Insurrección. Las sangrientas jornadas del 3 al 7 de mayo de 1937

Por Agustín Guillamón

Hay batallas perdidas que han de librarse en beneficio de las generaciones futuras, sin más objetivo que el de dejar constancia de quién es quién, señalar dónde están las fronteras de clase, qué errores se cometieron y cuál es el camino a seguir.

Por Agustín Guillamón

CONTRAPORTADA del llbro de Agustín Guillamón: Insurrección. Las sangrientas jornadas del 3 al 7 de mayo de 1937

 

Mayo del 37 fue la derrota del proletariado revolucionario más avanzado, que necesitaba y buscaba la contrarrevolución estalinista y el reformismo republicano para desarmar la amenaza de los comités de defensa sobre las instituciones burguesas y desencadenar una represión SELECTIVA, que integrase a los comités superiores en el aparato estatal y aniquilase a los revolucionarios.

Por primera vez en la historia, se dio el caso de una insurrección iniciada y sostenida contra la voluntad de los líderes a que perteneció la inmensa mayoría de los insurrectos. Pero aunque una insurrección puede improvisarse, una victoria no; y aún menos cuando todas las organizaciones obreras antifascistas se mostraron hostiles al proletariado revolucionario: desde la UGT hasta los comités superiores de la CNT.

Esos comités superiores llegaron a jugar con dos barajas, permitiendo la formación de un Comité Revolucionario de la CNT (Merino, Ruano y Manzana), al mismo tiempo que se formaba una delegación, encabezada por Santillán, para negociar en el Palacio de la Generalidad. Pero muy pronto abandonaron la carta insurreccional por los ases del alto al fuego, que aseguraban su futuro de burócratas. Companys y Comorera sólo jugaban con la baraja de la provocación a la CNT para destruirla y conseguir así un gobierno fuerte. El presidente de la Generalidad llegó a ordenar a la aviación el bombardeo de todos los cuarteles y edificios en poder de los cenetistas.

UGT y comités superiores de la CNT, ERC y Gobierno de la Generalidad, estalinistas y nacionalistas, todos juntos, convirtieron la hermosa victoria militar de la insurrección obrera, ya al alcance de la mano, en una terrible derrota política. Todos juntos, pero de forma distinta, para desempeñar eficazmente cada uno su papel. Estalinistas y republicanos directamente en las barricadas de la contrarrevolución. Anarcosindicalistas y poumistas en la ambigüedad del quiero y no puedo, del soy pero dejo de ser; los primeros recomendando el cese de la lucha y el abandono de las barricadas; los segundos mediante el “audaz” seguidismo de los primeros. Sólo dos pequeñas organizaciones: los Amigos de Durruti y la SBLE intentaron evitar la derrota y dar a la insurrección, protagonizada por los comités de defensa de los barrios, unos objetivos precisos. El proletariado revolucionario barcelonés, esencialmente anarquista, luchó por la revolución incluso contra sus organizaciones y contra sus líderes, en una batalla que ya había perdido en julio de 1936, en el preciso momento en que dejó en pie el aparato estatal.

Pero hay batallas perdidas que han de librarse en beneficio de las generaciones futuras, sin más objetivo que el de dejar constancia de quién es quién, señalar dónde están las fronteras de clase, qué errores se cometieron y cuál es el camino a seguir.

 

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