esto no significa el triunfo automático de la causa libertaria, puede que incluso signifique lo contrario, que gane el Estado o que gane la barbarie nihilista, pero tampoco la libertad victoriosa es descartable. Todavía queda mucha tela que cortar. La historia nunca se detiene y a un periodo de sombras puede suceder una epoca de luz.

Para la presentación de El Abismo se Repuebla, de Jaime Semprun, en la feria del libro anarquista de Gijón, el 8 de septiembre de 2017.

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