Publicado en: 12 noviembre, 2017

Influencia del marxismo y de la Revolución de Octubre en los intelectuales del Ecuador IV

Por ABP ecuador

Y la voz de nuestros escritores tiene esa misma raíz profunda y vigorosa: el sentimiento popular, ese viento del pueblo impalpable pero siempre presente, del que habla Miguel Hernández. De allí su lozanía

Oswaldo Albornoz Peralta

LOS PRIMEROS PASOS

El joven Partido Socialista empieza a dar sus primeros pasos y sus prime­ras batallas.

En esta etapa –fines de la década del 20– son dos las primeras tareas que cumple: la intervención en la lucha política del país y la labor de capacita­ción ideológica y difusión doctrinaria.

La primera tarea –ligada al trabajo organizativo– comprende la lucha por lograr conquistas que favorezcan los intereses populares, señalando las medidas a adoptarse y movilizando a las masas para exigirlas. Comprende la iniciación de las primeras campañas contra el imperialismo y el fascismo, desenmascarando su verdadera esencia, mostrando su rostro horrísono de enemigos de la humanidad. Comprende el combate por transformar los viejos gremios mutualistas en sindica­tos, que sean escuela de lucha de la clase obrera de acuerdo con las enseñanzas de Marx. Todo esto, sin dejar de mostrar la meta final de nuestro pueblo: la instauración del socialismo.

La segunda tarea se encamina a armar ideológicamente a los cuadros revo­lucionarios, porque se comprende todo el valor de las palabras de Lenin, aquellas que indican que sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria. Y se encamina también a difundir y mostrar por todos los medios las hermosas conquistas alcanzadas en corto tiempo por la Unión Soviética.

Es esta última labor la que principalmente, por su mayor conocimiento teórico en ese entonces, realizan los intelectuales del Partido, ya sea organi­zando cursos dentro de su seno o dictando conferencias en las organizaciones populares. Para esta época se tienen ya mejores y más directas fuentes de in­formación. Llegan varias publicaciones en castellano de la Editorial “Europa–América” de París que, entre muchos otros libros de gran valor educativo, edi­ta en dos tomos las Obras Escogidas de Lenin, donde se incluyen trabajos de la importancia del ¿Qué hacer?, Un paso adelante, dos pasos atrás y Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, por ejemplo. La misma Edi­torial hace conocer losDiez días que estremecieron al mundo de John Reed –emo­tiva epopeya de la revolución que se adentra en el alma– y los Recuerdos de Lenin de Krupskaia, su firme compañera, que pinta al gran dirigente puro y modesto como es, ardiendo siempre en la llama de su elevado ideal. La Editorial “Edeya” de Barcelona publica también varios libros de Lenin, tales como El Estado y la revolución, El imperialismo etapa superior del capitalismo, El extremismo enfermedad infantil del comunismo y La Comuna de París[1] pongamos por caso, al lado de obras de Marx y Engels y de algunos dirigentes y publicistas ru­sos de ese tiempo, como Stalin, Molotov, Bujarin, Losovski, Manuilski, etc. Igualpapel cumplen las editoriales españolas “Cénit” y “Jason”, así como las publicaciones de los partidos comunistas de Argentina y Chile, que aunque no con la regularidad y proporción de las europeas, llegan al Ecuador. Sobre todo, entre las americanas, las de Argentina. Se sabe, tal como apunta Valerian Goncharov en su biografía de Vitorio Codovilla, que los camaradas de ese país, a raíz misma de la Revolución de Octubre, se convierten en entusiastas difusores de la ideología marxista en nuestro continente.[2] En suma, se puede decir, que para los primeros años de la década del 30, buena parte de las principales obras de Lenin han sido traducidas al castellano y por lo mismo son conocidas aquí, si bien es cierto, en círculos reducidos.

La gran revista de Mariátegui, Amauta, que por su contenido literario atrae la atención de los intelectuales, brinda mucha información y ayuda a la formación ideológica.[3] Otro tanto sus libros La escena contemporánea y Siete ensayos sobre la realidad peruana. Sobre todo este último, aparecido en 1928, que siembra la inquietud por la aplicación del marxismo a la solución de nues­tros problemas nacionales, por tratar de asuntos similares a los nuestros, como el indígena entre varios otros.

Efectivamente. Nuestra patria –con las lógicas pequeñas diferencias impuestas por la geografía y la historia– está marcada por el signo indígena. Las masas indias de nuestra serranía andina hablan el mismo idioma quichua y fueron influidas por la cultura incásica durante su anexión al Tahuantinsuyo. Igualmente, cuando la conquista española, fueron sometidos a sangre y fuego, se impuso concepciones extrañas a su vida y se quiso arrasar con todos sus valores culturales. En la colonia, con modalidades similares, se creó el latifundio y se las sujetó a la servidumbre. La república prosiguió la obra de rapiña de sus tierras y se las quiso, y se las quiere, asimilar a la fuerza a un modo de vida no deseado por ellas. Y no obstante esto, sin embargo de la opresión y el racismo de cinco siglos, está de pie proclamando sus derechos a la pachamama y a vivir conforme a sus tradiciones étnicas y nacionales. Es decir que el problema indígena está presente y requiere una justa solución. Y es a esta solución, basada en la justicia, a donde apuntan cabalmente Los siete ensayos de Mariátegui. ¿Cómo entonces no iba a tener acogida entre los recién aparecidos partidos de izquierda interesados en el mismo tópico?[4]

 Tampoco podemos dejar de mencionar el nombre de José Ingenieros, pues como ya indicamos, sus trabajos científicos son muy conocidos entre nosotros, tanto que influyen en la formación de muchos intelectuales. Tan conocido es, que ya en 1921, nuestro eminente siquiatra doctor Julio Endara, publica en Quito un trabajo titulado José Ingenieros y el porvenir de la Filosofía[5] –que se edita poco después también en la Argentina– dedicado a poner de relieve su con­tribución en el campo de la ciencia. Por esto es que, cuando se conoce su adhesión al socialismo y se leen sus trabajos sobre la gran Revolución de Octubre, que aparecen en su Revista de Filosofía y luego en su libro titulado Los tiempos nuevos, el hecho impresiona grandemente en los círculos culturales y contribuye a acrecentar la simpatía por la causa revolucionaria.

De aquí, de las fuentes que dejamos citadas, adquieren sus conocimientos los militantes del Partido Socialista, varios de los cuales se esfuerzan por darle una justa orientación marxista – leninista y por aclarar los puntos sobre los cuales surgen enconadas divergencias, fruto del bajo nivel teórico unas veces, pero principalmente producto de la lucha ideológica  que se desarrolla en su interior.

Reflejo de esto es la conferencia sobre La dictadura del proletariado dictada en 1928 por el escritor Enrique Terán –autor de la novela El cojo Navarrete y de otra inédita Tierras de espanto– en ese entonces Secretario General del Consejo Central, que algunos elementos derechistas impugnan. Él, en esta conferencia –publicada luego en folleto con el mismo título– aborda una serie de problemas importantes, defendiendo los puntos de vista de Lenin, cuyas enseñanzas, dice, “han llenado la ciencia revolucionaria, dándola una potencialidad y un valor indiscutible y firme”.

Señala que “su obra puede ser sintetizada por el estudio de la dictadura del proletariado, con todos los detalles de su aplicación y por el análisis del actual imperialismo capitalista, última etapa del desarrollo de la burguesía”. Se refiere a la necesidad de la asimilación de la teoría revolucionaria, citando la frase de Lenin, que dice que sin ella “la práctica se pierde en las tinieblas”. Y sobre el tema central, argumentando en favor  de la forma de gobierno por la revolución, anota: “El Poder Soviético es la aplicación de la dictadura del proletariado y solo él podrá realizar su programa y sus principios de igualitarismo humano”.[6]

Para alcanzar esos objetivos, hace falta un partido disciplinado que mancomune en una sola organización a los trabajadores y a los intelectuales. Estos últimos tienen una gran tarea. Terán, en su conferencia sobre la dictadura del proletariado, lo explica con pasión:

Nuestras filas, que son la fusión del trabajador con el intelectual, ya que entre nosotros, la intelectualidad también es explotada, se reforzarán cuando los intelectuales comprendan su deber moral de defender la justicia de una inmensa mayoría, puesto que ellos, como pocos, deben conocer los principios y las verdades que sostenemos.[7]

Las enseñanzas de Lenin –geniales por su verdad, claridad y precisión– son faro que guía desde un principio la actividad del Partido y de varios intelectuales. Por esto, las fechas de su nacimiento y muerte, nunca pasan desapercibidas para sus militantes, conforme se constata revisando sus publicaciones. La fecha de su natalicio es día en que se hace el recuento de su prodigiosa actividad revolucionaria y se pone de relieve el valor de sus lecciones. Y la fecha de su prematura desaparición, es día de dolor hondamente sentido, día en que brota de los corazones la promesa de fidelidad a su legado.

Su muerte es recordada todos los años sin ninguna falta. Ya no solamente entre los miembros del Partido, sino en asambleas democráticas másamplias. Y los intelectuales, en esta ocasión, no dejan de expresar su pesar por acontecimiento tan infausto. El poeta Jorge Carrera Andrade interpreta así, en el año 1928, la pena hon­da del proletariado ecuatoriano:

Trabajadores

que rizáis los cabellos duros de la madera;

camaradas humildes; herreros; labradores

que leéis como un libro la nube pasajera

y sabéis el agrícola idioma de los vientos;

hombres que dais, a diario, vuestro amor hecho pan;

cargadores de fardos en los muelles hambrientos;

obrero niño, que eres de este siglo guardián;

viejos que camináis a la muerte de hinojos;

campesinos; soldados; hermanos del taller;

una perla de llanto hay en todos los ojos

porque se ha ido el Padre, para nunca volver!

Lenin! Lenin ha muerto. El ánfora de barro ya vacía,

se ha roto dando un gran resplandor!

Ha muerto el que cambiaba en diamante el guijarro,

la flecha en golondrina, por obra del amor.

Ha muerto el que bendijo el arado y la fragua;

el que a todos los seres tendió su mano amiga,

el que dijo a los pobres: De todos es el agua,

de todos es la Tierra, de todos es la Espiga.

El condujo la nave del siglo con sus manos

y lo salvó, en su hora, del naufragio profundo.

El forró los colmillos de los lobos humanos

y levantó el Arco Iris da la Paz sobre el mundo.

Illictch! Lenin! Profeta! Tuya, fue la semilla,

el esfuerzo paciente y la agraria labor.

Tu hoz de sangre segó la zizaña amarilla,

Señor de los humildes ¡Tú eres el Sembrador!

Tú llenaste de luz el interior del fruto

y encendiste la antorcha con leña del pasado.

Hiciste tu camino sobre el mar, a pie enjuto,

y las Montañas de Oro, a tu voz se han volcado.

Calvas de los esclavos rozad, rozad la tierra.

Barbas de los ancianos, temblad, temblad de amor.

Su canción cuotidiana interrumpe la sierra

y en la granja descubre su frente el labrador.

Un estremecimiento pase en la tarde quieta,

la fragua resoplante detenga su labor,

se arrodille el caballo que hala de la carreta

y, en el umbral del campo, llore el perro pastor.

Sobre la mesa puesta baje una luz divina

y tenga un sabor nuevo el cuotidiano pan …..

Lenin un día puso sus manos en la harina

y, envueltas en la miga, sus palabras están.[8]

Joaquín Gallegos Lara, el gran escritor comunista, al conmemorarse los diez años de la muerte de Lenin, dice en prosa admirativa y glorificadora:

Lenin es el luchador proletario máximo, el héroe marxista. Su grandeza no es la grandeza vacía de los representantes de las clases reaccionarias del individualismo explotador. Lenin es el heroísmo de las masas populares hecho hombre. Lenin es la inteligencia de las masas populares hecho hombre (…) Lenin es la sustancia de todas las masas populares hecha hombre. Está, co­mo buen compañero, en medio de nosotros; está en medio de nuestra vida; y es lo mejor de la clase, la punta de la vanguardia, el conductor, el que ve más lejos y más claro, el que comprende más, el que sabe más, el que puede más y vence más.[9]

Y esta actitud de los intelectuales es muy generalizada. Inclusive aquellos que tienen divergencias con algunos principios del marxismo, no dejan de admi­rar a Lenin y rendir homenaje a la Revolución de Octubre. Tal es el caso del doctor Ángel Modesto Paredes, que pone en tela de duda la necesidad de la dic­tadura del proletariado en su libro Naturaleza del poder público y del sometimiento del hombre a las autoridades del país aparecido en 1929,[10] pero no obstante esto adopta la posición antes indicada y no deja de aprobar y elogiar las conquistas alcanzadas por la Unión Soviética. Y es el caso también del doctor Luis Gerardo Gallegos, que hasta llega a separarse del Partido por no estar de acuerdo con las resoluciones de La Internacional según confiesa en su trabajo Rusia Soviética y la Revolución Mundial, publicado como suplemento de la revista Rieles en 1931. Allí, al lado de sus desacuerdos, traza una semblanza encomiástica de Lenin y no deja de poner de relieve los éxitos alcan­zados por la revolución, tanto en los aspectos económicos como culturales. Es­tas palabras, con las que finaliza el trabajo mencionado, reflejan sin duda el fondo de su pensamiento: “El proletariado resolvió tomar el Poder, y en Octubre la vanguardia bolchevique arrastró tras sí a las grandes masas de trabajadores y las condujo a la toma del Kremlin enarbolando la Bandera Roja que hoy flamea allí como una lengua da fuego. Rusia es la Patria del Proletariado mundial y el leninismo la antorcha que alumbra la conciencia de los explotados”.[11]

La senda de adhesión a las ideas del marxismo–leninismo y de apoyo a la construcción del socialismo, es seguida por otros intelectuales progresistas. Al lado de esto, se empieza a querer abordar la solución de los problemas na­cionales desde el punto de vista del materialismo histórico que, así, se va convirtiendo entre nosotros, en efectivo instrumento de interpretación verda­deramente científico. La denuncia de la explotación y de los males que aquejan al país, implícitamente va unida a la conclusión de que la sociedad socialista es la única que puede remediar nuestra situación de retraso y llevar al Ecua­dor por el camino del bienestar y del progreso. Algunos libros y trabajos lle­van el sello de este nuevo espíritu. Así, por ejemplo, el estudio del catedrá­tico universitario Miguel Ángel del Pozo, El problema social en el Ecuador, aparecido en la revistaAnales en los años de 1929 y 1930, llega a la de­ducción de que los medios resolutivos de todos los asuntos que atañen a las sociedades, “han menester de ser preparados y adquiridos en el laboratorio del socialismo, único y exclusivo productor de tales medios dentro de las ciencias sociales contemporáneas”.[12]

El joven intelectual Ernesto Miño escribe en 1934 El Ecuador ante las revoluciones proletarias –trabajo publicado en la ciudad de Ambato en 1935– donde concibe la revolución socialista “como producto histórico” necesario[13] e intenta, sin duda por primera vez, interpretar a grandes rasgos la historia ecuatoriana valiéndose del materialismo histórico. También el profesor Humberto Mata Martínez, en su obra Doctrina y Técnica publicada en 1936, sienta como premisa que es a través “del materialismo histórico como se puede descubrir las leyes que rigen la vida de la sociedad humana”,[14] para luego, demostrando las lacras del capitalismo, concluir manifestando que el desarrollo técnico debe ponerse al servicio de los intereses colectivos, para lo cual es imprescindible la implantación del socialismo.

El libro del doctor Ricardo Paredes, Oro y sangre en Portovelo,[15] que se edita en 1938, participa de esta nueva concepción de los fenómenos sociales ecuatorianos, dirigida esta vez a la denuncia de la rapacidad imperialista norteamericana, con la pasión y la fuerza que este abnegado dirigente comunista sabe poner en todas sus acciones. Y es en esta misma década, cuando Pedro Saad, brillante intelectual y luchador revolucionario, inicia su carrera de incansable propulsor del socialismo y ardiente defensor de la Unión Soviética.

 Pronto aparecerán sus múltiples trabajos sobre la realidad ecuatoriana, llamados a perdurar por su alta calidad científica y por la claridad y justeza de sus conclusiones.

Otro tanto se puede decir del doctor Manuel Agustín Aguirre. Él, al igual que otros, esgrime sus primeras armas en el campo de la poesía, una poesía moderna a la par que comprometida, donde denuncia con furia engalanada con arte las lacras del mundo forjado por la burguesía. Llamada a los proletarios, Poemas automáticos, y Pies desnudosresumen su producción poética, de la que se apartará luego para emprender su larga trayectoria de escritor político y revolucionario por la causa del socialismo.

Y, por fin, Méntor Mera. Talento diáfano, escribe páginas de gran calidad literaria en el periódico universitarioSurcos, donde brega, con fe inmensa por una humanidad sin sombras ni injusticias. En los primeros años de los cuarenta escribe su tesis de grado Proceso sociológico del Ecuador, publicada tardíamente, en 1987, por desgracia.[16]Aquí, con la elegancia que le es característica, no exenta de ironía muchas veces, nos da una visión general con el escalpelo penetrante del marxismo, de toda nuestra atormentada historia.

Hoy quizás se puedan hacer algunos reparos a la obra, pero no cabe duda que, para la época, era una contribución magnífica para el desarrollo de nuestras ciencias sociales, todavía influidas de caducos preceptos.

Ya para esos tiempos negros nubarrones cubren el horizonte del panorama internacional. Las hordas fascistas, blandiendo el garrote de la fuerza bruta, siembran la muerte en los campos y ciudades españolas. Y poco después, sedientas de sangre e inspiradas en el bárbaro Mein Kampf, las huestes mecanizadas de Hitler llevan el odio y la desolación de la guerra a todos los lados de la vieja Europa. Nada se respeta, los valores culturales, las obras de arte ennoblecidas con la huella de los siglos, son arrasadas en la vorágine tremebunda, tal como lo había previsto el pensamiento profundo y diáfano de Romain Rolland. Y la Unión Soviética, dedicada con entusiasmo a la construcción del socialismo es también conducida hasta la guerra y obligada a repeler la agresión criminal del racismo germano.

Estos hechos, como es natural, tienen inmensa repercusión en la conciencia de los intelectuales progresistas ecuatorianos y contribuyen a una mayor radicalización de sus ideas políticas. La mayor parte de ellos, y los más representativos, para honra nuestra, están al lado de la justicia y en contra de la barbarie. Primero, junto con los trabajadores, luchan con tenacidad en pro de la noble causa de la España Leal, dejando escritas páginas que son blasón y orgullo para sus autores. Igual cosa sucede durante la Gran Guerra Patria del pueblo soviético, cuando muchos de los componentes de nuestra intelectualidad se pronuncian abiertamente por la causa soviética, participando con nuestro pueblo en la celebración de las históricas victorias del Ejército Rojo y en el homenaje sus heroicos combatientes, donde los poetas hallan venero de inspiración para su canto.

El periódico Surcos, órgano de la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador, puede servir de testimonio de lo que venimos afirmando, pues allí escriben muchos jóvenes que ahora tienen alta figuración en nuestras letras y donde colaboran, a la vez valores ya consagrados. Es en sus páginas donde Manuel Benjamín Carrión –cuya significación en el campo literario es innecesario ponderar por conocida– se expresa en la siguiente forma refiriéndose al avance ya incontenible de las tropas soviéticas:

Rusia avanza para hacer posible que los hombres, coman su pan, hablen su idioma, tengan su libertad y su justicia. Rusia quiere lo que queremos, en el fondo de nosotros mismos, todos los “hombres de buena voluntad”, a lo ancho y lo largo de la tierra.[17]

Palabras parecidas, o de contenido semejante, existen por doquier en muchas otras publicaciones aparecidas en la época de la Segunda Guerra.

Sólo un ejemplo más: la del ingeniero Rafael Armendáriz. Él en su libro Pústula, dedicado al análisis de algunos aspectos de la vida nacional, dedica el capítulo final a ensalzar el heroísmo de los hijos de la patria socialista. “Con el saludo y el puño en alto –dice– quiero que los pueblos no olviden a los guerrilleros de la Rusia, a sus mujeres y a sus valientes defensores que rompieron cadenas, alambradas y trincheras y están caminando a paso violento y firme para alcanzar la victoria final, que será la victoria de los oprimidos”.[18]

Dijimos que los poetas se inspiran y cantan la gesta que se forjan en los campos de combate de la Unión Soviética. Oíd algunas de sus voces.

Hugo Alemán, a quien ya conocemos, dice:

Leningrado, eres edificante y prodigiosa

Norma de voluntad, de honor, de sacrificio

En la patente voz de la grandeza

y en la terca pupila de la Historia.

………………………….

Rusia: eres la sabia y el albor de la nueva conciencia,

Rusia, eres un camino.[19]

Y Newton Moreno, poeta militante y abnegado luchador por la justicia, dice:

No en vano, pueblo heroico,

Tus ríos de sangre corren por el corazón del hombre,

en un nuevo mapa sin tiranos ni líneas maginot.

No en vano tus trigos ucranianos han brotado en carne,

Y tu viento es sombrío y humo y pólvora.

No en vano. No.

Porque no se arrodillan tus cañones y no caen,

Y siguen disparando la esperanza del mundo.

Porque tu sangre derramada, pueblo nuestro,

volverá a correr por las venas de los hombres.[20]

Y como los dos poetas citados, muchos otros.

Es que la lucha del pueblo soviético, al igual de lo que acontece en el restos del mundo, causa inmenso entusiasmo y regocijo entre los trabajadores y hombres progresistas de nuestra patria, que ven en su valor y sacrificio, no solo la salvaguardia de la dignidad y la cultura humana amenazadas de muerte por la bestia fascista, sino también la alborada de un futuro mejor. Reflejo de este sentir es aquella resolución adoptada por la Asamblea Nacional Constituyente el 7 de noviembre de 1944, mediante la cual, “el pueblo del Ecuador expresa su admiración por la heroica lucha del pueblo y las fuerzas armadas de la URSS”.[21]

Y la voz de nuestros escritores tiene esa misma raíz profunda y vigorosa: el sentimiento popular, ese viento del pueblo impalpable pero siempre presente, del que habla Miguel Hernández. De allí su lozanía.

Terminada la guerra, con la victoria y el honor en alto, otros intelectuales siguen la senda de las ideas socialistas. Pero el examen de esa nueva etapa no es motivo de este trabajo.

 

[1] Los títulos citados son los que tienen los libros publicados por los editores que se nombran y que los tomamos de los originales que constan en  los catálogos de la época.

[2] V. Goncharov, El Camarada Vitorio. Semblanza de V. Codovilla, Ed. Progreso, Moscú, 1980, p. 36.

[3] La revista Amauta, dirigida José Carlos Mariátegui (1894-1930), apareció en septiembre de 1926 y se editó hasta el 16 de abril de 1930.Considerada la más importante del siglo XX, en sus 29 números se publicaron importantes trabajos de la nueva generación intelectual. En sus páginas se evidencia no únicamente el debate político y las rupturas teóricas, pues también informa acerca de los movimientos culturales de la época, particularmente del Perú y nuestra América Latina, por cuyos caminos la revista limeña transitó con singular simpatía.

En junio de 1927, Amauta fue clausurada por la supuesta existencia de un “complot comunista” para derrocar al gobierno de Leguía. Apresado Mariátegui en el hospital militar de San Bartolomé, una campaña internacional abogó por su libertad.

En abril de 1928 se produjo la ruptura entre Mariátegui y Haya de la Torre por las discrepancias con respecto a la organización de la APRA. Mariátegui denunció la ruptura unilateral de la política de frente único por la de partido único, y la práctica política basada en “el bluff y la mentira” propia de la política civilista. En este contexto, Mariátegui tomó contacto con la Secretaría Sindical de la Tercera Internacional y envió delegados al IV Congreso de la Sindical Roja o Profintern en Moscú y al Congreso de los Países Orientales en Bakú. Con ello se iniciaron los vínculos de Mariátegui y sus colaboradores con la Tercera Internacional. En setiembre del mismo año la revista Amauta se define socialista. Semanas después, el 8 de octubre se funda el Partido Socialista del Perú y Mariátegui es elegido Secretario General. Al no estar acorde con los requisitos solicitados por la Tercera Internacional para ser reconocido como su sección peruana, se decidió cambiar su nombre por el de Partido Comunista. A fines de 1928, Mariátegui publica sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, uno de los libros más lúcidos sobre los problemas de su país analizados desde una perspectiva marxista. (N.del Ed.)

[4] Sobre la influencia de Mariátegui en el Ecuador ver: Oswaldo Albornoz Peralta, “Mariátegui en el Ecuador”, en Revista Ecuatoriana del Pensamiento Marxista N° 13, Quito, septiembre de 1989, pp. 43-53.

[5] Julio Endara, José Ingenieros y el porvenir de la Filosofía, Agencia General de Librería, Buenos Aires, 1922.

[6] Enrique Terán (Iskra), La dictadura del proletariado, Imprenta del Consejo Central del Partido Socialista Ecuatoriano. Sección de la Tercera Internacional Comunista, Quito, 1929, pp. 21, 32.

[7] Idem, p. 30.

[8] Jorge Carrera Andrade, “Lenin ha muerto”, en La Vanguardia, Órgano del Consejo Central del Partido Socialista, Año I, Nos. 5-6,  Quito, 1928, pp. 18-19. Reproducido también en Hugo Alemán, Presencia del pasado, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito 1953, pp. 107-108.

[9] Joaquín Gallegos Lara, Bandera Roja. Órgano del CC del Partido Comunista del Ecuador, Guayaquil, 22 de enero de 1934.  En Páginas olvidadas de Joaquín Gallegos Lara, recopilación de Alejandro Guerra Cáceres, Editorial de la Universidad de Guayaquil, 1987, p. 238.

[10] “El sistema de los Consejos ensayado por la revolución rusa de 1905 y desenvuelto ampliamente por la del 17, se dirige a cumplir este afán de la democracia nueva, tan ponderado desde los tiempos de la Comune”. Por su factura constitutiva y por el fin perseguido, por la manera de seleccionar sus contingentes y disponer la vigilancia de los gobernantes; no puede dudarse que supera y modifica cualquier ensayo antecedente”. Ángel Modesto Paredes, Naturaleza del poder público y del sometimiento del hombre a las autoridades del país, Imprenta de la Universidad Central,  Quito, 1929, p. 406.

[11] Luis Gerardo Gallegos, “Rusia Soviética y la Revolución Mundial”, Suplemento N° 3 de la revista Rieles, Quito, Imprenta de la Universidad Central, 1931, p. 165.

[12] Miguel Ángel del Pozo, “El problema social en el Ecuador”, en revista Anales de la Universidad Central del Ecuador, Quito, 1929 y 1930.

[13] Ernesto Miño, El Ecuador ante las revoluciones proletarias, Ambato, 1935. Reedición facsimilar: Departamento de Publicaciones de la Facultad de Ciencias Económicas. Universidad de Guayaquil, 1981, pp. 17 y 166.

[14] Humberto Mata Martínez, Doctrina y Técnica, Quito, 1936.

[15] Ricardo A. Paredes, Oro y sangre en Portovelo.El imperialismo en el Ecuador, Editorial Artes Gráficas, Quito, 1938.

[16] Méntor Mera Oviedo. El Proceso Sociológico del Ecuador, Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Quito, 1987. En el prólogo Edmundo Rivadeneira dice de él: “no hubiéramos sido una generación definida si hubiéramos carecido del eje primordial, del guía apostado en el vértice de la vanguardia. Ese eje, ese guía estuvieron encarnados por Méntor Mera, uno de los hombres más extraordinarios que me ha tocado en suerte conocer (…) Había caminado bastante más que los demás por la ruta de las ideas sociales y conocía a Carlos Marx y a Lenin muy a fondo”, p. 9.

[17] Manuel Benjamín Carrión, Surcos N° 14, 15 de noviembre de 1943, p. 6.

[18] Rafael Armendáriz, Pústula, s. ed., s. f. [1942], p. 106.

[19] Hugo Alemán, Surcos N° 29, Quito, 13 de julio de 1945, p. 9.

[20] Newton Moreno, Surcos N° 7, Quito, 17 de junio de 1943, p. 9.

[21] Asamblea Nacional Constituyente, 7 de noviembre de 1944.

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