Encuentro Trump-Kim: un paso más en la colonización de Corea del Norte

Por Marcos Margarido

Es interesante notar que la prensa, incluso la norteamericana, evitó cuidadosamente llamar a Kim de dictador comunista. Esa era la regla cuando el régimen norcoreano amenazaba desatar una guerra nuclear.

Entre intercambio de palabras elogiosas, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y de Corea del Norte, Kim Jong-un, firmaron un acuerdo evasivo basado en promesas de ambos lados. Sobre la desnuclearización, el acuerdo dice que Corea del Norte “reafirma su compromiso firme y sin dudas de completar la desnuclearización de la península coreana”. Los Estados Unidos, por su parte, asumieron el “compromiso de suministrar garantías de seguridad” a Corea del Norte. Al preguntársele sobre el bloqueo al país, Trump respondió que estos continuarían hasta que Corea del Norte mostrase algo más.

El acuerdo dice también que los dos países “unirán esfuerzos para construir un régimen de paz estable y duradero” en la península dividida, lo que significa la posibilidad de la firma de un acuerdo de paz entre las dos Coreas. Formalmente, Corea del Sur y Corea del Norte están en guerra desde 1950, después de la invasión norteamericana realizada para impedir que la revolución socialista que fundó un Estado obrero burocratizado en el Norte, en 1948, pudiese alcanzar toda la península. Desde entonces, ella está dividida en el llamado “paralelo 38” –una frontera militarizada– entre la República de Corea al sur y la República Democrática de Corea al norte.

La única afirmación concreta, pero no puesta en el acuerdo, partió de Trump en una conferencia de prensa. Él dijo que suspenderá los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur –los “juegos de guerra– sin embargo, sin dejar de decir que son muy caros y –una concesión a Kim– muy provocadores. Esos ejercicios son realizados regularmente y son simulaciones de una posible invasión a Corea del Norte por los dos países.

 

Presidente Donald Trump reunidos con el líder norcoreano Kim Jong-un en Sentosa Island, 12/6/2018, en Singapur. (AP Photo/Evan Vucci), extraída de PolitiFact.

Cuando se le preguntó sobre la cuestión de los llamados “derechos humanos” en el país, esto es, sobre la política sanguinaria del dictador Kim Jong-un contra su propio pueblo, Trump afirmó que discutieron el asunto brevemente y terminó por defenderlo: “Bien, él es muy talentoso. Para cualquiera que asume esa situación como él hizo con 26 años y consigue administrar eso, y administró con rigor. Yo creo que hay una situación difícil allá. Y haremos algo sobre eso. Es difícil. Pero es difícil en muchos lugares también”.

No obstante, a pesar de los resultados nulos expresados por la declaración conjunta, la prensa mundial califica el encuentro de histórico. El ministro del Exterior chino, Wang Yi, afirmó que solo el hecho de haberse sentado para conversar ya está “creando una nueva historia”. El diario The Times, de Inglaterra, calificó la conversación de “encuentro del siglo”. ¿Cuál es el motivo?

 

De Estado obrero burocratizado a semicolonia capitalista

Es interesante notar que la prensa, incluso la norteamericana, evitó cuidadosamente llamar a Kim de dictador comunista. Esa era la regla cuando el régimen norcoreano amenazaba desatar una guerra nuclear.

La verdad, Corea del Norte hoy está lejos de ser un país “comunista”. Su historia puede ser dividida en dos fases. La primera va desde la liberación del yugo colonial ejercido por el Japón, luego de la Segunda Guerra Mundial, y de la fundación de la República Popular Democrática de Corea en 1948 (a la cual siguió la invasión norteamericana y la división de la península) hasta la restauración capitalista, en la década del ’90. La segunda, a partir de la restauración hasta los días de hoy.

En la primera fase, la burguesía japonesa, que poseía las principales fábricas y tierras en el norte industrializado y comandaba las finanzas del país, fue expropiada. Una intensa movilización obrera ocupó las fábricas, fundó sindicatos y creó comités populares luego de la derrota del Japón en la Segunda Guerra Mundial. La colectivización de los medios de producción y de las tierras hizo crecer 15% el país por diez años consecutivos después del fin de la Guerra de Corea, en 1953.

Sin embargo, el Estado obrero que surgió tenía en su dirección un partido controlado por la ex Unión Soviética, que estaba completamente estalinizada. Por eso, ya nació burocratizado. Esta dirección, el Partido de los Trabajadores, acabó con la democracia existente en el inicio del proceso revolucionario y comandó el país con mano de hierro, instituyendo una dinastía hereditaria. El actual presidente es nieto del fundador de Corea del Norte, Kim II-sung [1].

Una de las políticas adoptadas, coherente con la herencia estalinista del socialismo en un solo país, fue el Juche, o autosuficiencia, en 1955. Esta política llevó a Corea del Norte al aislamiento, teniendo como único aliado, en un primer momento, a la ex URSS y después a China. Este aislamiento llevó el país a una dependencia completa de sus aliados mayores, pues era imposible construir un Estado obrero en un territorio pequeño, con pocos recursos naturales y solo 18% de tierras agrocultivables, con una industria incipiente y una mayoría campesina de la población de 25 millones.

La segunda fase, de un Estado capitalista, se inició en la década del ’90, luego de la restauración capitalista ocurrida en China (finales de la década del ’70) y de la Unión Soviética en 1986. Todos los subsidios de aquellos países a Corea del Norte fueron cortados y el comercio basado en el intercambio de productos, siempre ventajoso al pequeño país, acabó. A eso se sumaba el bloqueo comercial capitaneado por los Estados Unidos, que prefería derramar dinero y armas en Corea del Sur, bajo el comando de una dictadura aún más violenta.

Hubo una abertura de la economía, con la creación de zonas liberadas para la explotación capitalista, buscando atraer capital principalmente de Corea del Sur. Pero el capital entró con el único objetivo de explotar la fuerza de trabajo más barata del Norte, en fábricas situadas en la frontera. El país vive una crisis económica crónica, agravada por el monto del presupuesto militar, que consume la mayor parte de sus ingresos. Actualmente, la explotación capitalista del país está totalmente liberada, con un desarrollo importante de la construcción civil, hecho por empresas privadas cuyos dueños son miembros del partido “comunista”, que están formando una nueva burguesía. Se estima que 40% de la población esté envuelta, como patrones o empleados, en negocios privados.

Entre esas dos fases existe un hilo de continuidad: el mantenimiento de la dictadura de la familia Kim, que nunca dudó en atacar a su propio pueblo para mantenerse en el poder, arrojando a millares en campos de concentración, obligando a los campesinos a trabajos forzados y cuya política económica, basada en el Juche, fue responsable de la muerte de cerca de 500.000 coreanos debido al hambre causado por malas cosechas en los años ’90, que dejó secuelas en la población hasta hoy.

Por eso, si la prensa burguesa estaba equivocada al identificar a Kim Jong-un como un comunista, continúa equivocada al dejar de calificarlo como dictador implacable, con la esperanza de que, con el esperado acuerdo, los Estados Unidos terminen de colonizar el país.

 

Perspectivas

En primer lugar, se debe reconocer que existió un acuerdo político en esas conversaciones. El hecho de que Trump no haya hecho nunca cualquier crítica al régimen de Kim Jong-un, de llamarlo talentoso y de que entendía su situación “difícil” en el comando del país, lo legitima frente a la población y le da más condiciones de aumentar la explotación sobre los trabajadores norcoreanos.

También da el aval para la continuidad de la formación de una nueva burguesía norcoreana que podrá, en el futuro, ser la socia menor de la burguesía surcoreana en su relación de semicolonia con el propio Estados Unidos. Este es el sentido, también, de un probable acuerdo de paz entre las Coreas y una futura unificación bajo el patrocinio norteamericano.

No obstante, el refuerzo de autoridad que Trump concedió a Kim se dio sobre la base de su total capitulación a las presiones militares del imperialismo norteamericano y las diplomáticas de China. Antes del encuentro, Kim viajó dos veces a China para conversar con Xi Jinping, el presidente de ese país. En ellas, Kim fue aconsejado de hacer un acuerdo con los Estados Unidos por la desnuclearización de la península. Con eso, Xi empuja a Corea del Norte, que tiene en China su socio comercial, en la dirección de tornarse una semicolonia de los Estados Unidos y de perder la independencia política conquistada por la revolución, tal vez el último resquicio de aquel gran acontecimiento.

Con el acuerdo, Kim Jong-un deja las puertas abiertas para la entrada de capital norteamericano en el país, aunque no sea de manera inmediata. Como dijo Trump, Corea del Norte precisa algo más… Un síntoma de esa posibilidad es un video creado por una productora norteamericana a pedido de Trump, mostrando las dos opciones que el país tenía por delante: volver al pasado de hambre, atraso y guerra o ir hacia un futuro brillante, con fábricas ultramodernas, ciudades llenas de rascacielos y supermercados abastecidos.

Estas son, por lo tanto, las opciones de Kim Jong-un: mantener un país independiente del imperialismo o volverse una colonia de una semicolonia. El problema es que la primera opción solo sería posible si él recurriese a los trabajadores y campesinos norcoreanos para una movilización nacional contra la explotación capitalista y el avance del dominio imperialista, convocando a la clase obrera del Sur para una lucha conjunta por la unificación de la península coreana sobre las bases de una nueva revolución y un Estado obrero de toda la península. Sin embargo, una clase social no comete suicidio, y Kim sabe a cual clase pertenece.

 

[1] Para más informaciones: https://litci.org/pt/mundo/asia-mundo/coreia-do-norte/morte-de-kim-jong-il-leva-incerteza-a-coreia-do-norte/

 

Traducción: Natalia Estrada.

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