García Oliver y el sindicalismo revolucionario. Notas al vuelo sobre unas reflexiones de José Luís Carretero

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Con unas referencias iniciales a la lectura de “El eco de los pasos”, de Juan García Oliver, me han animado a escribir algunas acotaciones

Unas notas de José Luís Carretero sobre la perspectiva de un sindicalismo revolucionario  en el tiempo que se avecina, con unas referencias iniciales a la lectura de “El eco de los pasos”, de Juan García Oliver, me han animado a escribir algunas acotaciones que quiero cerrar con cortas unas puntualizaciones sobre las referencias efectuadas por el amigo Chris Ealham sobre la historia de la CN en la L´Hosopitalet bajo el franquismo, un tema que me resultar bastante familiar lo que me permite abundar en una línea en la que la afinidad y la discrepancia van de la misma mano.

Comencé a leer El eco… nada más editarse y de ser sincero, me quedé por la mitad llenando repasando “por lo alto” algunos apartados. Mi admiración por la militancia llana de la CNT, por aquellos trabajadores que trascendieron sus individualidades y limitaciones para proyectarse en un empeño revolucionario está en la base de mi modesta trayectoria…en otras circunstancias. La CNT que yo conocí eran ya los testos de una destrucción sistemática en la que habían desaparecido: Anteo se había quedado sin tierra bajo los pies. Las consecuencias de la derrota fueron totalmente devastadoras. Lo que quedó en una ciudad tan emblemática como L´Hospitalet fue muy poco, militantes que habían pasado cárceles, exilios y que habían sido testigo de la desaparición de aquel mundo y a los que costaba mucho situarse ante el presente. Ante la prepotencia del franquismo, pero también ante una recomposición social que estaba liderando en primer término el PSUC, que también había recogido a no pocos antiguos cenetistas.

Semejante situación problematizaba el legado, así, más que una propuesta de reconstrucción lo que se daba era un rechazo al “federiquismo” y un rechazo a la propuesta de los “cincopuntistas”. En lo que había una acuerdo generalizado era en la necesidad de contribuir a las lecturas de los jóvenes, y fue en ese terreno como comenzaron a llegar libros que fueron de mano en mano, entre ellos por supuesto el de García Oliver (Reus, 1902-México, 1980), el más controvertido de los grandes dirigentes del movimiento libertario español durante los años treinta y en la primera fase del exilio. De origen proletario, empieza a trabajar a los once años en una oficina de vinos y ulteriormente como cocinero y camarero; entre las anécdotas que definen su carácter hay una que cuenta que abofeteó a un cliente que se empeñaba en darle propina. En 1917 se encuentra en Barcelona, dos años más tarde se afilia a la sociedad de camareros la Alianza y se orienta hacia el anarquismo (“…El anarcosindicalismo es una actuación dentro de la vida que se traduce en una actuación sindical con la permanente influencia anarquista. En la organización se parte del hombre libre que se organiza en un gremio o sección y que forma los sindicatos. Cada nacionalidad tendrá sus comités nacionales y todos ellos se federarán libremente entre sí, como resultado de la voluntad expresada en cada uno de los pueblos de España…”), y actúa con el grupo “Regeneración”. Es encarcelado después de una huelga, y al salir a la calle se marcha a Reus para sindicar con éxito a los obreros de la comarca; en 1921 aparece como responsable del comité provincial de Tarragona y en 1922 se integró en el grupo de “Los Solidarios”, una forma de lucha sustituista cuyas “virtudes” exaltaría el propio Oliver en un acto en homenaje a Durruti al año después de su muerte, y que ha sido reproducido en toda clase de documental, incluyendo los hostiles. Aparte de las referencias al terrorismo –que tan duramente criticaron Reclús y Kropotkin-, se puede hablar de un tono chulesco y machista de “mis cojones” mientras que denotan rotundamente la ausencia de cualquier reflexión crítica.

Destacado ya como hombre de acción, Oliver asiste  en 1922 a la Conferencia de Zaragoza y malvive por Valencia y la comarca barcelonesa; un año más tarde ajusticia, junto con Ascaso, a un pistolero patronal, a un tal Legía. Después de pasar un año en prisión se marcha a Francia y en París emerge como una fuerte personalidad del movimiento: rechaza contactos con Maciá, prepara un atentado contra Mussolini que no tiene lugar por abandonar el grupo italiano; también se encuentra detrás de otro frustrado contra Alfonso XIII. Cuando regresa a España en 1926 es detenido y permanecerá encarcelado en Burgos hasta 1931. Durante la República se convierte en el más inquieto exponente de la corriente faísta de la que será secretario en oposición al «anarcosindicalismo reformista» de los trentistas. Oliver será el principal exponente de la teoría de lo que llamará la “gimnasia revolucionaria”, una práctica que justifica como una experiencia que “alcanzaba solamente a la práctica insurreccional de la clase obrera al servicio del comunismo libertario, pero, nunca, para derribar ni colocar gobiernos burgueses, fuesen de derecha o de izquierda”; un discurso muy próximo al del PCE de entonces y que sería el que acabaría rechazando cualquier colaboración con la Alianza Obrera, menos en octubre del 34 en Asturias.

Más concretamente ubica esta posición en el marco de una República, que «asentada en un punto neutro, sin sufrir ni vaivenes de derecha ni de izquierdas, se consolidará y sería la paz. Un espejismo de paz, pues sería una república gobernada en defensa de los mismos intereses que defendió la monarquía. España necesita hacer su revolución. Y porque la necesita la hará. Y prefiero que sea una revolución anarcosindicalista, siquiera porque, alejados de toda influencia histórica, tendría el sello de la originalidad». La puesta en práctica de este método tendrá su momento cumbre en los acontecimientos del 8 de enero de 1933 que se saldan con un fracaso. Esta concepción eminentemente voluntarista, hará que Oliver se convierta un tanto en el centro de las críticas de la otra tendencia que lo tildará de anarcobolchevique…Secretario de FAI, mentor de «una pequeña FAI» (Peirats), la vehemencia de Oliver le lleva incluso a poner en cuestión al grupo faísta, sobre todo a los que «dominaban» a los que acusa de constituir, “en potencia, la contrarrevolución» y habla de todos aquellos, «fugitivos de la clase obrera, como periodistas, maestros racionalistas o escritores, (que) habían logrado el milagro de eludir las restricciones que imponía el acuerdo de no tolerar la duración de más de un año en los cargos retribuidos…”.

Periodista, redactor de CNT hasta 1934, orador exaltado y temido hombre de acción (otra anécdota cuenta que en una ocasión, mientras se encontraba perseguido, la policía entró en un bar y al encontrarse con él se fueron sin hacer nada); Oliver será uno de los principales animadores de las luchas callejeras de julio del 36 en Barcelona, donde, según escribirá después, encontró gente del POUM, pero no a Santillán, Montseny, Aláiz o Carbó, sus adversarios en algunos momentos. En el Pleno Regional que decide propone «ir hacia una concepción maximalista, partiendo desde donde estábamos al infinito social», y se basa en la creencia de que «el momento había llegado, la clase obrera poseía una enorme formación socializante y de conciencia de clase como se demostró en las colectivizaciones que se hicieron sin que la organización hubiera tomado los acuerdos». Sin embargo, matiza, no quiso “parecerse a Trotsky”, y no levanta la bandera contra el acuerdo mayoritario y se somete. Pasa a ser unos de los organizadores del Comité Central de Milicias y fue uno de los creadores de la Escuela de Guerra de la que “salieron más de tres mil oficiales con una formación muy superior a la de las academias militares, en tan sólo tres meses”. Oliver peleó en Aragón y más tarde fue requerido para ocupar la responsabilidad de conseller de Defensa de la Generalitat y en noviembre de 1936 en ministro de justicia del gobierno republicano. El mismo contará así el acontecimiento: “Mi entrada en el Gobierno obedeció a un acuerdo del pleno de la Regional Catalana de la CNT, en el cual yo no estuve presente y del cual protesté. Me planteé que podía hacer yo como ministro anarcosindicalista y vi que muy pocas cosas. Sin embargo, di una amnistía total, hice abolir los antecedentes penales que incapacitan a los hombres para una nueva inserción social. Fui el ministro que simplificó a una cuestión de días todo el burocratismo para la adopción de huérfanos de guerra; regularicé, simplificándolos, los derechos contractuales matrimoniales… Esta labor fue lo que me reconoció el gobierno de Suecia para acogerme como refugiado político”. En mayo de 1937 interviene como apaciguador…

En enero de 1939, Oliver se trasladó a Francia, después se marchó a Suecia donde vivirá durante 18 meses, y se mueve con la intención de crear un partido anarquista, proyecto que sin embargo abandona pronto. En enero de 1941 se marcha a México donde vivirá muchos años. Partidario de la unidad antifascista, provoca una escisión en la CNT en México, y mantiene unas relaciones tensas con otras voces del movimiento su intransigencia se manifestará cuando se niega a volver a España después de la muerte de Franco “hasta que no haya una verdadera democracia”… García Oliver tuvo su papel en las amargas controversias del exilio, y de hecho, sus memorias pueden considerase como un alegato en defensa personal sobre la cual se pueden encontrar penetrantes observaciones en la biografía que Ealham ha dedicado a Peirats, un personaje tan o más importante en el estrellato de la CNT pero mucho más honesto y culto, menos personalista.

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Pienso que la biografía y el caso García Oliver ilustra sobre las contradicciones y carencias de esta tradición a la que algunos nos sentimos tan vinculados. Un legado de luces pero también de sombras a la que la derrota dejó –como diría Federica- “sin pueblo” y diezmado por una división no asimilada. Esta división fue determinante en el proceso de reconstrucción, y con e tiempo, lejos de subsanarse no ha hecho más que amplificarse. En el tiempo que va desde 1977, el anarcosindicalismo ha recorrido otra fase histórica bastante frustrante. No ha conseguido sobrepasar el estadio de pequeños sindicatos en los que los anarquistas tienen la categoría de ser los únicos socios con derechos integrales. Tú puedes ser creyente, musulmán, marxista del tipo A, B o C, pero los únicos que pueden acceder a cargos, los únicos que tienen barra libre en la prensa son los “negros”. Esto supone una contradicción aberrante, sobre todo cuando además se da lucha entra fracciones que compiten en “autenticidad. En mi modesto opinión el debate de la AIT sucedido hace siglo y medio tiene poco sentido después de una historia de guerras y revoluciones que han configurado un nuevo mundo en el que el peso del socialismo en general ha sufrido derrotas devastadoras. Sí existe una lectura coherente del proyecto de democracia extrema es la que se defiende en todos los terrenos más allá de las presunciones doctrinarias.

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En una entrevista que fue reproducida en el diario “Público” (en el que cabe todo el mundo desde el PSOE hasta la última izquierda representativa). Chris Ealham cita la oportunidad perdida de reconstrucción cenetista en L´Hospitalet, un tema sobre el que puedo hablar como testigo privilegiado ya que durante la segunda mitad de los años sesenta (hasta el 68 que tuve que exiliarme), viví familiarmente la pequeña historia de la militancia cenetista que aún se movía, y trabajé en empresas en las que había existido una afiliación hasta fechas recientes.  El personaje más representativo de esta época fue Francesc Pedra, una auténtica leyenda urbana desde una óptica muy poco sectaria.  Pedra enseñó a los jóvenes a leerlo todo, y a tomar partido en función del conocimiento libre. En 1966 organizamos una jornadas masivas en el “Centro Social de La Florida” (Cáritas) sobre sindicalismo al amparo de la AIT, y en su curso corrió de mano en mano unas copias en papel cebolla sobre las bases del sindicalismo revolucionario que Juan Gómez Casas había conseguido publicar en la revista Índice (Congreso de la Cultura en connivencia con “falangista de izquierdas” que obtuvo el visto bueno del propio Franco), y un sector de jóvenes lo tomamos como guía para la acción, llegando a disputar al PSUC la representación mayoritaria en las Comisiones que ayudamos a crear en la ciudad. Nuestra línea fue la de máxima democracia, el rechazo del dirigismo y del partidismo estricto y nos metimos en un grupo llamado “Acción Comunista” creado por disidentes del PCE y de las Juventudes socialistas en el exilio…los problemas fueron los propios una juventud que crecía con la cabeza muy gorda (muchos debates) y los pues muy corto (sin experiencias). En los setenta esta misma fracción colaboró con el grupo libertario más importante de la ciudad, el de Pubilla Casas, pero la historia acabó mal en no poca medida por la intervención de un tal Navarro, un faísta al que el prudente Pedra acusó públicamente de pederasta; el caso es que prometía mucho –protagonizaron un sonado debate con Ernest Mandel al que trajimos al Centro Católico en 1976-, desapareció. Había otro guipo del centro que era furiosamente antipartido. Una historia larga sobre la me gustaría volver en breve.

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En relación a las interesantes reflexiones de José Luís –que a los 70 años me producen la falsa sensación de deja vu”-, me parece que el sindicalismo revolucionario es una necesidad rotunda: su ausencia es nuestro punto más débil. Por lo tanto, creo que su desarrollo responde a las necesidades de los tiempos. El lamento sobre la situación real de la clase obrera es una vieja canción, en los sesenta no desesperábamos porque en las fábricas solamente se hablaba de fútbol y el miedo era visceral. Sin embargo, surgieron plataformas en esta línea, de hecho el anarcosindicalismo actual vive en parte de esta recreación. Pero se hará como lo están haciendo las mareas, los colectivos de mujeres de la limpieza, por movimientos que en un momento dado convergerán. Pero no en otra CNT ni nada parecido. Ahora la cuestión no será “el ideal” sino las exigencias concretas y las experiencias que nos enseñan que la pluralidad de criterios no  son malas, que la tenemos que asimilar y reconocer para darle un sentido “libertario” en el sentido más pleno de la palabra.  En el de la participación desde debajo de todas las voces que después de todo los desconciertos, se verá obligada a tomar parte en las nuevas barricadas.

Lo dejo aquí porque a veces me acusan y con razón, de pesado.

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