La China María, primera canillita

Por Mabel Bellucci

Personaje mítico del  Buenos Aires de fines del siglo XIX y comienzos del XX, la China María está considerada como la primera mujer que vendió diarios en la calle. Pocos son los datos precisos que documentan su historia, y muchas las anécdotas que han circulado de boca en boca acerca esta figura  que bien podría […]

Personaje mítico del  Buenos Aires de fines del siglo XIX y comienzos del XX, la China María está considerada como la primera mujer que vendió diarios en la calle. Pocos son los datos precisos que documentan su historia, y muchas las anécdotas que han circulado de boca en boca acerca esta figura  que bien podría haber brillado en un folletín popular.

 

 

La Gran Aldea- erguida hacia el progreso- se perfilaba a partir de 1900 como una ciudad gigantesca con más de 800 mil habitantes y siete diarios de información general: El País, El Diario, El Tiempo, La Nación, La Prensa, La Tribuna y la Razón. Las últimas novedades voceadas en las veredas en alta voz, a menudo ronca por el desgaste, daban cuenta de la perforación de la Avenida de Mayo, de la construcción del palacio del Congreso Nacional, de los primeros clubes deportivos, de algún suceso policial… En ese mundo de vendedores callejeros de periódicos circulaba la China María. Habitualmente, se habla de la primera médica, la primera abogada, de mujeres que contra viento y marea ingresaron a la universidad y abrieron camino al estudiar. Pero poco se dice sobre aquellas que sin preparación asumieron oficios tenidos por masculinos: la China María, siendo ya una viuda madura, se convirtió en canillita, una ocupación todavía nueva en los albores del siglo XX.

Sin fecha exacta, se calcula que María Honoria Elías nació hacia 1850 en el barrio de San Telmo. Hija del general Olayo Elías, provenía de una familia acomodada y añeja. Lamentablemente, no quedaron registros de su casamiento con un tal Isola, con quien tuvo cuatro hijos. Probablemente, al quedarse viuda a comienzos del siglo XX, sin oficio y sin estudios, se dedicó a la venta de diarios, encontrándole el gusto a la vida a la vida bohemia, a la protección de tanto niño canillita (denominación esta que aludía a los huesos largos de las piernas flacas de estos trabajadores mal alimentados, y que fuera popularizada luego del estreno en 1903 de Canillita, la obra de Florencio Sánchez).

 Según las crónicas, a la China María la descubrimos como canillita primeramente en los Corrales Viejos, luego en la esquina de Entre Ríos e Independencia; de allí se mudó al café Fuentes y sus inmediaciones, para finalmente instalarse en su último puesto: frente a la Casa de Gobierno, en Plaza de Mayo. Se dice que proveyó de periódicos a Victorino de la Plaza, a Figueroa Alcorta, a Hipólito Irigoyen, presidentes que llegaban a pie o en coche a caballo a la sede del gobierno nacional.

La leyenda sostiene que esta canillita vocacional solía pasar las noches, hiciera frío o calor, viento o lluvia, en los zaguanes de alguna imprenta para ser la primera en dar voces difundiendo las primicias del día. Y también que solía agrandar su familia al llevarse a comer y a dormir en su casa a chicos de la calle vendedores de diarios, a los que además brindaba afecto y consejos.

En 1907, se  organizó un movimiento de resistencia en los conventillos porteños generado por los abusos de los dueños que habían aumentado de manera brusca y excesiva los alquileres. La rebelión comenzó en  La Boca y en San Telmo y se fue extendiendo hacia los barrios periféricos de la ciudad. Se la conoció como la Huelga de Inquilinos;  básicamente, la protagonizaron amas de casa y obreras a destajo. Dos dirigentes anarquistas pusieron su cuota de apoyo, Juana Rouco Buela y Virginia Bolten. Desde luego,  la China María no podía faltar a semejante convocatoria: estuvo en las primeras filas de esa movida. Por cierto, ella era querida y respetada en el mundo conventilleril porteño para el que organizaba bailes y desfiles en carnaval, siempre con una concurrencia numerosa que desbordaba el patio del inquilinato y salía a la calle.

Su popularidad se mantuvo en alza hasta que se retiró de su oficio, a fines de los veinte. Una imagen borrosa, velada por el tiempo, asomó en la primera página del diario La Razón, en 1930, al cumplir los 80. Murió cuatro años después en un hospital público rodeada de sus amigos canillitas.

Hay tangos y películas y poemas, dedicados al personaje del canillita que fue desapareciendo en las últimas décadas del siglo pasado, pero la China María apenas ha figurado en algunas breves crónicas espaciadas. Un dato curioso: a falta de actores niños, en el estreno porteño de Canillita, presentado por la compañía de Jerónimo Podestá, fue su protagonista la muy joven -luego famosa-  actriz Blanca Podestá, obviamente travestida.

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